sábado, 31 de julio de 2021

Guarida de los poetas, Juan Eduardo Cirlot: Contemplo entre las aguas de tu cuerpo. / Fragmentarias: textos al vuelo. Kafka - Lichtenberg - Paracelso - Cicerón / Pau Casals: La canción de los pájaros

 




Juan Eduardo Cirlot.

Contemplo entre las aguas de tu cuerpo

Contemplo entre las aguas de tu cuerpo
la celeste blancura del pantano
desnudo bajo el campo con relieves
y circundado por el verde fuego.

No muy lejos el mar y las estrellas
en las arenas grises de las nubes.
Manos entre las piedras con las olas
y tus ojos azules en las hierbas.

Las alas se aproximan. Descomponen,
perdidas en las páginas del bosque,
Bronwyn, mi corazón, y cenicienta
sobre la tierra negra y en los cielos.

Fragmentarias

"...Cada mes la luna ejecuta la misma carrera que el sol en un año... 

Contribuye en gran medida por su influjo a la madurez de las plantas y el crecimiento de los animales..."

Cicerón, cual lo cita Juan Eduardo-Cirlot en su Diccionario de símbolos.




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Toda la magia del reino vegetal reside en el conocimiento de los "espíritus" de las plantas.

Paracelso. Las plantas mágicas.




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Sé, por experiencia irrefutable, que los sueños conducen al autoconocimiento. 

Georg Christoph Lichtenberg, Aforismos.




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Vivir quiere decir: estar en el centro de la vida; ver la vida con la mirada en la que yo la he creado.

Franz Kafka. Cuadernos en octavo, Biblioteca Kafka. Alianza editorial. Madrid.  



Pau Casals: La canción de los pájaros.




Gracias a la poesía, lacl. Anotación sobre un arte total, esto es, sobre ars poética. / El espejo, Andrei Tarkovski escena final, fotogramas.

 


Gracias a la poesía, decía alguna vez Robert Graves, aquel que vive su experiencia puede viajar en una pentadimensionalidad, tanto en tiempo como en espacio, algo que no se puede lograr con los artilugios de ciencia y  tecnología. La poética de Andrei Tarkovski es de tal sutileza que arroba los sentidos. En la escena final de El Espejo (a mí por lo menos me parece que es algo evidente), gracias al ojo mágico del Séptimo Arte, pareciera que se nos está tendiendo la estremecedora invitación a un inicio. Mientras la abuela y los  niños -que cantan alborozados- caminan, corren y  retozan por el descampado, el ojo mágico, que pasa a ser el ojo del espectador, se interna en un bosque. A medida que el ojo del contemplador que es el espectador, se desliza hacia el interior del bosque, éste se hace más tupido y comienza a hacerse más oscura la visión. Se nos está dejando en la puerta de la imagen inicial de La Divina Comedia del gran Dante:

"...Nel mezzo del cammin di nostra vita. 

mi ritrovai per una selva oscura 

ché la diritta via era smarrita..."

 ...

"...En el medio del camino de nuestra vida 

me encontré en una selva oscura, 

pues la senda derecha había perdido..."

Post Scriptum: comentario aparte mereceeía la música sobre la que se apoya Andrei Tarkovski, no sólo para este filme, sino para todos, los contados que pudo realizar.



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El espejo, escena final, fotogramas.

Nota bene: el video se puede observar en YouTube al hacer clic en mirar en YouTube". 

No tengo ningún interés pecuniario o comercial al divulgar estos segmentos de una película que es una obra maestra; mi único interés es darlo a conocer entre quienes todavía no conozcan la filmografía de ese maestro que ha sido Andrei Tarkovski. 



Secuencia...



























miércoles, 28 de julio de 2021

Guarida de los poetas: De tal palo, tal astilla: Arseni Tarkovski y Andrei Tarkovski. Poemas en El espejo,

 


Nota bene: los videos se puede observar en YouTube al hacer clic en "mostrar en YouTube". 

No tengo ningún interés pecuniario o comercial al divulgar estos segmentos de una película que es una obra maestra; mi único interés es darlo a conocer entre quienes todavía no conozcan la filmografía de ese maestro que ha sido Andrei Tarkovski. 



De tal palo, tal astilla. Los poemas de Arseni Tarkovski no son menos contundentes que la obra fílmica de su hijo Andrei. Parecieran estar escritos con el filo de una navaja en el cielo de los oscuros pensamientos, otorgándole súbita luz al alma que los escucha. Acá dejamos las versiones de los poemas de Arseni que Andrei incorpora a su film "El espejo" y que el mismo Andrei lee, convirtiendo esas escenas en sublimes momentos en los que el arte se despliega en la psique del contemplador. Versiones de Irina Bogdaschesvski. Creo que en un futuro no muy lejano me intentaré una versión personal. 

Salud, lacl.

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POEMAS DE ARSENI TARKOVSKI QUE SU HIJO ANDREI TARKOVSKI DESPLIEGA Y LEE EN SU FILM EL ESPEJO, OBRA MAESTRA.  



I. 


Los primeros encuentros


Cada instante de nuestros encuentros

celebramos, como una presencia Divina,

solos en todo el mundo. Entrabas

más audaz y liviana que el ala de un ave;

por la escalera, como un delirio,

saltabas de a dos los escalones, y corrías

a través de las húmedas lilas, llevándome lejos,

a tus dominios, al otro lado del espejo.


Cuando llegó la noche, recibí la gracia,

las puertas del altar se abrieron,

y brilló en la oscuridad, en el espacio

la desnudez, y se inclinó lentamente,

y despertando, pronuncié: "'¡Benditas seas!",

y enseguida percibí la insolencia

de esta bendición. Dormías,

y para pintar tus párpados de aquel azul eterno

las lilas se inclinaron hacia ti desde la mesa.

Tus párpados azules ahora estaban

serenos, y tibias tus manos.


En el cristal se percibía el pulso de los ríos,

el humo de los cerros, el resplandor del mar,

y una esfera en la palma de la mano sostenías,

de cristal, y dormías en el trono,

y ¡oh Dios Santo! eras mía solamente.


Al despertarte, había transformado

el común lenguaje cotidiano

y con renovada fuerza se colmó la garganta

de vocablos sonoros, y la palabra "tú", tan liviana,

quería decir "Zar" ahora, revelando su nuevo significado.

De pronto, en el mundo todo ha cambiado,

hasta las cosas simples, como la jarra, la palangana,

cuando se erguía en medio de nosotros, cuidándonos,

el agua, dura y laminada.


Fuimos llevados hacia el más allá,

y se abrían ante nosotros, como por encanto,

las ciudades milagrosas, y nos invitaban a pasar,

la menta se extendía bajo nuestro pies,

las aves seguían nuestro camino,

los peces remontaban nuevos ríos,

y el cielo se abrió ante nuestros ojos...

Mientras seguía nuestra huellas el destino,

como el loco, armado de una navaja.




II.


Te esperé ayer desde el alba,

se dieron cuenta de que ya no vendrás.

¿Te acuerdas qué tiempo tuvimos?

Fue una fiesta. Yo salí sin abrigo.

Llegaste hoy, y nos han preparado

un día singularmente sombrío,

la lluvia y una particular hora tardía.

Y corren las gotas por las ramas heladas

que ni las palabras podrían frenar,

ni secar siquiera un pañuelo.



III.


No creo en los presentimientos, tampoco me asustan las señales,

no huyo ni del veneno, ni de las calumnias.

La muerte no existe en el mundo, todos son inmortales,

todo es inmortal, no hay que temer a la muerte

ni a los diecisiete años, ni a los setenta.


Existe solamente la realidad y la luz.

No hay en este mundo ni oscuridad, ni muerte.

Estamos todos reunidos en la orilla del mar,

y soy de aquellos que recogen las redes,

cuando viene, en cardumen, la inmortalidad.


Sigan viviendo en la casa, y ella no se destruirá.

Convocaré a cualquiera de los siglos,

entraré en él, y construiré allí mi morada.

Por eso están conmigo sus hijos y sus mujeres comparten mi mesa,

pues, la mesa es una sola para el bisabuelo y para el nieto.


Lo venidero acontece ahora, y si yo levanto la mano,

quedarían cinco rayos de luz para todos ustedes.

Mis clavículas apuntalaron, como vigas, los días del pasado,

medí los años con cadenas de agrimensor, horadé el tiempo,

como si fuese los Urales, y elegí el siglo según mi estatura.


Bajamos al sur y levantamos el polvo de las estepas...

El pasto alto se alborotó, bromeó el grillo, tocó las herraduras,

nos auguró el futuro con sus bigotes,

y me amenazó, como un monje, con la perdición segura.


Até mi destino con las correas a la silla de montar,

aún erguido en los estribos, cabalgo como un muchacho en los tiempos venideros;

me satisface mi inmortalidad, para que mi sangre corra de siglo en siglo..

Por un rincón seguro de dulce tibieza pagaría obstinado con mi vida,

si ella no fuera una aguja voladora, que me tira, como a un hilo, por todo el mundo.



IV.


El hombre tiene un solo cuerpo,

como una celda incomunicada,

el alma ya está harta

de esa envoltura apretada,

con los ojos y los oídos

de tamaño tan escueto,

con la piel -pura cicatriz-

que viste el esqueleto.

A través de la retina vuela

hacia el manantial del cielo,

hacia el eje helado,

hacia la carroza de pájaro,

y oye desde las rejas

de su prisión viviente,

el parloteo de bosques y prados,

la trompeta de los siete mares.

Es un pecado tener el alma sin cuerpo,

es lo mismo que un cuerpo sin camisa,

como si no tuviera ni obra, ni proyecto,

ningún designio, ni una sola línea.

Puros enigmas sin ninguna clave.

Pues, quién volvería hacia atrás

después de haber bailado

donde nadie bailaría jamás.

Y sueño con un alma diferente,

vestida de otra manera,

que arde, recorriendo siempre

el camino entre la timidez y la espera,

como una llamada seca, sin reflejo,

que corre al ras del suelo

y como un recuerdo, nos deja

el ramo de lilas en la mesa.

Corre, niño; no te apiades

de Eurídice desdichada,

echa rodar por el mundo

tu aro de cobre con una vara,

mientras, apenas audible

pero respondiendo a cada paso,

la tierra suena en los oídos

tan alegre y austera.

...



ARSENI TARKOVSKY (RUSIA, 1907-1989) 

Traducción de Irina Bogdaschevski.

FUENTE: BLOG EL PLACARD. Diciembre 10  2011

https://elplacard.blogspot.com/2011/12/poemas-de-el-espejo-arseny-tarkovsky.html?m=1



Una anotación sobre los enlaces:


La escena que corresponde a la Guerra Civil Española. El espejo, de Tarkovski, es una obra maestra, ardua obra, muy difícil es comprenderla, porque es un poema visual, antes que un filme...


Siempre he pensado que "El espejo"  film de Andrei Tarkovski, culmina donde comienza la Divina Comedia de Dante, internándose uno en una selva oscura, pues el espectador va acompañando al ojo de la cámara, cuando ésta inicia su sendero tras los árboles, que se van haciendo más  y más tupidos a medida que la el ojo contemplador se adentra en el bosque. El espectador se transforma, así, en un silente protagonista de la obra, el espejo.







martes, 27 de julio de 2021

Siega de palabras, del ayer, del ahora, de la noche, lacl. / Galería de Orfeo Chet Baker.

  



Me ha sucedido una cuestión asaz curiosa. 

Estaba soñando; en el sueño estoy acompañado por dos amigos, estamos reunidos porque voy a leerles unos poemas que llevo escritos en hojas sueltas; lo curioso es que los poemas existen; esas hojas son físicas, existen en el sueño. Los tres primeros son epigramas muy cortos, de unas tres a cinco palabras. 

Tienen carga de sentido sobre la hoja, carga que no siento transmitir mientras los enuncio en voz alta para los amigos.   

Cuando paso a la cuarta hoja, comienzan a aparecer los textos de más largo aliento. Sin embargo, cuando leo lo que digo es muy distinto a lo que aparece sobre la hoja. Ese poema, por ejemplo, habla de galaxias y cifras que no leo. Mis palabras rezan unos versos distintos a los versos escritos sobre el papel. Es como si alguien los corrigiera al decirlos. No soy yo. Es algo que baja del cielo y sale por la boca.  

En ese momento me despierto, pero con la certeza de que sus hojas están ahí, son físicas, y que puedo volver a ellas cada vez que vuelva el sueño. 


lacl, 25 de Julio de 2021, 1:30 am.

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Hay que intentar mantener el jardín floreado. 

Que flores llaman flores y colibríes... 

Entonces vendrán.

.

lacl, hora del pulmón, 16 07 2018.


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Llevo en el recuerdo aquella frase de Brecht sobre la que tantos "revolucionarios" de mi juventud se apoyaron, aquella que se preguntaba si no era un ladrón mayor que aquel que roba un banco, aquel otro que lo ha fundado... Se estaban preparando para justificar su revolución de alfombras rojas, champagne y caviar…

lacl, 22 de Julio de 2016. 

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HA LLEGADO EL PORVENIR. 


Inopia, anomia, oligofrenia; 

estulticia vacua y biliosa;

pírrica soberbia derramada

en calles y veredas,

en ríos y acequias,

en plazas y mentideros

por una turba de androides

asistidos de razón...


Ha llegado el porvenir. 

La Tierra prometida. 


lacl, justo ahora, al contemplar nuestro "legado".

8 de julio 2021

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Un pensar agradecido, que es como un cavilar sintiendo. No conozco otra manera de pensar o imaginar.  


lacl  junio 2020

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Luz que se traga la noche y noche que nos brinda la luz...

lacl, 05 de Julio, 2013

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No hemos aprendido a respirar silenciosamente, como las piedras.


lacl, 07 de Julio. 2019

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Galería de Orfeo Chet Baker






domingo, 25 de julio de 2021

El culto de la muerte, lacl / Benjamin Britten War Requiem

 


Una anotación de hace algunos años cuando la beligerancia estaba en plena expansión entre Israel y Palestina. 

Siendo tantas las muestras fehacientes de que la humanidad (y tendemos a olvidar son suma facilidad que cada individuo es la humanidad) está gobernada por el culto de la muerte por aniquilación, ningún ser humano que avizore y padezca las nefastas consecuencias de elevar altares a los dioses de la muerte, debería abstenerse de expresar su disconformidad. La voz del hombre indiviso, en su vecindario, entre sus amigos y conocidos cobra una inusitada importancia ante el atropello de las opiniones forjadas y vendidas cual envenenados caramelos producidos a granel.

El fanatismo religioso es tan estúpido y carente de sentido común como el moderno fanatismo deportivo. Se apoya una “causa” cuyo principio es todo desconocimiento de causas. Se apoya una causa porque sí, simplemente; los decálogos de justificación de cada causa pueden crearse, incluso, sobre la marcha; y se les maquilla o modifica según la conveniencia del momento. Jamás he podido comprender que el ser humano se deje seducir, con tanta fruición, por el convite de ser parte de una informe y desprevenida masa. De allí la importancia que confiero al culto de la individualidad humana. No hablo del culto a los apetitos personales o de las artes de pulimentar el ego, me refiero a la certísima posibilidad de rescatar a la humanidad, hombre por hombre. Es en el seno de cada corazón que podemos darle un vuelco a la barbarie.

Heráclito llegó a decir que “la opinión es una enfermedad sagrada” y acaso nos haya dejado una de las más finas ironías del pensamiento humano. Mas yo siento una sed inmensa de beber las aguas que ofrecieran hombres como Amos Oz o Edward Said, cuando patrocinaron la imperiosa necesidad de que sus pueblos (Israel y Palestina) aprendieran a convivir.

Las individuales tomas de partido por lo que sucede en otro rincón del orbe, no corroen nuestras posiciones éticas ante las sinrazones que puedan estar sucediendo (y, de hecho, suceden paladinamente) en nuestro  propio suelo.

Es muy difícil, harto improbable, modular sentimiento, pensamiento y acción bajo el fuego de los cañones. Pero quienes los mandan a accionar no son la mayoría. O, al menos, no representan a toda la humanidad. El ser humano debería algún día pensar en la posibilidad cierta de desoír a las minorías que, secular y empecinadamente, agitan los sables en el aire.

Y quiero recoger nuevamente una impronta de Emerson, pues me ayuda a expresar lo que siento sobre ese equívoco del culto a las masas...

“…Abandonemos esa hipócrita charlatanería sobre las masas. La masa es tosca, imperfecta, incompleta, perniciosa en sus exigencias, en su influencia… Mi aspiración es no concederle nada, y más bien domarla, horadarla, dividirla y quebrantarla para sacar de ella individuos… No quiero en absoluto ninguna masa, solo hombres honestos… y tampoco nada de holgazanes ahítos de ginebra, pedigüeños y estúpidos… Desechemos este hurra a las masas y tengamos el voto reflexivo de los hombres tomados uno a uno, comprometidos por su honor y su conciencia…”

Ayer andaba yo con un viejo ejemplar de “Poesía e Identidad”, de Robert Penn Warren, quien es el que nos trae la cita de Emerson. La nota reza: Ralph Waldo Emerson, The conduct of life, Boston, 1903.

lacl, 15 de Julio 2014



Benjamin Britten, War Requiem 



sábado, 24 de julio de 2021

Guarida de los poetas: Últimos días de una casa. Dulce María loynaz. / Galería de la memoria, hermoso registro audiovisual

 



Últimos días de una casa. Dulce María Loynaz

 

A mi más hermana que prima,

Nena A. de Echeverría



No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días

este extraño silencio:

silencio sin perfiles, sin aristas,

que me penetra como un agua sorda.

Como marea en vilo por la luna,

el silencio me cubre lentamente.


Me siento sumergida en él, pegada

su baba a mis paredes;

y nada puedo hacer para arrancármelo,

para salir a flote y respirar

de nuevo el aire vivo,

lleno de sol, de polen, de zumbidos.


Nadie puede decir

que he sido yo una casa silenciosa;

por el contrario, a muchos muchas veces

rasgué la seda pálida del sueño

-el nocturno capullo en que se envuelven-,

con mi piano crecido en la alta noche,

las risas y los cantos de los jóvenes

y aquella efervescencia de la vida

que ha borbotado siempre en mis ventanas

como en los ojos de

las mujeres enamoradas.


No me han faltado, claro está, días en blanco.

Sí, días sin palabras que decir

en que hasta el leve roce de una hoja

pudo sonar mil veces aumentado

con una resonancia de tambores.

Pero el silencio era distinto entonces:

era un silencio con sabor humano.


Quiero decir que provenía de "ellos",

los que dentro de mí partían el pan;

de ellos o de algo suyo, como la propia ausencia,

una ausencia cargada de regresos,

porque pese a sus pies, yendo y viniendo,

yo los sentía siempre

unidos a mí por alguna

cuerda invisible,

íntimamente maternal, nutricia.


Y es que el hombre, aunque no lo sepa,

unido está a su casa poco menos

que el molusco a su concha.

No se quiebra esta unión sin que algo muera

en la casa, en el hombre... O en los dos.


Decía que he tenido

también mis días silenciosos:

era cuando los míos marchaban de viaje,

y cuando no marcharon también... Aquel verano

-¡cómo lo he recordado siempre!-

en que se nos murió

la mayor de las niñas de difteria.


Ya no se mueren niños de difteria;

pero en mi tiempo -bien lo sé...-

algunos se morían todavía.

Acaso Ana María fue la última,

con su pelito rubio y aquel nido

de ruiseñores lentamente desmigajado en su garganta...


Esto pasó en mi tiempo; ya no pasa.

Puedo hablar de mi tiempo melancólicamente,

como las personas que empiezan

a envejecer, pues en verdad

soy ya una casa vieja.


Soy una casa vieja, lo comprendo.

Poco a poco -sumida en estupor-

he visto desaparecer

a casi todas mis hermanas,

y en su lugar alzarse a las intrusas,

poderosos los flancos,

alta y desafiadora la cerviz.


Una a una, a su turno,

ellas me han ido rodeando

a manera de ejército victorioso que invade

los antiguos espacios de verdura,

desencaja los árboles, las verjas,

pisotea las flores.


Es triste confesarlo,

pero me siento ya su prisionera,

extranjera en mi propio reino,

desposeída de los bienes que siempre fueron míos.

No hay para mí camino que no tropiece con sus muros;

no hay cielo que sus muros no recorten.


Haciendo de él, botín de guerra,

las nuevas estructuras se han repartido mi paisaje:

del sol apenas me dejaron

una ración minúscula,

y desde que llegara la primera

puso en fuga la orquesta de los pájaros.


Cuando me hicieron, yo veía el mar.

Lo veía naturalmente,

cerca de mí, como un amigo;

y nos saludábamos todas

las mañanas de Dios al salir juntos

de la noche, que entonces

era la única que conseguía

poner entre él y yo su cuerpo alígero,

palpitante de lunas y rocíos.


Y aun a través de ella, yo sabía

adivinar el mar;

puedo decir que me lo respiraba

en el relente azul, y que seguía

teniéndolo, durmiendo al lado suyo

como la esposa al lado del esposo.


Ahora, hace ya mucho tiempo

que he perdido también el mar.

Perdí su compañía, su presencia,

su olor, que era distinto al de las flores,

y acaso percibía sólo yo.


Perdí hasta su memoria. No recuerdo

por dónde el sol se le ponía.

No acierto si era malva o era púrpura

el tinte de sus aguas vesperales,

ni si alciones de plata le volaban

sobre la cresta de sus olas... No recuerdo, no sé...

Yo, que le deshojaba los crepúsculos,

igual que pétalos de rosas.


Tal vez el mar no exista ya tampoco.

O lo hayan cambiado de lugar.

O de sustancia. Y todo: el mar, el aire,

los jardines, los pájaros,

se haya vuelto también de piedra gris,

de cemento sin nombre.


Cemento perforado.

El mundo se nos hace de cemento.

Cemento perforado es una casa.

Y el mundo es ya pequeño, sin que nadie lo entienda,

para hombres que viven, sin embargo,

en aquellos sus mínimos taladros,

hechos con arte que se llama nueva,

pero que yo olvidé de puro vieja,

cuando la abeja fabricaba miel

y el hormiguero, huérfano de sol,

me horadaba el jardín.


Ni aun para morirse

espacio hay en esas casas nuevas;

y si alguien muere, todos tienen prisa

por sacarlo y llevarlo a otras mansiones

labradas sólo para eso:

acomodar los muertos

de cada día.


Tampoco nadie nace en ellas.

No diré que el espacio ande por medio;

mas lo cierto es que hay casas de nacer,

al igual que recintos destinados

a recibir la muerte colectiva.


Esto me hace pensar con la nostalgia

que le aprendí a los hombres mismos,

que en lo adelante

no se verá ninguna de nosotras

-como se vieron tantas en mi época-

condecoradas con la noble tarja

de mármol o de bronce,

cáliz de nuestra voz diciendo al mundo

que nos naciera allí un tribuno antiguo,

un sabio con el alma y la barba de armiño,

un héroe amado de los dioses.


No fui yo ciertamente

de aquellas que alcanzaron tal honor,

porque las gentes que yo vi nacer

en verdad fueron siempre demasiado felices;

y ya se sabe, no es posible

serlo tanto y ser también otras

hermosas cosas.


Sin embargo, recuerdo

que cuando sucedió lo de la niña,

el padre se escondía

para llorar y escribir versos...

Serían versos sin rigor de talla,

cuajados sólo para darle

caminos a la pena...


Por cierto que la otra

mañana, cuando

sacaron el bargueño grande,

volcando las gavetas por el suelo,

me pareció verlos volar

con las facturas viejas

y los retratos de parientes

desconocidos y difuntos.


Me pareció. No estoy segura.

Y pienso ahora, porque es de pensar,

en esa extraña fuga de los muebles:

el sofá de los novios, el piano de la abuela

y el gran espejo con dorado marco

donde los viejos se miraron jóvenes,

guardando todavía sus imágenes

bajo un formol de luces melancólicas.


No ha sido simplemente un trasiego de muebles.

Otras veces también se los llevaron

-nunca el piano, el espejo-,

pero era sólo por cambiar aquéllos

por otros más modernos y lujosos.

Ahora han sido todos arrasados

de sus huecos, los huecos donde algunos

habían echado ya raíces...

Y digo esto por lo que dolieron

los últimos tirones;

y por las manchas como sajaduras

que dejaron en suelo y en paredes.

Son manchas que persisten y afectan vagamente

las formas desaparecidas,

y me quedan igual que cicatrices

regadas por el cuerpo.


Todo esto es muy raro. Cae la noche

y yo empiezo a sentir no sé qué miedo:

miedo de este silencio, de esta calma,

de estos papeles viejos que la brisa

remueve vanamente en el jardín.


Otro día ha pasado y nadie se me acerca.

Me siento ya una casa enferma,

una casa leprosa.

Es necesario que alguien venga

a recoger los mangos que se caen

en el patio y se pierden

sin que nadie les tiente la dulzura.

Es necesario que alguien venga

a cerrar la ventana

del comedor, que se ha quedado abierta,

y anoche entraron los murciélagos...

Es necesario que alguien venga

a ordenar, a gritar, a cualquier cosa.


¡Con tanta gente que ha vivido en mí,

y que de pronto se me vayan todos!

Comprenderán que tengo que decir

palabras insensatas.

Es algo que no entiendo todavía,

como no entiende nadie una injusticia

que, más que de los hombres,

fuera injusticia del destino.


Que pase una la vida

guareciendo los sueños de esos hombres,

prestándoles calor, aliento, abrigo;

que sea una la piedra de fundar

posteridad, familia,

y de verla crecer y levantarla,

y ser al mismo tiempo

cimiento, pedestal, arca de alianza...

Y luego no ser más

que un cascarón vacío que se deja,

una ropa sin cuerpo que se cae.


No he de caerme, no, que yo soy fuerte.

En vano me embistieron los ciclones

y me ha roído el tiempo hueso y carne,

y la humedad me ha abierto úlceras verdes.

Con un poco de cal yo me compongo:

con un poco de cal y de ternura...


De eso mismo sería,

de mis adoleceres y remedios,

de lo que hablaba mi señor la tarde

última con aquellos otros

que me medían muros, huerto, patio

y hasta el solar de paz en que me siento.


Y sin embargo, mal sabor de boca

me dejaron los hombres medidores,

y la mujer que vino luego

poniendo precio a mi cancela;

a ella le hubiera preguntado

cuánto valían sus riñones y su lengua.


No han vuelto más, pero tampoco

ha vuelto nadie. El polvo

me empaña los cristales

y no me deja ver si alguien se acerca.

El polvo es malo... Bien hacían

las mujeres que conocí

en aborrecerlo...

Allá lejos

la familiar campana de la iglesia

aún me hace compañía,

y en este mediodía, sin relojes, sin tiempo,

acaban de sonar lentamente las tres...


Las tres era la hora en que la madre

se sentaba a coser con las muchachas

y pasaban refrescos en bandejas; la hora

del rosicler de las sandías,

escarchado de azúcar y de nieve,

y del sueño cosido a los holanes...


Las tres era la hora en que...

¡La puerta!

¡La puerta que ha crujido abajo!

¡La están abriendo, sí!... La abrieron ya.

Pisadas en tropel avanzan, suben...

¡Ellos han vuelto al fin! Yo lo sabía;

yo no he dejado un día de esperarlos...

¡Ay frutas que granan en mis frutales!

¡Ay campana que suenas otra vez

la hora de mi dicha!

La hora de mi dicha no ha durado

una hora siquiera.


Ellos vinieron, sí... Ayer vinieron.

Pero se fueron pronto.

Buscaban algo que no hallaron.

¿Y qué se puede hallar en una casa

vacía sino el ansia de no serlo

más tiempo? ¿Y qué perdían

ellos en mí que no fuera yo misma?

Pero teniéndome, seguían buscando...


Después, la más pequeña fue al jardín

y me arrancó el rosal de enredadera;

se lo llevó con ella no sé adónde.

Mi dueño antes de irse,

volvióse en el umbral para mirarme,

y me miró pausada, largamente,

como los hombres miran a sus muertos,

a través de un cristal inexorable...


Pero no había entre él y yo

cristal alguno ni yo estaba muerta,

sino gozosa de sentir su aliento,

el aprendido musgo de su mano.

Y no entendía, porque me miraba

con pañuelos de adioses contenidos,

con anticipaciones de gusanos,

con ojos de remordimiento.


Se fueron ya. Tal vez vuelvan mañana.

Y tal vez a quedarse, como antes...

Si la ausencia va en serio, si no vienen

hasta mucho más tarde,

se me va a hacer muy largo este verano,

muy largo con la lluvia y los mosquitos

y el aguafuerte de sus días ácidos.

Pero por mucho que demoren,

para diciembre al fin regresarán,

porque la Nochebuena se pasa siempre en casa.


El que nació sin casa ha hecho que nosotras,

las buenas casas de la tierra,

tengamos nuestra noche de gloria en esa noche;

la noche suya es, pues, la noche nuestra:

nocturno de belenes y alfajores,

villancico de anémonas,

cantar de la inocencia

recuperada...


De esperarla se alegra el corazón,

y de esperar en ella lo que espera.

De Nochebuenas creo

que podría ensartarme yo un rosario

como el de las abuelas

reunidas al amor de mis veladas,

y como ellas, repasar sus cuentas

en estos días tristes,

empezando por la primera

en que jugaron los recién casados,

que estrenaban el hueco de mis alas

a ser padres de todos los chiquillos

de los alrededores...

¡Qué fiesta de patines y de aros,

de pelotas azules y muñecas

en cajas de cartón!

¡Y qué luz en las caras mal lavadas

de los chiquillos,

y en la de Él y la de Ella, adivinando,

olfateando por el aire el suyo!


Cuenta por cuenta, llegaría

sin darme cuenta a la del año

1910, que fue muy triste,

porque sobraban los juguetes

y nos faltaba la pequeña...

Así mismo: al revés de tantas veces,

en que son los juguetes los que faltan;

aunque en verdad los niños nunca sobren...


¡Pero vinieron otros niños luego!

Y los niños crecieron y trajeron

más niños... Y la vida era así: un renuevo

de vidas, una noria de ilusiones.

Y yo era el círculo en que se movía,

el cauce de su cálido fluir,

la orilla cierta de sus aguas.


Yo era... Pero yo soy todavía.

En mi regazo caben siete hornadas

más de hombres, siete cosechas,

siete vendimias de sus inquietudes.

Yo no me canso. Ellos sí se cansan.

Yo soy toda a lo largo y a lo ancho.


Mi vida entera puede pasar por el rosario,

pues aunque ha sido ciertamente

una vida muy larga,

me fue dado vivirla sin premuras,

hacerla fina como un hilo de agua.


Y llegaría así a la Nochebuena

del año que pasó. No fue de las mejores.

Tal vez el vino

se derramó en la mesa. O el salero...

Tal vez esta tristeza, que pronto habría de ser

el único sabor de mi sal y mi vino,

ya estaba en cada uno sin saberlo,

como en vientre de nube el agua por caer.


Ahora la tristeza es sólo mía,

al modo de un amor

que no se comparte con nadie.

Si era lluvia, cayó sobre mis lomos;

si era nube, prendida está a mis huesos.

Y no es preciso repetirlo mucho:

por más que no conozca todavía

su nombre ni su rostro,

es la cosa más mía que he tenido

-yo que he tenido tanto-... La tristeza.


¿Y de qué hablaba aquí? Resbalo

en mis propios recuerdos... La memoria

empieza a diluirse en las cosas recientes;

y recental reacio a hierba nueva,

se me apega con gozo

a las sabrosas ubres del pasado.


Pero de todos modos,

he de decir en este alto

que hago en el camino de mi sangre,

que esto que estoy contando no es un cuento;

es una historia limpia, que es mi historia:

es una vida honrada que he vivido,

un estilo que el mundo va perdiendo.


A perder y a ganar hecho está el mundo,

y yo también cuando la vida quiera;

pero lo que yo he sido, gane o pierda,

es la piedra lanzada por el aire,

que la misma mano que la

lanzó no alcanza a detenerla,

y sola ha de cortar el aire hasta que caiga.


Lo que yo he sido está en el aire,

como vuelo de piedra, si no alcancé a paloma.

En el aire, que siendo nada,

es vida de los hombres; y también en la Epístola

que puede desposarlos ante Dios,

y me ofrece de espejo a la casada

por mi clausura de ciprés y nardo.


La Casa, soy la Casa.

Más que piedra y vallado,

más que sombra y que tierra,

más que techo y que muro,

porque soy todo eso, y soy con alma.

Decir tanto no pueden ni los hombres

flojos de cuerpo,

bien que imaginen ellos que el alma es patrimonio

particular de su heredad.

Será como ellos dicen; pero la mía es mía sola.

Y, sin embargo, pienso ahora

que ella tal vez me vino de ellos mismos,

por haberme y vivirme tanto tiempo,

o por estar yo siempre tan cerca de sus almas.

Tal vez yo tenga un alma por contagio.


Y entonces, digo yo: ¿Será posible

que no sientan los hombres el alma que me han dado?

¿Que no la reconozcan junto a ella,

que no vuelvan el rostro si los llama,

y siendo cosa suya les sea cosa ajena?


Amanecemos otra vez.

Un día nuevo, que será

igual que todos.

O no será, tal vez... La vida es siempre

puerta cerrada tercamente

a nuestra angustia.


Día nuevo. Hombres nuevos se me acercan.

La calle tiene olor de madrugada,

que es un olor antiguo de neblina,

y mujeres colando café por las ventanas;

un olor de humo fresco

que viene de cocinas y de fábricas.

Es un olor antiguo, y sin embargo,

se me ha hecho de pronto duro, ajeno.


Súbitamente se ha esparcido por mi jardín,

venida de no sé dónde,

una extraña y espesa

nube de hombres.

Y todos burbujean como hormigas,

y todos son como una sola mancha

sobre el trémulo verde...


¿Qué quieren esos hombres con sus torsos desnudos

y sus picas en alto?

El más joven ya viene a mí...

Alcanzo a ver sus ojos azules e inocentes,

que así, de lejos, se me han parecido

a los de nuestra Ana María,

ya tan lejanamente muerta...


Y no sé por qué vuelvo a recordarla ahora.

Bueno, será por esos ojos,

que me miran más cerca ya, más fijos...

Ojos de un hombre como los demás,

que, sin embargo, puede ser en cualquier instante

el instrumento del destino.

Está ya frente a mí.

Una canción le juega entre los labios;

con el brazo velludo

enjúgase el sudor de la frente. Suspira...

La mañana es tan dulce,

el mundo todo tan hermoso,

que quisiera decírselo a este hombre;

decirle que un minuto se volviera

a ver lo que no ve por estarme mirando.

Pero no, no me mira ya tampoco.

No mira nada, blande el hierro...

¡Ay los ojos!...


He dormido y despierto... O no despierto

y es todavía el sueño lacerante,

la angustia sin orillas y la muerte a pedazos.

He dormido y despiértome al revés,

del otro lado de la pesadilla,

donde la pesadilla es ya inmutable,

inconmovible realidad.


He dormido y despierto. ¿Quién despierta?

Me siento despegada de mí misma,

embebida por un

espejo cóncavo y monstruoso.

Me siento sin sentirme y sin saberme,

entrañas removidas, desgonzado esqueleto,

tundido el otro sueño que soñaba.


Algo hormiguea sobre mí,

algo me duele terriblemente,

y no sé dónde.

¿Qué buitres picotean mi cabeza?

¿De qué fiera el colmillo que me clavan?

¿Qué pez luna se hunde en mi costado?


¡Ahora es que trago la verdad de golpe!

¡Son los hombres, los hombres,

los que me hieren con sus armas!

Los hombres de quienes fui madre

sin ley de sangre, esposa sin hartura

de carne, hermana sin hermanos,

hija sin rebeldía.


Los hombres son y sólo ellos,

los de mejor arcilla que la mía,

cuya codicia pudo más

que la necesidad de retenerme.

Y fui vendida al fin,

porque llegué a valer tanto en sus cuentas,

que no valía nada en su ternura...

Y si no valgo en ella, nada valgo...

Y es hora de morir.


(Dulce María Loynaz, 1958)


Galería de la memoria, hermoso registro audiovisual