lunes, 30 de junio de 2014

Ciudadanía. Oficio de trance y hallazgo.



Colecta de textos de un añejo cuaderno que lleva por título Libro de trance y hallazgo.  Son temas y variaciones en medio de la urbe. Era un chamaco. Comparto ahora algunos de esos trazos, a tantos años de distancia. 

(lacl)


Calendarios

Los calendarios me abruman,
se ríen en mis narices.
Por ellos pasa una alabanza silenciosa, lo sé,
con la inmutable realeza
de un sorbo de agua fresca.
Pero el sol, la luna, los astros y la tierra
no tienen más remedio que seguir
el curso de sus dictados.
En ellos vertimos el elíxir de nuestras
absurdas oraciones,
cobra sentido la pugna siniestra
de lo no sentido.
Soportan enmiendas,
borrones, tachaduras que la vida misma
no resiste.
Y sus fechas caen
como las hojas de los árboles,
para pronto renacer;
mas los frutos de nuestra vida,
¿cuándo los recogemos?


Ciudadanos I

Día a día desayunamos nuevos artilugios
que nos permiten lidiar la faena
que a cada quien le tocó representar.
Mañana tras mañana,
partimos breves a triturar los minutos dormidos
de una nueva jornada.
Eludimos el tiempo,
lo tentamos a un absurdo enfrentamiento
y así el tiempo nos elude también.
Jamás desplegamos nuestra ventana
para palpar la madrugada
y estremecernos con la fría lenguarada del sereno,
cuando la luna se desnuda
y encabalga sobre el coro de las ranas
y el sonar de los murciélagos bordea nuestro sueño.
El tiempo se contrae y despereza a sus anchas,
mensurando sin prisas, con sordina,
en canto llano,
los ritmos íntimos de nuestro fluir.
Mas vivimos a ráfagas,
a orillas de la memoria,
extrañando la frescura de habitar.
Apenas ocupamos,
tan sólo empleamos un lugar.


Ciudadanos II

Cada día gestamos nuevos ejercicios
para eludir al contrario,
forjamos la nueva hazaña miserable

Arrullamos la noche que nos habita,
por no perturbar el inmaculado devenir
de la conciencia

Y no hacemos otra cosa que soñar en la vigilia,
sin la delectación de abandonarnos
ante los emblemas ocultos que nos asedian

Somos indumentaria



Ciudadanos III

Abnegación

Ceñidas prendas lucen
nuestros cuerpos

Prendas de angustia y presunción

Y en las entrañas rabia a gritos nuestra sangre:
se ha proclamado a la impotencia

Gustamos de la negación del aire
para con esta sed que no respira

Como una desprotegida doncella,
el suave golpe de la brisa es violado
sobre el frío esmalte que mostramos en la cara

Ponemos énfasis en lo que hemos sido y obrado

Subrayamos en la vida el arabesco que nos interesa;
tal como lo hacemos con un libro,
resaltamos la palabra que tenemos como propia

"...y no hay tal lugar..."

Simplemente, nos hemos venido adiestrando
para el asesinato o el suicidio


Estampa

Me conmociona
el barrendero dignidad de Buda
en la esquina y el momento precisos.
Sentado sobre el muro,
los zapatos a un lado,
reposando un pie sobre el otro,
una mano durmiendo a la otra;
los hombros, echados al olvido, como perros
a la entrada de humildes restaurantes.
Sus párpados, completamente relajados,
arropan sus ojos.
Ni las huellas del cansancio
pueden desdibujar la augusta serenidad
de ese rostro,
pasivo pero invulnerable,
ajeno a la danza locomotiva
de los deseos circundantes,
ajeno a los bulliciosos escarceos
de la sapiencia humana.


Cuadro

Observo una pareja
de amantes en un autobús.

El, con la mirada perdida,
acaricia suavemente el brazo de ella.

Ella, reclinada en la ventana,
con los ojos cerrados,
sonríe...


Quizás no pueda

Quizás no pueda escribir nunca
poemas de amor.
Quizás no pueda escribir siquiera
poemas de poesía.
Acaso deba ignorarme
en la tibieza de la carne
que resucita en cada sol.


 


















Las fotos son más recientes. Calles de Chacao.


viernes, 20 de junio de 2014

Cuando los caballeros de la muerte rozan el techo de la luna





Cuando los caballeros

de la muerte rozan

el techo de la luna

y un sórdido misterio

se apocilga en sus caderas,

viaja en nuestras venas

un vago dar sitio

a las preguntas

y somos, de pronto,

el golpe de un botón de rosa

sobre la sien

de una mujer de arena


Cuadernario, Común Presencia Editores, Colección Los Conjurados, Bogotá, 2007.






miércoles, 11 de junio de 2014

Leonardo Da Vinci. Fabricantes de estiércol y rellenadores de letrinas.



Es una tarde de Mayo, salgo a la calle con algunos resabios de turbación, como para intentarle un contrapunto a la desazón que signa todo aquello que pudiéramos asumir por patria, esa ilusión sobre la que tantos se desviven infiltrados por el más absoluto de los desengaños.  

Aunque para arribar al puerto del desengaño, hay que haber vivido la experiencia de caer embelesados ante un engaño. Y la sensación que comunica la tribu, en general, es la de no reconocer (o, al menos, la de no desear reconocer) que ha vivido a la sombra de un engaño. Su engaño. 

Entonces la realidad encabalga un invisible potro, pasa como una sombra sobre las gentes, sobre esa farsa de idea que se tiene del todo. Y, sin excepción, nuestros días, esas joyas de resplandor y sombra que colman los aires con jeroglíficos celestes, se escabullen en sucesión, dichosos de poder librarse del ahogo que signa el acontecer humano, tan saturado de morbidez y tan empeñado en vivir al son de la arritmia de un corazón postizo.

Como es usual, antes de salir por esos desendiosados rumbos, tomé la precaución de agregar algún libro distinto a la breve comparsa que siempre me acompaña por las calles, para esos apartes en que solemos entablar diálogo con las páginas y voces que en ellas se atesoran, en medio del bullicio, y muy probablemente en una taberna de insurrectos ante el duelo o el silencio.

En un ínterin del transitar, me siento en un rincón citadino. Tomo el libro advenedizo, el que se ha colado entre el grupo de viajeros, y me topo con una descarnada, dolorida y, sin embargo, ecuánime disertación. Viene de la mano de Leonardo Da Vinci, cuyos fragmentos y reflexiones, son reunidos bajo el título de Aforismos.

Aquí la dejo, sin más, pues no se me hace difícil aceptar que es poco lo que podría nadie agregar.
Salud!
lacl


"...No me parece que los hombres groseros, de costumbres bajas y de poco ingenio, merezcan tan bello organismo ni tal variedad de ropajes como los hombres especulativos y de talento. Los primeros no son más que un saco a donde entra y de donde sale lo que comen, pues nada me prueba que participen de la naturaleza humana, salvo en la voz y en la figura; en todo lo demás son bastante semejantes a las bestias. Debiera llamárseles fabricantes de estiércol y rellenadores de letrinas, porque no es otro su oficio en el mundo. Ninguna virtud ponen en práctica. Letrinas llenas, es todo lo que queda de su paso por la tierra..."

Leonardo Da Vinci,  Aforismos.




Otro aforismo:

¡Oh, miseria humana, a cuantas cosas te sometes por dinero!