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RIQUEZA CONTRA DINERO, Alan Watts
En el año 2000 de la presente era, los Estados Unidos de América ya no existirán. No se trata de una profecía basada en poderes sobrenaturales sino una suposición completamente razonable. «Estados Unidos de América» puede significar dos cosas totalmente distintas. La primera puede significar un cierto territorio físico, gran parte del continente norteamericano, y que incluye lagos, montañas, ríos, plantas, animales y gente. La segunda puede referirse a un Estado político soberano, en competición con otros Estados soberanos existentes sobre la superficie del planeta. El primer significado es concreto y material; el segundo abstracto y conceptual.
Si los Estados Unidos siguen existiendo durante mucho tiempo en este segundo sentido, inevitablemente van a dejar de hacerlo en el primero. Por cuanto la tierra y la vida que encierran pueden ser destruidos actualmente con toda facilidad; ello será posible gracias a los repentinos y catastróficos efectos de una guerra nuclear o biológica, o a cualquier combinación de algunos tristes factores como los siguientes, exceso de población, polución atmosférica, contaminación de las aguas, y erosión de los recursos naturales a causa de una mala aplicación de la tecnología. A los que, además, pueden añadirse la posibilidad de una guerra civil o racial, la autocongestión de las grandes ciudades o el colapso de las principales redes de transporte y comunicación. Éste sería el fin de los Estados Unidos en ambos de los sentidos mencionados.
Existe, quizá, la remota posibilidad de que podamos continuar en el cielo nuestra abstracta y política existencia, de que podamos disfrutar directamente del estar «antes muertos que en poder de los rojos», y de que, con el permiso del Todopoderoso, podamos decir a nuestros enemigos que estarán chamuscándose en el infierno: «Ya os lo advertimos». Basándose en semejantes esperanzas, es muy probable que alguien pueda pulsar el Gran Botón Rojo a fin de demostrar que la creencia en la inmortalidad del espíritu está por encima de cualquier supervivencia física. Afortunadamente para nosotros, nuestros enemigos marxistas no creen en ningún más allá.
Cuando hago predicciones tan realistas parece ser que tiendo a mostrar el lado sombrío de las cosas. Mis candidatos no han ganado todavía ninguna de las elecciones en las que he votado. Estoy, pues, inclinado a creer que los políticos prácticos dan por sentado que la mayoría de la gente o es malintencionada o es estúpida; siento que normalmente sus decisiones serán miopes y autodestructivas, y que, con toda probabilidad, la raza humana fracasará como experimento biológico dejándose llevar por el fácil declive de la muerte, como los cerdos suicidas del Evangelio. Si pudiera apostar, invertiría mi dinero en este sentido. Pero no hay lugar alguno para apostar sobre cuál va a ser el fin de la humanidad. Del mismo modo, no se puede mirar la situación como si se estuviera por encima de ella, como si uno fuera un observador frío e imparcial. Me hallo implicado en la situación y, por tanto, me concierne, y porque me concierne, seré arrastrado a la perdición si dejo que las cosas sucedan tal como sería de esperar en el caso de que tan sólo se tratara de una apuesta.
No obstante, existe otra posibilidad para el año 2000. Una posibilidad que exige la concentración de nuestras mentes sobre los hechos físicos y que nos importen un bledo los Estados Unidos de América como entidad política y abstracta. Al pasar por alto la idea de nación, podemos prestar nuestra total atención al territorio, a la tierra real, con sus aguas, flores, bosques y cosechas, con todos sus animales y seres humanos. Y así crearemos, con costos y sufrimientos menores de los que estamos soportando en 1968, un experimento biológico totalmente viable y placentero.
Las posibilidades son más bien escasas. No hace mucho el Congreso votó, en medio de una gran retórica patriótica, la imposición de severas penas a los culpables de quemar la bandera de los Estados Unidos. No obstante, los mismos congresistas que aprobaron esta ley son responsables, por acción u omisión, de quemar, envenenar y saquear el mismo territorio que la bandera representa. Con lo que al votar la mencionada ley dieron testimonio de la peculiar y quizá fatal falacia de nuestra civilización: la confusión entre símbolos y realidades. La civilización, que incluye los logros del arte, la tecnología, la ciencia y la industria, es el resultado de la invención y manipulación de símbolos por parte del hombre — letras, palabras, números, fórmulas y conceptos — y de convencionalidades universalmente aceptadas como son las normas, las medidas, los horarios y las leyes. Mediante éstas podemos medir, controlar y prever el comportamiento del mundo humano y de la naturaleza. El éxito parece ser tal, que se nos ha subido a la cabeza y fácilmente confundimos el mundo real con los símbolos con que lo representamos. Tal como el semántico Alfred Korzybski solía afirmar, tenemos la urgente necesidad de aprender a distinguir entre el mapa y el territorio que representa; podía haber añadido, la necesidad de distinguir entre la bandera y el país. Dejadme ilustrar este punto y explicar al mismo tiempo cuál es el mayor obstáculo para un progreso tecnológico sano, centrándome sobre todo en la confusión fundamental existente entre dinero y riqueza. Recordemos la Gran Depresión de los años treinta. Existía una economía floreciente basada en el consumo y de repente, al día siguiente, surge la pobreza, el desempleo y las colas frente a las panaderías. ¿Qué había ocurrido? Los recursos físicos del país— cerebros, músculos, materias primas — seguían siendo los mismos, pero súbitamente se produjo una situación de escasez de dinero, un llamado hundimiento financiero. Los expertos en banca y finanzas a quienes muchas veces los árboles no dejan ver el bosque, han podido elaborar complejas teorías acerca de las razones de este desastre, pero en realidad todo ocurrió como si el día de la depresión se hubiera presentado un albañil a su trabajo y el capataz le hubiera dicho: «Lo siento, muchacho, pero hoy no podemos trabajar. No hay centímetros». «¿Qué significa que no hay centímetros? — replicará el albañil —. Tenemos madera y metal y todo lo que hace falta.» «Sí, claro, pero tú no entiendes de eso. Hemos gastado demasiados centímetros y ahora se nos han terminado.»
Pocos años más tarde la gente decía que Alemania no podía equipar un gran ejército y costear una guerra porque no tenía oro suficiente.
Lo que no se comprendía entonces, ni todavía ahora se acaba de comprender, es que la realidad del dinero es de la misma naturaleza que la de los centímetros, gramos, horas. El dinero es una medida de la riqueza, pero no es riqueza en sí. ¿De qué le sirve a un náufrago en una balsa un buen puñado de monedas de oro o una cartera repleta de billetes de banco? Lo que necesita es riqueza real en forma de aparejos de pesca, un compás, un motor fuera borda, suficiente gasolina y la compañía de una mujer.
Esta arcaica pero arraigada confusión entre dinero y riqueza constituye la causa principal de que, con el desarrollo tecnológico que poseemos, no produzcamos una mayor cantidad de comida, ropa, viviendas y toda clase de enseres útiles con los que satisfacer a todas las personas de la tierra. La electrónica, los computadores y las técnicas de automatización nos han trasladado a una era de abundancia en la que las ideologías del pasado, sean de derecha, izquierda o centro están sencillamente desfasadas. El viejo esquema socialista o comunista de quitar al rico para repartir entre los pobres es irrelevante, como lo es la vieja cuestión de conseguir un mejor reparto de la riqueza mediante la comedia de unos impuestos progresivos. Si enfocamos sensatamente el problema del dinero, mi predicción es que para el año 2000, o antes, nadie pagará impuestos, ni llevará dinero encima, los servicios serán gratuitos y todo el mundo poseerá un carnet de crédito general. Este crédito equivaldrá a la cantidad que corresponderá a cada individuo del dividendo nacional, al que todo el mundo tendrá libre acceso. Si así lo desea, podrá lograr unos ingresos extra mediante el ejercicio de algún arte u oficio manual que haya sido desplazado por la automatización. (Para informes más detallados del funcionamiento de este tipo de economía, el lector debería consultar el libro de Robert Theobald Challenge of Abundance and Free Men and Free Markets, así como también una serie de ensayos que ha editado bajo el título The Guarenteed Income. Theobald es un economista de vanguardia de la Columbia University.)
Naturalmente, estas proposiciones harán surgir las viejas exclamaciones «Pero, xq¿de dónde saldrá el dinero?» o «¿Quién pagará las facturas?» El caso es que el dinero no viene ni nunca vino de parte alguna. Debo insistir de nuevo: el dinero no es más que una medida de la riqueza e inventamos el dinero del mismo modo que inventamos la escala térmica Farenheit, los gramos o los kilos. Si descubrimos una mina de mineral de hierro no vamos a ir preocupándonos de que alguien nos preste «un millar de toneladas» antes de ponernos a explotarla. La verdadera riqueza consiste en la suma de energía, inteligencia, técnica y materias primas. El mismo oro constituye riqueza tan sólo cuando se usa para fines prácticos, como, por ejemplo, en la medicina dental, pero en cuanto es usado como dinero y se conserva cerrado en cajas y fortalezas, se vuelve inservible para cualquier otra cosa y queda fuera de circulación en tanto que materia prima, o sea verdadera riqueza. Si el dinero debe ser oro, plata o níquel, la expansión y distribución de grandes cantidades de riqueza en forma de trigo, aves, algodón, verduras, mantequilla, vino, pescado o café deberá esperar a que se descubran nuevas minas de oro antes de que pueda llevarse a término. Esta absurda situación ha podido evitarse hasta el presente, incrementando la llamada deuda nacional — expresión del obscurantismo semántico — mediante la cual un país se concede a sí mismo crédito o poder de compra, basada no en la posesión de metales preciosos sino en la de la auténtica riqueza en forma de productos, materias primas y energía mecánica. Debido a que normalmente la deuda nacional excede las reservas de oro o plata, se supone que un país con una fuerte deuda nacional camina directo a su ruina, sin tener en cuenta la importancia de sus recursos materiales. Aquí tenemos de nuevo el clásico ejemplo de la confusión entre símbolos y realidades, relacionada en este caso con la nefasta magia que implica la palabra «deuda». Ahora bien, la expresión «deuda nacional» debería cambiarse por la de crédito nacional. Al concederse crédito general (o nacional), una población determinada se concede a sí misma poder de compra, lo que en sí no constituye más que una forma de distribución de sus bienes y servicios reales mucho más valiosos que cualquier cantidad de metal precioso.
Hay que tener presente que he escrito estos ensayos desde el punto de vista de un simple filósofo, y no como economista o financiero. El papel del filósofo consiste en considerar estos asuntos con la mirada del niño del cuento de Andersen «El traje nuevo del Emperador». El filósofo trata de basarse en los principios y verdades más simples, y generalmente se da cuenta de cómo la gente deja de utilizar la verdadera riqueza por falta de unidades de medición puramente abstractas llamadas dólares, libras o francos. Partiendo de este punto de vista totalmente básico, o si se quiere infantil, me doy cuenta que hemos creado una maravillosa tecnología que nos permite obtener gran número de objetos o servicios sin apenas esfuerzo humano. ¿No resulta obvio que el empleo de máquinas tiene como objeto liberarnos del trabajo? Cuando se elimina la dependencia que crea la necesidad de producir los objetos necesarios automáticamente se dispone de tiempo libre para la diversión o para otras actividades creativas. Pero con la ceguera característica de aquellos que no saben distinguir entre símbolos y realidades, permitimos que nuestras máquinas dejen a la gente sin trabajo, pero no en el sentido de que tengan tiempo libre, sino en el de que carezcan de dinero y tengan que aceptar la vergonzosa ayuda que el Estado tiene establecida para socorrer a los parados. Así pues, conforme avanza la racionalización y automatización de la industria, estamos aboliendo la esclavitud humana; pero, al mismo tiempo, al penalizar a los nuevos esclavos desplazados privándoles de poder adquisitivo, los fabricantes se privan a su vez de mercados para sus productos. Las máquinas producen más y más, los seres humanos cada vez menos, pero la producción se amontona sin distribuirse ni consumirse, porque es demasiado exiguo el número de los que pueden ganar suficiente dinero y porque, inversamente, ni el más codicioso, hambriento y despiadado de los capitalistas es capaz de consumir diez libras de mantequilla diarias.
Cualquier niño está capacitado para comprender que el dinero no es más que una conveniencia para eliminar las molestias de una economía de permuta, de modo que no se tenga que ir al mercado con cestas de huevos o barriles de cerveza para cambiarlos por carne y verduras. Pero si todo lo que se tuviera para intercambiar fuera la energía física o mental frente a un trabajo que actualmente realizan las máquinas, el problema entonces debería plantearse así: ¿Qué tiene uno que hacer para ganarse la vida, y cómo hallará el fabricante clientes para sus toneladas de mantequilla o salchichas?
La única solución para la totalidad de la comunidad sería concederse a sí misma crédito — dinero — por el trabajo que las máquinas efectúan. Esto permitiría que sus productos fueran adecuadamente pagados para que pudieran invertir en mayores y mejores máquinas. La riqueza creciente sería entonces producto de la energía de las máquinas y no de la manipulación ritual del oro.
En cierto modo ya estamos haciendo algo parecido, pero mediante el destructivo expediente de concedernos crédito sólo para la fabricación de artefactos bélicos. Lo que las naciones han gastado en guerras desde 1914 podría servir, con la tecnología actual, para dotar a cada ser humano viviente de una renta confortable. Pero como confundimos la riqueza con el dinero, confundimos el concedernos crédito con el endeudarnos. Y como nadie puede endeudarse excepto en casos de emergencia, nuestra prosperidad depende de mantener la perpetua emergencia de la guerra. Nos hallamos, pues, obligados a utilizar el expediente suicida de crear guerras, cuando podríamos simplemente haber creado dinero, siempre, claro está, que la cantidad creada fuera proporcional a las riquezas reales que se estuvieran produciendo. Deberíamos así reemplazar el patrón oro por el patrón riqueza.
La dificultad estriba en que, con nuestras actuales supersticiones acerca del dinero, la concesión de unos ingresos garantizados por persona y año de unos, digamos, 10.000 dólares, produciría una inflación galopante. Los precios se dispararían rápidamente para poder apoderarse de esa cantidad de dinero circulante y antes de que nos diésemos cuenta, con unos ingresos de 10 000 dólares anuales, estaríamos en la pobreza. Los desventurados vendedores, hipnotizados por los dólares, no se dan cuenta de que siempre que suben los precios, el dinero así obtenido tiene cada vez menos y menos poder adquisitivo, que es la razón por la cual, conforme crece la riqueza material, la unidad monetaria vale cada vez menos; de donde se sigue que para mantenernos en la misma posición en que estamos debemos correr más y más aprisa y no permitir que sean las máquinas las que corran por nosotros.
Si pasáramos del patrón oro al patrón riqueza, los precios se quedarían más o menos donde estuvieran cuando se produjera el cambio y — milagrosamente — todos descubriríamos que tendríamos dinero más que suficiente para comer, beber, vestir y sobrevivir con abundancia y felicidad.
No va a resultar nada fácil explicar todas estas cosas a la gente, porque la humanidad ha existido quizá durante un millón de años en medio de una relativa escasez y tan sólo han transcurrido cien años desde el comienzo de la revolución industrial. Del mismo modo que en otro tiempo fue muy difícil hacer comprender a las gentes que la tierra era redonda y que giraba en órbita alrededor del sol, puede ahora resultar sumamente arduo hacer ver al hombre de «sentido común» que las virtudes de ganar y ahorrar dinero ya están caducas.
Quizá podría hacerse mediante ingeniosos programas de TV presentados con sencillez por caballeros de gafas y batas blancas con aspecto de científicos y mediante millones de publicaciones de historietas ilustradas, diseñadas con sumo cuidado.
Naturalmente, siempre será posible, para el que tenga esta inclinación, el ganar más dinero además del ingreso básico garantizado; pero a medida que resulte cada vez más claro que el dinero no es riqueza, la gente se dará cuenta de que existen límites a la riqueza real que cada individuo es capaz de consumir. Quizá debemos adoptar alguna fórmula basada en las sugerencias del economista alemán Silvio Gessell, como la de que el dinero que no esté en circulación vaya perdiendo valor a partir de su fecha de emisión. De todas formas, la tentación de acumular dinero o riqueza disminuirá conforme vaya resultando obvio que la tecnología seguirá produciendo bienes y que una persona no puede conducir cuatro coches a la vez, ni vivir en seis casas, ni dar tres vueltas al mundo al mismo tiempo.
Todo esto implica una curiosa inversión de la ética protestante, que, en los EE.UU. por lo menos, constituye uno de los mayores obstáculos para la obtención de un futuro de riquezas y ocio para todo el mundo. Afirma aquélla que el diablo da quehacer a las manos que permanecen ociosas y que no se puede confiar en la energía humana a menos que buena parte de la misma sea absorbida mediante el trabajo, de forma que, al regresar a casa, estemos demasiado cansados para caer en la tentación. Existe el temor de que la abundancia sumada al ocio conduzca a todo tipo de perversidades con la consiguiente debilitación y decadencia de la raza humana, tal como se describe en la obra de Hogarth A Rake’s Progress.
Existen ciertamente motivos para abrigar semejantes temores y quizá será necesario mantener en nuestras conciencias un sentimiento crónico de culpabilidad, mediante una nueva forma de sermonear que pueda servir para inculcar un sentido del pecado adecuado a la nueva época.
Los predicadores de los últimos años del siglo deberán insistir en que el disfrute del lujo es un deber solemne y sagrado. Los penitentes deberán confesarse de pecados tales como no ser capaces de satisfacer a su tercera concubina o de falta de atención al servir un banquete a los amigos. Naturalmente estoy hablando en broma, pero intento hacer ver el asunto terriblemente serio de que, si bien hoy todavía no resulta demasiado conveniente el pensar acerca de una utopía económica, en cierto modo constituye la única alternativa frente a la autodestrucción.
El reto moral que debemos afrontar radica en que una vida de abundancia y placer requiere una disciplina exacta y una gran imaginación. Del mismo modo que los metales llegan a experimentar «fatiga», toda estimulación constante de la conciencia, por placentera que sea, llega a ser enojosa y por lo tanto tiende a ser ignorada. Cuando el confort físico se transforma en algo permanente, dejamos de ser conscientes del mismo. Si durante mucho tiempo los problemas económicos han acaparado nuestra atención y de la noche a la mañana nos encontramos con que podemos disponer de una fortuna, el nuevo sentimiento de liberación y tranquilidad que ello supondría sería de corta duración, por cuanto en seguida empezaríamos a preocuparnos tanto como antes, si no del dinero, sí acerca del cáncer o de los ataques cardíacos. Y es que la naturaleza aborrece el vacío.
Ésta es la razón por la que una vida de placer no puede ser mantenida sin cierto ascetismo, como cuando una mujer pone el mayor esfuerzo en mantenerse en buenas condiciones físicas. Los franceses distinguen el «Gourmet» del «Gourmand»; el primero es un sofisticado devoto de las artes culinarias mientras que el otro no es más que un vulgar glotón.
En los EE. UU. los ricos han mostrado muy raramente un mínimo de imaginación en el cultivo de las artes del placer. El ejecutivo, con su traje de hombre de negocios, tiene un aire más de ministro o de empresario de pompas fúnebres que de hombre rico, con el agravante que usa una de las prendas de vestir más incómodas jamás inventadas, en comparación, por ejemplo, con el kimono o el kaftán. ¿Habéis intentado alguna vez comer en un restaurante privado destinado a los altos funcionarios de alguna gran corporación? ¡Estrictamente institucional! Hasta el más caro de los night-clubs no ofrece más que menús que le dejan a uno indiferente; y en las cenas de beneficencia, a 100 $ cubierto, es obligado el pollo sintético, criado en jaulas y que no sabe absolutamente a nada.
Si la conducta de un número cada vez mayor de jóvenes puede ser indicativa de lo que sucederá en el año 2000, creo que van a cambiar muchas cosas. Aparte de la caballeresca costumbre de llevar el pelo largo, los hombres están empezando a usar joyas y ropas de colores vividos, imitando los estilos de vida de los nobles medievales y de los magnates orientales, estilos que empezaron a desaparecer cuando el poder pasó de los nobles a los miserables mercaderes de las ciudades, los burgueses. Bajo estas apariencias externas, se está operando un claro cambio de valores: las vivencias ricas en contenido son mucho más codiciadas que la propiedad o las cuentas bancarias, y los planes para el futuro tan sólo son de utilidad para aquellos que son capaces de vivir plenamente el presente.
Todo esto parece mera indisciplina, como si los jóvenes (especialmente los hippies) se hubieran vuelto incapaces de posponer toda gratificación. Pero en realidad la rebelión de los estudiantes no es más que un signo de que los adolescentes ya no quieren atravesar el período de preparación necesario para llegar a ser adulto. «Los
viejos» no comprenden que los estudiantes de hoy no quieren llegar a ser la clase de
adultos que ellos son, que en definitiva es a lo único que conduce el aprendizaje que
la sociedad imparte.
Los artistas siempre han sido buenos profetas en lo que concierne al cambio social, y el creciente estilo «psicodélico» puede tildarse de cualquier cosa menos de indisciplinado. Los exponentes de este estilo, al usar una coloración intensa y dar gran importancia a los detalles de líneas y formas, están devolviendo al arte occidental la gloria que conoció en los tiempos de los manuscritos iluminados celtas y franceses, del vaso estañado de Chartres y de los trabajos esmaltados de Limoges. Este nuevo arte recuerda los dorados jardines de las miniaturas persas, las intrincaciones de los arabescos morunos y las filigranas de oro de las telas hindúes. Conozco a hippies dedicados a la fabricación de instrumentos musicales — laudes y guitarras — que por lo fino de sus texturas y por la delicadeza de sus incrustaciones de marfil pueden compararse perfectamente a cualquier producto del Renacimiento italiano. Por otra parte los músicos están empezando a ser conscientes de que los Beatles (por tomar un ejemplo obvio) hacen gala de un genio musical que les hermana con los grandes maestros de la música occidental, desde Bach a Stravinsky.
Una economía de ocio permitiría la posibilidad de que se desarrollara el artesano, escultor, pintor, poeta, compositor, navegante o ceramista frustrado que se esconde en todos nosotros. Naturalmente, se produciría una verdadera plétora de productos malos o indiferentes, pero el efecto a largo plazo sería un tremendo enriquecimiento de las bellas artes, la cocina, la jardinería, y la decoración. La producción masiva y automatizada proporcionaría las materias primas y los bienes imprescindibles, las herramientas y cierto tipo de artículos alimenticios. Por otra parte, no nos veríamos obligados a comprar muchos de los objetos que, hoy por hoy, debido a la escasez de tiempo, no podemos fabricar nosotros mismos: ropas, vajillas y otros artículos de uso diario que hoy son adorno de los museos y que los llamados «primitivos» elaboraban mucho más primorosamente.
Históricamente, los lujos de este tipo sólo han podido ser disfrutados por desvergonzados aristócratas y gracias a la explotación de los esclavos que trabajaban para ellos. Los burgueses, si bien seguían siendo explotadores, eran unos advenedizos tímidos que tenían, además, una moral protestante con el consiguiente sentido de culpabilidad, por lo que preferían esconder el dinero en los bancos y hacían cuanto estaba a su alcance para autoconvencerse de que el éxito en los negocios era símbolo inequívoco de una vida ascética y sacrificada. Pero en el año 2000 los esclavos no serán necesarios, ya que contaremos con las máquinas; nuestro urgente deber de ciudadanos será entonces llevar una vida de lujo y esplendor, basada en la devoción a todo tipo de arte, oficio y ciencia. (En verdad, hemos olvidado hace ya mucho tiempo que schola, o escuela, significa un lugar de esparcimiento en la que aquellos que no deben afanarse por ganar el sustento cotidiano pueden dedicarse a la búsqueda desinteresada del conocimiento y al arte.) Bajo semejantes circunstancias, ¿qué estilos de vida no podrían cultivarse? Imaginemos por un momento a los negros enriquecidos y sin tener que soportar las presiones de una burguesía blanca.
El estilo de vida será exuberante y lleno de colorido, pero no presentará, creo, la avidez ni la mera glotonería de algunas aristocracias que existieron en el pasado. Hablando un poco en broma, pero no totalmente, hacia el año 2000 la mayor parte de Asia habrá seguido los pasos del Japón y las ciudades estarán unidas por magníficas autopistas, sembradas de paradores en los que se expenderán «perros calientes», habrá luces de neón por todas partes, fábricas de todo tipo, enormes aeropuertos y enjambres de «Toyotas» conducidos por coolies vestidos con trajes occidentales. En cambio, en América todo el mundo estará ya harto de esto y abundarán las lamaserías y los ashrams (coeducacionales, claro), los expertos tañedores de sitar y de koto, los maestros de la ceremonia del té, las escuelas de caligrafía china y de jardinería estilo Zen, mientras la gente se paseará en quimonos, dhotis, saris, sarongs y otras confortables y alegres formas de vestir. Del mismo modo que actualmente los franceses compran pan traído en jet desde San Francisco, los tibetanos y japoneses hambrientos de espiritualidad estudiarán budismo en Chicago.
Que lo que estoy diciendo no es un total absurdo, puede inferirse del hecho de que cada vez exista mayor interés entre los estudiantes americanos por el misticismo oriental y otros estudios «no-occidentales» (tal es el nombre que actualmente reciben los cursos sobre cultura afro-asiática). Naturalmente, este interés no está desconectado del uso creciente de las drogas psicodélicas. A menudo se ha afirmado que estas últimas constituyen un sustituto del alcohol; en realidad no es exacto, ya que las drogas psicodélicas pueden ayudar a una exploración de nuevas dimensiones de la experiencia, tanto más atractivas en cuanto esotéricas y socialmente marginadas.
Repito, los estudiantes se sienten mucho más interesados por las experiencias vitales que por posesiones materiales, viendo, como ven, que la forma que sus padres tienen de experimentar a sí mismos y al mundo es en cierto modo enfermiza, pobre e incluso ilusoria, precisamente porque sus padres han confundido durante generaciones los símbolos con la realidad, el dinero con la riqueza y la personalidad (o ego) con el organismo humano real. Y aquí está el meollo del problema. No podemos seguir adelante con una tecnología que pretende ser plenamente productiva a condición de «americanizar» toda la tierra, envenenar los elementos, destruir la vida salvaje y debilitar la corriente sanguínea por el uso promiscuo de antibióticos e insecticidas.
Sin embargo, éste será sin duda el resultado lógico de la empresa tecnológica llevada a cabo con el hostil espíritu de conquistar la naturaleza sólo para hacer dinero. A pesar de la creciente alarma que produce el envenenamiento del medio ambiente o el deterioro de las cosechas debido a ciertos métodos de cultivo industrial, se está haciendo muy poco para el desarrollo de una tecnología ecológica, esto es, una tecnología en la cual el hombre respete tanto como a sí mismo al medio que le rodea.
Muchas grandes corporaciones —y sobre todo sus accionistas — muestran una despreocupación increíble respecto a sus propios intereses materiales; porque los desastrosos efectos de esta tecnología irresponsable se están extendiendo tan rápidamente que ya no podemos pensar en cargar el mochuelo a nuestros hijos. Investigaciones recientes, tanto aquí como en Inglaterra, prueban que los operadores de las granjas industriales evitan consumir lo que producen. ¿Hay alguien que se preocupe de lo sucedido con el sabor de la fruta y de la verdura, o que le importe el hecho de que las manzanas y tomates son a menudo pulverizados con cera para que mejoren de aspecto? (He podido comprobarlo raspando cuidadosamente una manzana con las uñas.) ¿Constituye acaso un buen negocio comprarse una casa de 80 000 dólares en Beverly Hills para habitar en medio de una miasma de gases? (El pasado mayo en París no nos preocupó demasiado el gas lacrimógeno, habituados como estábamos a respirar el aire de Los Ángeles.) ¿Es siquiera cuerdo tener un Ferrari y jugarse la vida dos veces diarias para ir de Norwalk, Connecticut, a Madison Avenue, Nueva York? ¿Y qué me decís de la vista aérea que se disfruta entre San Francisco y Seattle? Acres y acres de colinas sin otra decoración que la de los tocones de los árboles talados.
El decir que esto es la consecuencia de valorar la ganancia por encima del producto, ya que nadie haría nada sin el incentivo de la ganancia, es simplificar demasiado la cuestión. El verdadero problema consiste en que se identifica la ganancia con el dinero, cosa totalmente distinta de la auténtica ganancia que es vivir con dignidad y elegancia en un entorno bello o por lo menos acogedor. Pero los inversores no tienen responsabilidades a largo plazo por el uso que se haga de su capital; tan sólo les importa cortar los cupones y observar las estadísticas del mercado de valores, preocupados únicamente por el aspecto monetario de los resultados. Muy poco o nada verán de los procesos físicos que han financiado. Incluso pueden ignorar que sus fondos están invertidos en las patatas que cenan a diario. Su verdadera experiencia de los negocios se reduce a una traducción abstracta y aritmética de un hecho concreto y material, traducción, que por definición, ignora texturas, gustos, vistas, sonidos y olores.
Intentar corregir legalmente esta irresponsabilidad no conduciría a gran cosa, ya que la mayoría de las leyes tienen tan poca relación con la vida como el dinero con la riqueza. Problemas de este tipo se agravan, antes que solucionarse, con la intervención de los políticos. Lo que se necesita es más sencillo pero más difícil a la vez: simplemente que los banqueros, financieros y accionistas se transformen en seres reales y se pregunten exactamente qué es lo que esperan de la vida, dándose cuenta que esta pregunta totalmente práctica puede conducirles a estilos de vida mucho más agradables que los que actualmente persiguen. Para expresarlo simple y literalmente, deben recobrar el sentido, sus cinco sentidos, para su propio provecho y placer.
La dificultad estriba en que la mayor parte de los altos financieros y ejecutivos viven en un mundo cerrado. Van de sus clubs a sus oficinas, lujosas pero tristes, donde están protegidos por todo un estamento burocrático. Sólo leen lo que les llega a las manos después de haber sido cuidadosamente filtrado y mantienen exclusivamente consultas con gente caída en la misma trampa. Comunicarse con ellos resulta casi totalmente imposible para personas que no pertenecen a su casta; son víctimas de un sistema (o un ritual) tan cotidiano, complejo y engranado en todas sus funciones, que la idea de cambiarlo les parece totalmente absurda. En realidad este tipo de vida no es más que el desempeño de un papel que se recompensa con un status; de todas formas, las recompensas de tipo material que se obtienen son más bien mezquinas y ello por la simple razón de que el desempeño del papel llega a ser aburrido y consume además mucho tiempo. Pero la mera sugerencia de que debería cambiar el papel establecido le parecerá al actor la petición de que se transforme en alguien distinto, lo que tomará por una especie de afrenta a su ego imaginario y, consecuentemente, se aferrará aún más desesperadamente a su papel aunque con ello tenga que reprimir sus más profundas inclinaciones naturales y sentirse frustrado. Quizás esto fuera aceptable en el caso de que el papel desempeñado fuera de primordial importancia para la sociedad, que es lo que cree respecto a su trabajo la mayoría de hombres de negocios. Pero su forma de vida auto-encerrada les impide darse cuenta de que, en definitiva, son unos irresponsables no sólo frente a sus propios hijos, sino también frente a sí mismos. Ésta es precisamente la causa de que tantos de sus hijos se escurran hacia las dudosas aventuras de Haight-Ashbury o del East Village: la vida en Scarsdale, Atherton, Lake Forest o Beverly Hills se ha vuelto inconcebiblemente monótona. Sin embargo, existe la señal esperanzadora de que algunos de estos mismos chicos están logrando comunicarse con sus padres, puesto que no es natural que siempre se interponga una secretaria entre el padre y el hijo. ¿Existe algún precedente histórico del actual enfrentamiento de las dos generaciones en una tan vasta escala — política, moral, religión, indumentaria, arte y música? No creo que, en última instancia, los mayores rechacen a sus hijos; ello iría contra la Naturaleza. Pero para hacer las paces, los viejos deberán recorrer un muy largo camino desde sus posiciones actuales.
Menos esperanzadoras resultan las posibilidades de un cambio de actitud entre los obreros, quienes, al estar organizados en sindicatos — organismos que en cierta época fueron muy necesarios pero que actualmente son muy reaccionarios — constituyen el potencial real — y peligroso — del fascismo americano. Porque los sindicatos actúan bajo la misma confusión entre símbolos y realidades con que actúan los capitalistas inversores: la paga es más importante que el trabajo y, como todos deben aceptar las horas y las condiciones (mediocres) impuestas por el sindicato, cualquier auténtico entusiasmo que se sienta respecto a algún oficio nunca debe ser estimulado. Ahora bien, una fuerza de trabajo «robotizada» hasta tal punto parece invitar a su sustitución por maquinaria. El presupuesto básico de los sindicatos respecto al trabajo nunca fue su dignidad sino su dificultad, el esfuerzo que requería; su estrategia fue siempre hacer lo menos posible con el máximo salario. Pero, si la automatización elimina el esfuerzo, elimina también la necesidad de que existan sindicatos, verdad que se está haciendo patente incluso en sindicatos de «élite» como el de los músicos. El trompeta reacio a tocar es sustituido por una cinta magnetofónica que nunca protesta. Ahora bien, si los sindicatos han de tener una nueva utilidad, deben usar su presión política no para conseguir una mayor participación en las ganancias (basada en un aumento de precios que compense el aumento de salarios) sino para lograr una total revisión del concepto y función del dinero. El temor de que la abundancia nacida de una producción adecuada eliminará los actuales controles de natalidad constituye una suposición en contra de los hechos, ya que hasta el presente los problemas de superpoblación son propios de los países subdesarrollados. Japón, la única nación asiática plenamente industrializada, es el único país asiático con un programa efectivo de control de natalidad. El índice de nacimientos también está decreciendo en Suecia, Alemania Occidental, Suiza y EE.UU., mientras que las naciones más pobres de Asia y África se resisten a aceptar consejos tendentes a frenar su tasa de natalidad creyendo que se trata de otro truco de los blancos para desposeerles de su poder político. Entretanto, el único método humano y absolutamente urgente de lograr un control de la población es hacer todo lo posible para incrementar la producción de alimentos en todo el mundo y consagrar a este objetivo la riqueza y energía que actualmente se despilfarran en tecnología militar.
Ahora bien, a causa de la postura más interesada, endurecida y egocéntrica, los EE. UU. han puesto sus fuerzas armadas bajo el control de unos estrategas totalmente incompetentes; una cuadrilla de idiotas que no aprecian la diferencia existente entre destreza militar y mero poder de fuego, que matan mosquitos con ametralladoras pesadas y liberan países arrasándolos previamente, que tienen como arma principal un artefacto que no es en absoluto un arma sino un instrumento de suicidio mutuo y cuyas motivaciones políticas, basadas en la pueril división del mundo entre «buenos» y «malos», no dejan lugar a consideraciones como la de que sus enemigos son también seres humanos y no engendros que profesan una ideología satánica. Si al menos estuviéramos luchando en Vietnam con el honorable y materialista propósito de apoderarnos de la riqueza y de las mujeres del país, tendríamos el mayor cuidado en dejarlo intacto. Pero al luchar en aras de unos principios abstractos, en tanto que distintos de los beneficios materiales, nos convertimos en los instrumentos implacables de la ilusión de que todas las cosas pueden ser blancas sin el contraste que supone la existencia de lo negro.
Timothy Leary no andaba muy equivocado cuando afirmaba que debemos salir de nuestras mentes (o valores abstractos) para participar más de nuestros sentidos (o valores concretos). El desplazarnos hacia los sentidos debe ser ante todo una experiencia de nuestra propia existencia entendida como organismo viviente antes que como «personalidad». El hombre, en tanto que organismo, es al mundo exterior lo que un remolino es al río: el hombre y el mundo no son más que un único y natural proceso, pero nosotros nos comportamos como si fuéramos los conquistadores de un territorio extranjero. Ahora bien, cuando el individuo se identifica con el ego y se siente como una personalidad separada, nunca llega a darse cuenta de que su cuerpo no es más que una forma particular de la energía y que no es independiente de las restantes formas de la misma llamadas plantas, animales, insectos, bacterias, minerales, líquidos y gases. La definición de persona y el sentimiento del «Yo» no incluyen en realidad la relación a que acabamos de referirnos. Decimos: «Vine a este mundo». No es exacto; hemos salido de este mundo, lo mismo que las ramas de un árbol nacen de su tronco.
Mientras no sintamos efectivamente la existencia en este sentido, no habrá lugar para la creación de formas políticas que reconozcan la interdependencia de todos los pueblos, ni para formas tecnológicas que tengan presente el nexo de unión entre el hombre y el resto de la obra de la Naturaleza. Ahora bien, ¿cuál puede ser la clave de nuestro cambio vivencial? ¿La educación científica? Quizá sería una solución para el intelecto, no para las emociones. ¿La religión? La experiencia hasta el presente no es muy esperanzadora. ¿La psicoterapia? Demasiado lenta. Si algo puede hacerse en este asunto, y hacerse a tiempo, estoy de acuerdo con Aldous Huxley (y con el sobrio y erudito Arthur Koestler en su Ghost in the Machine) en afirmar que nuestra única salida puede ser la psicofarmacología, un producto químico, una píldora que nos libere de la tiranía conceptual de la mente.
Si bien yo he experimentado estos métodos (LSD, etcétera), me mostraría tan reacio a intentar cambiar el mundo por medio de sustancias psicodélicas, como a administrar a todo el mundo antibióticos sin la más pequeña discriminación. Todavía ignoramos los desequilibrios ecológicos que estos últimos pueden haber causado, no sabemos cuán profundamente pueden haber alterado ciertos equilibrios de la Naturaleza. Debo hacer, por tanto, otra sugerencia que quizá sea igualmente inaceptable.
Se trata simplemente de no hacer nada al respecto… Poco antes de morir, Robert Oppenheimer hizo observar que el mundo estaba camino del infierno, añadiendo que la única posibilidad de que no se cumpliese su previsión era que no hiciésemos absolutamente nada para evitarlo. Porque la mayor de las ilusiones en la que cae el ego abstracto es la creencia de que puede hacer algo que produzca una mejora radical de sí mismo o del mundo.
Y, físicamente, esto es tan descabellado como tratar de elevarnos en el aire tirando de los cordones del zapato. Además, el ego, como el dinero, no es más que un concepto, un símbolo, incluso una ilusión, no es un proceso biológico o una realidad física.
Esto significa que hemos de abstenernos de predicar cruzadas, que hemos de abstenernos de actuar por causas abstractas como el bien, la paz, el amor universal, la libertad, o la justicia social. También significa dejar de luchar contra duendes como el comunismo, fascismo, racismo y los poderes imaginarios de las tinieblas y el mal. Porque en su mayor parte, el infierno por el que actualmente atraviesa el mundo se debe a las buenas intenciones de la gente. Justificamos nuestras guerras y revoluciones afirmando que son medios más o menos afortunados para la consecución de buenos fines, como un general que hace poco decía que había destruido un pueblo en Vietnam para su propia seguridad. Ésta es también la causa de que no podamos llegar a ningún acuerdo genuino en las mesas de conferencias — sólo compromisos transitorios e incompletos — puesto que cada bando cree que actúa por los mejores motivos y en beneficio de toda la Humanidad. Para ser humano, uno debería reconocer y aceptar cierto irreducible elemento canalla tanto en sí mismo como en el enemigo. Constituye un enorme alivio el darse cuenta de que estas ambiciones abstractas no son más que tonterías y que hemos estado malgastando incontable energía física y mental en empresas fatuas. Porque cuando se comprende que tratar de conseguir el bien sin mezcla de mal alguno es tan absurdo como tratar de imponer el color blanco sobre el negro, toda esta energía se orienta hacia cosas que sí pueden ser realizadas, cosas materiales y específicas como cultivar la tierra, cocinar, extraer minerales, confeccionar ropas y construir edificios, viajar, aprender, bailar, hacer el amor. Cosas, todas éstas, excelentes para ser hechas por sí mismas, pero, por favor, no para mejorarse uno mismo o al prójimo.
Alan Watts
Riqueza contra dinero forma parte del libro EL GRAN MANDALA. Título original: DOES IT MATTER?
Editorial Kairos Kairós, Barcelona, España, 1979.






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