lunes, 30 de agosto de 2010

Letras contra letras - Todo poeta es un extranjero.


Letras contra letras

Todo poeta es un extranjero

(Escrito del 07 de Abril de 1999, para su lectura en la Feria del Libro de Bogotá.)

Eludiendo deliberadamente la discusión de la premisa que postula la validez de la figura del poeta en tiempos tan agitados como los actuales; en los que la velocidad a ultranza y una permanente persecución de "récords" atosiga todos los campos de la expresión humana (sin excluir, por desgracia, los del humanismo), quiero decir que todo poeta es un extranjero. Apelando a un débil y nada poético juego de palabras, digo que nadie es poeta en su tierra. Con lo cual no quiero significar que es imposible seguir el culto de la poesía desde nuestro sillón preferido, sino que ello sólo es posible y hace de nuestra vida una carga más llevable, si reconocemos esa condición de incorregible forastero con la que ese culto signa el ceño de quien lo practica o lo predica.

En esa cualidad de forastero reside una paradoja. En un sentido, quizás el menos importante, pero no el menos peligroso, es un extranjero a la luz de las pautas que establecen los mecanismos de poder existentes en un mundo, en el que la libertad de conciencia se ve cada día más acechada, a fuerza de serle impuesta, de un modo pertinaz, la ilusión de una globalización de la razón y de un entrecomillado conocimiento. Esta macabra tarea no persigue otra cosa que reducir el ser humano, por medio de un laborioso proceso de síntesis, a la más enajenada de las condiciones: la del individuo que no puede ver ni degustar el mundo -un mundo que le pertenece tanto como a cualquiera- con su propia mirada, sino con los ojos de una visión prestada.

Aquel que detecta esta conjura, llamémosle por ahora el poeta, aunque a mí me gustaría identificarlo como “alguien que ve”, termina siendo irremediablemente un extranjero pues, a juicio de aquellos que de alguna manera mueven las manecillas del poder, desde los grandes emperadores de hoy, los plutócratas, los reyes Midas del "money transfer" que de una pincelada pueden decidir lo que hay que hacer en los confines del planeta, hasta el estupidizado e insignificante administrador que envidia a estos Midas y que, en compensación, dedica las mejores horas de su vida a tabular los minutos de ausencia de cada empleado, para ver realizado su magro poder al deducir salarios y, quizás, lograr algún despido; a juicio de caballeros de esta calaña, repito, un hombre que cante el milagro de un fortuito cielo, o que cante a los dones del amor todavía y siempre posibles, un hombre que con honestidad, con humildad e independencia de criterios, componga y dedique no sólo su palabra sino sus actos a enaltecer los aspectos más elementales del vivir o a señalar las paradojas de la crueldad colectiva que algunos críticos sumamente acuciosos han designado como sociedad, se convierte -muy a pesar suyo- en una piedra en el zapato, un desenmascarador “ad honorem” que hay que reducir a la condición de ciudadano de tercera, cuyo derecho de identidad debe estar, en todo momento, sujeto a revisión.

Otro sentido en el que, pienso, un poeta es y ha de ser un extranjero, es aquel que le confiere movilidad y consubstanciación. Todo poeta es un eterno emigrante y un solapado inmigrante: nunca querría estar para siempre en un mismo lugar y siempre llega oculto a todas partes. Pero el poeta es también un residente de todo lo que ve y en ello logra consubstanciación; lo que sucede es que no puede acallar su condición de nómada, y así resulta que en ningún lugar está quieto pues, en todo se transfigura, aunque no se mueva en semanas de su casa, aunque no cambie de morada en cincuenta años. Recuerdo una frase de Ungaretti que reza: “Un poeta es un hombre que lo siente todo”, para lo cual -añado yo- no es necesario desplazarse, literalmente hablando. Porque el poeta es un viajero inquieto e incansable y puede recorrer, con una agilidad inusitada, trayectos que no se pueden alcanzar con ningún adelanto tecnológico; porque el poeta no recorre una distancia determinada en un tiempo determinado; recorre espacio, recorre "tempo", va hacia adelante y hacia atrás como va hacia sus adentros o hacia el afuera de sí mismo o hacia el adentro o afuera de las cosas. En este continuo ir y venir, en la práctica de este principio de continuo enquistamiento y posterior migración, reside la fuente de su dicción e, incluso, la de su silencio. Bien. Llegado a este punto, me encuentro con que todo esto no son más que pensamientos.

Y todo esto viene a cuento porque yo no soy poeta. Dudo, vacilo mucho en verme y catalogarme como tal. Además, parafraseando a Pessoa, aunque por otros motivos: no soy poeta, no puedo querer ser poeta o, al menos, no puedo querer ser poeta en el sentido usual que el término ha adquirido para algunas personas modernamente; al menos, en mi ciudad natal, Caracas, en la que, a mi juicio, la manía por el experimentalismo colectivo dentro de los talleres literarios atenta contra la expresión sincera de lo particular o personal. Y no desearía que se tome esta afirmación como una diatriba contra los talleres literarios, pues yo he participado en ellos y, de hecho, actualmente participo en un taller de poesía. Sólo es un señalamiento que me parece pertinente porque, según lo veo y siento yo, en la génesis de toda experiencia poética priva ante todo una experiencia de intimidad con el mundo, no un asunto de experimentalismo participativo y, mucho menos, discúlpenme si sienten que esto es muy obvio, un asunto de ampararse bajo la figura romanticona, mítica o narciza de alguien juega a ser el poeta o el elegido. En un libro* casualmente inédito escribí:

No creo en la poesía
como status de vida
(No creo en los poetas)
(No creo en la literatura
como sustituto de la vida)
Sólo creo en la memoria
remembrada


Con lo cual quiero dejar en claro que yo no soy un poeta literario, porque ame a la literatura, o mejor, cierta literatura pues, ¿quién no tiene preferencias?, ni porque haya realizado estudios de Letras en la Universidad Central de Venezuela, nada regulares, por cierto. Y es que jamás me he esmerado en publicar, pues dudo mucho más de la validez de mis esbozos que de la validez de mis bostezos, aunque no descarto el tener que pasar por esa prueba alguna vez y de hecho así lo deseo, pues se cansa uno de llevar un bulto bajo el brazo, sin aparente destinatario. Tampoco me he esmerado por leer nada en público; en suma, no profeso un oficio de poeta a la luz pública. Soy lo que los franceses llamarían un "amateur". Se preguntarán ustedes, entonces, ¿y que hace ese señor sentado aquí, delante de nosotros?

Bueno, lo diré en dos platos: el azar quiso que conociera en la Feria del Libro de Caracas del año pasado a una poeta Colombiana; ella es Lilia Gutiérrez, quien estando en Caracas, tuvo la amabilidad de regalarme un libro suyo cuya lectura me plació grandemente: La cuarta hoja del trébol, obra de imágenes decantadas y de la que el título ya anticipa la extraña belleza, la singularidad de los poemas que lo componen. Así pues, de repente me encontré susurrándole que yo también tengo mis manías y que cuando estoy en vena, rasguño servilletas, cuadernos, tapas de libros y cualquier papel que se me atraviese en el camino. Y que todos mis garabatos salen escritos en forma de verso; atendiendo en un principio, al espacio en blanco disponible en la servilleta u hoja que encuentre más a la mano. Así fue, para no entrar en más detalles, como surgió esta invitación a leer en Bogotá, y, más allá de toda duda, siendo yo un amateur, esto es, un amante de la poesía, ¿cómo creen ustedes que iba a desperdiciar esta oportunidad de ejercer la extranjería?

Dicho esto, debo pasar a la parte más engorrosa del asunto, quizás no tan jovial como lo antedicho, pues no siempre puedo expresar jovialidad cuando rayo líneas en forma de verso. Manía que no he podido erradicar de mi línea de conducta.



Luis Alejandro Contreras, Caracas, 07/08 de Abril de 1999.
Texto escrito para la ocasión de leer junto a otros poetas en la Sala Barba Jacob, Bogotá, Colombia.


* El libro de que hablo, Contracorrientes (sentencias en incertidumbre) fue publicado posteriormente en Caracas, por BID&CO Editores, 2006.

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DUELO DE ARRABAL – JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE



DUELO DE ARRABAL – JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE
Agrego esta miniatura por llamar la atención sobre la última frase de tan premonitoria y, a la vez, memoriosa fábula. ¿No se asemeja en algo a ese feudo, fingimiento de país, que llamamos Venezuela? ¿Tanto en el ayer, como en el ahora? Porque si algo hemos presenciado, desde nuestra más tierna evocación, es lo desmesurado de la desmemoria en que vivimos inmersos y esa eterna postergación nuestra de un vivir anímico y sensible…

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DUELO DE ARRABAL

En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar. Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y benignas, con fría palidez sellando su victoria.

Vino a aquella mansión, como a muchas otras; un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto. Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor enemigo que la muerte.

Siguiendo el general destino de los tristes que, con la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera noche augusta y encendida.

martes, 24 de agosto de 2010

"El poeta es, ante todo, responsable" JR Jiménez, Jacob Burckhardt, Elias Canetti - Homenaje a Jorge Luis Borges


1. El poeta es, ante todo, responsable.


Buenas noches: quiero ante todo expresar mi abierta gratitud para los amigos de Común Presencia, por haberme deparado una acogida tan generosa y por permitirme compartir esta conjura, sempiternamente soterrada de la poesía; hospitalidad que, no me cabe duda, han de haber deparado a los poetas a quienes hoy me honra acompañar en este lance. No tenía yo la más remota idea, diecisiete años atrás, de que iría a conocerles, cuando cayó entre mis manos uno de los primeros números de su apreciada revista (creo que era la segunda edición), en la que se anunciaba ya un desprendido amor por las letras, el humanismo y la poesía, puntal básico de la cultura, si nos supeditamos a las palabras de aquel defensor del humanismo que fue Jacob Burckhardt, quien -en una insuperable muestra de humildad- afirmó que “…la poesía aporta más que la historia al conocimiento de lo que es la humanidad…” pues ella “…es, para el historiador, la imagen de lo que en cada momento hay de eterno en los pueblos…”

Vayan así pues, mis gracias para Amparo, mis gracias para Gonzalo, por haber tendido ese puente que invita a entrar en otras tierras: las de la común presencia. Vayan mis gracias, también, a cada uno de los aquí presentes, quienes -al compartir esta noche el lanzamiento de estas embarcaciones del Puerto de Los Conjurados-, se hace copartícipe del complot de la poesía. Antes de entrar a leerles algunos segmentos de Cuadernario, quisiera hacer un par de comentarios, aun a despecho de erosionar el tiempo disponible para la lectura de los textos propiamente dichos. El primero aborda el tema de la extranjería y el segundo el de la responsabilidad.

En algún lugar dije una vez que un poeta es un extranjero. No un extranjero del mundo, sino de su país, de su ciudad, de su aldea; lo es de sus calles y su entorno. A veces, y sólo a veces, es un extranjero de sí mismo. Necesita extrañarse de esa rara condición de ser humano. Añora ser piedra, fuego o afluente. Precisa remontar los aires, como los loros que pasan cantando mientras aletean sobre el viento. La poesía, esencia sutil y por siempre rebelde a ser domeñada, viene en su auxilio y le confiere la venia de ejercer esa condición suya de extranjero. Mas si el poeta ha de ser ciudadano -como en efecto, también, lo es-, lo será del mundo entero; lo será de tierras que ignoran que han sido bautizadas con un nombre y lo será del cielo obscuro y sin final. Yo no he venido acá a hablarles de mi condición de poeta, pues nada me parece más antipático y susceptible de pedantería que ese ejercicio de explayarse en valoraciones sobre uno mismo, el cual me luce un albedrío extremadamente cercano al mito de Narciso. Lo único que podré decirles de mi persona será una conjetura y es ésta: si yo fuese colombiano y me viese ante el inminente paso de publicar un libro de poesía, con toda seguridad, lo estaría presentado (acaso esta misma noche, acaso a esta misma hora), en cualquier otra parte del mundo, quien sabe si en la ciudad de Caracas.

Y en lo concerniente al tema de la responsabilidad quisiera regalarles este hermoso y sugerente aforismo de Juan Ramón Jiménez:

“…el poeta es, ante todo, responsable…”

frase cuya parquedad y sencillez construyen una sonoridad plena de sentido. A mi parecer sintetiza palmariamente las consideraciones que tan bellamente expusiera Elías Canetti en un discurso pronunciado en Munich en 1976, el cual lleva por título “La profesión de escritor”. En aquella memorable ocasión, Canetti, no sin antes de haber ironizado en torno a una manida y artificiosa noción de escritor, enunciaba una frase ante la que uno no puede más que solidarizarse:

“…lo cierto es que, hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo…”

Y, no es una casualidad, luego da ilación a su discurso desovillando los hilos de la palabra responsabilidad. De sus palabras se desprende que un escritor no puede llegar a consumarse como tal, si no asume y, es más, padece, su responsabilidad para consigo y para con un mundo que se encuentra en franca disolución, en virtud de la irresponsabilidad de la humanidad de la que él forma parte.

Y yo voy a extrapolar las palabras de Canetti pues, en un mundo signado por la barbarie y la crueldad, en el que los valores espirituales de la humanidad hacen las veces de cenicienta y cada vez van más a la zaga de lo pecuniario y desalmado, voy a decirles que nadie debería hoy llamarse ser humano si no pone seriamente en duda su derecho a serlo. Y acaso la poesía sirva de espuelazo a esa perentoria indagación.

Bogotá, 30 de abril de 2007.-
(En ocasión de la presentación de los nuevos títulos de poesía del Sello Común Presencia Editores)

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Jacob Burckhardt


Elias Canetti










2. Homenaje - Jorge Luis Borges

Tal día como hoy nació nuestro admirado Jorge Luis Borges. Se suele prestar más atención a las fechas en que se conmemora la expiración de nuestros seres queridos o de personas dignas de encomio. Pero hoy vamos a contravenir esa costumbre y, en su homenaje, subiremos algunos papeles suyos recortados hace algunos años del Papel Literario del diario El Nacional. La Cultura en peligro, nota a la que hicimos referencia en este blog (en Julio de 2008 Nota: La cultura bajo asedio) y una estremecedora glosa intitulada por Borges El juicio final. Finalmente puedo copiarla y subirla para quien tenga curiosidad por leer lo que Borges tuvo a bien decir sobre ese despropósito que es la humana barbarie.



Para leer estas glosas, tal como fueron publicadas, haga click sobre cada imagen y, luego, otro click en zoom para ampliar.

¡Salud, vino y poesía, Borges, estés donde estés!
















GUARIDA DE LOS POETAS

Poema de los dones


http://www.youtube.com/watch?v=RVF6t_hLWpg

Borges, una forma de pudor
https://www.youtube.com/watch?v=dUjXX4q_794

https://www.youtube.com/watch?v=qH73p0alkMQ

https://www.youtube.com/watch?v=lZV1K0VX30A

https://www.youtube.com/watch?v=GjAMkP8MNWk

https://www.youtube.com/watch?v=zwi30g1kyKE

viernes, 20 de agosto de 2010

Sexto sentido - A 74 años del asesinato de Federico García Lorca



Sexto sentido
A 74 años del asesinato de Federico García Lorca

Estoy sumamente sorprendido. Juro que no soy cultivador de exequias, ni perseguidor de fechas aniversarias. Pero hoy algo me hizo ir donde García Lorca al volver a casa y … Sorpresa… Hoy se cumple un aniversario de la vileza que le segó la vida. Me sucedió algo similar a lo que mucho me sucede cuando quiero conseguir una cita en un libro: abro la página exactamente donde está la cita que deseo rescatar, me pasa una y otra vez, así hayan pasado meses o años de haber revisado y subrayado el libro en cuestión… Bien, a modo de homenaje, anexaré acá un escrito que le dedicara al poeta andaluz, con motivo de uno de los poemas más hechizantes de la modernidad, Crucifixión, que cierra un libro no menos cautivador, como lo es Poeta en Nueva York.

No puedo escribirle nada nuevo en estos momentos, aunque ganas no me faltan. Una tristeza y una vil personal alegría habían abierto mi día… ¿La tristeza? Me la han producido las imágenes que reproduce hoy el diario El Nacional, en la primera página de uno de sus cuerpos, con motivo de lo que irónicamente podríamos llamar “retratos de la humanidad”. Lo sé, no se me escapa que sobre el tapete está el asunto de la coerción y los abusos del poder centralizado sobre la ciudadanía y el muy recurrido culto a la censura descarnada. Venezuela pasa por una hora de lucha por esos y muchos otros derechos del hombre. Pero al ver las fotos, no pude dejar de sentir pena por todos y cada uno de los casos personales de quienes fueron masacrados o ejecutados sumariamente. Discúlpenme quienes ahora luchan empecinadamente por lograr que se respete la libertad de expresión pues, antes, quiero pedirles tan sólo un minuto, un solo minutico de silencio en el centro de sus corazones, por las víctimas de la barbarie pues, porque no se precia la vida es que nada se aprecia. Un minuto de real y conmovido silencio por toda la sangre de corderos que ha irrigado la tierra.

¿Y la mísera alegría? Casi no cabría decirlo, por personal que es, pero fue parte de mi mañana de dos caras y parte de lo que condimentó con algo más de ácido dulzor mi jugo de naranja: más temprano, un artista a quien quiero y mucho admiro me dijo que le han gustao (así, a lo andaluz) los, en veces, dolorosos memoriales que se escribieran en mis cuadernos, durante los meses de febrero y junio de este año, con motivo de una calina que enceguece el espíritu y adormece nuestros corazones; todo esto confluyendo en río paralelo a la agonía de mi hermano. Nada odio más que la vanagloria y la presunción, quienes me conocen lo saben; pero por aquello que me dijera mi amigo en el seno de una estación que -al menos en esta tierra- no luce propicia para las cosechas, presiento que no todos mis desvelos fueron a parar al cesto, estoy vivo...

Recordemos, pues a Federico en sus pequeñas y grandes alegrías, a pesar de que él fuera una de las tantas víctimas (un número más, como él mismo prefigurara en Poeta en Nueva York) de esa especie que conocemos como la más asesina entre las bestias… Y a la andaluza me despido, con éste, mi disparo al aire…
Salud, vino y poesía!
Luis Alejandro
19 de Agosto de 2010












viernes 29 de febrero de 2008
Letras contra Letras
Y la luna pudo detenerse al fin


El poema de García Lorca que reproduzco más abajo, Crucifixión, texto de cierre de Poeta en Nueva York, es uno de aquellos que considero fundamentales en la poesía moderna, si se nos permite todavía el considerar la primera mitad del siglo XX como parte de la modernidad. Es claro que para el sensato historiador, tal afirmación debería lucir como una perogrullada; me refiero a aquel historiador que aborda el devenir de la civilización con la sensibilidad del humanismo y que observa los períodos de ese devenir desde una perspectiva más amplia y distante que la del común observador. Pero tal parece que la noción de tiempo hubiera sido malversada o escamoteada en el presente por la tesis de un vulgo que no fue impuesta desde el vulgo; serían, más bien, premisas de falsedad, corrientes de expresión pergeñadas en minoritarios cenáculos en los que se da por sentado que lo moderno ha nacido, apenas, esta mañana, que el futuro está en nuestras manos, que los seres humanos podemos conquistar el universo, que nada puede detener nuestro progreso y que tal progreso se apoya en un atesoramiento de propiedades (materiales o virtuales), mientras el alma queda cada vez más desprotegida y vacía de silencio y contemplación, cada vez más desligada de su esencia. Al hombre de hoy le resulta más cómodo el comprar peroratas de frivolidad que mirarse al espejo y dar cuenta de los pliegues de su interioridad. Y nada ayuda más a los impostores que el escudarse tras juiciosas conjeturas cientificistas para empinar una miope visión de mundo.

Cierta vez tuve el arrojo de inscribirme en un curso semestral de teoría literaria en el que se pretendía consumar el análisis de un poema, desde diversas perspectivas críticas: estructuralistas, sociológicas, psicológicas y vaya usted a saber qué otra iluminadora rama de las ciencias. No puedo negar el hastío que siempre me han producido ciertos taxidermistas de la literatura, los que jamás han logrado leerse un poema o una novela, si no es a la luz de alguna sesuda, aherrojada y preconceptualizada teoría. Leen La Montaña Mágica, por ejemplo, pensando en justificar la disección retórica esbozada por algún erudito que exhibe más credenciales que medallas un general de tres soles. ¡Vaya tedio el tener que pasar por ese embudo de mentiras juntadas con una sapiencia huera de sentido!

Como tales cursos eran obligatorios y yo le había estado dando largas al asunto, me dije: - Bueno, al menos, puedo elegir el poema que me apetezca abordar. Opté por Crucifixión del Poeta en Nueva York. Es un poema irrevocable (aunque suene fuerte la expresión) que roza lo escatológico del humano devenir, al desnudar nuestras falencias. Pero debo decir que el curso fue, a su vez, un irrevocable fiasco, caracterizado por la falta de seriedad, tanto de la profesora que tenía la responsabilidad de impartirlo, como de buena parte de los alumnos, pues cada dos semanas despachaban a la papelera al autor cuya perspectiva crítica se pretendía aplicar (palabra en boga entre los taxidermistas de la hora) al texto elegido por cada uno de los cursantes. La prisa, eso no estaba escrito en el programa, era componente esencialísimo del plan de estudio. A pesar de que, como he dicho en otra parte, jamás he sido cultor de adoctrinadores criticismos, me tomé el trabajo de tratar de traducir lo que el señor A. J. Greimás quiso plasmar con su tesis estructuralista. Y había yo llenado buena parte de mi cuaderno con consideraciones en torno al poema de García Lorca (probablemente de una manera un tanto más libérrima de lo que el señor Greimás hubiera deseado) cuando, a la usanza de una prueba de primaria, la maestra dice: “¡Stop! Dejen eso, que ahora vanos con el autor Fulano”. Y todos, excepto yo, muy sumisa y animadamente cerraron sus notas y apuntes para comenzar a construir no sé qué novísima tesis sobre arenas movedizas. Yo hice caso omiso y seguí “trabajando” mi poema desde la cuadriculada óptica de Greimás, emulando aquella virtud escurridiza que tanto se predica en el presente, como lo es el culto al esfuerzo, a costa de que, como colofón, obtengamos no pocas veces un castigo muy parecido al de Sísifo, aquel titán condenado a subir hasta el fin de los tiempos, una y otra vez, una roca hasta la cúspide de una montaña.

Así pues, bastaron dos o tres semanas para corroborar que me era totalmente imposible ocupar un asiento en esa sala signada por la mendicidad espiritual. ¿Cómo iba a comentarle a profesora o a alumnos que, años antes, leyendo al Poeta en Nueva York había gozado (y padecido) una experiencia extática? ¿Cómo referirles que estando tendido en mi cama, tales poemas habían elevado mi alma hasta cruzar el techo de mi cuarto? Literalmente, traspasé las capas de pintura, la sólida mezclilla de arena, piedra y cemento, seguí de largo y me topé con el cielo. No estaba borracho ni drogado. Estaba tomado por la musa que dictaba el canto.

Lo he dicho antes, un poeta es muy poco dueño de sus poemas. Los poemas no son de nadie porque son de todos, sin que prive sentido alguno de terráquea pertenencia. Un poema hace nido en aquel pecho cuya esponjosa porosidad le permite entrar en un estado de comunión con el afuera, sea el de la hormiga que en su camino rodea la suela de tu zapato o el del firmamento que noche tras noche emite su canto silencioso. El poema nos adivina y en él nos sumergimos. La magia sigue siendo -a expensas del “progress” y a pesar de los pesares- médula espinal de la poesía. Magia, vuelo, extrañamiento y otredad. No son ínfulas de emular al Paz de El arco y la lira: ¿quién puede negar que un atributo de la poesía sea el secuestrarnos el alma, para bien o para mal? Sin embargo, en muchas de las escuelas de literatura (y de las artes, en general) se predica un rotundo no, ante la dimensión sensitiva de la experiencia creadora. Y se reparten batas de laboratorio y utensilios de disección a los principiantes, mientras se les conmina a entrar a la casa del saber. Se les enseña a embalsamar todo aquello que caiga en sus ávidas manos y que no sea susceptible de un indubitable discernimiento. Todo hay que rotularlo, clasificarlo, sopesarlo, extraerle primero la sangre y luego el sentido y, finalmente, almacenarlo en cámaras mortuorias. Y pocos se percatan de que nuestros sentidos o que intuición, inspiración y comunión son fuerzas vitales que viajan mucho más allá del intelecto.

¿Me habrían comprendido, profesora y condiscípulos, si les hubiera referido mi experiencia o endosado mis consideraciones? Sinceramente, creo que se habrían reído, mientras me tildaban de lunático, sin percatarse de que, al hacerlo, me declaraban amante de Selene, cultor de la Musa o crío de poeta. Pero entre gente seria no había tiempo para esas estupideces, pues la tónica del momento -costumbre que supongo seguirá en boga en ciertos círculos de afanosos de la literatura- era manejar (otro bruñido vocablo de los taxidermistas) un discurso acorde a las exactas ciencias de la retórica.

Además de Crucifixión, añado otros tres conmovedores poemas de aquel Poeta en Nueva York, libro cuyo manuscrito original fue rescatado recientemente de las sombras, luego de largas décadas de letargo. Hubo quienes pusieron en duda la honestidad del poeta Pepe Bergamín, custodio de este manuscrito (cuya carátula arriba es reproducida), y sembraron la especie de que el libro había sido retocado en demasía por su mano. Al parecer, la justicia poética, ha venido a salvarles la honra a este par de andaluces.



El video que agregamos, se apoya en uno de los poemas de García Lorca reproducidos en esta entrega (La aurora) y es responsabilidad del señor Pablo Burgos, con banda sonora de Proyecto Omega.

Como buen andaluz, García Lorca quedó impactado por el jazz, así que -a modo de complemento- agregamos un hermoso documento en el que la inimitable Billie Holiday coquetea con instrumentos de viento…
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CRUCIFIXIÓN

La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos.
Un rayo de luz violeta que se escapaba de la herida
proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto.

La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban,
pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos.
Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente
ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas.
Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca.
Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos.
Un sastre especialista en púrpura había encerrado a tres santas mujeres
y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana.
Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco,
que lloraba porque al alba
tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja.
¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina!
¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxíden los planetas!
Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse.
Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron:
Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche.
La muchedumbre cerraba las puertas
y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón
mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores
y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros.

Esa maldita vaca
tiene las tetas llenas de perdigones,
dijeron los fariseos.
Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos
estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo.
Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida.
Porque la luna lavó con agua
las quemaduras de los caballos
y no la niña viva que callaron en la arena.
Entonces salieron los fríos cantando sus canciones
y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del rio.
Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita
no nos dejará dormir, dijeron los fariseos,
y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle
dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios
mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.

Fue entonces
y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.


New York Oficina y denuncia

A Fernando Vela

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancias inasibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer?, ¿ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.


La aurora

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean en las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.


Cementerio judío

Las alegres fiebres huyeron a las maromas de los barcos
y el judío empujó la verja con el pudor helado del interior de la lechuga.

Los niños de Cristo dormían,
y el agua era una paloma,
y la madera era una garza,
y el plomo era un colibrí,
y aun las vivas prisiones de fuego
estaban consoladas por el salto de la langosta.

Los niños de Cristo bogaban y los judíos llenaban los muros
con un solo corazón de paloma
por el que todos querían escapar.
Las niñas de Cristo cantaban y las judías miraban la muerte
con un solo ojo de faisán,
vidriado por la angustia de un millón de paisajes.

Los médicos ponen en el níquel sus tijeras y guantes de goma
cuando los cadáveres sienten en los pies
la terrible claridad de otra luna enterrada.
Pequeños dolores ilesos se acercan a los hospitales
y los muertos se van quitando un traje de sangre cada día.

Las arquitecturas de escarcha,
las liras y gemidos que se escapan de las hojas diminutas
en otoño, mojando las últimas vertientes,
se apagaban en el negro de los sombreros de copa.

La hierba celeste y sola de la que huye con miedo el rocío
y las blancas entradas de mármol que conducen al aire duro
mostraban su silencio roto por las huellas dormidas de los zapatos.

El judío empujó la verja;
pero el judío no era un puerto
y las barcas de nieve se agolparon
por las escalerillas de su corazón:
las barcas de nieve que acechan
un hombre de agua que las ahogue,
las barcas de los cementerios
que a veces dejan ciegos a los visitantes.

Los niños de Cristo dormían
y el judío ocupó su litera.
Tres mil judíos lloraban en el espanto de las galerías
porque reunían entre todos con esfuerzo media paloma,
porque uno tenía la rueda de un reloj
y otro un botín con orugas parlantes
y otro una lluvia nocturna cargada de cadenas
y otro la uña de un ruiseñor que estaba vivo;
y porque la media paloma gemía,
derramando una sangre que no era la suya.

Las alegres fiebres bailaban por las cúpulas humedecidas
y la luna copiaba en su mármol
nombres viejos y cintas ajadas.
Llegó la gente que come por detrás de las yertas columnas
y los asnos de blancos dientes,
con los especialistas de las articulaciones.
Verdes girasoles temblaban
por los páramos del crepúsculo
y todo el cementerio era una queja
de bocas de cartón y trapo seco.
Ya los niños de Cristo se dormían
cuando el judío, apretando los ojos,
se cortó las manos en silencio
al escuchar los primeros gemidos.


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