miércoles, 14 de noviembre de 2018

Anotación. Bhagavad Gita y Pararse y Ver de Chih-I, compasión y meditación. / Arjuna y Krishna, Baghavad Gita / Mahamrityunjaya Mantra / Chinese Music Traditional Compassion Mantra / Anoushka Shankar e Patricia Kopatchinskaja - Raga Piloo





En los últimos días he tenido en mis manos (cuando he podido) un par de joyas! El Bhagavad Gita que tradujera Marcovich para la ULA hace varias décadas y que fuera reeditado en edición de sólo 500 ejemplares hace unos diez años, y el “Pararse y Ver” de Chih - I.

Del trabajo de Marcovich, ese sabio que vivió desapercibidamente varios años entre nosotros, se dice que es una de las mejores versiones del Bhagavad Gita que se hayan intentado en lengua alguna. ¿Por qué les catalogo como un par de joyas? Porque el primero, libro sapiencial, abre con uno de los más bellos ejemplos de compasión de que se tenga noticia, cuando Arjuna expresa a Krisna su negación a entrar en batalla contra sus hermanos, su renuencia al asesinato, ni siquiera movido por la causa de adversar una sinrazón. 

Y el segundo porque es crisol donde se atesoran vías para la meditación efectiva, para una suspensión de lo temporal y un verdadero encuentro con el cosmos. Pararse y ver es, como dice Thomas Cleary en su introito, cese y contemplación.

Son joyas, porque compasión y meditación no son valores sobre los que se asienten las bases del mundo de hoy. Y cuánta falta que nos hacen esos sagrados secretos, tan a la mano y tan declinados por nosotros.

(lacl, 12 de noviembre de 2013)





Arjuna y Krishna,  Baghavad Gita



Mahamrityunjaya Mantra



Chinese Music Traditional Compassion Mantra


Anoushka Shankar e Patricia Kopatchinskaja - Raga Piloo


sábado, 10 de noviembre de 2018

Borges: No puede entusiasmarme una teoría en la que el Estado sea más importante que el individuo. / Jorge Luis Borges: Siete Noches - La Cábala / Carl Sagan - Un pálido punto azul / Glenn Gould and Leonard Bernstein: Bach's Keyboard Concerto No. 1 in D minor (BWV 1052)





Me fastidia la cantilena de que Borges era reaccionario. Nunca entendió una ingente multitud de intelectuales latinoamericanos (usualmente allegados a la izquierda) que él iba más lejos en la ironía sobre los papanatas del poder de lo que nunca ellos pudieron imaginar ni, mucho menos, alcanzar. Ha de haberles dolido aquello que dijera en cierta ocasión:

"...No voy a recepciones de la embajada soviética, donde sirven vodka o caviar. No sigo ese régimen..."

Dejo más abajo el texto ampliado. Acaso una declaración incomprensible para quienes creen en espejismos como el grandilocuente y omnipotente "Estado" (sea con visión de izquierda o de derecha, que lo mismo da) o en Congresos de partidos, Polit-bureaus y toda suerte de camarillas por medio de las cuales una minoría elitesca se instituye en rectora de la divina persona humana. Por mí se pueden ir bien largo al carajo los intelectuales con carnet.
Salud!
lacl


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Y aquí la cita:

"...No pertenezco a ningún partido político y no he hecho política activa. Descreo de las fronteras, y también de los países, ese mito tan peligroso. Sé que existen y espero que desaparezcan las diferencias angustiosas en el reparto de la riqueza. Ojalá alguna vez tengamos un mundo sin fronteras y sin injusticias. No voy a recepciones de la embajada soviética, donde sirven vodka o caviar. No sigo ese régimen. ¿El peronismo? Algo inverosímil. Yo no puedo hablar con imparcialidad; mi madre, mi hermana y mi sobrino estuvieron en la cárcel. A mi me echaron de un puesto mínimo que ocupaba en una biblioteca de las afueras. Me han enseñado a pensar siempre que el individuo deber ser fuerte y el Estado débil. No puede entusiasmarme una teoría en la que el Estado sea más importante que el individuo. Me acuerdo también que mi padre se definía cono un anarquista individualista. Y creo que yo también me defino como un anarquista individualista. Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor..."

  JLB



Jorge Luis Borges: Siete Noches - La Cábala  /  Carl Sagan - Un pálido punto azul  /  Glenn Gould and Leonard Bernstein: Bach's Keyboard Concerto No. 1 in D minor (BWV 1052)







viernes, 9 de noviembre de 2018

El impío, Jose Antonio Ramos Sucre. Las formas del fuego, 1929. / Andrei Rublev, film de Tarkovski






Es como que Ramos Sucre hubiera anticipado o visto en sueños el filme de Tarkovsky. Por cierto, que se suele escribir así su apellido, aun cuando el propio Andrei lo escribía con "i" latina... O es como que Tarkovski (para complacer a Andrei) hubiera leído a Ramos Sucre…

Una apretada joya es esta glosa de Ramos Sucre, un maestro en comprimir la humana condición en breves, pero muy trabajadas cuartillas.
Salud!
lacl 



El impío


El ciervo del abad se ha acogido a la iglesia, librándose de los perros sanguinarios. Oye, desde su refugio, el grito del cazador. Descansa del peligro bajo una luz velada, atisbo del infinito.

El cazador amedrenta los humildes, señalándolos a la jauría frenética. Ríe estrepitosamente de su capricho de señor.

Sube las gradas de la iglesia, camino de su pórtico, sobre un caballo de pisada firme. Apellida los canes, desde el umbral, por medio de una bocina irreverente.

El abad, indignado por la irrupción del sonido, resiste al profano, arredra la jauría feral.

El caballo emprende súbita carrera y desaparece en un precipicio, llevando su jinete.

Los canes aúllan en torno de un sumidero calcinado.


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José Antonio Ramos Sucre. Las formas del fuego, 1929.

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Andrei Rublev, film de Tarkovski





jueves, 8 de noviembre de 2018

Sobre Oscar Wilde, Jorge Luis Borges. Otras inquisiciones (1952) / Debbie Wiseman - Wilde Suite





Sobre Oscar Wilde, Jorge Luis Borges.  Otras inquisiciones (1952)


Abrimos, un poco tarde, el mes de Noviembre, con esta joya de disquisición borgiana. La lectura como gratitud, como dichosa aventura, como placer, eso es lo que, en mi caso personal, he sentido siempre al leer a Wilde. Por ello deseo compartir la maravilla de esta semblanza de Don Jorge Luis, entre ese género por él cultivado y que ha preferido catalogar como el de inquisiciones, pues apunta justo al blanco de esa virtud de Wilde de escribir no sólo con gracia, sino en estado de gracia.

Salud!
lacl

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Mencionar el nombre de Wilde es mencionar a un dandy que fuera también un poeta, es evocar la imagen de un caballero dedicado al pobre propósito de asombrar con corbatas y metáforas. También es evocar la noción del arte como un juego selecto o secreto -a la manera del tapiz de Hugh Vereker y del tapiz de Stefan George- y del poeta como un laborioso monstrorum artifex (Plinio, XXVIII, 2). Es evocar el fatigado crepúsculo del siglo XIX y esa opresiva pompa de invernadero o de baile de máscaras. Ninguna de estas evocaciones es falsa, pero todas corresponden, lo afirmo, a verdades parciales y contradicen, o descuidan, hechos notorios.

Consideremos, por ejemplo, la noción de que Wilde fue una especie de simbolista. Un cúmulo de circunstancias la apoya: Wilde, hacia 1881, dirigió a los estetas y diez años después a los decadentes; Rebeca West pérfidamente lo acusa (Henry James, III) de imponer a la última de estas sectas "el sello de la clase media"; el vocabulario del poema The Sphinx es estudiosamente magnífico; Wilde fue amigo de Schwob y de Mallarmé. La refuta un hecho capital: en verso o en prosa, la sintaxis de Wilde es siempre simplísima. De los muchos escritores británicos, ninguno es tan accesible a los extranjeros. Lectores incapaces de descifrar una página de Kipling o una estrofa de William Morris empiezan y concluyen la misma tarde Lady Windermere's Fan. La métrica de Wilde es espontánea o quiere parecer espontánea; su obra no encierra un solo verso experimental, como este duro y sabio alejandrino de Lionel Johnson: Alone with Christ, desolate else, left by mankind.

La insignificancia técnica de Wilde puede ser un argumento a favor de su grandeza intrínseca. Si la obra de Wilde correspondiera a la índole de su fama, la integrarían meros artificios del tipo de Les Palais Nomades o de Los Crepúsculos del Jardín. En la obra de Wilde esos artificios abundan, recordemos el undécimo capítulo de Dorian Gray o The Harlot's House o Symphony in Yellow- pero su índole adjetiva es notoria. Wilde puede prescindir de esos purple patches (retazos de púrpura); frase cuya invención le atribuyen Ricketts y Hesketh Pearson, pero que ya registra el exordio de la epístola a los Pisones. Esa atribución prueba el hábito de vincular al nombre de Wilde la noción de pasajes decorativos.

Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón. The Soul of Man under Socialism no sólo es elocuente; también es justo. Las notas misceláneas que prodigó en la Pall Mall Gazette y en el Speaker abundan en perspicuas observaciones que exceden las mejores posibilidades de Leslie Stephen o de Saintsbury. Wilde ha sido acusado de ejercer una suerte de arte combinatoria, a lo Raimundo Lulio; ello es aplicable, tal vez, a alguna de sus bromas ("uno de esos rostros británicos que, vistos una vez, siempre se olvidan"), pero no al dictamen de que la música nos revela un pasado desconocido y acaso real (The Critic as Artist) o aquel de que todos los hombres matan la cosa que aman (The Ballad of Reading Gaol) o a aquel otro de que arrepentirse de un acto es modificar el pasado (De Profundis) o a aquel,[1] no indigno de León Bloy o de Swedenborg, de que no hay hombre que no sea, en cada momento, lo que ha sido y lo que será (ibídem). No transcribo esas líneas para veneración del lector; las alego como indicio de una mentalidad muy diversa de la que, en general, se atribuye a Wilde. Éste, si no me engaño, fue mucho más que un Moréas irlandés; fue un hombre del siglo XVIII, que alguna vez condescendió a los juegos del simbolismo. Como Gibbon, como Johnson, como Voltaire fue un ingenioso que tenía razón además. Fue, "para de una vez decir palabras fatales, clásico en suma".[2] Dio al siglo lo que el siglo exigía -comedies larmoyantes para los más y arabescos verbales para los menos- y ejecutó esas cosas disímiles con una suerte de negligente felicidad. Lo ha perjudicado la perfección; su obra es tan armoniosa que puede parecer inevitable y aun baladí. Nos cuesta imaginar el universo sin los epigramas de Wilde; esa dificultad no los hace menos plausibles.

Una observación lateral. El nombre de Oscar Wilde está vinculado a las ciudades de la llanura; su gloria, a la condena y la cárcel. Sin embargo (esto lo ha sentido muy bien Hesketh Pearson) el sabor fundamental de su obra es la felicidad. En cambio, la valerosa obra de Chesterton, prototipo de la sanidad física y moral, siempre está a punto de convertirse en una pesadilla. La acechan lo diabólico y el horror; puede asumir, en la página más inocua, las formas del espanto. Chesterton es un hombre que quiere recuperar la niñez; Wilde, un hombre que guarda, pese a los hábitos del mal y la desdicha, una invulnerable inocencia.

Como Chesterton, como Lang, como Boswell, Wilde es de aquellos venturosos que pueden prescindir de la aprobación de la crítica y aun, a veces, de la aprobación del lector, pues el agrado que nos proporciona su trato es irresistible y constante.

Notas

[1] Cf. La curiosa tesis de Leibniz, que tanto escándalo produjo en Arnauld, La noción de cada individuo encierra a priori todos los hechos que a éste le ocurrirán. Según este fatalismo dialéctico, el hecho de que Alejandro el Grande moriría en Babilonia es una cualidad de ese rey, como la soberbia. 

[2] La sentencia es de Reyes, que la aplica al hombre mexicano (Reloj de Sol, pág. 58).

En Otras inquisiciones (1952)









miércoles, 31 de octubre de 2018

EL POLÍTICO, JARS, El cielo de esmalte, 1929.





Una joya verbal  cargada de claves, cuya frase final desemboca en el mar de la ironía...
Salud…

lacl

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EL POLÍTICO

La carroza del caudillo sanguinario solivianta el polvo de la ruta de fuego. Su escolta ha recogido las tiendas de campaña sobre el lomo de unos perros inicuos. El tizne del incendio releva la tez bisunta y los cabellos lacios de los guerreros enjutos, efialtos y vestiglos, delirio de un bonzo.

El mandarín, astuto y perezoso, gato sibarita, socava el auge de la horda montés. Su discurso indirecto, proferido a sovoz en una entrevista con los invasores, divierte el estrago a una lontananza quimérica. Su frívolo cincel refina la corola de marfil de una flor mecánica.

El tropel de sagitarios, amenaza frenética, se engolfa en el erial, se encara al cielo resplandeciente, de límites violáceos. Un numen aleve suelta la cuadriga de los torbellinos y sepulta la algazara de los jinetes bajo un tapiz monótono.

El mandarín, azar de su niñez, recibió de su maestro, un peregrino tunante, el apólogo de la calavera nihilista, en el sitio del vendaval. Un astrólogo señalaba ese día el equilibrio de los elementos.


JARS, El cielo de esmalte, 1929.






sábado, 27 de octubre de 2018

Palabras de Rafael Cadenas al recibir el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Universidad de Salamanca. / Winter Solstice Celebration ~ Cathedral of St John the Divine ~ New York City ~ Paul Winter - [His Eye Is On] The Sparrow. Paul Winter Consort + Kecia Lexis-Evans



Me ha hecho llorar, lo reconozco. Que se le dé este reconocimiento es darle reconocimiento al recto camino. No en balde viene Confucio a sus labios para apoyar el recto nombrar de las palabras, las cuales deben ir en consonancia con el vivir. Es eso lo que me ha hecho llorar. Ars poética y Ars vivendi juntas van.


Mi hijo, a pesar de pertenecer a una generación de relevo, ha sentido siempre el mismo influjo benefactor de un ser cuya palabra va a la par de su transitar. Tenemos al querido Cadenas por molde virtuoso en un país (un mundo, en realidad) en el que nadie toma en cuenta aquello que antaño denominábamos con la sencilla palabra de valores. Es, sencillamente, uno de esos caballeros de la vieja guardia, cual lo fueran nuestros padres y abuelos, para quienes el sentir, el ser, el obrar y el pensar no iban en divorcio. 

Muy contentos por ese merecido homenaje que significa el que le hayan conferido el Premio de Poesía Iberoamericana que, más que a una obra literaria, es reconocimiento a un modus vivendi, la poesía hecha norte, temple y tímpano del vivir. 

Y una prueba de lo que digo es que Cadenas no se ha regodeado nunca, cuando ha recibido un reconocimiento a su transitar poético, a hablar de "su" poética o de "su" poesía. Habla del valor de la palabra, del buen nombrar, de otros poetas, de la condición humana. Coincidimos con su tesitura de pecho. Hablar en demasía de "la propia obra" es, en cierto modo, trasladar la miopía del ojo a las regiones del ser y del espíritu.

Salud y bravo por él…

lacl


Palabras de Rafael Cadenas al recibir el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Universidad de Salamanca.



Señora, señor Rector, señor Presidente del Patrimonio Nacional, autoridades, familiares y amigos. Este es un inmenso honor. Debo decir, una vez más, gracias. Esta palabra es muy importante. Se usa para agradecer, como en este momento, un bien recibido que además viene de la mano de la Reina Sofía y de las autoridades de la más antigua universidad española, por añadidura, en la conmemoración de los ochocientos años de su creación. Este cumpleaños la destaca entre las demás en edad en el mundo. En otro ámbito, el de la política, permítaseme una referencia diferente al motivo que nos reúne. Hay palabras tan principales como aquélla, por ejemplo, libertad, justicia, democracia, civismo, honestidad; las cuales cuando se ausentan de un país tornan muy difícil para sus ciudadanos el hecho de vivir realmente. Esas palabras, además, deben corresponder a lo que designan, si no habría que recurrir a lo que Confucio llamaba rectificación de los nombres, que se asemeja a nuestra adequat. Es que en Venezuela nos urge instaurar la normalidad, que sólo puede ser democrática. Pero no voy a adentrarme en este punto porque no es la ocasión de hacerlo.

Quisiera sí señalar la importancia del lenguaje en el ejercicio de la política. Tiene la enorme tarea de enfrentarse a la neolengua de todo totalitarismo, un peligro para los seres humanos porque los vuelve absolutamente dependientes del Estado. Ahora, voy a decirles mis vínculos con España. A ella me une profundamente la lengua. Sobre esta relación no es necesario insistir. Menos evidente es la que he tenido con su literatura. Comencé a leerla siendo muy joven, creo que a los catorce años, y me cautivó. El desfile empezó con la Generación del 27. Rafael Alberti, Federico García Lorca y Pedro Salinas fueron los primeros con quienes estuve. Debo mencionar también a Miguel Hernández, cuya poesía se adhiere tanto a la memoria, y a León Felipe, que peregrinó por Hispanoamérica diciendo sus poemas y quien, a su vez, se adelantó en España, como Walt Whitman en Norteamérica, a la ampliación del poema, la cual lo hermana con la prosa. Recordemos que ya Lorca llamaba prosía a los poemas de Salinas. Más tarde, leí a Jorge Guillén y a Luis Cernuda. Luego pasé a los autores del 98. Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Azorín, y a Miguel de Unamuno, nombre inseparable de esta universidad. Este despertador de almas llegó temprano a Venezuela a través de las ediciones argentinas. De ellas tengo casi toda su obra. De Unamuno me interesa, además de su estilo, lo que él llamaba instinto de charla, su liberalismo y la idea de intrahistoria que realza a la gente del común, que no entra en la historia pero sostiene todo. En cuanto a la riña con Ortega y Gasset sobre lo de españolizar a Europa o europeizar a España creo que lo resolvió la creación de la Unión Europea. Como soy un gustador de la prosa, ¿qué amante del idioma no lo es?, disfruté la de todos los mencionados.

A mi regreso de Trinidad, a donde me exilió una de nuestras habituales dictaduras, que fue derrocada por un sector del pueblo y del ejército, la vida me llevó de la mano a estudiar en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Después di clases por más de treinta años, y en esa época una de las principales materias a mi cargo fue la de poesía española. Continúo este recuento. Con mi esposa, y gracias a ella, recorrimos mucho España. Inicialmente por iniciativa propia, después por invitaciones de la Residencia de Estudiantes, lugar sagrado para mí, Casa de América, o festivales como Poemat; a cada paso encontrábamos rasgos de nuestra filiación.

Ahora me referiré a un hecho capital de nuestra historia que a menudo se olvida: la llegada a Venezuela de los exiliados españoles durante o después de la guerra civil. Fueron miles y entre ellos vinieron profesores, científicos, escritores, que contribuyeron decisivamente con nuestra cultura. Como Juan David García Bacca, Pedro Grases, Manuel García Pelayo, Marco Aurelio Vila, Juan Niño, Federico Riu, Manuel Granel, Guillermo Pérez Enciso, Mateo Alonso, Santiago Mariño y muchos otros. Todos dejaron su impronta perdurable en nosotros. Quisiera nombrar a otros, pero en razón de su cantidad no puedo. En realidad vinieron españoles de todas las profesiones.

Hace años se publicó en Caracas un libro de dos tomos con biografías breves de ellos, aunque no de todos, y en 2015 apareció el libro “Humanistas españoles en Venezuela”, compilado por el escritor Tulio Hernández, hoy exiliado de Venezuela. Les daré una idea de lo dicho. Yo hice el bachillerato en una ciudad del interior, Barquisimeto, que originariamente se llamó Nueva Segovia de Barquisimeto, y recibí clases de tres profesores españoles. Es decir, no sólo trabajaron en las universidades, sino también en el Instituto Pedagógico, en los liceos de Caracas y de otras ciudades.

Antes de concluir, debo agradecerle a la profesora Carmen Ruiz Barrionuevo lo que a su vez ha hecho aquí por nosotros con el apoyo de la Universidad de Salamanca. Ella fundó hace años la cátedra que lleva el nombre de un gran poeta venezolano, José Antonio Ramos Sucre, a fin de conocer la poesía venezolana. Merece un gran reconocimiento de parte nuestra.

En una entrevista dije que la palabra crisis aplicada a Venezuela es un eufemismo. Nuestra situación es algo que va más allá de la crisis. Es de salida muy difícil. Termino con una observación tal vez oportuna. Creo que los nacionalismos son abominables. Traen odios, conflicto, guerra. Ojalá aprendamos y optemos por la amistad entre las naciones; por eso he evocado la que existe entre Venezuela y España, no sin recordarles a los que atacan este país que lo hacen en español.

Rafael Cadenas, Discurso en la Universidad de Salamanca.









Winter Solstice Celebration ~ Cathedral of St John the Divine ~ New York City ~ Paul Winter

A veces uno no puede con tanta belleza, sinceramente...


[His Eye Is On] The Sparrow. Paul Winter Consort + Kecia Lexis-Evans


jueves, 25 de octubre de 2018

EL REINO DE HERMES Walter Muschg / Renato Braz and the Paul Winter Consort perform Anabela





EL REINO DE HERMES Walter Muschg

La magia es una oscura profesión que deja amplio margen a patrañas y quimeras. Es difícil distinguirla del engaño. Ya el oficio de chamán debe haber sido el campo de acción para embaucadores y malhechores empedernidos, que se jactaban de sus ficticias aventuras en el Más Allá y contenían la risa mientras su público escuchaba con temor o entusiasmo sus palabras. Del frenesí al fraude, de lo demoniaco al crimen, sólo hay un paso. Por eso en todas las épocas el charlatán acompaña al mago auténtico. Finge ser un hombre divertido o seductor, liberador o brutalmente dominante; en una forma u otra, lo único que le importa es su propia persona. Con sus maquinaciones explota a los crédulos, juega con ellos en una forma audaz o diabólica. Los conduce al engaño o a la destrucción, como el Flautista de Hamelín, poniendo ante sus ojos el espejismo del camino que conduce al monte de la felicidad.

En el himno homérico a Hermes, se ensalza a este dios como el acompañante de las almas al infierno y como dios de los poetas y los ladrones. Este himno lo describe como Un embaucador genial; ya en la cuna roba los bueyes sagrados de Apolo, pero contesta tan astutamente al interrogatorio, que Apolo admite en su círculo al "astro cambiante" y entabla con él una estrecha amistad. Le permite existir junto a él como poeta, sólo se reserva rigurosamente el don profético. Hermes le regala a su vez la lira, por él inventada. La lira, el instrumento de Apolo, es el invento del dios ladrón, quien se la entrega a Apolo con palabras que la destinan a convertirse en el alegre juguete y e! deleite del género humano.

Hermes, el hijo de la Maya, tiene muchos semblantes. Era también el dios del mago, que con su báculo regalaba fortuna y enviaba sueños, era el dios taimado del ganado y el fraude, del comercio lucrativo, el mediador entre el mundo inferior y el superior. En él está encarnada toda ambigüedad beneficiosa y en él se realiza la unión de la poesía y los misterios de ultratumba. Evidentemente, ya los griegos consideraban el ilusionismo como una forma de poesía, pero distinguiéndola nítidamente del alto arte apolíneo. Existe una región de la literatura en la que Hermes ha reinado en todos los tiempos. En ella viven figuras cuyo elemento es la anarquía y el fraude y que aun así participan de la consagración poética. Aquí pululan innumerables productos de cruzamiento en los que aflora el fondo mágico prístino de toda imaginación. También grandes poetas se han detenido aquí, temporalmente o para siempre. El mito de Hermes brilla de lleno en el Fausto de Goethe.

En los ilusionistas mágicos sigue trasgueando el presentimiento chamanista de lo suprasensible. Ya no deben o ya no pueden ejercer la magia ritual, pero siguen soñando las grandes aventuras del alma sin espiritualizarlas en la poesía. Su hechizo consiste en que aún trasmiten espontáneamente la dicha y el terror de sus alucinaciones. Aún existe para ellos la unidad de mundo interior y exterior, aunque sólo sea como puro desvarío. Son en parte niños, en parte chiflados enfermizos. Los infantiles permanecen toda su vida en el paraíso, los enfermos son la atormentada presa de sus demonios. Pero aquí también se traslapan salud y enfermedad, felicidad y maldición. Los aparentemente dichosos pueden obrar como duendes malignos, los incurables, realizar cosas maravillosas. Como saben que se les considera inoportunos e indeseables, se valen de estimulantes para olvidar su situación desconsolada. Hasta que llega el día en que se convierten en esclavos de la droga y pierden el resto de su dignidad. Así sucede a menudo, pero no siempre. La diferencia entre el poeta y el depravado se manifiesta allí donde este proceso no sigue el curso acostumbrado.

También entre los videntes se cuentan pocos elegidos. En todas épocas aparecen profetas que son considerados mensajeros del diablo porque predican un dios derribado o que está por venir. También los siervos del diablo se consideran elegidos; ensalzan la carnalidad, la violencia, un ídolo humano o un concepto convertible en fetiche. Como apóstoles de este ídolo arrastran a las masas tras de sí y fundan una religión, erigiéndose en sus sumos sacerdotes. El falso vidente sucumbe a la primera oportunidad a la tentación del poder y se transforma en el tirano ambicioso de una secta. Estos criminales santificados entablan la lucha con los sacerdotes de la iglesia dominante; en esto se parecen a los verdaderos profetas, y ¡qué difícil es a menudo distinguirlos de éstos! El fallo queda en suspenso, sobre todo si proclamaron su fe en forma poética. Pues algunos de ellos son verdaderos poseídos, aunque su visión los vuelva chiflados. Se extravían en galimatías clericales y crean un lenguaje secreto que extrajeron de libros misteriosos o que a veces inventan ellos mismos. Conocen el efecto de la superstición de la palabra, del juego ocultista con sonidos y números en que se basa la adivinación. Ningún fundador de una secta puede pasarse sin malabarismos verbales. El lenguaje secreto es un hijo predilecto no sólo de los místicos medievales y modernos -la misma Santa Hildegarda de Bingen escribió glosas en un lenguaje y una escritura que ella misma inventó-, sino también de los poetas, hasta Stefan George. El gusto por jugar enigmáticamente con las palabras también fue característico de Goethe, Hebel y Morike, quienes se complacieron en componer adivinanzas sin hacer de esto, claro está, una religión. Según la leyenda, Homero murió de aflicción por no poder resolver sus adivinanzas, Los oráculos délficos, que transmitían en verso los gritos frenéticos de la pitonisa, eran famosos por su sentido enigmático -la palabra sacerdotal siempre tiene cierto dejo ilusionista. La interpretación triple de la Biblia que se acostumbraba en -la Edad Media -historice, moraliter, mystice- no se debía a la iluminación del predicador, sino a decretos eclesiásticos  y debía ajustarse a un esquema estricto; a veces se prestaba a que los clérigos hicieran juegos de palabras que ya en aquel tiempo eran objeto de burla. Esas muestras de habilidad están emparentadas con las prácticas de mística verbal que florecían en los cultos esotéricos de la Antigüedad. En estos campos reina Hermes, no Apolo. La gnosis elevó al dios de los ladrones y la magia a Hermes Trimegistos,  el espíritu universal “tres veces grande”. Los escritos de esta secta son una de las fuentes principales del misticismo y la alquimia verbal.  

El cantor nace como un hijo de la naturaleza, pero las Musas no siempre lo educan para servir a los poderosos. Puede suceder que su naturalidad le impida convertirse en un miembro honorable de la sociedad. En los principios y los fines de las culturas el cantor pertenece de por sí al pueblo vagabundo. Pero también en tiempos clásicos debe haberse dado el caso de que un rapsoda no se subordinara sin recaídas a su medio aristócrata, sino que siguiera siendo un inquieto huésped del palacio. El más famoso poeta cortesano de la vieja India, Kalidasa, fue boyero antes de convertirse en una de las "nueve perlas" de la corte más esplendorosa de su tiempo, en la que, según se cuenta, lo asesinó una de sus amantes. El bebedor Li-tai-po llegó a la corte imperial china como aventurero errabundo, participó en una sublevación y fue condenado al destierro, pero
obtuvo el perdón al poco tiempo y se dice que murió de una borrachera. Tales eran los vagabundos llenos de incontenible vigor y de embriaguez de los sentidos, para quienes el orden de la naturaleza estaba muy por encima de las leyes hechas por el hombre. Desdeñaban cualquier ligadura social y despreciaban ganarse el pan por considerarlo un fraude a la vida, que ellos querían saborear en su plenitud paradisíaca. Estos amantes del mundo cortan sin ningún escrúpulo los frutos que les apetecen, y no conciben que se les tenga por criminales. Los griegos poseyeron con Arquíloco, uno de sus primeros grandes cantores líricos, el modelo del indómito poeta natural. Ya su ascendencia -era el hijo bastardo de un gran señor y una esclava- lo condenó al conflicto con sus contemporáneos. Su pobreza lo arrastró fuera de su patria y lo hizo regresar del extranjero a Paros. Le fue negada la mano de su amada debido a su oscuro origen y a su temperamento apasionado, y tomó venganza componiendo poemas injuriosos de mala fama.

La ebria alegría de vivir es privilegio de la juventud; ésta la siente como algo divino y tiene un derecho eterno para hacerlo. Quiere vivir con despilfarro y prefiere morir joven a encanecer en medio de honores. Sin embargo, si no muere, tiene que alargar artificialmente su inocencia, pues no es capaz de vivir en sobriedad. Los hombres de este tipo, al envejecer, se entregan al libertinaje para probarse a sí mismos y probar a los demás que son inquebrantables. A partir de ese momento se parecen a los magos fracasados; no pueden resistir a la tentación de olvidar su creciente miseria en la embriaguez, y continúan su frenesí con mala conciencia. Se rozan contra la resistencia que les opone el odiado medio ambiente, hasta abrirse heridas, y se descarrilan por debilidad, se desangran en su guarida o se dan por vencidos cuando han sido heridos de muerte. También en su caso es difícil decir si son rebeldes ingenuos o cobardes histéricos. Los inquebrantados, aquellos que hasta el final están satisfechos con su estado, son menos de lo que se cree. Los enemigos más violentos del orden son a menudo hombres que embozan su desesperación. En ellos arde la nostalgia por la vida honorable que alguna vez conocieron o que buscaron por camino equivocado.

Los poetas no sólo han creado la cultura, sino que una y otra vez la aniquilaron, cuando les pareció poco vital. Estaban de acuerdo con los que la combatían: con el pueblo oprimido, y hasta con la ralea aventurera que escapa de las redes de la ley o queda aprisionada en ellas. En el fondo la sociedad nunca estuvo orientada para fomentar el talento poético. Éste quedó incomprendido las más de las veces, y no es sorprendente que a menudo tomara un rumbo extraviado, se convirtiera en rebelde o rodara a la destrucción. Nadie se ha puesto a contar estas pérdidas siempre volvía a suceder lo mismo, la guerra entre el hombre imaginativo y la sociedad no tuvo fin. En el momento en que un poeta adoptara conscientemente la actitud de un outsider, se declaraba la guerra entre él y los hombres, y ya ni siquiera contaba como circunstancia atenuante lo que lograse como artista. Se veía en él al agente de todas las fuerzas incontrolables, al instigador espiritual de todo intento subversivo cuando no al cabecilla, y se le señalaba sin piedad como responsable. Si sus logros artísticos eran innegables, se los presentaba como la obra de un bribón. Este nombre es el insulto predilecto que se aplica al genio antipático, y no por pura casualidad. El que ha Sido declarado ajeno a la sociedad es capaz de arrojar al suelo su honor de ciudadano y vivir en la naturaleza, como un amigo de los niños y los animales, de los bufones y los rebeldes. Otros renuncian a romper abiertamente con la sociedad, pero miran con envidia a sus hermanos. Para éstos, el juego más desenfrenado no es ridículo, el crimen más espantoso no es malo sin más ni más. Schiller, Balzac, Gotthelf, Dostoyevski crearon sus monstruos morales a base de una afinidad interior con ellos. Hasta el reservado Conrad Perdinand Meyer llegó a decir que probablemente había cometido una falta grave en una vida anterior, y que por eso había reencarnado como el poeta Meyer. La vida anterior de que hablaba era su imaginación. También el reino de Hermes pertenece al reino de la poesía. Hay que conocerlo, para poder decir dónde comienza y dónde acaba la poesía, cuáles son sus rangos y en qué punto se convierte en falsa magia. Lo que allí se muestra a menudo parece ser únicamente la deformación diabólica o patológica de la poesía, y muchas veces no es más que eso. Así como la naturaleza produce en los reinos vegetal y animal las criaturas más extrañas, la belladona y las serpientes venenosas, para alcanzar su objeto, así también la poesía nace de seres que son una abominación o un horror para el hombre civilizado. En estas tinieblas crecen las formas de la poesía elemental, pero en ellas echan también sus raíces las grandes obras de arte. El poeta pordiosero puede alcanzar una grandeza junto a la cual toda literatura se convierte en caricatura. Cuando los dioses caen y los reinos se desploman y, como dice Gottfried Kel1er, "las grandes culebras mágicas, los dragones de oro y los espíritus subterráneos del alma humana" rompen sus cadenas, también el espíritu poético se libera en forma de puro instinto natural y adopta las formas más caprichosas. Es entonces cuando renace la poesía, o cuando muestra en su agonía una vez más su rostro más antiguo. Seres dudosos reviven en ella la vida vivida, para honrar el juego inútil de quienes tan sólo conocen el formalismo entumecido de la clase dominante. Profetas sin dios vagan en compañía de conjuradores de demonios, músicos ambulantes con juglares, sacerdotes con demagogos fraudulentos y poetas venidos a menos. Así sucedió en la Invasión de los Bárbaros, en la alta Edad Media, en la guerra de los Treinta Años, en la desintegración de la burguesía moderna.


Historia trágica de la literatura, Walter Muschg  




Renato Braz and the Paul Winter Consort perform Anabela