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domingo, 8 de febrero de 2026

SOBRE EL MAL DE NUESTRA HORA UNDECIMA, lacl / TITO SALAS - GOYA Y LUCIENTES / Pergolesi "Lieto cosi talvolta" Simone Kermes

 © lacl 

Goya, El pelele

(Tómese nota, mañana del ‎04‎ de ‎febrero‎ de ‎2019)


SOBRE EL MAL DE NUESTRA HORA UNDECIMA


En nuestro discreto entorno, el de la conversa con los amigos y en algunas publicaciones digitales, hicimos intento -en el pasado inmediato y en el no tan inmediato, esto es, en los 90 y luego de ser aprobada la nueva constitución- de alertar sobre la sombra negra que se tendía sobre la nación. Hablo desde antes, incluso, de que llegara el cancerígeno mamarracho que, con bombos y platillos, anunciaba el nacimiento de un "hombre nuevo". 

Muchos de mis amigos llegaron a ofenderse en aquellas horas, cuando les asegurara que lo que venía para nuestra patria era un tétrico futuro y una hecatombe. Y vi cómo le escribían al neo-caudillo de fines de milenio églogas y enfebrecidos panegíricos, cuasi al estilo de un Neruda cantando a un justiciero paladín. Al día de hoy sigo sin comprender los afectos que logran suscitar estas mitologías de cartón y hojalata. Y no traigo a colación este estigma por hacer escarnio de nadie, pues una inmensa cantidad de ciudadanos se decidió a empujarse por ese triste derrotero de instalar a un lunático caudillo en el trono (lo cual ha de leerse como una corresponsalía psíquica que era ya inevitable), sino porque se tenga en cuenta que no es con altisonantes promesas redentoras que se logra conformar, de manera creadora, un colectivo. 

Lo señalo porque en el futuro tengamos muy en cuenta, de ciudadano en ciudadano, que nuestro presente lo construimos es uno a uno, aportando cada quien su grano de arena, con el sudor de su frente y no con las dádivas prometedoras de un resplandeciente futuro por parte de seres anfibios con vestimenta de prestidigitadores. 

Nadie quiso ver el risco que tan cercano se insinuaba tras la rotura del hilo constitucional en los noventa. Eso era precisamente lo que buscaban algunas de esas larvas que merodeaban la tambaleante democracia venezolana. Y el asunto no era el de hacer justicia y verle el hueso a un presidente, sino el de quebrar el inestable aparato del estado. Y no se trataba de defender a una figura presidencial cuyo juicio hará la historia, sino de defender a ese tambaleante estado que tanto costó construir, aunque a sabiendas de que hacía aguas por todas partes, debido a las malas artes de todo su funcionariado, desde los más rancios exponentes de la partidocracia hasta el portero de ocasión de un ministerio. Una de las contadas iniciativas que se pretendía en aquellas décadas finales de milenio era, precisamente una reforma estatal (por vía de la COPRE) a la que le dieron la estocada durante la nefasta presidencia de Caldera, antes de que ascendiera al poder el neo-caudillo. 

Agrego esta nota porque me parece muy importante que tengamos en cuenta la génesis de este esperpento. Ya el cáncer venía por dentro, y fueron los factores actuantes de la menguada democracia, aunados a los caimanes disfrazados de esperanza, quienes le pusieron el sello a la sentencia. 

Hoy la nación yace en el suelo. Me refiero a las reservas morales y educativas en las que debimos haber profundizado, cada vez más, como una familia en crecimiento. Y es sumamente importante que cada ciudadano al que le importe en algo nuestro presente y nuestro porvenir, en tanto que familia o colectivo, se aboque al rescate primordial de los valores que no pueden ser sopesados en una balanza, sino en nuestro fuero interior. Recuerdo siempre una imagen que nos dibujaba el profesor Cadenas en sus clases, ante una multitud de imberbes. Decía: “…meter la mano en las arcas de la nación es como que un muchacho meta la mano en la cartera de su madre…” Y uno pensaba: “la verdad, qué feo es eso”. Mi padre, para fortuna mía, siempre tuvo una frase prácticamente idéntica con la que me inculcó desde la infancia. 

Pues bien, ése es el lema que, cual monólogo interior, se ha hecho ley en las últimas décadas de nuestra historia: “Mi fin último es buscar la mejor manera de meterle manos a la cartera de mamá”. Y con el agravante de que en las dos últimas décadas pareciera haberse convertido, más bien, en un sacrosanto mandamiento. Disculpen, amigos, que insista acaso algo más de lo que recomienda el equilibrio, es algo que sucede al calor de esta hora undécima; pero es que me parece capital insistir en el factor crucial de que ha llegado la hora de rescatar el espíritu de Simón Rodríguez, antes que el de cualquier caudillo que por el horizonte se nos asome. 

(lacl, 04/09/2019)


NOTA BENE. Muchas son las ocasiones en que me he inhibido de publicar asuntos urgentes en torno a la situación social acaecida en nuestro entorno o allende las fronteras, intentando no contaminar en demasía este portal con asuntos que van más allá de lo literario y las bellas artes. Pero es imposible vivir en una sociedad en la que se intente segmentar y separar asuntos como convivencia, praxis política, estética y bellas artes del indispensable culto de la ética. Razón por la que rescato una anotación como la que antecede a estas palabras, la cual fue publicada en algunas redes sociales en las que, suponemos, aún subsiste la intención de sumarnos a un acuerdo de sana convivencia, se comparten opiniones tanto coincidentes como disidentes, en la búsqueda siempre de un pacto que hermane a los seres humanos. 

Salud, lacl, 08/02/2026.


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Tito Salas 



Goya y Lucientes 






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Pergolesi "Lieto cosi talvolta" Simone Kermes






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