miércoles, 17 de enero de 2018

Kafka, el aforismo como mediación - Ante la ley, un relato narrado por Orson Welles


Los dibujos son de Kafka


Kafka, el aforismo como mediación.

Hay una gran virtud en ese gentilhombre que llevara por nombre Franz Kafka, a quien no le hicieran caso en sus tentativas de querer pasar desapercibido por el mundo; un caballero al que, por lo demás, hemos terminado queriendo (superando su antojo por una mundana abstinencia), virtud que únicamente podemos inferir de lo que de él conocemos, como lo es el legado de su palabra escrita, un decir que nunca se estaciona en la mera fantasía, pues la suya es una fantasía colmada de realidad, o una red de fantasías colmada de realidades… Pero lo mismo aplica en el caso de que nos hable de la mera realidad, pues siempre termina demostrando que la realidad, la humana realidad, es una entidad inconcebible, irrealizable, imposible.

Esa condición vale tanto para lo que pudiera catalogarse como su “obra literaria”, como para aquello que, no sin algo de capricho, pudiera ser catalogado como su palabra íntima, personal, entre las que podemos incluir sus cartas, fragmentos, anotaciones y los adagios o aforismos. Pues, en el caso de Kafka, hay que tener coraje para atreverse a separar de manera concluyente la ficción literaria de la ficción vital. A sus ojos “todo es apariencia”, como reza una estampa que incluyera en uno de sus libros de relatos. 

Cuando uno lee cualquier párrafo o frase de Franz Kafka (y al decir que uno “lee”, quiero significar y realzar con ello que uno “escucha”, dado que Kafka es un maestro en ponernos a escuchar) dase cuenta de que es prácticamente imposible cernir hacia un lado el refulgente artificio y hacia otro la deslustrada realidad.

Desde el primer día en que mis ojos fueran secuestrados por las espigas de su alfabeto y, con ello, fueran igualmente secuestrados mis oídos por la música que de esas espigas se levanta en vuelo, tanto el oído inmediato (aquel que repite gustoso toda sonorización) como el oído interno (el que, de algún modo, anda enlazado al corazón de la palabra), supe y tuve la certeza de que en el mundo hay almas afines.
Siempre he sentido una honda consonancia con las imágenes de Kafka sobre la inutilidad (o, mejor, la imposibilidad) de lograr algo, sea lo que sea que se intente. Kafka nos pone a ver el mundo desde la desilusión, lo delusorio, aquello que ante nuestros ojos se diluye.

Razón por la cual uno comienza, si no a comprender, al menos a aceptar la sinrazón de nuestra supeditada lógica. Desarraigo. Hay un desarraigo en el ver cuando el que mira, mira hondo aunque no quiera, cuando el que mira, mira hondo a su pesar; cuando el que mira, ve un tanto más allá de la fachada de las cosas y a pesar de sí mismo. Se termina siendo un extranjero del mundo, pero del mundo humano. Y comienza a hablarle a aquello que le trasciende y que trasciende la humana farsa. De allí el peso que adquiere una mera frase o sentencia dicha al calor de ese mirar. Un aforismo o adagio tienen un componente que jamás se obtiene con recetas, sino con magia, la magia del ver. Como aquel que reza desde la intemperie y que fuera tensado por el caballero que nos ocupa: No han emigrado ellos, sino tú…

Dejamos una nueva colecta de adagios o aforismos de la pluma de Franz…

Salud!
lacl



Qué ridículamente te has enjaezado para este mundo.

* A partir de cierto punto ya no hay vuelta atrás.
   Hay que llegar a ese punto.

* Su respuesta a la afirmación de que quizás tenía, pero no era, fue solo temblor y palpitaciones.

* Las luces del mundo apagándose, y haciéndose cada vez menos.

* No todo el mundo puede ver la verdad, pero sí serla.

* La queja: Cuando sea eterno, ¿cómo seré al día siguiente?

* El camino que lleva al prójimo es demasiado largo para mí.

* Las religiones se pierden como las personas.

* Escribir como una forma de orar.

* Lejos, lejos discurre la historia universal, la historia universal de tu alma.

Fuente: Franz Kafka, Aforismos. Random House Mondadori, De Bolsillo, España, 2006



ANTE LA LEY



miércoles, 10 de enero de 2018

Ryōkan, Deja a un lado tu loca fiebre. / Algunos poemas suyos dichos al amor del agua.




Deja a un lado tu loca fiebre de buscar oro y joyas.
Para ti tengo algo mucho más precioso.
Una luminosa perla que brilla más que la luna o el sol
e ilumina cada uno y todos los ojos.
Si la pierdes te sumirás en un mar de dolor;
si la encuentras llegarás a salvo a la otra orilla.
Gratis le mostraría este tesoro a cualquiera,
pero casi nadie pregunta por él.

Ryōkan, poeta zen (1758-1831)

Tomado de “Gotas de rocío sobre una hoja de loto”, Editorial Norma, Bogotá, 1998



domingo, 7 de enero de 2018

Wynton Marsalis y amigos, con alma de niños juguetones....





Cuánta felicidad nos trae la música, nos pone a escribir sobre el teclado como si estuviéramos sobre el piano. Lo he pescado hace varios días. Yo escucho este goce y quedo contagiado...

Hace varios días escribimos:

[...Winton y sus amigos se entregan a la música con alma de niños juguetones. Y tocan como si estuvieran en una pequeña habitación. Logran ese espíritu de intimidad que sólo la música logra instalar en el corazón de cada ser que escucha... Ellos saben que son vehículos de la música. Y que por honrarla es que pueden compartirla y contagiar a todo mundo con sus dones. Nada mejor para recibir y saludar un nuevo año !!! ...]


Hoy lo reiteramos...
Salud!


Colecta de adagios en torno a una palabra o su oficio: poeta. / Wynton Marsalis y sus amigos: música con alma de niños




Este año lo iniciamos de modo un tanto inusual, sin salutaciones especiales para un nuevo ciclo que no viene cargado de buenas nuevas ni promisorias venturas, todo lo contrario, pues viene cargado de una presentida niebla. De allí que aunque no es que nos lo estemos saltando a la  torera, tampoco sentimos gana alguna en llover sobre llovido. 

Todos los años cuando, por estas fechas, hacemos salutaciones de año nuevo, sentimos que –aunque nuestra intención haya sido siempre la de desmitificar falsedades- le hablamos a una tapia que se deja acariciar por el viento en medio de una tarde soledosa. 

Asi que, por los momentos, preferimos darle paso al ver distinto, aquel que late en el flujo que silencioso se establece entre el contemplador y lo mirado.

Salud
lacl
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¿Un mundo con tantos yoes y
ese poeta mirándose el ombligo?
Algo no anda bien.

lacl, 1ro de Diciembre de 2017

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El oficio de poeta no es mostrar caminos, sino ante todo despertar la nostalgia.

(Hermann Hesse)

Porque del útero de las nostalgias nacen, como surtidores, nuevos brotes de savia, con sus penas y alegrías, pero en estado de gracia. La gracia de haber sido vividas a henchido pulmón...

lacl, 9 de diciembre de 2014

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Y el poeta le cede la palabra al silencio, desde donde carga nuevas mieses...

lacl, 25 de Octubre, 2013

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Traducir no es trasladar, es descifrar para cifrar.

lacl, Bitácora en acuario, 24 de Agosto, 2016.

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Cuando un poeta está desmedidamente enamorado de su propia poesía, podemos presumir que ha perdido el roce de la gracia o el toque de la Diosa. Un poeta que no se encuentra en estado receptivo para la escucha de la poesía que musita bajo las piedras, o la que vibra enquistada en la palabra de otro poeta o, incluso, en las voces de los azarosos mentideros de la plaza o los mercados, es un ser desvalido al que le ha ganado la partida un señor de verbo henchido que porta su nombre por las calles, como un rótulo.

lacl, 30 de Junio, 2012.

* * * * * * *

Se nace extraviado, esto es, poeta.
Luego se impone la pena del olvido.

lacl. Sin fecha, Antiquísimo.

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Cuando un poeta está desmedidamente enamorado de su propia poesía, podemos presumir que ha perdido el roce de la gracia o el toque de la Diosa. Un poeta que no se encuentra en estado receptivo para la escucha de la poesía que musita bajo las piedras, o la que vibra enquistada en la palabra de otro poeta o, incluso, en las voces de los azarosos mentideros de la plaza o los mercados, es un ser desvalido al que le ha ganado la partida un señor de verbo henchido que porta su nombre por las calles, como un rótulo.

lacl, 30 de Junio, 2012.

* * * * * * *

Mi hijo únicamente despliega su tiempo para la música del asombro.
Es rematadamente poeta, aunque aún no se haya dado cuenta.

lacl. Sin fecha.

* * * * * * *

El poeta vive recordando una ausencia

lacl. Sin fecha.

* * * * * * *
Cuánta verdad nos revela la mentira, cuando se abre en todo su esplendor, cual la cola de un pavo real.

lacl, 07 de Enero, 2017

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“…La poesía es el diario escrito por una criatura del mar, que vive en la tierra y desea volar…”

Carl Sandburg.

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“…Ser poeta no es una ambición mía. Es mi manera de estar solo…”

Fernando Pessoa.

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Y la música, consanguínea de la poesía. 
 

Wynton y sus amigos se entregan a la música con alma de niños juguetones. Y tocan como si estuvieran en una pequeña habitación. Logran ese espíritu de intimidad que sólo la música logra instalar en el corazón de cada ser que escucha... Ellos saben que son vehículos de la música. Y que por honrarla es que pueden compartirla y contagiar a todo mundo con sus dones. A falta de mejores palabras, nada mejor para recibir y saludar un nuevo año !!!





domingo, 31 de diciembre de 2017

Que tengan un año monstruo de felicidad, un año genio cargado de ventura…




Que tengan un año monstruo de felicidad, un año genio cargado de ventura…


Una colecta de dibujos de un Sebastián infante que Yineska tenía guardados. Entre cuatro y cinco años calculo que tendría el dibujante. Incluye un retrato de un servidor con una franela que muestra el rostro del dibujante, otros con el genio de la antigua leyenda con Aladino y su lámpara, amén de una colecta de monstruos... Están hechos en hojas muy pequeñas de una libreta, acaso 6 X 4 centímetros. Aquí se los dejamos deseándoles un año monstruo en cuanto al lote de felicidad, sosiego, ventura y compartida prosperidad…

SALUD!
lacl






Carta de Rilke a Kappus, 23 de Diciembre de 1903.


Rilke, esbozo de Pasternak

Roma, 23 de diciembre de 1903

Estimado señor Kappus:

No ha de quedar sin mi saludo, ahora que llegan las Navidades, y que en medio de tantas fiestas debe pesarle su soledad más aún que de costumbre. Pero si siente que esta soledad es grande, alégrese. Pues -así ha de preguntárselo a sí mismo- ¿que sería una soledad que no tuviera su grandeza? Sólo hay una soledad. Es grande y difícil de soportar. Y casi a todos nos llegan horas en que de buen grado la cederíamos a trueque de cualquier convivencia. Por muy trivial y mezquina que fuere. Hasta por la mera ilusión de una ínfima coincidencia con cualquier otro ser. Con el primero que se presente, aunque resulte tal vez el menos digno. Mas acaso sean éstas, precisamente, las horas en que la soledad crece, pues su desarrollo es doloroso como el crecimiento de los niños y triste como el comienzo de la primavera. Ello, sin embargo, no debe desconcertarle, pues lo único que por cierto hace falta es esto: Soledad, grande, íntima soledad. Adentrarse en sí mismo, y, durante horas y horas, no encontrar a nadie... Esto es lo que importa saber conseguir. Estar solos como estuvimos solos cuando niños, mientras en derredor nuestro iban los mayores de un lado para otro, enredados en cosas que parecían importantes y grandes, sólo porque ellos se mostraban atareados, y porque nosotros nada entendíamos de sus quehaceres.

Ahora bien: si un día se acaba por descubrir cuán pobres son sus ocupaciones, y se echa de ver que sus profesiones están yertas y faltas ya de todo nexo con la vida, ¿por qué no seguir entonces mirando todo eso con los ojos de la infancia, como si fuese algo extraño? ¿Por qué no mirarlo todo desde la profundidad de nuestro propio mundo, desde las extensas regiones de nuestra propia soledad, que es también trabajo y dignidad y oficio? ¿Por qué empeñarse en querer cambiar el sabio no-entender del niño por un espíritu constantemente en guardia y lleno de desprecio frente a los demás, ya que no comprender es estar solo, mientras defenderse y despreciar equivale a tomar parte en aquello de lo cual uno quiere precisamente desligarse por tales medios?

Piense, muy estimado señor, en el mundo que lleva en sí mismo, y dé a este pensar el nombre que guste. Así sea recuerdo de la propia infancia, o anhelo del propio porvenir. Sobre todo, permanezca siempre atento a cuanto se alce en su alma, y póngalo por encima de todo lo que perciba en torno suyo. Siempre ha de merecer todo su amor cuanto acontezca en lo más íntimo de su ser. En ello debe usted laborar de algún modo, y no perder demasiado tiempo ni demasiado ánimo en esclarecer su posición frente a sus semejantes. ¿Hay acaso quien pueda asegurarle que usted tiene siquiera posición alguna?

Ya sé, su carrera9 es para usted dura y llena de cosas que se hallan en contradicción con su modo de ser. Yo preveía su queja y sabía que no dejaría de llegar. Ahora que ha llegado, no sé cómo aquietarla. Sólo puedo aconsejarle que considere si todas las profesiones no son también así: llenas de exigencias y de hostilidad para cada individuo y, en cierto modo, saturadas del odio de cuantos se han conformado, mudos y huraños en su sordo rencor, con el cumplimiento de un deber insulso y gris, falto de toda ilusión...10 La posición en que ha de vivir ahora no se halla más gravada de convencionalismos, prejuicios y errores, que cualquier otro estado. Si bien hay algunos que hacen alarde de mayor libertad, no existe de veras ninguno que por dentro sea desahogado y amplio, y tenga relación con las grandes cosas en que consiste la verdadera vida. Únicamente el hombre solitario está sometido, cual una cosa, a las leyes profundas de la naturaleza. Y cuando uno sale al encuentro de la naciente mañana, o con su mirada penetra en la noche preñada de aconteceres, sintiendo cuanto ahí acaece, entonces despréndese de él, cual de un muerto, toda condición, aunque él se halle en medio del más puro vivir.

Lo que usted, muy estimado señor Kappus, ha de sentir ahora como militar, lo habría sentido de modo parecido en cualquier otra carrera. Y aun cuando, fuera de todo cargo y empleo, hubiese procurado mantener con la sociedad tan sólo una tenue forma de contacto, que dejase a salvo su independencia, no por eso le habría sido ahorrado el sentirse cohibido. En todas partes ocurre lo mismo, pero esto no ha de ser motivo para sentir angustia ni tristeza. Si no hay nada de común entre usted y los hombres, procure vivir cerca de las cosas. Ellas no le abandonarán. Aun hay noches y vientos que van por entre los árboles y por encima de muchas tierras. Aun, en cosas y animales, está todo lleno de acaeceres que usted puede compartir. Y también los niños siguen siendo todavía como usted fue de niño: tan tristes y tan felices. En cuanto usted piense en su propia infancia, volverá a vivir entre ellos, entre los niños solitarios. Y entonces las personas mayores ya no significarán nada, ni tendrá valor alguno toda su dignidad.

Si le angustia y le tortura el pensar en la infancia, en la sencillez y quietud que con ella van enlazadas -porque usted ya no sabe creer en Dios, que está presente en todo ello-, pregúntese entonces a sí mismo, querido amigo, si es que de veras ha perdido a Dios. ¿No será más cierto que nunca lo ha poseído aún? Pues ¿cuándo habría podido ser? ¿Cree usted que un niño pueda tenerle a Él, a quien sólo con gran esfuerzo logran llevar los que ya son hombres, y cuyo peso doblega a los ancianos? ¿Cree usted que si alguien lo poseyera de verdad, podría jamás perderle como se pierde una piedrecita? ¿No le parece más bien, como a mí, que quien lo poseyese, ya sólo podría ser perdido por Él?... Ahora bien: si usted reconoce que Él nunca se halló en su infancia, y que antes tampoco fue; si llega a sospechar que Cristo fue deslumbrado por su inmenso anhelo, y Mahoma engañado por su gran orgullo; si con espanto siente que tampoco ahora está presente, en este mismo instante en que de Él estamos hablando, ¿con qué derecho pretende entonces echarlo de menos, a Él que nunca fue, como a un ser que hubiese pasado y desaparecido? ¿Y qué le autoriza a buscarlo como si se hubiera perdido? ¿Por qué no piensa más bien que Él es Aquél que aun ha de venir, el que desde hace una eternidad está por llegar: El Venidero 11, fruto supremo de un árbol cuyas hojas somos nosotros? ¿Qué le impide proyectar Su nacimiento hacia los tiempos por venir? Y ¿qué le priva de vivir su propia vida, como se vive un día doloroso y bello en la larga historia de una magna preñez? ¿No ve cómo todo cuanto acontece es siempre un comienzo? Y ¿no podría ser esto el principio de Él, ya que todo comenzar es en sí tan bello? Si Él es El Más Perfecto, ¿no ha de precederle forzosamente algo menos grande, para que Él pueda elegir su propio ser de entre la plenitud y la abundancia? ¿No debe Él ser El Último, para poder abarcarlo todo en sí mismo? ¿Qué sentido tendría nuestra existencia si Aquél a quien anhelamos hubiera sido ya?...

Así como las abejas liban y juntan la miel también nosotros extraemos de todo lo más dulce para edificarlo a Él. Podemos iniciarlo también con lo ínfimo. Con lo que menos presencia tenga: siempre que suceda por amor. Con el trabajo y luego con el reposo. Con un silencio. Con una pequeña y solitaria alegría. Con todo cuanto realicemos solos, sin partícipes ni seguidores, iniciamos a Aquél que no alcanzaremos a conocer, como tampoco nuestros antepasados pudieron conocernos a nosotros. Sin embargo, esos que hace tanto tiempo pasaron, están aún dentro de nosotros. Como depósito, herencia y fundamento. Como carga que pesa sobre nuestro destino. Como sangre que bulle, y como ademán que se alza desde las profundidades del tiempo. ¿Hay algo que logre arrebatarle la esperanza de llegar algún día a estar del mismo modo en Él, que es El Más Lejano, El Supremo?...

Celebre, estimado señor Kappus, las Navidades con el piadoso sentimiento de que Él, para poder empezar, necesite tal vez de esta misma angustia que usted abriga frente a la vida. Precisamente estos días de transición son quizás la época en que todo en usted labora para moldearle a Él, como también antes, cuando niño, trabajó ya, anhelante, en darle forma. Tenga paciencia y serenidad. Y piense que lo menos que podemos hacer es no ponerle nosotros más trabas a su desarrollo que la tierra a la primavera, cuando ésta quiere llegar. ¡Quede contento y confiado!

Su

Rainer Maria Rilke


Con Lou Andreas








Este escrito es el badajo y nosotros la campana: ANTES DEL LARGO ADIÓS Héctor Silva Michelena



Este escrito es el badajo y nosotros la campana donde éste repica y se queda resonando. A Hector Silva Michelena quisiera decirle, de corazón, que no estamos tan solos los hombres solos, porque somos una legión de insomnes; al menos, podemos contentarnos en ser una legión de solos. “El hombre nace solo y muere solo”, rezó alguna vez Lawrence. Ya hemos nacido solos y solos hemos de morir. Lo que sucede es que ello se oculta a los niños, como si se tratara de un pecado de origen. Pero entiendo en demasía (esto es, con las vísceras) su grito de insomne “mientras los demás duermen”. Mi padre no estaba solo o, al menos, no tan solo de familia cuando se dijera: ¡ya basta! Pues ya lo había comprendido muy bien: este mundo está escrito por quienes creen que nunca llegarán al senex, a la senectud, aunque muchos llegan a la senectud sin pasar por el senex, pues senex es sabiduría. Claro, también es cierto que este mundo además está escrito (y ello no debería causar extrañeza) por la inclemencia, esa caprichosa compañera eternamente púber. El hombre o mujer joven o de mediana edad suelen ser inclementes. Sobre todo con la vejez. Lo peor: lo son con la vejez de los suyos. Así que la vejez suele ir al traste como un trasto o a trastiendas de un almacén del olvido. “…Es que el cuerpo se transforma en una cárcel…” fue otra de las postreras frases de mi padre, y se fue una mañana de cielo verde, absolutamente verde, lo recuerdo bien, yaciendo al lado de mi madre. Muchos años después, mi madre me repetiría el sermón, un sermón que jamás hubiera uno imaginado brotar de sus labios, dada su casi incomprensible vitalidad. 

Todo ser humano ha de tener el derecho de envejecer cacareando sobre el techo de su casa si le diera la gana, para (como el poeta Katsimbalis que rememora Henry Miller en sus memorias de Grecia) despertar a todos los gallos dormidos y alborotar la ciudad. Ese es su derecho (salvo que ya en pocas ciudades del mundo cantan todavía los gallos) y ya nadie comprende lo que es el derecho de cacarear. Así que no, ésa no es la receta a indicar o a prescribir. La segregación, sumada al natural languidecimiento de nuestras humanas facultades, por supuesto que no le ha de causar solaz a ningún ser humano que alcance la edad en que prospera la sabiduría del senex… Y, por desgracia, la segregación no se limita a la que un usurpado “estado” predica y practica sobre una desamparada ciudadanía, pues el colectivo (con esa institución llamada familia incluida) suele frecuentemente (y, grosso modo, claro está) actuar en modo muy, pero muy similar -esto es, artera y desastradamente- a como se desempeña esa usurpación del “estado” liderada por una manada de carniceros. ¡Yo he visto a Gregorio Samsa muy de cerca! Y no he podido ayudarle. No he podido evitar que le incrustaran, de un golpe, la manzana verde en la espalda, tampoco pude evitar que en su espalda se pudriera. Así que entiendo perfectamente la miseria, el rigor, la aspereza e inclemencia de la que tan pasmosa y cáusticamente nos versa Silva Michelena en su doliente, pero templada glosa. Ya quisiera yo ser el mesonero de ese café, para sentarme a su lado y decirle: vámonos maestro, le acompaño. Y si no hay gallos, nos los inventaríamos.

Agrego un fragmento que, como he dicho ya alguna vez, atesoro como un rezo…

[… El mismo Marco Aurelio, que gastó sus días en administrar todo un impero, pudo expresar en ocasiones tal sensación desoladora del extrañamiento: “Toda la vida del cuerpo humano es una corriente que fluye; su existencia, una pelea y una estancia en un país extranjero, y su fama póstuma, puro olvido” …]

E. R. Dodds, Paganos y cristianos en una época de angustia, uno de los más extraordinarios libros que haya leído en toda mi vida.

Gracias a Mery Sananes por abrir el abanico y mostrarlo en espejo. A pie de página colocamos el enlace original publicado por Embusterias, el blog de la querida Mery. Recomendamos leer la carta de Mery en respuesta al largo adiós publicado por Hector Silva Michelena.

Salud!
lacl

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ANTES DEL LARGO ADIÓS
Héctor Silva Michelena

Creo que la vida me ha dado poco; no hablo de riquezas, sino de la vida feliz. Las dos últimas décadas han sido de noches insomnes. El hambre, la muerte el terror policial. El latrocinio hecho ley. Yo, que he amado la vida, me he convencido de que la vida humana, en todas partes, es un estado que tiene más de sufrimiento que de dicha.
Estas líneas surgen de una necesidad personal que grita la búsqueda de un trago que pudiera consolarme y mitigar los dolores de la vejez, los de la pérdida de seres queridos y esos que azotan por la lucha, sin fortuna, contra una maligna enfermedad. ¿El medicamento específico? Monopolio del gobierno, y le pregunto. Respuesta: “No hay”. Los días a pan y agua, las noches sin pan.

El título de un cuento de Ernest Hemingway, Mientras los demás duermen, sugiere en su plural que el insomne es alguien que está solo. El insomne sale de una circulación cotidiana, aunque sueñe con los ojos cerrados o para dormir despierto. ¿Es lo mismo estar desvelado y no poder dormir que despertar en medio de la noche y no volver a conciliar el sueño? ¿Cómo hemos pasado del sueño al insomnio?”.
Hay quien arriesga una respuesta y la sitúa en dos obras de Shakespeare. Un indicio proviene de Macbeth: “Hemos asesinado al sueño”; otra verdad proviene de Hamlet, cuyo padre ha sido asesinado mientras dormía. Estamos en medio de la noche, sin estrellas. ¿Se ha ido el sol para siempre?

Solía ir a un café a meditar y escribir. Un día era tarde y todos habían dejado el café, excepto un anciano –tal vez yo– sentado a la sombra que las hojas del árbol hacían con la luz eléctrica. De día la calle era polvorienta, pero en la noche el rocío abatía el polvo y el anciano gustaba de sentarse hasta tarde porque necesitaba muletas. Y ahora, de noche, todo estaba tranquilo y él sentía la diferencia. Los dos meseros en el interior del café sabían que el anciano estaba un poco bebido y, aunque era un buen cliente, sabían que de beber demasiado no podría usar sus muletas y caer. Y así fue. Ese otro era yo.
Envejecer es más difícil que morir, por la razón de que renunciar de una vez y en conjunto a una vida que vive con poca esperanza, cuesta menos que un largo adiós. Soportar la propia decadencia y aceptar la segregación es un trance más amargo que desafiar la muerte. Hay una aureola en la muerte muy dulce, y solo hay una larga tristeza en la caducidad creciente. La madurez del alma no vale nada en esta tierra de gases lacrimógenos. Sin derechos humanos.

Leía el Eclesiastés, un libro del Antiguo Testamento, en hebreo llamado Qoheleth, o cohélet, según la traducción alejandrina judía. Esa palabra se identifica como “el hijo de David, rey en Jerusalén”, tradicionalmente atribuida al rey israelita Salomón. Significaba orador o predicador ante una asamblea. Este es mi libro favorito de los que componen la Biblia. Encontré una estructura en la que alguien se va conociendo cada vez más a sí mismo, con un Yahvé que estará ausente cuando uno está asenté. Y esta obra, la más sabia de toda la Biblia, no nos concede solaz, si aceptamos dicha sabiduría.

Dice Cohélet: “¡Vanidad de vanidades! ¡Todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?”. Quiero citar ahora algunos versículos de la sabiduría de Salomón: “Corta y triste es nuestra vida; no hay remedio en la muerte del hombre ni sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia y luego seremos como si nunca hubiéramos sido. Al apagarse, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente. Caerá con el tiempo nuestro nombre en el olvido, nadie se acordará de nuestras obras; pasará nuestra vida como rastro de nube, se disipará como niebla acosada por el sol y por su calor vencida. Paso de una sombra es el tiempo que vivimos, no hay retorno en nuestra muerte, porque se ha puesto el sello y nadie regresa”.

¿Es esta la sabiduría de la aniquilación? No lo sé, no lo creo. El siglo XX conoció la “sabiduría” de Mi lucha, en alemán Mein Kampf, receta para la “solución final”; es decir, la exterminación de los judíos. O uno de los mayores genocidios de la historia: el exterminio deliberado, por hambre, de siete millones de ucranianos. Fue una decisión política de Stalin que pretendía así “disciplinar” al díscolo campesinado de Ucrania.

Sabemos que Némesis, hija de la Noche, era una diosa venerable del panteón griego. Es nuestra mortalidad, nuestra mala suerte, nuestro flagelo. Creo que la ausencia de sabiduría se centra en ella.
Yo me pregunto como el Salmista: “¿Cuál es la medida de mis días?” De los ocho primeros versículos del capítulo 3, copio: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo”. Antes del fin, Cohélet: “Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, mientras no vengan los días malos y se echen encima años en que dirás: ‘No me agradan’; mientras no se nublen el sol y la luz, la luna y las estrellas, y retornen tras la lluvia”.

Y antes del largo adiós, recordaré al poeta Miguel Hernández: “Espérate, muerte, espera/espérate a que me muera/cuando te lo pida yo”. Cuando la guerra haya terminado.
30 de noviembre del 2017

Este es el enlace a que hacemos referencia arriba, Recomendamos su lectura.