lunes, 18 de mayo de 2015

De los Himnos Órficos - IX. A LA LUNA / Y algunas pinceladas en tributo a Selene




De los Himnos Órficos - IX. A LA LUNA

Incienso oloroso

Escucha, regia diosa, generadora de luz, divina Sele­ne, Luna de cuernos de toro, que, noctámbula por las rutas del aire, a lo largo de la noche, sostienes una antor­cha; doncella, hermosa estrella, Luna, creciente y menguan­te, hembra y macho; de sólido resplandor, que gustas de los caballos, madre del tiempo, portadora de frutos, ambarina, de fuerte carácter, relumbrante en medio de la noche, omnividente en vigilia, pujante entre bellos astros. Complaciente con la paz y la felicidad de la noche, brillan­te, otorgadora de alegría, culminadora, gala de la noche, reina de los astros, vestida de largo peplo, de sinuosa carrera, sapientísima doncella. Ven, pues, bienaventurada, benévola, bello astro, refulgente por tu luz, y salva, donce­lla, a tus suplicantes jóvenes.


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 A Yineska
A Mery

Los árboles veneran a la luna.
Desde lo más hondo de su callada inquietud,
desde el trasfondo de esa vida que se cumple en apacible fruición, 
elevan el sabor de la tierra en sus cantos de fervor.
Nadie (o casi nadie) coloca su oído en el tronco de un árbol.
Si por las noches lo hicieran
sabrían del rumor que,
entre sombras y abanicos de luz,
laboriosamente construyen hoja y flor,
al hacerse eco del murmullo del humus,
trepando desde sus raíces
para –ahogadamente- gritarle
sus amores al ombligo de Selene.

(23 de Enero, 2015)
(Enmienda 11 de Mayo, 2015)

Luis Alejandro Contreras
©





Llamalanoche,
llamalaluna,
silueta de Selene,
esencia de alfiler,
palillo de plata,
musa blanca,
gestión de medianoche,
eso eres tú,
florecilla silvestre...




Olvidado boceto, hallado hoy entre mis papeles, fechado en 02 de septiembre, 2013
Luis Alejandro Contreras
©


Saber carnal


Articulas la lengua del tiempo detenido
que fluye y no pasa.

Sabes que en ti se escucha el rumor de una fuente
donde retozan las anónimas voces de los niños.

Y la mirada obsequiosa
no es sino una prolongación,
el efluvio de tu ritmo palpitante,
una ramificación de tu precipicio del tacto.

En tu olor se perciben los ancestros
de una tribu sin origen ni final.

Despides un aroma a cutícula de nardo,
a cielo de pubis,
al dulzor de las aguas donde, hasta hace poco,
se abrazaban los tallos de las rosas.

Hueles como los delfines de la corte de Dionisio.

Sabes a piel de oca,
a la memoria de incontables lunaciones invernales
y al misterio de las flores seleníticas.

Sabes al azufre que, entre penumbras,
exhalan las fumarolas del infierno.

Pero también sabes al mordisco de la primavera
y sabes a Leda, Cisne, Oso y Centella.

Sabes a vientos de resurrección
y al canto violáceo del olvido.

Sabes que no sabes y, aún así,
hablas locuazmente:
te infunde el perlado manto
de lo desconocido.
.
(de un inédito cuaderno titulado Mientras dure) 
Luis Alejandro Contreras
©