jueves, 25 de agosto de 2011

Yerma, bordar sin hilos…

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Yerma, bordar sin hilos…

En los 75 años del asesinato de García Lorca

¡En cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo!
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!
¡Cuánto de lo prestado, ¡ay de mí!, yo mismo soy!
Alvaro de Campos (Fernando Pessoa)

Lo que ha matado a la humanidad –porque el grueso
de la humanidad está muerto- es la mentira;
la mentirosa afectación de parecer sentir lo que no sentimos. 
                                               David Herbert Lawrence

Me buscas como cuando te quieres comer una paloma.
 
(Yerma a Juan)
                                                 Federico García Lorca

Estas notas (que podríamos llamar, incluso, rasgos) con que procuro asomar algunas observaciones a esa pieza que nos versa de lo estéril, no son más que una obligada y rendida consecuencia. La primera vez que leí Yerma, de Federico García Lorca, trajo como secuela el rasguño de unas hojas donde quería expresar algo que había quedado moviéndose en mí. Sin embargo, en esa primera cavilación me resultó imposible traducir lo que ese “algo” había dejado en movimiento. Pasados los días, pude evidenciar que Yerma se me había diluido entre las manos. Y no me pregunten cómo pude llegar a semejante conclusión, pues mi única respuesta sería: gracias a una especulación intuitiva, no buscada. Y entonces nos veríamos en la disyuntiva de tener que aceptar o no que los procesos de reflexión no intencionada son más valiosos o iluminadores de lo que generalmente se cree.
Quizás había intentado plasmar, en ese primer bosquejo, un abordaje desde la perspectiva de haber leído “Yerma” y no desde la de haber leído “a” Yerma. Subrayo el artículo. Lo cierto es que Yerma se me había ido de las manos. No la Yerma obra, no la Yerma artística, sino la Yerma mujer. La Yerma que muy bien puede ser cualquier mujer, había quedado como infundada, inacabada. Surgió, pues, la necesidad de rasguñar el segundo boceto que acá presento.
Pero no quisiera entrar de lleno en materia sin antes advertir lo siguiente. Hay artículos o ensayos sobre obras literarias que pudiéramos catalogar como clásicas -y espero que el ánimo de los puristas no se soliviante, si luego de “apenas” unas ocho décadas de vida paso a considerar acá a Yerma como un clásico-, los cuales se escriben como dirigidos más a quienes no han leído la obra de la que hablan, que a los que sí lo hicieron, con la loable intención de ganar lectores para su causa. Yo quisiera partir al revés. Y con esto no quiero demeritar la condición de quienes todavía no hayan tenido el gusto de haber leído a Yerma, pues al igual busco acicatear curiosidades y animarles a su lectura. Mas si procedo así es, precisamente, por lo sugerido más arriba. Más que intentar abordar la “obra”, intento abordar lo que nos dicen las imágenes de los personajes, lo que estos tienen de persona.
Eso sí, mi esbozo inicial se refería al tema del “patrón de conducta internalizado”, como uno de los epicentros que promueven acontecimientos en los personajes de la obra (básicamente en Yerma y su marido Juan). Y mi intención ahora es reanudar la marcha por ese mismo sendero, pero poniendo más atención en las relaciones o distanciamientos que ese patrón de conducta guarda o mantiene con la naturaleza oculta de los personajes (en su sentido selvático, animal), y hasta qué punto puede, tal patrón, actuar o funcionar como un negador de la naturaleza que somos.

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El hombre que viene al mundo no consigue la naturaleza en estado bruto. Viene a toparse con lo que sus antecesores han ido forjando sobre la tierra; viene a encontrarse, no sólo con lo que todos los hombres han visto antes que él, sino con lo que todos ellos han querido ver en lo que vieron. Y este forjar de los hombres puede tornarse represor o liberador de ese hombre que, en tanto que individuo, forma parte de una cultura.  
En algún lugar dijo una vez Cervantes que “lo importante no es lo que de nosotros hicieron, sino lo que nosotros hicimos con lo que de nosotros hicieron”. Por lo que cabe preguntarse: ¿No serán Juan y Yerma acaso víctimas de lo que les antecede, aquello que hemos llamado patrón?
Démosle una mirada al martirio que, aunque por surtidores encontrados, anega sus gargantas en la contracorriente.  
Juan no convive con la naturaleza circundante, en tanto que naturaleza. Hace las cosas porque cree que es su obligación hacerlas; repite las labores del hombre común de la sociedad a la que pertenece, pero lo hace fríamente, con distanciamiento. “Trabajo mucho” dice, sin tener la más mínima intención de detenerse a pensar en por qué trabaja.
Tiene una visión estática de la vida, cuando no impedida: “…Cada año seré más viejo…” afirma, cuando en realidad, lo que se respira de sus palabras y sus pasos es vejez exacerbada, marchitez ya alcanzada. Es, casi, una sombra que camina. Está vivo porque camina, pero tiene el ánimo muerto hacia la vida.
El punto álgido de su (mal) estar tiene su origen en la reiteración imperturbable del patrón que él tiene y entiende (si es que entiende) por vida. Aunque, quizás, sea más justo decir que el patrón le tiene a él:
“…Ayer pasé un día duro…”, dice. “…Estuve podando los manzanos y a la caída de la tarde me puse a pensar para qué pondría yo tanta ilusión en la faena si no puedo llevarme una manzana a la boca…”
Él intuye que algo no marcha como debiera; intuye que no logra saborear la pulpa del fruto que la vida le regala (¿no podría ser Yerma una manzana?), pero le resulta inadmisible dar un paso más allá de la intuición.
En contraposición a Juan, encontramos en Yerma una ansiedad de vivir que no encuentra natural consumación, pues se halla como confinada en una caverna sin muros, pero igualmente sin ojal para una liberadora escapatoria.
A Yerma le gustaría que Juan se destemplara; que, sencillamente, dejase brotar la pura espontaneidad de su vivir. Pero a Juan no le gusta la idea (y, mucho menos, la realización de la idea) de que Yerma (y él) se desaten a vivir, aún de la manera más rudimentaria y elemental que le quepa imaginar, esto es, pespuntando en el aire el impulso de la sangre. Traigamos a colación dos momentos que ilustren lo antedicho.
Yerma dice:
“…A mi me gustaría que fueras al río y nadaras y que te subieras al tejado cuando la lluvia cala nuestra vivienda…”
Y Juan:
“…Si necesitas algo me lo dices y lo traeré. Ya sabes que no me gusta que salgas…”
Lo expresado en cada caso habla por sí solo: Yerma lo que, en dos platos, le está pidiendo a Juan es que deje manar su propia vitalidad, que nade en el río y que nade en ella; en fin, que entre en comunión con la naturaleza, que se olvide de sí, para que se encuentre consigo. Por su parte, Juan sólo sabe de encierro, de tensión, de crispación de su cuerpo, de acallamiento de su sentir.
Y si nos fijamos no sólo en lo que se nos dice, sino en el cómo se nos dice, es posible que se nos aclare un tanto el panorama. Juan es terminante; asevera de manera clara, sin tapujos y en tiempo presente (lo que le confiere un sabor de fuerza, imposición e inmediatez a sus palabras) qué es lo no le gusta. Es un hombre hecho negación y lo único que él afirma y en él se afirma es su negación. En contraparte, Yerma se expresa casi de una manera hipotética y añorante: “a mí me gustaría”. En ella brota una tendencia, aunque sutil y reprimida, hacia la vida que da frutos. Sólo que esta tendencia se ve socavada porque ella misma participa, sin advertirlo, del patrón que tiene devorado a Juan. La diferencia estriba en que Yerma es atacada desde otro flanco:
         “…Yo me entregué a mi marido por él…(el hijo)… pero nunca por divertirme…”
Yerma piensa muchas cosas, demasiadas. Pero tampoco se permite dar un paso más allá del mero pensar. No ha experimentado la iniciación del conocer su cuerpo en tanto que naturaleza. Yerma no tiene cuerpo propio porque nunca se ha lanzado a recorrerlo, no ha permitido que fluya en sus impulsos más íntimos y primitivos.
En cierta oportunidad, ella confiesa que los catorce años de edad, se quedó pasmada, sin poder articular palabra y asaltada por un temblor que hasta le hizo rechinar los dientes. ¿La causa? Un tal Víctor que la tomó entre los brazos. Sin embargo, cuando Yerma recuerda ese encuentro, lo único que puede decir: “Pero es que yo he sido tan vergonzosa”. Y cabría, entonces, preguntarnos: ¿de dónde le viene a Yerma esta vergüenza? No de sus naturales impulsos, ciertamente. Al contrario, esta vergüenza es la secuela de una conducta que le ha sido inoculada; un patrón que encausa (por una vía única y sin probabilidades de desbordamiento) las manifestaciones espontaneas de la naturaleza animal que hay en todo ser humano. Porque cuando ella habla sin premeditar lo que ha de decir, brota de su voz una sutileza femenina que roza una poética de vida de la que ella misma no se percata y de la que una postiza hombría de Juan nada quiere saber:
“…Los jaramagos no sirven para nada…(le dice a él)… pero yo bien los veo mover sus flores amarillas en el aire…”
Pero podemos decir que Yerma es -como Juan- un ser abstinente, un ser negado; pues ha sometido su eros y en su lugar ha enclavado la preconcebida idea de los hijos. Ante Juan se ve “muy chica, muy manejable”, llega a pensar que es una hija de sí misma. Y es que Yerma jamás se ha puesto boca arriba y comenzado a cantar como, socarronamente, le confiesa haber obrado siempre una vieja matrona; Yerma no se ha solazado con las voluptuosidades del lecho; no ha recibido el bautismo de la fertilidad que viene, de suyo, en el vivir propio, individual y floreciente. Para ella, toda idea de fertilidad ha de desembocar en un producto: los hijos.
Por ello es que Yerma piensa y piensa qué es lo que ha de ser la vida, pero se ve incapacitada para vivir (la). Todo lo que tiene en mente es prestado, no le pertenece. Yerma no ha completado su feminidad (“Ojalá fuera yo mujer”, son sus palabras): ella ha sido deshabitada de sí misma, siendo partícipe de tal conjura. Su feminidad ha sido malograda, casi diríamos que abortada y, en consecuencia, tiene que buscar otro derrotero para su realización; se ve forzada a trasladar hacia el centro de su vida esa “necesidad” del hijo, ya que sus necesidades vitales no han sido satisfechas; al contrario, han sido rechazadas:
“…Yo pienso muchas cosas, muchas, y estoy segura de que las cosas que pienso las ha de realizar mi hijo...”
Yerma anhela una iniciación, pero no se sabe capaz de lograrla fuera del círculo donde se desenvuelve. Ella, como Juan, no se atreve a saltar o barrenar los muros que le impiden vivir su propia vida. Y Juan ni está capacitado ni deseoso de iniciarse o liberarse ni solo ni junto a Yerma. Yerma ha de quedar Yerma:
“…Quiero beber agua y no hay vaso ni agua, quiero subir el monte y no tengo pies, quiero bordar mis enaguas y no tengo hilos…”

Luis Alejandro Contreras
  
Obra consultada:
Federico García Lorca, Obras completas. Aguilar, S. A. de Ediciones, Madrid, 1969.

Fotos: Margarita Xirgu (vistiendo de Yerma) y Federico García Lorca.
Carteles de la obra en 1934.
Grupo La Barraca.







http://www.youtube.com/watch?v=HL4LaiGpQLg

martes, 23 de agosto de 2011

Fragmentarias - Este año se inició con la escritura en un cuaderno que lleva por título Inscripciones en el dolmen.



Fragmentarias

Hace mucho que no descargo nada de mis cuadernos. Este año se inició con la escritura en un cuaderno que lleva por título Inscripciones en el dolmen. Iba muy cantado hasta que en él se descargara una nostalgia, lo que nos conminó a todos a guardar silencio: a la voz, a la mano, a las hojas, a los ojos, a la memoria y hasta a la gana. Luego de ese tiempo surgieron varios adagios en fila, hace algunas madrugadas. Los coloco ahora y, de seguidas, aquella nostalgiosa mirada que nos conminara a guardar silencio, entre otras pinceladas.

Salud!
lacl


* * * * *

Nada es para siempre, reza un lema.

Cuando nada es todo.

(Madrugada – 13 de agosto)

* * * * *

El lenguaje es una apuesta al esclarecer cargada de contrasentidos, de negaciones enquistadas en la afirmación.

(Madrugada – 13 de agosto)

* * * * *

Los hombres pretendemos develar el universo desde sus fundaciones.

Y armamos un complejísimo discurso que no pasa de ser elipsis.

(Madrugada – 13 de agosto)

* * * * *

Todo aquello que es corolario de una convención, ha partido de una mentira.

(Madrugada – 13 de agosto)

* * * * *

¿Crees que el universo tenga fin? le preguntan a un astrónomo. Y él respondió, acaso ingenuamente: “No lo sé; la luz viaja en el tiempo y tarda mucho en su regreso para darnos una respuesta.” Con lo que, sin darse cuenta, quizás quiso decir: el universo es infinitamente finito, por lo tanto, también es finitamente infinito.

(Atardecer – 15 de agosto)

* * * * *

Del borde del vaso se desliza una tímida lágrima fría, como para hacerle compañía a mi tenue y tibia lágrima viva.

¿Por quién se derrama esta gota de tristeza y conmiseración que, nacida de mis entrañas, ha aflorado a la pupila?

Me temo que por nadie y por todos, por esa ausencia de pulso que señorea a mi alrededor, por esa soledad sin hálito a la que unos am otros se condenan.

Mi soledad, que suele ser jovial y plumífera, hoy se ha visto arropada por un pesado manto de pena. Es como si me dolieran todos los poros de la vida.

Entregado me postro ante una montaña y contemplo la vivacidad que el breve atardecer confiere a la arboleda.

Sus amarillos y naranjas prenden un tostado fuego en el verdor de las retamas, en el ocre de los troncos y hasta en las zonas obscuras de la selva.

Un ave se interna en el bosque.

Obtengo mi respuesta: soy un pájaro.

(una tarde de junio…)

* * * * *

Cuando la tristeza habla,

el corazón hace silencio.

Acaso a ello se deba el largo silencio en el que se postró el mío, luego del bosquejo precedente.

(Anochecer – 11 de agosto)

* * * * *

Padezco de cierta jovialidad de origen. Y aunque de ella no reniego, reconozco que es por la espontaneidad de su irrupción en mí que, a lo largo de mi vida, hordas de amargados han venido a lanzar sus miasmas a la fachada de mi casa.

(esta semblanza es algo más añeja pero, como andaba huérfana, la he incorporado ahora a mi cuaderno)

* * * * *



Imágenes: 1. La luna desde El Ávila, camino de los españoles. 2. El cielo desde el litoral central, Arrecife. 3. y 4. Selene sobre Caracas

lunes, 22 de agosto de 2011

Guarida de los poetas - Tributo a Federico García Lorca, con unas lorquianas...

















Guarida de los poetas

El pasado 19 se han cumplido 75 años del asesinato de Federico García Lorca. Con tal motivo añadimos algunos documentos con cante de su puño y letra, intepretados por Serrat, La Argentinita, Camarón de la Isla, Enrique Morente acompañado de las misteriosas voces búlgaras y un particular homenaje de Lola Flores recitando el Réquim por Federico, de Rafael de León.

Serrat sinfónico - Herido de amor, Federico Garcia Lorca

http://www.youtube.com/watch?v=yaPEkSRf6Vg

Amor, amor, que está herido,
amor, amor, que está herido,
herido,
de amor huido.
herido,
muerto de amor.

Decid a todos que ha sido,
decid a todos que ha sido
el ruiseñor,
herido,
muerto de amor,
herido,
muerto de amor.

Bisturí de cuatro filos,
bisturí de cuatro filos,
garganta rota,
y olvido,
cógeme la mano, amor,
que vengo muy malherido,
que vengo muy malherido,
herido,
de amor huido,
herido,
muerto de amor,
herido,
muerto de amor…

Lola Flores - Réquiem por Federico García Lorca

http://www.youtube.com/watch?v=olnLuhhCewI&feature=related

Poema de Rafael de León, Requiem por Federico.

Lo mataron en Granada,
una tarde de verano
y todo el cielo gitano
recibió la puñalada...

Sangre en verso derramada,
poesía dulce y roja
que toda la vega moja
en amargo desconsuelo
«sin paño de terciopelo
ni cáliz que la recoja».

(Por cielos de ceniza
se va el poeta;
la frente se le riza
como veleta.
Toda Granada
es una plazoleta
deshabitada)
«Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos».
En la palma de sus manos
como un niño lo traían...

Las mujeres se partían
los volantes de la enagua,
y el Darro bailaba el agua
en amargo soniquete
que sonaba a martinete
y a cante grande de fragua...
(¡Encended los faroles;
romped el velo;
bailar por "caracoles",
que viene el duelo!
¡Como una espada,
llevadlo, así, entre "oles"
por su Granada)
Dónde vas tú buen amigo
quédate aquí con nosotros;
están soltando los potros
junto a lo verde del trigo...

Están soñando contigo
borrachos de calentura,
los toritos de miura
sedientos de primavera
y hay una boca que espera
morderte labio y cintura...

(Desnúdate deprisa,
que vengo herido;
quédate con la risa
como vestido...
Quiero beberte
y que luego dormido
venga la muerte...)
«Rosa de los Camborios
gime sentada a la puerta»
medio viva y medio muerta
entre paños mortuorios.

A la luz de los velorios,
con pena de jazmín chico,
muestra sus pechos helados,
heridos y acuchillados
lo mismo que Federico.

(¡Que doble, bronce y plata,
la Vela, Vela,
que se ha muerto la nata
de la canela!
Mi bien amado
de limón y ciruela
va amortajado...)

«Hijo, ¡hijo con un cuchillito
que apenas cabe en la mano»,
de tu romance gitano
cortaron la flor del grito!

¡Ay, qué dolor infinito
de pedernal y de rosa;
voy y vengo como loca
sin que consolarme pueda
porque ni un hijo me queda
para llevarme a la boca!

(Aquel traje de pana
que se ponía...
Aquella faja grana
que se ceñía...
¡Tanto cuidarlo,
y una flor de canana
para matarlo!).
(¡A la nana, mi niño,
que es madrugada...!
¡A la nana, mi niño,
flor de Granada!
¡Si yo pudiera
quedarme embarazada
yo te pariera!)
«Antonio Torres Heredia
Camborio de dura crin»,
llora al filo de la media
noche por el Albaicín...

Suena la voz de un muecín
delgada como una fuente,
y por el aire de oriente baja,
una paloma alada,
para besarle la frente
al poeta de Granada...

(¿A dónde vas, amigo,
con tu secreto?
Te llevarás contigo
flor y soneto...
¡Cómo gemía, cómo gemía
dentro de su esqueleto
la poesía!)

Federico García Lorca y La Argentinita - Nana de Sevilla - Grabación original en pizarra a 78 rpm

Este galapaguito
no tiene mare;
lo parió una gitana,
lo echó a la calle.
No tiene mare, sí;
no tiene mare, no:
no tiene mare,
lo echó a la calle.

Este niño chiquito
no tiene cuna;
su padre es carpintero
y le hará una.


http://www.youtube.com/watch?v=rPScsaW0RYk&feature=related

Romance de la luna - Camarón de la Isla

http://www.youtube.com/watch?v=G03oGsAz3ZM&feature=related

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye, luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene sus ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.


Enrique Morente y las maravillosas voces búlgaras - Campanas por el poeta

http://www.youtube.com/watch?v=7pxdBdn8Yhw&feature=related