martes, 23 de agosto de 2011

Fragmentarias - Este año se inició con la escritura en un cuaderno que lleva por título Inscripciones en el dolmen.



Fragmentarias

Hace mucho que no descargo nada de mis cuadernos. Este año se inició con la escritura en un cuaderno que lleva por título Inscripciones en el dolmen. Iba muy cantado hasta que en él se descargara una nostalgia, lo que nos conminó a todos a guardar silencio: a la voz, a la mano, a las hojas, a los ojos, a la memoria y hasta a la gana. Luego de ese tiempo surgieron varios adagios en fila, hace algunas madrugadas. Los coloco ahora y, de seguidas, aquella nostalgiosa mirada que nos conminara a guardar silencio, entre otras pinceladas.

Salud!
lacl


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Nada es para siempre, reza un lema.

Cuando nada es todo.

(Madrugada – 13 de agosto)

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El lenguaje es una apuesta al esclarecer cargada de contrasentidos, de negaciones enquistadas en la afirmación.

(Madrugada – 13 de agosto)

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Los hombres pretendemos develar el universo desde sus fundaciones.

Y armamos un complejísimo discurso que no pasa de ser elipsis.

(Madrugada – 13 de agosto)

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Todo aquello que es corolario de una convención, ha partido de una mentira.

(Madrugada – 13 de agosto)

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¿Crees que el universo tenga fin? le preguntan a un astrónomo. Y él respondió, acaso ingenuamente: “No lo sé; la luz viaja en el tiempo y tarda mucho en su regreso para darnos una respuesta.” Con lo que, sin darse cuenta, quizás quiso decir: el universo es infinitamente finito, por lo tanto, también es finitamente infinito.

(Atardecer – 15 de agosto)

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Del borde del vaso se desliza una tímida lágrima fría, como para hacerle compañía a mi tenue y tibia lágrima viva.

¿Por quién se derrama esta gota de tristeza y conmiseración que, nacida de mis entrañas, ha aflorado a la pupila?

Me temo que por nadie y por todos, por esa ausencia de pulso que señorea a mi alrededor, por esa soledad sin hálito a la que unos am otros se condenan.

Mi soledad, que suele ser jovial y plumífera, hoy se ha visto arropada por un pesado manto de pena. Es como si me dolieran todos los poros de la vida.

Entregado me postro ante una montaña y contemplo la vivacidad que el breve atardecer confiere a la arboleda.

Sus amarillos y naranjas prenden un tostado fuego en el verdor de las retamas, en el ocre de los troncos y hasta en las zonas obscuras de la selva.

Un ave se interna en el bosque.

Obtengo mi respuesta: soy un pájaro.

(una tarde de junio…)

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Cuando la tristeza habla,

el corazón hace silencio.

Acaso a ello se deba el largo silencio en el que se postró el mío, luego del bosquejo precedente.

(Anochecer – 11 de agosto)

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Padezco de cierta jovialidad de origen. Y aunque de ella no reniego, reconozco que es por la espontaneidad de su irrupción en mí que, a lo largo de mi vida, hordas de amargados han venido a lanzar sus miasmas a la fachada de mi casa.

(esta semblanza es algo más añeja pero, como andaba huérfana, la he incorporado ahora a mi cuaderno)

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Imágenes: 1. La luna desde El Ávila, camino de los españoles. 2. El cielo desde el litoral central, Arrecife. 3. y 4. Selene sobre Caracas

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