sábado, 26 de septiembre de 2015

Cartas… Un apéndice dentro de una carta pública…Se trata de lo dionisíaco.

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Katsimbalis y Durrell
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Se trata de lo dionisíaco. En una publicación abierta en las redes sociales, se estableció una suerte de carteo colectivo entre varias personas. Todos versando sobre lo leído y lo tatuado en nuestras memorias. Todo sobre lo vivido. Y todo sobre lo danzado. Porque de danza y Dionisos es que versaba la conversa.
No son libros, son gentes, gentes de carne y hueso, las que se instalan en la sala de la memoria y comienzan a vivir con nosotros. Así lo siento yo, que tengo la certeza de haber visto a Katsimbalis danzar y cacarear como un gallo, despertando a todos los gallos de una dormida Atenas, cual le cuenta Durrell a Miller en el hermoso colofón de El coloso de Marusi… Razón por la que agrego ahora estas palabras que afortunadamente guardé pues, al final (no lo recordaba) transcribí la hermosa carta de Larrence Durrel a Henry Miller y que sirve de maravilloso cierre a esas espléndidas memorias que llevan por título “El coloso de Marusi”.
(lacl)



[…  Gracias Carlos. “En llegando” a casa… Me acabo de suscribir a Artesanato (nombre que me fascina), pues una pequeña infamia de no importa quien, me ha inhibido de poder solicitar amistades en esta red social, infamia acaso originada en ese espíritu represivo y policial que en toda región se da de suyo, como las zarzas... Alguien supuestamente alegó que yo soy generador de mensajes SPAM… Nada que ver, por supuesto. 
Me encanta contemplar la red tejida.
Esa imagen de artesanato hace juego perfecto con lo expresado por ti. En mi caso, lo señalado se originó en el cruce de lecturas tales como las memorias de Isadora Duncan (Mi Vida), el luminoso Coloso de Marussi, de Henry Miller, Las Bacantes de Eurípides (obra genial), amén de esas dos joyas que conforman Los Griegos y lo Irracional, de Dodds y el Nacimiento de la Tragedia, de Nietzsche. Por supuesto, no quiero decir que descubrí el agua tibia. Lo que quiero decir es cuán radiante me pareció que Isadora llegara a las mismas conclusiones a que llegaran Dodds y Nietzsche, por ejemplo, a partir de la contemplación del arte griego. Reproduzco parte de lo escrito en mi blog, en la ocasión de hacer memoria de lo que, para mí, fue un prodigioso hallazgo.
“…Quiso el azar que por aquellos días, amén de las lecturas de Mi Vida y El Coloso de Marussi, cayeran en mis manos libros como Las Bacantes de Eurípides, Los Griegos y lo Irracional, de Dodds y el Nacimiento de la Tragedia de Nietzsche (gracias a Hanni Ossott, María Fernanda Palacios y López Pedraza, entre otros). Es inenarrable la conmoción espiritual que me causó el haber podido comprobar que lo que Isadora dedujo de la contemplación de las imágenes de la danza griega, afortunadamente preservadas en las piezas arqueológicas, fuera en cada una de esas obras igualmente reseñado: que la experiencia dionisíaca se manifestaba en las Bacantes como un arrebato o secuestro de la psique en la que el cuerpo toma una peculiar postura, con la cabeza cayendo hacia atrás. Aquel que guste de la lectura, compare lo que Isadora dijo sobre los griegos y lo dionisíaco con lo que Lawrence Durrell cuenta a Miller en una carta y que éste coloca al final de su Coloso de Marussi. Las coincidencias son más que evidentes. No hay edad ni era para que Dionisos haga su aparición. Simplemente viene y toma lo que es suyo…”
Agregaré algo. Se me ocurre que quien sintiera el deseo de intuir o presentir la revelación de lo dionisíaco, podría intentar su búsqueda leyendo la carta en que Durrell le narra a Miller una anécdota sobre Katsimbalis. Por supuesto, El coloso de Marussi es libro que invita a ser leído de cabo a rabo, con verdadera fruición. Y disculpen si les parece que abundo demasiado al agregar la cuartilla referida a continuación. Con un abrazo… LA   …]


(Katsimbalis)

(Isadora Duncan)
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(Escribe Miller en su apéndice de El coloso de Marussi)
APÉNDICE
Acababa de escribir la última línea cuando el cartero me entregó una característica carta de Durrell, fechada el 10 de agosto de 1940. La transcribo para completar el retrato de Katsimbalis.

Los campesinos están tumbados sobre cubierta comiendo sandías; las canaleras chorrean jugo de sandía. Es una gran muchedumbre que va en peregrinación a la Virgen de Tinos. Acabamos de salir precariamente del puerto, escrutando la línea del horizonte por si aparecen submarinos italianos. Lo que verdaderamente quiero contarte es la historia de los gallos de Ática; servirá demarco a tu retrato de Katsimbalis, que todavía no he leído, pero que parece maravilloso según todo lo que me dicen. La historia es ésta: la otra tarde subimos a la Acrópolis, muy borrachos y exaltados por el vino y la poesía; hacía una noche oscura y muy calurosa, y el coñac rugía en nuestras venas. Estábamos sentados en los escalones, ante la puerta principal, pasándonos la botella, Katsimbalis recitando y G. lloriqueando, cuando de repente K. fue preso de una especie de arrebato. Dando saltos, gritó: «¿Queréis oír a los gallos de Ática, malditos modernos?». En su voz había un asomo de histeria. No le contestamos, pero él tampoco lo esperaba. Dio una carrerilla hasta el borde del precipicio, como una reina de cuento de hadas, una reina negra y pesada en su negra vestimenta, echó la cabeza hacia atrás, golpeó con la empuñadura de su bastón en su brazo herido, y lanzó el clarinetazo más terrible que he oído. ¡Quiquiriquí! El grito repercutió por toda la ciudad —una especie de bola sombría punteada de luces semejantes a cerezas. Retumbó de montículo a montículo, y subió como una rueda hasta debajo de los muros del Partenón...Estábamos tan asombrados que nos quedamos mudos. Y mientras nos mirábamos unos a otros en la oscuridad, allá en el horizonte, matizado en su oscuridad por una plateada claridad, un gallo contestó soñolientamente; después otro, luego otro más. Eso enloqueció a K. Pavoneándose como un pájaro que va a lanzarse al espacio, y sacudiendo las puntas de la chaqueta, lanzó un terrorífico alarido, y los ecos se multiplicaron. Siguió vociferando hasta que las venas casi le saltaron de la piel, semejando de perfil a un gallo cascado y envejecido, batiendo las alas sobre su propio estercolero. Aulló de una manera histérica, y su auditorio del valle siguió creciendo hasta que de un extremo a otro de Atenas, gallo tras gallo lanzaron su canto contestándole. Finalmente, entre risa e histeria, tuvimos que pedirle que se detuviera. La noche estaba llena de cantos de gallos, y toda Atenas, toda el Ática, toda Grecia y hasta llegué a imaginar que te despertabas del sueño que habías echado en tu despacho neoyorkino al oír aquel aterrador clarinetazo argentino: el canto del gallo katsimbaliano que resonaba en el Ática. Fue algo épico: un momento grandioso y del más puro Katsimbalis. ¡Si hubieras podido oír a esos gallos, el frenético salterio de los gallos de Ática! Soñé en ello durante dos noches seguidas. Bien, nos dirigimos a Mykonos, resignados, ahora que hemos oído los gallos del Ática desde la Acrópolis. Me gustaría que escribieras esto; es parte del mosaico...
     LARRY
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 (Miller)


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