miércoles, 30 de abril de 2014

LA CIUDAD, José Antonio Ramos Sucre, La torre de Timón, 1925





Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.

Esperaba el fenecimiento del día ambiguo, interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en demanda de la tarde y sus vislumbres.

El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas ultrajadas.

Las aves pasaban a reposar más adelante.

Yo sentía las trabas y los herrojos de una vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.

El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en una flor extenuada.

La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores y mendigos, versados en proverbios y consejas.

El más avisado de todos instaba mi atención refiriendo la semejanza de un apólogo hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento, volviéndome en
mi acuerdo.

El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un sueño confuso.

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martes, 22 de abril de 2014

GLOSA Y POEMA - ROBERT GRAVES / THE TITLE OF POET



Es domingo por la mañana bien temprano, y necesito unos momentos de cortejada soledad, esto es, en medio del bullicio. Así que luego de dejar a Yineska en un curso de Restauración Energética, decido irme a una arepera, con mi consuetudinaria bolsa de libros. Pero tan sólo me entrego a la lectura de un libro, antes y después de un salpimentado desayuno criollo. Se trata de una bella edición de la Utopía de Tomás Moro, una edición crítica que agrega otros documentos de importancia, por darle un corpus a ese tema tan esquivo como es la encantadora ciudad (o, más apropiadamente, isla) a la que “no hay lugar”. 

Cuando me disponía a cerrar mi soledosa sesión de viandas y letras, decidí darle
una ojeada a una antología de poemas de Robert Graves. Unos minutos antes, un joven de voz un tanto desencajada había estado intentado obtener algún caudal a cambio de alguna de las estampas religiosas que acopiaba en un mazo. Es Domingo de Resurrección. Al ver que yo estaba comiendo cuando él pasó por mi lado, se aventuró con las mesas contiguas a la mía, ambas ocupadas por dos familias. En ninguna obtuvo dádivas, sino algo así como un par de férreas negativas. Merodeó por otras mesas. Nada. No es un joven con gracia en su manera de demandar ayuda, pero ¿cuántos logran serlo en medio del trance de una necesidad? Por alguna razón volvió a una de las mesas contiguas y se instaló a pedir infructuosamente. En su voz hay una junta de desesperanza con desesperación. 

Todo esto pasa mientras yo abro una página del libro de Graves y me toca un poema que reza: The title of poet. Pero no puedo leerlo. Llamo al joven y le digo que por qué no me da una estampita. No me entiende, piensa que lo he llamado sólo para darle algo de dinero y que se vaya. Pero no, le digo, es que quiero que me des esa estampita que acabo de ver en tu mano, la de José Gregorio Hernández. Como cosa increíble, habiendo metido en el mazo esa estampa, no hace más de cinco segundos, ahora no la consigue. Tranquilo -me dice- sé que tengo más de una de José Gregorio. Y sigue buscando y no aparece ninguna. Pero sale de su mano una estampa de “la última cena”. Lo tomo por señal y le digo, déjalo así compadre, dame esa. Y le di un pequeño donativo. No puedo celebrar la limosna, pero sé que el gesto dice más de la esperanza que lo que pueda hacer uno con un par de billetes. Me da las gracias y se va… Me quedo unos minutos pensando en el porqué de no haber yo interrumpido mi comida y levantado la mirada, como en el porqué de no haber intentado él abordarme en ese momento. Me dije, “nos estamos muriendo y nada nos importa”. Abro nuevamente el libro y obtengo estas palabras, de las que más abajo dejo una primera aproximación.
(lacl)

  THE TITLE OF POET

Poets are guardians
Of a shadowy island
With granges and forest
Warmed by the Moon.

Come back, child, come back!
You have been far away,
Housed among phantoms,
Reserving silence.

Whoever loves a poet
Continues whole-hearted,
Her other loves or loyalties
Distinct and clear.

She is young, he is old
And endures for her sake
Such fears of unease
As distance provokes.

Yet how can he warn her
What natural disasters
Will plague one who dares
To neglect her poet?...
For the title of poet
Comes only with death.


EL TÍTULO DE POETA

Los poetas son los guardianes
De una isla espectral
Con huertas y forestas
Cobijadas por la Luna.

¡Vuelve, niña, vuelve!
Tú has estado muy lejos,
Hospedada entre fantasmas,
Acopiando el silencio.

Quienquiera ame un poeta
Continúa, de todo corazón,
Sus otros amores o lealtades,
Señalado y claro.

Ella es joven, él ya es viejo
Y sostiene, por su bien,
Los temores de desasosiego
Que la distancia provoca.

Sin embargo, ¿cómo puede él advertirle
Qué desastres naturales
Azotarán, cual plaga, a quien se atreva
A descuidar a su poeta? ...
Porque el título de poeta
Viene sólo con la muerte.
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lacl ©

 .
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viernes, 18 de abril de 2014

Homenaje a la amistad - Gabo y Mutis

Un testimonio...

(Fragmento) 

Guadalajara, Noviembre, 2007)

Mi ser tuvo la fortuna de ser testigo, gracias a uno de mis contadísimos y prevenidísimos escapes, de ese abrazo que una amistad a toda prueba tuvo a bien de darse en público. Les confieso que el presenciar a Álvaro Mutis y a García Márquez sentarse el uno junto al otro, con la llaneza de una amistad que no se ensalza, pero que sí sabe relamerse como una gata entre sus piernas, me enjugó los ojos e hizo que un estremecimiento recorriera mi médula espinal. Ex profeso no había llevado mi cámara. Tan sólo quería ser un testigo presencial de la amistad. No se trata de ciega adoración. Sucede que allí, frente a un público algo frenético y ante no menos de quinientas cámaras, desde las de los celulares personales hasta las de los más reputados medios de todos los continentes, estaban sentados dos exponentes de aquello que antaño se denominaba con la sencilla palabra de humanismo. Ejemplo para las cada vez más numerosas oleadas de intelectuales que parecen ser unos estrictos censores o vigías al servicio incondicional de las posturas ultraístas que, contra viento y marea, predican los fraudulentos artificios de la política. Un escritor puede tener una postura política. Pero ello no irá en desmedro de su condición de ser humano. Antes de ser de ser un abnegado demócrata, un denodado comunista o un convencido socialista, un escritor ha de ser primeramente, un ser humano. Y eso son a carta cabal Don Álvaro y Don Gabo, a despecho de ciertas declaraciones que, de parte y parte, pudieran en algún momento hacerles lucir “comprometidos” ante aquellos que insisten en dar predominancia a los jabonosos embates de la política, antes que a las personas de carne y hueso…. 

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Tomado de:
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Crónica del retorno
http://letrascontraletras.blogspot.com/2007/12/crnica-del-retorno-he-vuelto.html

Y una amorosa travesura...

Homenaje al amigo, Gabriel García Márquez.
Álvaro Mutis y yo habíamos hecho el pacto de no hablar en público el uno del otro, ni bien ni mal, como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos. Sin embargo, hace 10 años justos y en este mismo sitio, él violó aquel pacto de salubridad social, sólo porque no le gustó el peluquero que le recomendé. He esperado desde entonces una ocasión para comerme el plato frío de la venganza, y creo que no habrá otra más propicia que ésta. Álvaro contó entonces cómo nos había presentado Gonzalo Mallarino en la Cartagena idílica del 49. Ese encuentro parecía ser en verdad el primero, hasta una tarde de hace tres años o cuatro años, cuando le oí decir algo casual sobre Félix Mendelssohn. Fue una revelación que me transportó de golpe a mis años de universitario en la desierta salita de música de la Biblioteca Nacional de Bogotá, donde nos refugiábamos los que no teníamos los cinco centavos para estudiar en el café. Entre los escasos clientes del atardecer yo odiaba a uno de nariz heráldica y cejas de turco, con un cuerpo enorme y unos zapatos minúsculos como los de Buffalo Bill, que entraba sin falta a las cuatro de la tarde, y pedía que tocaran el concierto de violín de Mendelssohn. Tuvieron que pasar 40 años hasta aquella tarde en su casa de México, para reconocer de pronto la voz estentórea, los pies de Niño Dios, las temblorosas manos incapaces de pasar una aguja por el ojo de un camello.
'Carajo', le dije derrotado. 'De modo que eras tú'.
Lo único que lamenté fue no poder cobrarle los resentimientos atrasados, porque ya habíamos digerido tanta música juntos, que no teníamos caminos de regreso. De modo que seguimos de amigos, muy a pesar del abismo insondable que se abre en el centro de su vasta cultura, y que ha de separarnos para siempre: su insensibilidad para el bolero.
Álvaro había sufrido ya los muchos riesgos de sus oficios raros e innumerables. A los 18 años, siendo locutor de la Radio Nacional, un marido celoso lo esperó armado en la esquina, porque creía haber detectado mensajes cifrados a su esposa en las presentaciones que él improvisaba en sus programas. En otra ocasión, durante un acto solemne en este mismo palacio presidencial, confundió y trastocó los nombres de los dos Lleras mayores. Más tarde, ya como especialista de relaciones públicas, se equivocó de película en una reunión de beneficencia, y en vez de un documental de niños huérfanos les proyectó a las buenas señoras de la sociedad una comedia pornográfica de monjas y soldados, enmascarada bajo un título inocente: El cultivo del naranjo. Fue también jefe de relaciones públicas de una empresa aérea que se acabó cuando se le cayó el último avión. El tiempo de Álvaro se le iba en identificar los cadáveres, para darles la noticia a las familias de las víctimas antes que a los periódicos. Los parientes desprevenidos abrían la puerta creyendo que era la felicidad, y con sólo reconocer la cara caían fulminados con un grito de dolor.
En otro empleo más grato había tenido que sacar de un hotel de Barranquilla el cadáver exquisito del hombre más rico del mundo. Lo bajó en posición vertical por el ascensor de servicio en un ataúd comprado de emergencia en la funeraria de la esquina. Al camarero que le preguntó quién iba dentro, le dijo: 'El señor obispo'. En un restaurante de México, donde hablaba a gritos, un vecino de mesa trató de agredirlo, creyendo que en realidad era Walter Winche, el personaje de Los intocables que Álvaro doblaba para la televisión. Durante sus 23 años de vendedor de películas enlatadas para América Latina le dio 17 veces la vuelta al mundo sin cambiar el modo de ser.
Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad de maestro de escuela, con una vocación feroz que nunca pudo ejercer por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de los otros, y en especial de los más jóvenes. Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia florida, y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es posible ser poeta sin morir en el intento.
Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa virtud. Ya conté alguna vez que fue Álvaro quien me llevó mi primer ejemplar de Pedro Páramo y me dijo: 'Ahí tiene, para que aprenda'. Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no sólo a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no contar el que estoy escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido Álvaro Mutis desde que escribí Cien años de soledad. Casi todas las noches fue a mi casa durante 18 meses para que le contara los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo cuento. Él los escuchaba con tanto entusiasmo, que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me los contaban después tal como Álvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día siguiente me llamó indignado: 'Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos', me gritó. 'Esta vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado'.
Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus juicios son tan crudos, pero también tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la basura porque él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho.
Me preguntan a menudo cómo es que esta amistad ha podido prosperar en estos tiempos tan ruines. La respuesta es simple: Álvaro y yo nos vemos muy poco, y sólo para ser amigos. Aunque hemos vivido en México más de treinta años, y casi vecinos, es allí donde menos nos vemos. Cuando quiero verlo, o él quiere verme, nos llamamos antes por teléfono para estar seguros de que queremos vernos. Sólo una vez violé esta regla de amistad elemental, y Álvaro me dio entonces una prueba máxima de la clase de amigo que es capaz de ser.
Fue así: ahogado de tequila con un amigo muy querido, toqué a las cuatro de la madrugada en el apartamento donde Álvaro sobrellevaba su triste vida de soltero y a la orden. Sin explicación alguna, ante su mirada todavía embobecida por el sueño, descolgamos un precioso óleo de Botero, de un metro y veinte por un metro; nos lo llevamos sin explicaciones e hicimos con él lo que nos dio la gana. Álvaro no me ha dicho nunca una palabra sobre el asalto, ni movió un dedo para saber del cuadro, y yo he tenido que esperar hasta esta noche de sus primeros 70 años para expresarle mi remordimiento.
Otro buen sustento de esta amistad es que la mayoría de las veces en que hemos estado juntos ha sido viajando. Esto nos ha permitido ocuparnos de otros y de otras cosas la mayor parte del tiempo, y sólo ocuparnos el uno del otro cuando en realidad valía la pena. Para mí, las horas interminables de carreteras europeas han sido la universidad de artes y letras donde nunca estuve. De Barcelona a Aix-en-Provence aprendí más de trescientos kilómetros sobre los Cátaros y de los papas de Avignon. Así en Alejandría como en Florencia, en Nápoles como en Beirut, en Egipto como en París. Sin embargo, la enseñanza más enigmática de aquellos viajes frenéticos fue a través de la campiña belga, enrarecida por la bruma de octubre y el olor de caca humana de los barbechos recién abonados. Álvaro había manejado durante más de tres horas, aunque nadie lo crea, en absoluto silencio. De pronto dijo: 'País de grandes ciclistas y cazadores'. Nunca nos explicó qué quiso decir, pero nos confesó que él lleva dentro un bobo gigantesco, peludo y babeante, que en sus momentos de descuido suelta frases como aquélla, aun en las visitas más propias y hasta en los palacios presidenciales, y tiene que mantenerlo a raya mientras escribe, porque se vuelve loco y se sacude y patalea por las ansias de corregirle los libros.
Con todo, los mejores recuerdos de esa escuela errante no han sido las clases sino los recreos. En París, esperando que las señoras acabaran de comprar, Álvaro se sentó en las gradas de una cafetería de moda, torció la cabeza hacia el cielo, puso los ojos en blanco, y extendió su trémula mano de mendigo. Un caballero impecable le dijo con la típica acidez francesa: 'Es un descaro pedir limosna con semejante suéter de cashemir'. Pero le dio un franco. En menos de 15 minutos recogió cuarenta.
En Roma, en casa de Francesco Rossi, hipnotizó a Fellini, a Mónica Vitti, a Alida Valli, a Alberto Moravia, a la flor y nata del cine y de las letras italianas, y los mantuvo en vilo durante horas contándoles sus historias truculentas del Quindío en un italiano inventado por él, y sin una sola palabra de italiano. En un bar de Barcelona recitó un poema con la voz y el desaliento de Pablo Neruda, y alguien que había escuchado a Neruda en persona le pidió un autógrafo creyendo que era él.
Un verso suyo me había inquietado desde que lo leí: 'Ahora que sé que nunca conoceré Estambul'. Un verso extraño en un monárquico insalvable, que nunca había dicho Estambul sino Bizancio, como no decía Leningrado sino San Petersburgo mucho antes de que la historia le diera la razón. No sé por qué tuve el presagio de que debíamos exorcizar aquel verso conociendo a Estambul. De modo que lo convencí de que nos fuéramos en un barco lento, como debe ser cuando uno desafía al destino. Sin embargo, no tuve un instante de sosiego durante los tres días que estuvimos allí, asustado por el poder premonitorio de la poesía. Sólo hoy, cuando Álvaro es un anciano de 70 años y yo un niño de 66, me atrevo a decir que no lo hice por derrotar un verso, sino por contrariar a la muerte.
De todos modos, la única vez en que de veras me he creído a punto de morir, también estaba con Álvaro. Rodábamos a través de la Provenza luminosa, cuando un conductor demente se nos vino encima en sentido contrario. No me quedó otro recurso que dar un golpe de volante a la derecha sin tiempo para mirar a dónde íbamos a caer. Por un instante sentí la sensación fenomenal de que el volante no me obedecía en el vacío. Carmen y Mercedes, siempre en el asiento posterior, permanecieron sin aliento hasta que el automóvil se acostó como un niño en la cuneta de un viñedo primaveral. Lo único que recuerdo de aquel instante es la cara de Álvaro en el asiento de al lado, que me miraba un segundo antes de morir con un gesto de conmiseración que parecía decir: '¡Pero qué está haciendo este pendejo!'.
Estos exabruptos de Álvaro nos sorprenden menos a quienes conocimos y padecimos a su madre, Carolina Jaramillo, una mujer hermosa y alucinada que no volvió a mirarse en un espejo desde los 20 años porque empezó a verse distinta de cómo se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba en bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis en las fincas de la Sabana. En Nueva York le pedí una noche que se quedara cuidando a mi hijo de 14 meses mientras íbamos al cine. Ella nos advirtió con toda seriedad que tuviéramos cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo favor con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo con un dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos otro día en los almacenes Macys, y cuando regresamos la encontramos sola. Mientras los servicios de seguridad buscaban al niño, ella trató de consolarnos con la misma serenidad tenebrosa de su hijo: 'No se preocupen. También Alvarito se me perdió en Bruselas cuando tenía siete años, y ahora vean lo bien que le va'. Por supuesto que le iba bien, si era una versión culta y magnificada de ella, y conocido en medio planeta, no tanto por su poesía como por ser el hombre más simpático del mundo. Por donde quiera que pasaba iba dejando el rastro inolvidable de sus exageraciones frenéticas, de sus comilonas suicidas, de sus exabruptos geniales. Sólo quienes lo conocemos y lo queremos más sabemos que no son más que aspavientos para asustar a sus fantasmas.
Nadie puede imaginarse cuál es el altísimo precio que paga Álvaro Mutis por la desgracia de ser tan simpático. Lo he visto tendido en un sofá, en la penumbra de su estudio, con un guayabo de conciencia que no le envidiaría ninguno de sus felices auditores de la noche anterior. Por fortuna, esa soledad incurable es la otra madre a la que debe su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad infinita, y la hermosura quimérica y la desolación interminable de su poesía.
Lo he visto escondido del mundo en las sinfonías paquidérmicas de Bruckner como si fueran divertimentos de Scarlatti. Lo he visto en un rincón apartado de un jardín de Cuernavaca, durante unas largas vacaciones, fugitivo de la realidad por el bosque encantado de las obras completas de Balzac. Cada cierto tiempo, como quien va a ver una película de vaqueros, relee de una tirada toda A la búsqueda del tiempo perdido. Pues una buena condición para que lea un libro es que no tenga menos de 1.200 páginas. En la cárcel de México, adonde estuvo por un delito del que disfrutamos muchos escritores y artistas, y que sólo él pagó, permaneció los 16 meses que él considera los más felices de su vida.
Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por su oficios tiránicos. Pensé además que estaba agravada por el desastre de su caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por el ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla de Transilvania. Él me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros. Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años.
Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es sólo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos.
Quedémonos con esta azarosa conclusión, quienes hemos venido esta noche a cumplir con Álvaro estos 70 años de todos. Por primera vez sin falsos pudores, sin mentadas de madre por miedo de llorar, y sólo para decirle con todo el corazón, cuánto lo admiramos, carajo, y cuánto lo queremos.
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