jueves, 21 de septiembre de 2017

Una anotación, de contracorrientes (sentencias en incertidumbre)




Una anotación, de contracorrientes (sentencias en incertidumbre)

Seamos honestos, ante todo, con nosotros mismos. ¿Cuál es el objeto de nuestras vidas? ¿Deshojar cada día una margarita para elegir, con certeza, el modo más económico, la vía más expedita de hacernos con una estancia cómoda y exitosa en la tierra? ¿Qué es lo terrestre? ¿Es, acaso, una entidad aparte o divorciada de lo celeste? Por mi parte, yo me siento más plenamente menos yo, cuando entro en ciertos estados de conciencia en los cuales me conecto con el afuera. Experiencias en las que se extravía el pensamiento cotidiano, ordinario;  y se subvierte la relación de mi cuerpo con el espacio que lo rodea: cada cosa vista es realmente tocada con los dedos de los ojos; se rasgan subrepticiamente mis vestiduras y todo mi ser se desgrana y esparce hacia afuera; todo adentro se ventea. Estas experiencias me permiten ir luego al papel, para abocetar con un lápiz en torno a aquellos aspectos de la vida que se consideran desestimables o no se toman en cuenta, sucesos llamados ordinarios que podemos observar en la piel de la flor de lo real: un loco paupérrimo ataviado con una desechada alfombra, superando en su estampa a un gran mandarín; el extraño color que exhibe la montaña en algunos momentos del día o de la vida; el fugaz aroma a tierra de las hortalizas en la calle, cuando son descargadas de un camión para una tienda de abastos. Pero, ¿qué importancia tiene el filosofar o emitir juicios acerca de ese lado oscuro que se postra ante nuestras narices o, para decirlo de otro modo, ese lado claro que de tanto ver ya no vemos?

Lo primordial es ver el pájaro que canta debajo del agua y escuchar la gota que salpica dentro de nuestro oído, sonando como un beso.

La última frase proviene de un remedo de Hai ku dictado en un sueño:

Un pájaro canta bajo el agua,
una gota cae dentro de mi oído.
Suena un beso.

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© Luis Alejandro Contreras,  contracorrientes (sentencias en incertidumbre), bid & co editor c. a., Colección Manoa, Caracas, 2006. Reimpresión, Caracas, 2013

¿QUÉ HACE DESGRACIADA A LA GENTE? Bertrand Russell La conquista de la felicidad, Capitulo I.


¿QUÉ HACE DESGRACIADA A LA GENTE? Bertrand Russell La conquista de la felicidad, Capitulo I.


Los animales son felices mientras tengan salud y suficiente comida. Los seres humanos, piensa uno, deberían serlo, pero en el mundo moderno no lo son, al menos en la gran mayoría de los casos. Si es usted desdichado, probablemente estará dispuesto a admitir que en esto su situación no es excepcional. Si es usted feliz, pregúntese cuántos de sus amigos lo son. Y cuando haya pasado revista a sus amigos, aprenda el arte de leer rostros; hágase receptivo a los estados de ánimo de las personas con que se encuentra a lo largo de un día normal.

Una marca encuentro en cada rostro; marcas de
debilidad, marcas de aflicción...

decía Blake. Aunque de tipos muy diferentes, encontrará usted infelicidad por todas partes. Supongamos que está usted en Nueva York, la más típicamente moderna de las grandes ciudades. Párese en una calle muy transitada en horas de trabajo, o en una carretera importante un fin de semana; vacíe la mente de su propio ego y deje que las personalidades de los desconocidos que le rodean tomen posesión de usted, una tras otra. Descubrirá que cada una de estas dos multitudes diferentes tiene sus propios problemas.

En la multitud de horas de trabajo verá usted ansiedad, exceso de concentración, dispepsia, falta de interés por todo lo que no sea la lucha cotidiana, incapacidad de divertirse, falta de consideración hacia el prójimo. En la carretera en fin de semana, verá hombres y mujeres, todos bien acomodados y algunos muy ricos, dedicados a la búsqueda de placer. Esta búsqueda la efectúan todos a velocidad uniforme, la del coche más lento de la procesión; los coches no dejan ver la carretera, y tampoco el paisaje, ya que mirar a los lados podría provocar un accidente; todos los ocupantes de todos los coches están absortos en el deseo de adelantar a otros coches, pero no pueden hacerlo debido a la aglomeración; si sus mentes se desvían de esta preocupación, como les sucede de vez en cuando a los que no van conduciendo, un indescriptible aburrimiento se apodera de ellos e imprime en sus rostros una marca de trivial descontento. De tarde en tarde, pasa un coche cargado de personas de color cuyos ocupantes dan auténticas muestras de estar pasándoselo bien, pero provocan indignación por su comportamiento excéntrico y acaban cayendo en manos de la policía debido a un accidente: pasárselo bien en días de fiesta es ilegal.

O, por ejemplo, observe a las personas que asisten a una fiesta. Todos llegan decididos a alegrarse, con el mismo tipo de férrea resolución con que uno decide no armar un alboroto en el dentista. Se supone que la bebida y el besuqueo son las puertas de entrada a la alegría, así que todos se emborrachan a toda prisa y procuran no darse cuenta de lo mucho que les disgustan sus acompañantes. Tras haber bebido lo suficiente, los hombres empiezan a llorar y a lamentarse de lo indignos que son, en el sentido moral, de la devoción de sus madres. Lo único que el alcohol hace por ellos es liberar el sentimiento de culpa, que la razón mantiene reprimido en momentos de más cordura.

Las causas de estos diversos tipos de infelicidad se encuentran en parte en el sistema social y en parte en la psicología individual (que, por supuesto, es en gran medida consecuencia del sistema social). Ya he escrito en ocasiones anteriores sobre los cambios que habría que hacer en el sistema social para favorecer la felicidad. Pero no es mi intención hablar en este libro sobre la abolición de la guerra, de la explotación económica o de la educación en la crueldad y el miedo. Descubrir un sistema para evitar la guerra es una necesidad vital para nuestra civilización; pero ningún sistema tiene posibilidades de funcionar mientras los hombres sean tan desdichados que el exterminio mutuo les parezca menos terrible que afrontar continuamente la luz del día. Evitar la perpetuación de la pobreza es necesario para que los beneficios de la producción industrial favorezcan en alguna medida a los más necesitados; pero ¿de qué serviría hacer rico a todo el mundo, si los ricos también son desgraciados? La educación en la crueldad y el miedo es mala, pero los que son esclavos de estas pasiones no pueden dar otro tipo de educación. Estas consideraciones nos llevan al problema del individuo: ¿qué puede hacer un hombre o una mujer, aquí y ahora, en medio de nuestra nostálgica sociedad, para alcanzar la felicidad? Al discutir este problema, limitaré mi atención a personas que no están sometidas a ninguna causa externa de sufrimiento extremo. Daré por supuesto que se cuenta con ingresos suficientes para asegurarse alojamiento y comida, y de salud suficiente para hacer posibles las actividades corporales normales. No tendré en cuenta las grandes catástrofes, como la pérdida de todos los hijos o la vergüenza pública. Son cuestiones de las que merece la pena hablar, y son cosas importantes, pero pertenecen a un nivel diferente del de las cosas que pretendo decir. Mi intención es sugerir una cura para la infelicidad cotidiana normal que padecen casi todas las personas en los países civilizados, y que resulta aún más insoportable porque, no teniendo una causa externa obvia, parece ineludible. Creo que esta infelicidad se debe en muy gran medida a conceptos del mundo erróneos, a éticas erróneas, a hábitos de vida erróneos, que conducen a la destrucción de ese entusiasmo natural, ese apetito de cosas posibles del que depende toda felicidad, tanto la de las personas como la de los animales. Se trata de cuestiones que están dentro de las posibilidades del individuo, y me propongo sugerir ciertos cambios mediante los cuales, con un grado normal de buena suerte, se puede alcanzar esta felicidad.

Puede que la mejor introducción a la filosofía por la que quiero abogar sean unas pocas palabras autobiográficas. Yo no nací feliz. De niño, mi himno favorito era «Harto del mundo y agobiado por el peso de mis pecados». A los cinco años se me ocurrió pensar que, si vivía hasta los setenta, hasta entonces solo había soportado una catorceava parte de mi vida, y los largos años de aburrimiento que aún tenía por delante me parecieron casi insoportables. En la adolescencia, odiaba la vida y estaba continuamente al borde del suicidio, aunque me salvó el deseo de aprender más matemáticas. Ahora, por el contrario, disfruto de la vida; casi podría decir que cada año que pasa la disfruto más. En parte, esto se debe a que he descubierto cuáles eran las cosas que más deseaba y, poco a poco, he ido adquiriendo muchas de esas cosas. En parte se debe a que he logrado prescindir de ciertos objetos de deseo — como la adquisición de conocimientos indudables sobre esto o lo otro— que son absolutamente inalcanzables. Pero principalmente se debe a que me preocupo menos por mí mismo. Como otros que han tenido una educación puritana, yo tenía la costumbre de meditar sobre mis pecados, mis fallos y mis defectos. Me consideraba a mí mismo —y seguro que con razón— un ser miserable. Poco a poco aprendí a ser indiferente a mí mismo y a mis deficiencias; aprendí a centrar la atención, cada vez más, en objetos externos: el estado del mundo, diversas ramas del conocimiento, individuos por los que sentía afecto. Es cierto que los intereses externos acarrean siempre sus propias posibilidades de dolor: el mundo puede entrar en guerra, ciertos conocimientos pueden ser difíciles de adquirir, los amigos pueden morir. Pero los dolores de este tipo no destruyen la cualidad esencial de la vida, como hacen los que nacen del disgusto por uno mismo. Y todo interés externo inspira alguna actividad que, mientras el interés se mantenga vivo, es un preventivo completo del ennui. En cambio, el interés por uno mismo no conduce a ninguna actividad de tipo progresivo. Puede impulsar a escribir un diario, a acudir a un psicoanalista, o tal vez a hacerse monje. Pero el monje no será feliz hasta que la rutina del monasterio le haga olvidar su propia alma. La felicidad que él atribuye a la religión podría haberla conseguido haciéndose barrendero, siempre que se viera obligado a serlo para toda la vida. La disciplina externa es el único camino a la felicidad para aquellos desdichados cuya absorción en sí mismos es tan profunda que no se puede curar de ningún otro modo.

Hay varias clases de absorción en uno mismo. Tres de las más comunes son la del pecador, la del narcisista y la del megalómano.

Cuando digo «el pecador» no me refiero al hombre que comete pecados: los pecados los cometemos todos o no los comete nadie, dependiendo de cómo definamos la palabra; me refiero al hombre que está absorto en la conciencia del pecado. Este hombre está constantemente incurriendo en su propia desaprobación, que, si es religioso, interpreta como desaprobación de Dios. Tiene una imagen de sí mismo como él cree que debería ser, que está en constante conflicto con su conocimiento de cómo es. Si en su pensamiento consciente ha descartado hace mucho tiempo las máximas que le enseñó su madre de pequeño, su sentimiento de culpa puede haber quedado profundamente enterrado en el subconsciente y emerger tan solo cuando está dormido o borracho. No obstante, con eso puede bastar para quitarle el gusto a todo. En el fondo, sigue acatando todas las prohibiciones que le enseñaron en la infancia. Decir palabrotas está mal, beber está mal, ser astuto en los negocios está mal y, sobre todo, el sexo está mal. Por supuesto, no se abstiene de ninguno de esos placeres, pero para él están todos envenenados por la sensación de que le degradan. El único placer que desea con toda su alma es que su madre le dé su aprobación con una caricia, como recuerda haber experimentado en su infancia. Como este placer ya no está a su alcance, siente que nada importa: puesto que debe pecar, decide pecar a fondo. Cuando se enamora, busca cariño maternal, pero no puede aceptarlo porque, debido a la imagen que tiene de su madre, no siente respeto por ninguna mujer con la que tenga relaciones sexuales. Entonces, sintiéndose decepcionado, se vuelve cruel, se arrepiente de su crueldad y empieza de nuevo el terrible ciclo de pecado imaginario y remordimiento real. Esta es la psicología de muchísimos réprobos aparentemente empedernidos. Lo que les hace descarriarse es su devoción a un objeto inalcanzable (la madre o un sustituto de la madre) junto con la inculcación, en los primeros años, de un código ético ridículo. Para estas víctimas de la «virtud» maternal, el primer paso hacia la felicidad consiste en liberarse de la tiranía de las creencias y amores de la infancia.

El narcisismo es, en cierto modo, lo contrario del sentimiento habitual de culpa; consiste en el hábito de admirarse uno mismo y desear ser admirado. Hasta cierto punto, por supuesto, es una cosa normal y no tiene nada de malo. Solo en exceso se convierte en un grave mal. En muchas mujeres, sobre todo mujeres ricas de la alta sociedad, la capacidad de sentir amor está completamente atrofiada, y ha sido sustituida por un fortísimo deseo de que todos los hombres las amen. Cuando una mujer de este tipo está segura de que un hombre la ama, deja de interesarse por él. Lo mismo ocurre, aunque con menos frecuencia, con los hombres; el ejemplo clásico es el protagonista de Las amistades peligrosas. Cuando la vanidad se lleva a estas alturas, no se siente auténtico interés por ninguna otra persona y, por tanto, el amor no puede ofrecer ninguna satisfacción verdadera. Otros intereses fracasan de manera aún más desastrosa. Un narcisista, por ejemplo, inspirado por los elogios dedicados a los grandes pintores, puede estudiar bellas artes; pero como para él pintar no es más que un medio para alcanzar un fin, la técnica nunca le llega a interesar y es incapaz de ver ningún tema si no es en relación con su propia persona. El resultado es el fracaso y la decepción, el ridículo en lugar de la esperada adulación. Lo mismo se aplica a esas novelistas en cuyas novelas siempre aparecen ellas mismas idealizadas como heroínas. Todo éxito verdadero en el trabajo depende del interés auténtico por el material relacionado con el trabajo. La tragedia de muchos políticos de éxito es que el narcisismo va sustituyendo poco a poco al interés por la comunidad y las medidas que defendía. El hombre que solo está interesado en sí mismo no es admirable, y no se siente admirado. En consecuencia, el hombre cuyo único interés en el mundo es que el mundo le admire tiene pocas posibilidades de alcanzar su objetivo. Pero aun si lo consigue, no será completamente feliz, porque el instinto humano nunca es totalmente egocéntrico, y el narcisista se está limitando artificialmente tanto como el hombre dominado por el sentimiento de pecado. El hombre primitivo podía estar orgulloso de ser un buen cazador, pero también disfrutaba con la actividad de la caza. La vanidad, cuando sobrepasa cierto punto, mata el placer que ofrece toda actividad por sí misma, y conduce inevitablemente a la indiferencia y el hastío. A menudo, la causa es la timidez, y la cura es el desarrollo de la propia dignidad. Pero esto solo se puede conseguir mediante una actividad llevada con éxito e inspirada por intereses objetivos.

El megalómano se diferencia del narcisista en que desea ser poderoso antes que encantador, y prefiere ser temido a ser amado. A este tipo pertenecen muchos lunáticos y la mayoría de los grandes hombres de la historia. El afán de poder, como la vanidad, es un elemento importante de la condición humana normal, y hay que aceptarlo como tal; solo se convierte en deplorable cuando es excesivo o va unido a un sentido de la realidad insuficiente. Cuando esto ocurre, el hombre se vuelve desdichado o estúpido, o ambas cosas. El lunático que se cree rey puede ser feliz en cierto sentido, pero ninguna persona cuerda envidiaría esta clase de felicidad. Alejandro Magno pertenecía al mismo tipo psicológico que el lunático, pero poseía el talento necesario para hacer realidad el sueño del lunático. Sin embargo, no pudo hacer realidad su propio sueño, que se iba haciendo más grande a medida que crecían sus logros. Cuando quedó claro que era el mayor conquistador que había conocido la historia, decidió que era un dios. ¿Fue un hombre feliz? Sus borracheras, sus ataques de furia, su indiferencia hacia las mujeres y sus pretensiones de divinidad dan a entender que no lo fue. No existe ninguna satisfacción definitiva en el cultivo de un único elemento de la naturaleza humana a expensas de todos los demás, ni en considerar el mundo entero como pura materia prima para la magnificencia del propio ego. Por lo general, el megalómano, tanto si está loco como si pasa por cuerdo, es el resultado de alguna humillación excesiva. Napoleón lo pasó mal en la escuela porque se sentía inferior a sus compañeros, que eran ricos aristócratas, mientras que él era un chico pobre con beca. Cuando permitió el regreso de los emigres tuvo la satisfacción de ver a sus antiguos compañeros de escuela inclinándose ante él. ¡Qué felicidad! Sin embargo, esto le hizo desear obtener una satisfacción similar a expensas del zar, y acabó llevándole a Santa Elena. Dado que ningún hombre puede ser omnipotente, una vida enteramente dominada por el ansia de poder tiene que toparse tarde o temprano con obstáculos imposibles de superar. La única manera de impedir que este conocimiento se imponga en la conciencia es mediante algún tipo de demencia, aunque si un hombre es lo bastante poderoso puede encarcelar o ejecutar a los que se lo hagan notar. Así pues, la represión política y la represión en el sentido psicoanalítico van de la mano. Y siempre que existe una represión psicológica muy acentuada, no hay felicidad auténtica. El poder, mantenido dentro de límites adecuados, puede contribuir mucho a la felicidad, pero como único objetivo en la vida conduce al desastre, interior si no exterior.

Está claro que las causas psicológicas de la infelicidad son muchas y variadas. Pero todas tienen algo en común. La típica persona infeliz es aquella que, habiéndose visto privada de joven de alguna satisfacción normal, ha llegado a valorar este único tipo de satisfacción más que cualquier otro, y por tanto ha encauzado su vida en una única dirección, dando excesiva importancia a los logros y ninguna a las actividades relacionadas con ellos. Existe, no obstante, una complicación adicional, muy frecuente en estos tiempos. Un hombre puede sentirse tan completamente frustrado que no busca ningún tipo de satisfacción, solo distracción y olvido. Se convierte entonces en un devoto del «placer». Es decir, pretende hacer soportable la vida volviéndose menos vivo. La embriaguez, por ejemplo, es un suicidio temporal; la felicidad que aporta es puramente negativa, un cese momentáneo de la infelicidad. El narcisista y el megalómano creen que la felicidad es posible, aunque pueden adoptar medios erróneos para conseguirla; pero el hombre que busca la intoxicación, en la forma que sea, ha renunciado a toda esperanza, exceptuando la del olvido. En este caso, lo primero que hay que hacer es convencerle de que la felicidad es deseable. Las personas que son desdichadas, como las que duermen mal, siempre se enorgullecen de ello. Puede que su orgullo sea como el del zorro que perdió la cola; en tal caso, la manera de curarlas es enseñarles la manera de hacer crecer una nueva cola. En mi opinión, muy pocas personas eligen deliberadamente la infelicidad si ven alguna manera de ser felices. No niego que existan personas así, pero no son bastante numerosas como para tener importancia. Por tanto, doy por supuesto que el lector preferiría ser feliz a ser desgraciado. No sé si podré ayudarle a hacer realidad su deseo; pero desde luego, por intentarlo no se pierde nada.






lunes, 18 de septiembre de 2017

LA CABALA, JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE - EL CIELO DE ESMALTE / JORDI SAVALL, DON QUIJOTE.


Una mirada salvadora. De ello trata esta breve glosa de Ramos Sucre quien, como un artesano de cajas chinas, suele apelar a mitos, motivos, libros o autores de la cultura clásica para dibujar, con certeros mas contados trazos, un glosario poético cuya riqueza roza el ideal de perfección y pasma al lector. Son joyas. Cada texto suyo es una joya del verbo.

Sin más, "La cábala"...
lacl




LA CABALA

El caballero, de rostro famélico y de barba salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.

Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el agua malsana del arroyo.

Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el vértice de su lanza.

Discutían a cada momento, sin embargo de la amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.

El criado resuelve salvar al caballero de la seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal de las Oceánidas.

Cervantes me refirió el suceso del caballero devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.



El autor de la primera imagen es el magnifico Gustave Doré. No he conseguido los créditos de la segunda... 


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Jordi Savall ensamble: Don Quijote De La Mancha




domingo, 17 de septiembre de 2017

La Pequeña Crónica de Ana Magdalena Bach.





Libro de notas programa de TVE
Copie y pegue esta dirección en una ventana nueva para poder ese hermoso programa radial

http://www.rtve.es/alacarta/audios/libro-de-notas/libro-notas-pequena-cronica-ana-magdalena-bach-19-06-10/804350/


La Pequeña Crónica de Ana Magdalena Bach.

Es todo un gusto poner este hermoso programa en nuestro blog. Pocas cosas pueden darnos mayor contento que el lance de regalar...La narradora lee pasajes de La Pequeña Crónica, la elegía memoriosa de Ana Magdalena Bach, un libro que lograra en muchos de sus pasajes aquella conmoción insospechada del alma, que en medio del frenesí y el arrobamiento, como que quisiera desbordarse del cuerpo.

Ese libro adorado se lo presté a una fervorosa amante de la música, Oleira Parra, quien fuera como una hermana o tía adorada, poseedora de una muy bella voz y proveniente de una familia de músicos y poetas. Su padre fue el poeta José Parra, quien fungiera como un jovial abuelo de todos los muchachos que eran parte de esa gran familia que fuera la calle de nuestra niñez. Nadie podrá imaginarse el dolor y la vergüenza que ella sintió por el extravío de ese libro que yo le prestara y que ella también adoró. Oleira lloraba inconsolable la pérdida, como si se tratara de un hijo, porque sabía además la estima inigualable en que tenía yo esas palabras escritas con una humanidad imposible de emparejar, con una sencillez que llega a lo hondo. Yo le dije una y mil veces que no se preocupara, que ya lo elemental lo teníamos con nosotros, para calmarla, pero ella no lograba vencer la pena. Ya la querida Oleira no está con nosotros, se fue a cantar sus coros a otros predios. Pero, mi compadre, el querido Mario Amengual, sabedor de mi insistida extrañeza de esa crónica, que sobrevenía como un ataque de saudade, tuvo la delicadeza, algunos años después, de desprenderse sin ningún reparo de su tomo de Ana Magdalena, ofrenda que no podía yo rechazar, pues sabía que ese gesto significaba más que cualquier otra ofrenda que pudiera él darme.


Por cierto que en esa amena, sentida y hermosa edición del programa dedicado a Ana Magdalena y su “pequeña crónica”, se representa o enuncia uno de los pasajes que más vivamente conservo en el memorial de mis lecturas. Me refiero a aquel pasaje en que Ana Magdalena hace recuerdo del milagro de la música perdida, aquella epifanía de la creación que por las tardes Johann Sebastian, sentado ante el templo del órgano, regalaba a los cuatro vientos, en fugas, contrapuntos, cadencias y armonías. Milagro que nacía del matrimonio del alma con el redentor fuego del firmamento que baja de los cielos. Una música maravillosa que sólo se escucharía una vez en la vida y a la que servirían de cofres los aires y  oídos de unos cuantos escuchas, puesto que era el arte del improvisar. He allí, creo, una de las claves de ese libro humilde y prodigioso. El arte regalado sin afanes de registro, ni culto a la posteridad. Siempre he albergado la intuición de que allí ha de haberse consumado una especie de misticismo dionisíaco, sin contradicción aparente para con las creencias religiosas. Todo músico (acaso todo poeta, todo artista) ha de contar con su Apolo y su Dionisio. 





martes, 5 de septiembre de 2017

Renuncia - Renouncement. Una vieja semblanza a partir de una elegía tonal de Michael Hoope




Rescato una vieja semblanza

La primera de las interpretaciones que escuchara de esta "renuncia"... No puedo evitarlo, siempre que escucho esta hermosa y conmovedora renuncia pienso, con el corazón, en dos grandes ancestros, dos hombres de la vieja guardia, Luis Amado Contreras Quintero, mi padre y Federico Cisneros Bertorelli, otro padre...

Ahora, cuando Maruja, Maria Luisa Loynaz Sucre, ha ido a integrarse al flujo de un ser supremo, vuelven estos y tantos otros recuerdos de los que con ella mucho conversara. Pero ahora ella ha comenzado a hablarme desde el otro lado del espejo. Ella, quien nunca dejó de nutrir su vivir de las agraciadas memorias, como quien amorosamente riega un pequeño jardín, pues de otro modo no hubiera podido seguir viviendo ni sobreviviendo a tanto ser que se le anticipara en el camino que todos vamos a tomar algún día para ir a dar "en la mar que es el morir".

Escribo estas palabras mientras el rostro atestigua el paso de las lágrimas. No son lágrimas de infelicidad. Lo son de nostalgia y saudade, extrañamiento. No pude darle un adiós como el que ella se merecía. Eso me duele. Pero toda una vida ha quedado zurcida en la memoria que se escribe con tinta de venas y arterias y con una máquina de escribir que teclea y teclea en el pecho, incansable.

Aquella tarde y aquella imagen quedará tatuada para siempre en mi alma.

- Señor, es necesario que un familiar sea testigo del encuentro con el fuego.

Y eso hice. Y a nadie quise decirle nada.

…….

Renouncement - Alice Meynell, 1847 - 1922

I must not think of thee; and, tired yet strong,
I shun the thought that lurks in all delight—
The thought of thee—and in the blue heaven’s height,
And in the sweetest passage of a song.

Oh, just beyond the fairest thoughts that throng
This breast, the thought of thee waits hidden yet bright;
But it must never, never come in sight;
I must stop short of thee the whole day long.

But when sleep comes to close each difficult day,
When night gives pause to the long watch I keep,
And all my bonds I needs must loose apart,

Must doff my will as raiment laid away,—
With the first dream that comes with the first sleep
I run, I run, I am gathered to thy heart

.......

Les dejo con esa elegía tonal, esa renuncia que vuelve, que da giros, resucita, se despide y, de pronto, vuelve a saludarnos...