sábado, 5 de septiembre de 2015

La sombra de nuestras petulantes fantasías.




Anotación del 28 de Agosto de 2015.

...en los tiempos recientes me ha tocado la no muy agraciada fortuna de presenciar una insospechada y violenta erupción de exacerbado y enfermizo ego, allí, donde tan sólo aspiráramos a respirar la paz. Y cuando se pretende hablar desde el corazón a uno le dicen que rebajemos el ego. ¿Cómo conversar en mentidero alguno si no se habla desde el pecho o del ombligo? Y por supuesto hablamos del ombligo del plexo, no de un ombligo del ego.


Ayer tarde me saltaron a la mano dos retazos que no comprendí muy claramente en su momento. Versaban sobre los desconciertos que se tienden entre el fantasioso ego y el ser rendidamente afectivo.

Los agrego.

Hay quienes confunden afecto con ego. Lo que luce, a priori, como un contrasentido. Porque, grosso modo, se supone que ego pudiera ser un señor disgregado, seccionado y sanforizado al gusto de aquel que quiso adquirirlo en una tienda por departamentos. Pero la realidad es que ego es un fuero interior, una esencia que, si no fuera porque la atesoramos en algún oculto recoveco de nuestra más desnuda indefensión, estaría siempre expuesto al reflejo de Narciso.

(27 de Agosto de 2015)

Cuando el ego coge la costumbre de asolearse y conversar inopinadamente más de la cuenta en la plaza, corre el gravísimo riesgo de olvidar ese componente esencial de taciturnidad que hasta puede servirle de antídoto a los traperos reflejos de Narciso. El ego puede hablar, claro que puede hablar, pero siempre tomando en cuenta que la sombra del rumoroso árbol es menos insidiosa que la sombra de nuestras petulantes fantasías.

(27 de Agosto de 2015)


 


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