jueves 16 de febrero de 2012

OCIO


El día amaneció gris,
con una luz plomiza,
anciana,
cual una oquedad
de fulgores silenciados.
Y amaneció ausente
desde el preludio,
vaticinado por una orquesta
de sonidos apagados;
discurso perfecto para evocar
los tonos elegíacos
de un mundo precipitado
en un averno
de premisas elusivas
y sinuosas falsedades;
marcha puntual
para estamparle
un no en la cara
a los minuteros y semáforos
que pretenden tirarle
rieles a la realidad;
himno prestísimo
para estamparle
un no en la cara
al mundo de los hombres,
más gris
que el más anciano de los días.
Fidelísima tocata
para la ociosa fuga,
el derrotero de no intentar
dar paso alguno
si no es para, llanamente,
olvidarnos y encontrarnos
en el callar y el mirar,
en el callar y escuchar…
Para que la impasibilidad
de la montaña
tome nuestro pecho
y abra ojos
a los vívidos senderos
que pulsan un tanto más allá
de los desanimados pulsos
de embargadas fantasías…
Y un amor sin nombres,
cual único y cínico insurrecto,
se abra paso entre las ráfagas
de nuestro respirar,
rudo y sutil,
sigiloso y descarnado,
saltando sobre las horas,
mientras entreteje sus vivaces agitatos
con el andante cantábile
de nuestro atemperado fluir.
Más tarde,
y de no muy convencida gana,
le pido venias a mi amor,
como le pido venias al silencio,
para descoserme del lecho.
Afuera, en la montaña,
un cristofué abre su corazón
al desparpajo de la tarde.
Su cantilena,
premeditadamente entrecortada,
parece el intento
de revelarle al mundo
una clave ancestral,
mientras desteje la fábula
de la pasión y muerte
de un hijo de Dios.
En la lejanía,
su canto es amorosamente
correspondido por otro cristofué,
con dejos de consuelo.
Y, a pesar de que el cielo
ha levantado su capota,
la fecha sigue brindándonos
un tono humanamente gris.
Pero llega el turno de las golondrinas
que, por decenas,
comienzan a trenzar el aire,
danza ritual que precede la hora
de hacer de la montaña su morada,
arrastrando con ellas
nuestra mirada despojada…
Y una desnuda,
casi obscena iluminación
hace presencia en las hojas resecas y alargadas
de un grupo de arbustos,
semejando sables de oro
que jamás serán esgrimidos en contienda,
canto inicial de un sol
que resucitadamente se despide.


(Ensayo verbal del 18 de Enero, 2011. Como casi siempre sucede, no lo considero redondeado, pero lo dejo acá de regalo para quien le provoque leerlo....)

lunes 13 de febrero de 2012

Guarida de los poetas

Debido a un reciente colapso de mi pc, perdí innumerable cantidad de archivos, entre ellos, muchos registros de poesía leída por sus autores (de lo personal no quiero ni hablar). He ido recabando esta semana algunos nuevos registros para plasmarlos acá, dado que hace tiempo que no hemos vuelto a abrir la puerta de esta guarida. Y tal como lo expresáramos en la primera aparición de Guarida de los poetas, en Agosto de 2007: Brindamos, en este retirado recoveco del mundo, un sencillo homenaje a la poesía, en las voces e imágenes de quienes le rinden o rindieron pleitesía. ¿Qué mejor homenaje a la poesía que el concederles la palabra a quienes son y han sido sus cultores? ¿Qué mejor homenaje que el mero gusto de la escucha, incluso a despecho de que no conozcamos la lengua madre del poema? Así pues, salud!

lacl


William S. Burroughs . One God Universe 




William S. Burroughs / Spare Ass Annie: Annie And Other Tales 





Czeslaw Milosz - The Gift 



The Gift
A day so happy.
Fog lifted early. I worked in the garden.
Hummingbirds were stopping over the honeysuckle flowers.
There was no thing on earth I wanted to possess.
I knew no one worth my envying him.
Whatever evil I had suffered, I forgot.
To think that once I was the same man did not embarrass me.
In my body I felt no pain.
When straightening up, I saw blue sea and sails.


María Calcaño - poema




Ledo Ivo en formato 8 1/2




Sylvia Plath Reads Ariel




El poeta a su amada (César Vallejo) - Paco Ibañez




ERNEST VAN-MOHR - LA BALLADE DES PENDUS [FRANÇOIS VILLON]




El último testimonio de Unamuno

Y aunque no se lee acá un poema, sino que se deja el testimonio de un gran pensador, no podemos evitar incorporarlo, dadas las amorosas relaciones entre poesía, filosofía, humanismo y autos de fe...

 

martes 31 de enero de 2012

INSCRIPCIONES EN EL DOLMEN.


Agrego un par de brevedades de mi más reciente cuaderno de esbozos...
Hace poco perdí el archivo que llevaba editado de ese cuaderno, así que por ahora me conformaré con subir este par de trazos ....

(lacl) 


Mi capacidad para el asombro
no termina de admirarse al constatar
la obstinada y reiterada soberbia

de una pequeña y semi-culta burguesía,

esbozando  sonrisas que, secretamente,

parecieran acariciar sus partes pudendas,

mientras se refocilan en la contemplación

del fruto de sus obras.


(05/05/2011)


*  *  *  *  *


Amo fervientemente la palabra
y a su prole infinita.
Y no diré que odio, pero sí que descreo
(y, en veces, siento hasta repulsa)
de las militancias y credos
que se sirven de ella.

(17/09/2011)


lunes 30 de enero de 2012

Notas de Guerra, I.



Deseo incorporar al blog unas viejas glosas que versan sobre el tema de la guerra. Fueron publicadas en el quincenario Letras durante la década de los 90. la primera entrega incluye textos de Zweig, Canetti y un par poemas de la antigua China. El texto introductorio sufrió una leve reedición cuando estaba por enviarlo al desaparecido portal de elmeollo.com. Mis notas van en cursivas para que puedan ser fácilmente diferenciadas de los textos citados. De antemano me excuso por su largura. Ojalá y que encuentren algún lector…



Salud!


Notas de Guerra, I.


La guerra es y ha sido una de las facetas que han caracterizado la civilización desde tiempos inmemoriales. Tal parece que el hombre no pudiera vivir sin darle rienda suelta a la expresión de un espíritu de confrontación con aquellos que, paradójicamente, cataloga como sus prójimos. Acaso haya sido el miedo producido por las capacidades de otro u otros semejantes la que haya disparado el detonador de las disputas; acaso el paso del tiempo haya refinado el carácter humano, dándole a la envidia el preponderante puesto que hoy goza en la escala secreta de nuestros amañados corazones. Un refinamiento que ha alcanzado un grado de perfección tal, que se estremece uno, cuando puede disponer del tiempo necesario para dedicarse a una serena reflexión de los motivos que exponen hoy algunos mandatarios, o gran parte de aquellos hombres formados a la sombra de la moral belicista que hoy campea en casi todas partes del mundo, donde se profesa la asfixiante y kafkiana institución del estado moderno como forma de gobierno. Parecieran todos esgrimir un mismo credo: "el fin justifica los medios", y no importa cuántas almas deban dar el paso a mejor vida, si con ello logramos el triunfo de nuestra moral competitiva.


De mi juventud guardo todavía el borroso recuerdo de un infausto personaje que, en una de esas no menos turbias películas que ensalzan las bondades de Occidente, le decía con muy fina ironía a un héroe con licencia para todo, que el hombre moderno estaba perdiendo el espíritu deportivo cuando le señalaba al héroe en cuestión, algo así como las debilidades y sutilezas en que se desmoronan ciertos elementos de nuestra raza, a la hora de tomar decisiones que puedan implicar el exterminio de sus semejantes. Lo catalogaba como un insano ejemplo de ineptitud o falta de carácter. Pues bien, intuyo que cada día se hace más llevadera y comprensible esa "tarea" de exterminio de los seres humanos por los seres humanos. Y hablo, incluso, de los niños. Lo ven en la TV, en las tiras cómicas. Lo escuchan de sus padres y abuelos. Lo fomentan otros niños ya adoctrinados por ese estigma del espíritu. Y uno se pregunta, ¿cómo fue que salimos de la curva?, ¿cómo vinimos a dar en este atolladero? ¿cómo es posible que el hombre no se percate de que está acabando consigo al acabar con el vecino? Humanismo, un término que manoseamos mucho, ha perdido la fuerza de su real significado. Somos tierra, humus; pero hemos perdido el terráqueo sabor de la humildad. Y somos parte de esta maravillosa experiencia que es el estar rodando por el cielo a millares de kilómetros por hora entre una constelación de trozos de materia análogos a la tierra. Pero el tiempo y la mayor parte de nuestras vidas se nos va en apostar a quién tiene más fuerza en los biceps.


De paso, no es de criticar la ejercitación del músculo; al contrario, cabe allí uno de los placeres más grandes de la vida común. El sudor que produce nuestro cuerpo cuando podamos un árbol y recogemos sus frutos, puede ser más gratificante que el grueso cheque librado a nuestro nombre, para resarcirnos por las aburridas o, cuando mucho, estresantes labores de quince días de un trabajo realizado por estricta necesidad. Hay una cierta libertad en aquellas actividades o trabajos que realizamos por cuenta propia. Incluso aquellas labores que obedecen a una necesidad de subsistencia son un laborar en libertad, producto de la propia decisión; muy distinto de ese laborar enajenante que se ha instaurado como statu quo y según el cual cada uno tiene que vender su tiempo vital, para que, inmensas o pequeñas, pero siempre informes organizaciones sigan creciendo hasta explotar y continúen amasando un dinero que no produce bien común. Quizás allí radique otra de las razones del ejercicio de la guerra: el hombre común, el individuo anónimo (usted o yo), vive en un estado de perenne castración. Y como si la vida no fuese ya una verdadera intriga, que reclama de nosotros una dedicación completa a descubrir o redescubrir lo que en realidad somos, nos las hemos ingeniado para que una minoría guíe nuestros pasos y decida qué es lo mejor para nosotros. Y lo hemos hecho de un modo tan perfecto que ya no sabemos cómo retomar el camino de la humana convivencia con aquello más preciado, aquello de lo que somos parte, en tanto que somos naturaleza. Así que es muy fácil, para las minorías gobernantes, soliviantar los ánimos de aquellos cuyos corazones están hastiados de tanta podredumbre, vacíos de creativa libertad.


A manera de breve antología se reproducen algunos textos sobre este tema de la guerra y su expresión por la calle de las letras. Nuestras excusas anticipadas si algunos pueden parecer extensos, pero hay pasajes que no se pueden cercenar sin que se resienta su sentido. Por otra parte, quiero aclarar que no ensalzamos la obsesión con ese pathos indomeñable de la psique, como lo es la beligerancia, lo cual no sería un pecado, si nos atenemos a la creciente ola de masacres de todo tipo y en cualquier rincón del mundo y por la más nimia “razón”. Sucede que se nos hace insuficiente el espacio para resucitar las palabras de aquellos que han vivido o padecido la violencia del hombre contra el hombre.


(lacl)




EL MUNDO DE AYER, por Stefan Zweig.


En primer lugar quiero rescatar fragmentos de un libro que trata algunos sucesos que marcaron definitivamente la vida del hombre moderno. Un libro que nos pinta, de un modo asombrosamente sencillo, la pérdida de la inocencia del moderno mundo occidental. Su autor es Stefan Zweig y el libro es El Mundo de Ayer. Un libro de memorias a un tiempo delicado y avasallante, que retrata implacablemente la crisis del hombre en tiempos de guerra. Quizás pudiera alguien decir que no es, Zweig, el novelista insignia del siglo XX, al menos en los estertores del fenecido siglo pasado o en los albores de este incipiente, artificioso y demacrado siglo XXI. Que fue un escritor de obras menores, biografías, o que se ocupó de temas circunscritos a vidas estrechas. O cualquier otro tonto argumento o menudencias que nos desvíen del corazón del asunto, que nos es otro que la reflexión acerca de lo humano y la moderna expresión de lo humano. Pero sucede que ese libro de memorias es un impresionante fresco de la miseria del hombre; impresionan las páginas dedicadas a la Alemania o, mejor, la Europa de Hitler, toda vez que el libro fue publicado antes de que cesara la guerra y de que se supiera cuál de los bandos en conflicto resultaría "triunfador". No debemos olvidar la confusa versión del suicidio de Zweig en Brasil, junto a su compañera; se argumentó en su momento, que él pensaba inevitable el triunfo y la implantación del régimen Nazi y las llamadas Potencias del Eje, en todo el mundo. En todo caso, el libro es un documento al que, sin duda, atribuyo más importancia para el hombre que cualquier moda literaria bien vendida y mejor predicada por las infalibles técnicas de esa ciencia de nuestro siglo que fue bautizada con el nombre de mercadeo. En fin, sea el lector quien juzgue la valía o no de tal obra. Aquí le entregamos un pequeño ramillete de frases e ideas de El Mundo de Ayer. No conocía versión reciente de tal libro, pero me han informado que existe reedición. El ejemplar que yo tengo, ya amarillento y manchado por los hongos, lo conseguí por casualidad -años atrás- en un remate del centro. Fue publicado en Argentina, bajo el sello de Editorial Claridad y data del año 1942 (tómese nota del año, aún no había terminado la segunda guerra mundial y ya había sido traducido a nuestro idioma este libro que debería ser expurgado del olvido).


(lacl)



Guerra del 14, primera hecatombe del Siglo XX


Capítulo IX


La lucha por la confraternidad espiritual.


No servía, pues, de nada retirarse. La atmósfera continuaba opresiva. Y por eso mismo cobré conciencia de que una actitud meramente pasiva y negarse a participar de esas injurias rabiosas contra el enemigo, no era suficiente. Al fin y al cabo, uno era escritor, dueño de la palabra y, por consiguiente, estaba en el deber de expresar su convicción, hasta donde ello era posible en una época de censura. Procuré hacerlo. Escribí un artículo titulado "A mis amigos en tierra enemiga", donde discrepando brusca y directamente con las fanfarrias del odio de los demás, expresaba la confesión de que guardaría fidelidad a todos los amigos del extranjero, aunque momentáneamente resultase imposible establecer ningún contacto, para en la primera oportunidad volver a colaborar con ellos en la tarea común de la reconstrucción de una cultura europea. Remití ese trabajo al diario más leído de Alemania. Con gran sorpresa mía, el Berliner Tagleblatt no titubeó en publicarlo sin mutilación. Una sola frase -"a quien quiera que corresponda el triunfo"- cayó víctima de la censura, porque en ese entonces no se toleraba ni aun la más remota duda de que Alemania saldría naturalmente victoriosa de la guerra mundial. Pero aun con esa limitación, el artículo me valió varias cartas indignadas de algunos super patriotas que manifestaron no poder comprender que en una hora semejante se pudiera tener todavía algo en común con esos "bribones". Lo cual, por cierto, no me hería mayormente. En toda mi vida no he tenido nunca la intención de convertir a otras personas a mis convicciones. Me bastaba exponerlas y, sobre todo, poder manifestarlas paladinamente. Quince días después, cuando ya había olvidado aquella nota, encontré una carta con estampilla suiza y con el sello de la censura; reconocí los trazos familiares de la mano de Romain Rolland. Debía haber leído el artículo, pues me escribía: "Non, je ne quitterai jamais mes amis". Comprendí en seguida que esas pocas líneas significaban un ensayo para averiguar si sería posible, durante la guerra, ponerse en contacto epistolar con un amigo austríaco. Contesté inmediatamente. Desde entonces nos escribimos con regularidad, y ese intercambio de cartas se prolongó después por espacio de más de veinticinco años, hasta que la segunda guerra mundial -más brutal aún que la primera- interrumpió toda comunicación entre unos y otros países.


Aquella carta constituyó uno de los grandes momentos de felicidad en mi vida: salía como una paloma blanca del arca de la animalidad que vociferaba, pateaba y se conducía frenéticamente. Dejé de sentirme solitario; me hallaba de nuevo ligado a un modo de pensar aquí. Me sentí robustecido por la superior fortaleza de ánimo de Rolland. Porque supe, a través de las fronteras, cuán maravillosamente Rolland había confirmado su humanidad. Había encontrado el único camino certero que en tales tiempos corresponde emprender a un autor: no participar de la destrucción, del asesinato, sino -conforme al ejemplo magnífico de Walt Whitman, que durante la guerra de secesión había prestado servicios de enfermero- cooperar en obras de ayuda y de humanidad. Radicado en Suiza y libre de todo servicio militar en atención a su precario estado de salud, se había puesto inmediatamente a disposición de la Cruz Roja de Ginebra, donde se hallaba al estallar la guerra, y allí, en habitaciones repletas de archivos, trabajaba en la obra magnífica a la que más tarde procuré rendir público homenaje en un ensayo: "El corazón de Europa" ...


... la Cruz Roja se encargó de la misión de liberar a los hombres, en medio del espanto y de la crueldad, siquiera de una parte del sufrimiento, la más atroz: la martirizante incertidumbre acerca del destino de los seres queridos, dirigiendo la correspondencia de los prisioneros desde los países enemigos a las respectivas patrias. A fines de 1914 eran ya treinta mil las cartas a las que cada día daba curso; y al final, en el estrecho Museo Rath de Ginebra, se apretujaban mil doscientas personas para dar abasto a la labor abrumadora y poder tramitar toda la correspondencia diaria. Y en medio de ellas, en vez de dedicarse a su propia obra, trabajaba el más humano de los escritores: Romain Rolland.


Pero no había olvidado tampoco su deber particular, el deber del artista de manifestar su convencimiento aunque fuera contra la oposición de su país hasta contra la indignación del mundo beligerante. En el mismo otoño de 1914, cuando la mayoría de los escritores gritaban, a cual más fuerte, su odio, vociferaban y se ladraban unos a otros, él había escrito su memorable profesión de fe: Au-dessus de la méllé, donde combatía el encono espiritual entre las naciones y exigía del artista justicia y humanidad, incluso, en medio de la guerra. Fue un artículo que como ningún otro de aquella época, provocó las más enconadas opiniones y dejó tras de sí como una estela de literatura adversa y en contra.


Porque eso diferencia la primera guerra mundial de un modo bienhechor de la segunda: el verbo aún tenía poder en ese entonces. Todavía no lo había asfixiado la mentira organizada: la "propaganda"; todavía los hombres atendían a la palabra escrita, y la esperaban.



HITLER, SEGÚN SPEER,
Por Elías Canetti.


Reproduzco igualmente un trozo del capítulo: ¡Victorias!¡Victorias!, del ensayo ‘Hitler, Según Speer’, escrito por Elías Canetti y basado en las Memorias de Albert Speer, quien fuera arquitecto de cabecera o, más bien, maquillador de los sueños de grandeza de un hombre que signó nuestro siglo con las más sorprendentes demostraciones de locura, aunque quizás nunca tan sorprendentes como la hecatombe de la locura colectiva, en la que la masa informe de millones de personas fuera despertada por ese símbolo de poder encarnado en la figura de un sólo hombre y por el que se embarcaron en una aventura de consecuencias impensadas. Tuve la fortuna y desgracia de leer ese libro cuando era todavía un niño, en la biblioteca de mi padre. Debo decir que, a la luz de mi incipiente conciencia de lector, ese libro tuvo un impacto profundo sobre mí. Recuerdo que incluía una gran cantidad de fotos, cuyos temas y motivos principales no eran el, no sé si bien llamado, “teatro de operaciones”, sino los paseos de Hitler por París, o la revisión de sus faraónicos proyectos arquitectónicos sobre una mesa. Es increíble la magnitud de las barbaridades que cuenta Speer. No me refiero a los ríos de sangre, sino a las barbaridades que expresaba la conciencia de un hombre tenido (y temido), en cierto momento, como el más poderoso de la tierra. Nunca me he resignado a la pérdida de ese libro.


(lacl)






iVictorias! iVictorias! 


¡Victorias! ¡Victorias! Si hay en Hitler alguna fatalidad que supera todas las otras, es su fe en las victorias. En cuanto dejan de vencer, los alemanes ya no son su pueblo, y él, sin mayores titubeos les niega el derecho a la vida. Han demostrado ser los más débiles: no merecen piedad alguna y él desea su hundimiento, pues se lo merecen. Si hubieran seguido venciendo, como era habitual bajo sus órdenes, habrían sido un pueblo diferente a sus ojos. Los hombres que vencen son hombres diferentes, aunque sigan siendo los mismos. El hecho de que tanta gente crea todavía en él, aunque sus ciudades yazcan en ruinas y prácticamente nada las defienda de los ataques aéreos del enemigo, no produce ninguna impresión en Hitler. El fracaso de Goering después de tantas promesas vacías (y él estaba consciente, pues lo recriminaba por ellas) es, en última instancia, imputado nuevamente a la masa de los alemanes, pues ya no se hallan en condiciones de vencer.


Es un hecho que Hitler guarda rencor a su ejército por cada palmo de terreno conquistado que los soldados abandonen. Mientras le sea posible, se opondrá tenazmente a ceder cualquier tipo de posición obtenida, sin dar importancia al número de víctimas. Pues todo lo conquistado es para Hitler como un trozo de su propio cuerpo. Su decaimiento físico durante las últimas semanas de Berlín, decaimiento que Speer describe muy detalladamente y que le inspira compasión a pesar de todo lo que Hitler emprendió contra él, no es otra cosa que la disminución de su poderío. El cuerpo del paranóico es su poder, y con él medra o se marchita. Hasta el último momento el dictador se esfuerza por impedir que el enemigo profane aquel cuerpo. Es cierto que organiza la última batalla en torno a Berlín para morir combatiendo, un lugar común extraído de la trastería de la historia, de la que su cerebro está imbuido. Sin embargo, le dice a Speer: “No combatiré; corro el enorme peligro de ser solamente herido y caer vivo en manos de los rusos. Tampoco me gustaría que mis enemigos trataran mi cuerpo como una carroña: he ordenado que me incineren.” Así, pues, él morirá sin combatir mientras los otros combaten; y al margen de lo que pueda sucederles a quienes combatan por él, su única preocupación es que no le ocurra nada a su cuerpo muerto, pues este cuerpo era, para él, idéntico a su poder: lo contenía.

Goebels, sin embargo, que morirá muy cerca de él, aún logrará superarlo en la muerte. Obliga a su mujer y a sus hijos a morir con él. “Mi mujer y mis hijos no deben sobrevivirme. Los norteamericanos los adiestrarían para hacer propaganda contra mi'’.” 

(Este ensayo aparece publicado en “Conciencia de las Palabras”, libro de Canetti publicado por Fondo de Cultura Económica, México, 1981.)



Poemas Chinos

Finalmente incluyo un par de textos clásicos de la literatura china que, si bien tocan en su momento las penurias o iniquidades a que son sometidos los pueblos por aquellos que detentan el poder, lo hacen de un modo tan especialmente lírico, que cada texto, por breve que sea, se proyecta en la conciencia de quien lee, como una partida de ajedrez escenificada en el alma.


(lacl)




FOSA COMUN


A la orilla del Huai la batalla ha terminado,
de nuevo el camino se abre para los viajeros.
Atropelladamente los cuervos pasan y repasan
graznando por el cielo frío. iAy!, una sola
tumba encierra los blancos huesos de todos los
que han perecido por la gloria del general.


Chang Pung, Siglo IX




LA CANCION DE JANG


Trabajo cuando el sol se eleva. Cuando él
se acuesta me acuesto. Para beber cabo mi
pozo. Para comer trabajo mi campo...
¿Qué me importa el poderío del Emperador?

Anónimo, Siglo I.


(Editorial Quetzal, 1958, Buenos Aires.)





Las imágenes de soporte son obra de uno de los padres del fotomontaje, John Heartfield (Helmut Herzfeld), quien tuvo que huir de la Alemania nazi.


El Convite - Jose Antonio Ramos Sucre, Las Formas del Fuego, 1929.

Thais era una cortesana de la antigüedad. Su nombre constaba en la obra perdida de Menandro. El tiempo respetaba su juventud y yo no he encontrado en los residuos de la era clásica ninguna señal de su muerte.
He leído una hazaña de su perfidia en un documento reconstituido. Si yo no revelara a los hombres ese episodio, faltaría a los consejos de la moral de Plutarco.
Thais atrajo sus amantes a una celada, después de reconciliarlos mutuamente. Se acomodaron en unas curules de marfil, dignas de un senado de reyes. La mujer los dejó maravillados y suspensos con la bizarría de su imaginación y les ciñó una corona de adormideras, mientras arrojaba al fuego un laurel seco. Ese laurel había bastado para defender la vida de un héroe en la empresa de visitar los infiernos.
Los invitados quedaron embelesados y perdidos en la incertidumbre.
Thais había abolido su entendimiento y les había inspirado la ilusión de estar siempre en medio de los preludios del alba. Oían a veces un himno desvanecido en la bruma cándida. Lo entonaban unas jóvenes coronadas de jacintos.
Las arpías y las quimeras tejían un vuelo circular y bajaban a colgarse de los brazos de un árbol insociable.


Página de Ramos Sucre en Facebook: http://www.facebook.com/profile.php?id=1344621446&ref=tn_tnmn#!/pages/Jos%C3%A9-Antonio-Ramos-Sucre/31019639414






miércoles 21 de diciembre de 2011

INSCRIPCIONES EN EL DOLMEN - FEBRERO, MARZO ABRIL DE 2011


Prosigo agregando algunas notas de mis Inscripciones en el dolmen, suerte de accidentada bitácora, tal como lo señalara en este blog el pasado 27 de Octubre...
Salud, hipotético lector...
lacl


* * * * *

20 de Febrero, 2011

(Extinción)


Si algo signa a la modernidad, a ese porvenir colmado de un fracasado progreso, es la incivilización.

Hasta hace apenas unos cuantos lustros, un caballero extraordinario, como Arnold Toynbee, nos pintaba frescos del hombre y de las más diversas culturas civilizadas, nos versaba sobre sus auges y caídas.

La preocupación de un humanista del presente (una especie en extinción) parece dirigirse, más bien, a la ausencia de humanismo en esa burbuja de caos que es el mundo del hombre actual.

La clonación de un ser deshabitado de las esenciales sombras del ánima, es hecho consumado.


* * * * *

23 de Febrero, 2011

(Maquillaje)


No deberíamos hablar de globalización, porque eso es colorete en las mejillas del mal.

Hablemos, mejor, de lo que vemos: masificación y estandarización.

Hablemos de mecanización y robotización como las bestias triunfantes.

Muy poco importan los blasones y emblemas que se enarbolen, pues nada iluminan los credos y rosarios adorados con rutina.


* * * * *

13 de marzo, 2011

(Futilidad)


Del ejercicio del desprestigio tan sólo resta un desprestigiado prestigio.



* * * * *

29 de marzo, 2011

(A esa nulidad que llaman ser “alguien”)


¿A qué tanta firmeza
en muslos y pantorrillas,
tanta altivez en la papada,
tanto despectivo enseñoramiento
en las miradas de reojo,
si el cielo, azul esplendido,
barre tus pasos en silencio?


* * * * *

05 de Abril, 2011


La más alta y cara entrega es un abandono.


* * * * *

06 de Abril, 2011

(La impostora)


Una vieja matrona surge de las sombras del entresueño y exclama:

“Yo no soy yo, yo no estoy aquí.”


* * * * *

07 / 08 de Abril, 2011


Bajo el divino concepto del Estado (así, con mayúsculas) hallamos diversos modelos de coerción humana, acompañados de los más sofisticados dispositivos ideados para castrar el libre albedrío:
moledoras de carne,
drogas embrutecedoras,
exquisitas cernidoras diseñadas para esparcir
las cenizas a que es reducido el ser humano.

El sacrosanto Estado sólo le permite al individuo la obediencia.

Y el rastro que deja el humano progreso es un farfullar de seres esclavizados.


* * * * *

09 de Abril, 2011


El sol clarea sobre
las campánulas del monte.

Y, una vez más,
la huella sonora del pájaro que,
mañana tras mañana,
agónico gorjea,
   su canto final.



* * * * *

(Incisión)

24 de Abril, 2011


No es el mismo pájaro
que, con su canto
de hace un año,
persignaba el aire
como para bordarle
un rezo a la despedida
de mi hermano.

Este canta un dolor
desfalleciente en el trino,
como si un gavilán
le hubiera clavado
sus pezuñas en la garganta.



* * * * *

16 de Abril, 2011


¿Qué es un ego exacerbado sino
un despliegue de emplumada estulticia?


* * * * *

23 de Abril, 2011

(Flash)


Ayer, un mínimo gesto me hizo sentir
como el pecador inmaculado que,
secretamente,
atisba en la sombra de nuestro discurrir


* * * * *

23 de Abril, 2011

(El reino)


Vivimos en un reino en el que la provisionalidad y la improvisación coparon la escena del teatro, domesticando el mirar y como justificando ese desproveimiento que acalla los pensamientos que deberían nacer plenos de pecho.



… y un susurro
sin palabras,
un flujo tonal
de ondas sin sentido,
impregna el monótono
y silente discurso
de los hijos del reino…



* * * * *

23 de Abril, 2011


No hay peor enemiga del tiempo que la desocupación, premisa que -a vuelo de pájaro- luce como una contradicción.

Me refiero al tiempo interior o -abundando- al pausado, rítmico y sonoramente silencioso tiempo musical que bulle en el desobediente pulso de la vida.

Lo digo porque si usted es o comienza a lucir como un ser desocupado en algún momento de su vida, para ese resto de la humanidad expresada en vecinos, amigos, familiares y desconocidos, dispondrá usted, entonces, de todo el tiempo del mundo para acarrear, como un Sísifo, con las ocupaciones que la desocupada ocupación de tal humanidad no puede arrostrar…


* * * * *

23 de Abril, 2011

(Sobre la piedad)


Esta mañana me detuve, muy temprano, en una arepera, aprovechando la ciudad un tanto desierta, para tomar un desayuno criollo, un pabellón con unas caraotas cuyo descartado sabor resultó ser mi más cercana y reciente experiencia de la nada.

Mi intención es aprovechar la calma de la hora para releer algún que otro pasaje de los libros que cargo en la alforja, remirar mi cuaderno, organizar mis ideas con miras a lo que diré al presentar la novela de Mario, compromiso duplicado por el afecto.

Un joven indigente, con rostro y mirada de exiliado y no reconocido Jesucristo, se asoma tímidamente desde la calle para pedirme, con una voz que sólo es audible en otra dimensión, en otro mundo, que sacíe su hambre y su sed.

Hablamos sin emitir palabras.

Le pido al mesonero que le ordene una comida y un jugo. Gesto que, al parecer, solivianta el ánimo del dueño y de algunos de sus plebeyos.

Acto seguido, el honorable propietario le pide a dos enormes policías, ocupantes de una mesa al fondo, que espanten al joven de la entrada de su negocio; orden que acatan cual pretorianos una orden de Nerón.

Al unísono, el manumiso mayor se acerca y me susurra al oído: “No se preocupe. El negocio le brindará la comida al pordiosero”

No podían permitirse que les coartaran su derecho a ejercer la caridad…


* * * * *

24 de Abril, 2011

(Vaticinio)


Domingo de resurrección.
Alargo el despertar,
luego de una semana santa
compuesta de días entumecidos
por la lluvia.
No hay sol tempranero.
Asoma su canto una chicharra,
mas no recibe respuesta
de compañera alguna.
Pero, en su lugar, comienzan a despuntar
los graznidos, gorjeos y cantos
de innumerables pájaros,
anuncio de que, finalmente,
vendrán algunas horas de sol
a barrer esa luz mortecina
que le sustrae ganas al vivir.

Pero no hay que engañarse…
El vibratto de la chicharra
nos vaticina que los llantos
del cielo persistirán.




domingo 4 de diciembre de 2011

Despachos desde Tierras de Nadie. Primera entrega.


1ro de Diciembre, 2011

Ha llegado diciembre y, como tantas veces ha sucedido en los años recientes (desde el aciago día en que lo que era un simulacro, un esparadrapo de nación, se convirtiera en un arrogante y pugnaz principado), lo ha hecho acompañado de colosales tormentas e inundaciones.

Amaneció el día con un claro y promisorio sol, luego de una lluvia continuada a lo largo de la noche -tal como viene ocurriendo desde hace varias fechas- para luego irse ennegreciendo, y conferirle a las jornadas ese aire de desencanto que signa la amargada arrogancia de quienes salen a la calle dispuestos a comerse a sus conciudadanos.

No sé cómo describirlo exactamente, pero yo intuyo o presiento como si fuera una cierta tesitura petulante, una insolente jactancia, lo que ha tomado el protagonismo de las gentes que conviven en esta tierra de gracia. No de toda la gente, pero sí de una grandísima parte, aquella que es precisamente la que -con la destemplanza de una común soberbia- desguaza al país como si fuera un mapa en disputa.

Tengo un compromiso en los altos mirandinos y, aunque salgo con una hora y media de anticipación, no puedo asegurar que llegue a tiempo o, siendo más realista, ni siquiera que simplemente llegue a mi destino.

Apenas al salir constato que será una misión cuasi irrealizable. Autopista y avenidas lucen como cementerios mecánicos. Me devuelvo y decido, sin embargo, tentar la suerte tomando por los caminos verdes, acaso engañándome a mí mismo; más por el estímulo de tomar una carretera suburbana, menos viajada, y en caso de que se me haga imposible cumplir con el compromiso, sentarme en algún rinconcito criollo a contemplar las escasas horas de diafanidad, mientras me bebo una cerveza y me recreo en la soledad de mis pensamientos aliterados con los tiempos. 

Ha pasado más de una hora cuando comienzo a remontar la vía de Hoyo de la Puerta. Me detengo en una sencilla fonda, un lugar en el que se preparan los mejores platos de comida criolla. Me confirman el presagio: desde la última vez que pasee por allí, las lluvias torrenciales culminaron su trabajo y echaron abajo lo que ya era una calamitosa carretera. Pero ahora sí es verdad que no hay paso hacia las cumbres.

Uno de los taberneros me comenta que sí hay dinero para realizar una faraónica cumbre de presidentes, pero que no lo hay para resolver ese problema que afecta a los innumerables barrios y comunidades que han hecho vida al borde de esa carretera.

- Claro, agrega luego, como el gobernador de este Estado no es de los suyos…. Ese hombre (se refiere al Príncipe) no sabe más que de odios. Y lo peor es que va a volver a ganar a punta de regalarle migajas al pueblo, ya usted verá.
 
Tan sólo me aventuro a decirle que dejemos que sean los odios los que alimenten a quienes ceban odios; que ya comienza a ser visible la indigestión que causan. Se sonríe y me dice: Tiene razón, ¿qué le apetece hermano?

- Pues ya que no puedo llegar adonde iba, me contentaré con una buena jarra de cerveza y más luego pediremos algo de comer…

He bajado el portafolio con mis libros y cuadernos del momento. Descorro el cierre, pero no saco nada. La vista es tan plácida hacia los valles del Tuy y hay tanto verdor en los alrededores que no provoca ni pensar. Además, mis pensamientos de estos días han estado ausentes de verdor, un poco influenciados por la oscurantina (sé que invento una palabra, pero así me ha salido) que ha signado nuestros días, esa lánguida nube gris que se ha posado sobre nuestros sueños y nuestra aparente vigilia.

Hoy he recibido una grata invitación del poeta Roberto Resendiz, para participar en un Encuentro de poesía que él organiza en Michoacán, México, lo que por una parte me llena de alegría. Le respondía yo que llegaba en buen momento este convite, pues "... acá los tiempos (todos los tiempos) se hallan turbios... Pero la poesía hace saltar los brillos donde todo parece acabado, sin salida..." Mas, por otra parte, me vuelve a colocar en aquella encrucijada con la que me he topado toda mi vida: ¿soy yo poeta?

Quiero decir, ¿tengo el derecho, no a expresarlo, pues eso es cosa fácil, sino a considerarlo así? A juzgar por la alegría que me causó tal convite, pareciera que me considero poeta. Pero, si hemos de hablar de corazón, siempre he dudado de mi sino… Porque desde niño deduje, a fuerza de corazonadas, que la poesía es una religión, algo sagrado. Sé que hay quienes la consideran como un culto desacralizador. Pero incluso cuando se sirve de ella para expurgar a dioses y demonios, esto se cumple rindiendo un culto.

Y siempre me ha asaltado la duda de si seré yo tan fiel pretendiente como para transitar, de corazón, ese camino. ¿Cómo podía ser así, me decía yo sin comprender por qué, si desde aquellos desabrigados tiempos de la infancia, sobre todo desde sus largas noches, ya me angustiaba el rumor de la muerte de dios? Si debiera asomar un por qué ante tal duda -y ahora me siento animado a hacerlo- diría que, quizás porque el niño que fui, cada noche era emplazado por la sombra que palpitaba con sus luces más arriba del techo de mi cuarto; acaso porque, más de una vez, se vio cruzar ese techo para  abrazarse con el cosmos. Acaso porque aquel niño que se aterraba con la fábula de que ya dios había muerto, lograba –sin saber cómo- transmigrar de manera incomprensible a los confines de la inmensidad y, luego, no tenía a quién decirle nada, pues no sabría explicarlo.

¿Es ésa razón suficiente para considerarse alguien poeta? ¿Un poeta no es alguien que canta, esto es, que enuncia, prorrumpe en verbo, emite una dicción?  Sí lo es, me hallé afirmándome desde mis más tempranas remembranzas. Pero el poeta ha de ser alguien que, ante todo, escucha, me decía también. Es más -continuaba divagando-, no hay una palabra que sea suya, porque todo es dictado por una voz que jamás se alcanza a avizorar… Ella te lo dice todo, tú sólo te atienes a repetir lo dictado. Además, muchos de sus cantos viajan para siempre en silencio. Todo le vino al niño desde la oquedad de la noche. Y ese niño me lo concedió a mí por medio de sus cartas silenciosas.

¿Escribir poemas te hará poeta? No hay garantías, pero es parte del culto. Sólo que no hay que escribirlos porque sí; hay que escribirlos porque es mandato del cielo o de la voz o de los hados o de un inexplicable resplandor. Hay que escribirlos porque, de otro modo, no encontrarás el modo de respirar contigo. De modo que ser poeta y, sobre todo, comunicárselo a otros es empresa irrelevante. Es preferible callar en cuanto a ese tema.

Una vez fui atacado como por una reprimida fuerza y me encontré confesándome, de manera estentóreamente silenciosa, que era poeta, me dije: soy poeta… Y lo hice (remedando al querido Borges) con un conato de poema, evidentemente inédito. Fue una suerte de ineludible espaldarazo como para mitigar tanto escarnio, tanta indagatoria, tanta duda en carne propia… Aunque me causara asombro hablar y escribir así, tan afirmativamente sobre una condición de la que, por un inmenso respeto, jamás me he atrevido a hablar a vox populi. Líneas que vine a recordar en virtud de una larga y casual conversa que sostuvimos mi compadre Mario Amengual y este servidor con Rafael Cadenas, en las exequias de Don Armando Córdoba. Una de las expresiones que Cadenas nos soltó aquella tarde fue: - Uno no le dice a nadie: yo soy poeta. Uno no se presenta así. Luego añadió: - Tampoco diría, yo soy novelista (en el caso de que lo fuera…). Obviamente conversábamos sobre ese tema, sobre la diaria apelación que se hace de los rótulos y patrones, por encima de la esencia de las cosas. Fui incapaz de comentarles mi pecado. Pero me atreveré a dejarlo más abajo, porque he llegado a un punto de mi vida en el que poco me importa exponer máculas o particularidades…
                                                                           
Llevo unas cinco cervezas.  Suficiente. Pido una deliciosa ración de carne en vara y ordeno para llevar dos hallacas que (luego lo descubriremos) resultan ser las más divinas  que nos hayamos comido en años…  Vuelvo a casa y en el camino me consigo con el presente que me han pedido este año Yineska y Sebastián, un árbol de navidad para vestir la casa…

Nada como la casa, nada como el entusiasmo que con ella intercambiamos, para avivar el fuego que alienta, a veces desapercibido, en el seno de nuestros “discursos amorosos”…




Introito antipoético



Yo soy poeta.

Me importa un comino todo lo demás.

Soy un poeta solitario.

He tenido que aceptarlo, a mi pesar
y a pesar de los demás.
Soy un miserable poeta, un maldito;
no un poeta maldito,
ni alguien que añora ampararse
bajo la figura romanticona
o mítica del espejo de Narciso,
jugando a ser el poeta
o el elegido;
sino un hombre como cualquiera,
                   que padece el arrobamiento
del extraño mundo que inventaron
otros hombres como yo;
un hombre que tan solo querría vivir
cantando a cántaros,
hacia sus adentros,
buscando, sin prisas,
armonizar con la voz
que brota del fondo de sí mismo
y desde más allá;
esa voz arcaica y lejana
que se solaza y se besa
con cada esquina del cielo
y nos canta los padeceres
y el ritmo de un mundo
que, a fin de cuentas,
no fue inventado
por hombre alguno.

Yo soy poeta.

He tenido que convenirlo.

No soy un buen poeta o un mal poeta,
no es eso lo que busco o me desvela
-ni literaria, ni estilísticamente hablando-
pues, no se elige ser poeta;
sólo soy un hombre que vive en secreto,
delirando a sottovoce,
a espaldas del organigrama de vida
que predica el invento de un mundo
en el que deponemos nuestro respirar.


Soy poeta
a pesar de mis intentos sobrehumanos
-como los de un tozudo Sísifo-
por acoplarme a la miseria de orden
que se me exige ostentar,
como las plumas de un pavo real,
para luego poder demostrar en el circo
que cumplo con las metas
de un arduo oficio sin sentido
que no genera bien a nadie;
ocupación más absurda aún
que el pírrico esfuerzo de Sísifo.

Soy poeta a pesar de mí mismo,
un hombre que vive en la noche,
sigilosamente contemplando
las visitas de la luna desde su cama
o devanando, en la barra de un bar
y ante la vista de cualquiera,
el hilo con el que habrá de coser las telas
de la angustia y la serena esperanza.

Yo soy poeta.
Nunca se lo dije a nadie,
ni tampoco se lo he aceptado a nadie,
porque la poesía, su descubrimiento,
es, acaso, lo único sagrado
que haya vivido en mi vida,
amén de los naturales dones
que nos sirve la vida misma.
Porque la poesía, su revelación,
está en la vida misma: tan cercana,
tan a flor de piel, tan parecida al asombro
y tan pocas veces convocada;
qué perogrullada decir esto, pero es así,
ella es la única religión
que no clama por golpes de pecho,
mi único culto posible,
tan vivido y padecido, como para andar por allí
mancillándolo con reiterativas y egóticas arengas,
que no son sino una grosera e imperdonable
falta de respeto hacia la madre de todas las cosas
y hacia nosotros mismos, sus engreídos bastardos.

Pero hoy me encuentro agotado
de tanta doble mentira
y de trajear, por tanto tiempo
tan solemne vestimenta.
Y hoy quiero decir
(confesar, sería la palabra justa),
por una vez,
que soy poeta,
muy a mi pesar
y a pesar de los demás.
Y que hoy estoy más huérfano que nunca.



Caracas, a pleno sol del seis de diciembre de 1996.




Fotos e imágenes: 1. Mi sombra en suelo bogotano. 2. Fotograma de la pieza teatral La clase muerta, de Tadeusz Kantor. 3. Fotograma del film Andrei Rubliov, de Tarkovsky. 4. La noche captada desde el techo de la bella casa que tuvieran Salvador Garmendia y la Negra Maggi en Villa Croacia, Litoral Central. 5. La luna vista desde el taller de mi hermana, subiendo al El cerro El Avila por el Camino de los españoles.