viernes, 28 de septiembre de 2012

Poesía veraz es la que primero se vive y luego se escribe


Poesía veraz
es la que primero
se vive y luego
se escribe


Quiero legar acá la glosa final de la primera parte de esa heterodoxa reunión de sueños y vigilias, que vino a juntarse en un libro intitulado contracorrientes (sentencias en incertidumbre).

Por la sencilla razón de que las dos personas que en la nota a pie de página se rememoran, siguen siendo carne viva de un país que no calza en los linderos de nuestros mapas: Hanni Ossott y Juan Sánchez Peláez.
Cabe apuntar, acaso, que la glosa fue escrita por el año de 1995 y que la nota a pie de página fue escrita unos diez años después, un poco con motivo del tiempo transcurrido y porque, dolorosamente, tuvimos que bebernos la sensación de pérdida que, en tan breve lapso, nos embistió por los cuatros costados. Salud!
lacl

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Poesía veraz
es la que primero
se vive y luego
se escribe.

Porque la memoria es quien dispone de las palabras que atañen al poema, palabras corresponsales, precisas incluso, que en el momento de la experiencia o el padecimiento poético no podríamos evocar. La poesía es ante todo vida o experiencia vivida, arrobamiento íntimo de nuestro tempo. Y resultaría un contrasentido el tratar de evocar el trance de ver desde el presente, o mejor, el tratar de evocar el trance poético desde la presencia de ver. Un auténtico poeta entra, a su pesar, en estados de trance; en esos momentos la persona del poeta se desmaterializa; está presente, pero con la única venia de presenciar embelesado la aparición de imágenes y voces que le conmueven y le conmocionan, erizándole la piel, humedeciendo sus ojos e inmovilizando su cuerpo. Un poema escrito por fuerza de la voluntad puede resultar tan sólo una inteligencia, un camelo de la ratio, a lo sumo, un ingenioso tándem de palabras; además, denotaría irremediablemente la intención efectista de quien lo compuso, por ende, la falsedad del culto que predica. Pero atención, no niego la posibilidad de escribir en estados de trance, tal como confiesa Pessoa haberle sucedido, en una carta dirigida a Alvaro Cassais Monteiro o, como presumo, le ha acaecido a una extraordinaria y desoída poeta contemporánea de nuestro país, cuyo nombre, por respeto a la intimidad,  me reservo a sabiendas de que cualquier lector acucioso lo podrá conjeturar (*). En estos casos, el trance poético se manifiesta en el hecho de escribir, es la escritura misma, porque la poesía puede hacer presencia como la revelación de un arrebato, pero son casos que podemos catalogar de milagrosos -de elegidos y para elegidos, diría yo- y en los que la persona del poeta se distingue por cualidades suprasensoriales, mediúmnicas o por haber sido tocada por algún dios o diosa, corriendo el grave riesgo de serle sacudida violentamente la locura que nos es común a todos. ¿ Sin embargo, quién puede afirmar que la memoria no está operando, también, en estos casos ?


(*) He preferido mantener este texto tal y como fuera escrito en su momento. Varios años después esa poeta, no otra que Hanni Ossott, murió calladamente en medio de una confrontación entre las apatías y apetitos de un país enfrascado en la miopía y la disonancia. Con ella me cupo la buena estrella de cursar, en la Escuela de Letras de la UCV y durante un mismo semestre, dos lecturas dirigidas que no puedo catalogar menos que de salvadoras para quien esto escribe, pues estuvieron colmadas de aquella aura de luz a que remite la palabra entusiasmo en su raíz griega. Tales cursos eran dichosamente –y creo que aún lo son- de la libre elección del alumnado, lo que se presta para lo extraordinario. Pero cuán desoladora se nos hace ahora la visión de aquello que llamamos patria. Hanni Ossott y Juan Sánchez Peláez fallecieron en fechas relativamente cercanas, dos voces, dos vivas vidas, cada una a su modo signada de una urgencia. Dos almas idénticamente tocadas por una amorosa pulsión poética, aun cuando las tonalidades de sus canciones se hayan encaminado por derroteros e itinerarios diferentes. Para la discordiosa y monocorde Venezuela de hoy, parece dar lo mismo que toda prenda de humana naturaleza haya nacido bajo su cielo o sobre su suelo. No debería extrañarnos, pues cada día certificamos y registramos, al “adentrarnos” en ese afuera que es la calle, la desvalorizada estimación en que se tiene ese bien intangible de la vida. Y no ha de ser una vana casualidad el que a ciertos recovecos citadinos se les haya bautizado como mentideros. Nadie parece querer ver hacia atrás, hacia nuestro pasado más que inmediato, para remedar a Alfonso Reyes; pasado que, en nuestro caso, no vacilo de apuntar como de urgente, inaplazable, perentorio. Urgente es su reconocimiento, inaplazable su rescate, perentorio hacerlo presente en nuestras venas, mas no para una vindicación apriorística, pues no todo lo que con pomposidad llamamos “nuestro pasado” se hace acreedor del encomio o del endiosamiento. Es menester que le despojemos de todo afeite de heroicidad. Eso que hemos llamado patria, nación, país, nuestra tierra y sus vivencias, es algo un tanto más complejo que esas recetas de docilidad con que han pretendido inculcarnos unos obstinados y engominados pseudo-cronistas, convenientemente colocados a la diestra del poder establecido en su hora. Erasmo nos obsequia una pregunta radiante en su coloquio Caronte o contra la guerra: “¿hay algo  que no pueda una falsa religiosidad?”. Deberíamos allegarnos a los motivos de tan sencilla indagación, pues sospecho que la humanidad  vive hoy en medio de un denuedo sin sustancia y los venezolanos no somos excepción. Muchos de quienes afirman amar sutilezas tales como poesía, bien común o vocación de servicio, están arrobados en la construcción de su propia obra, lo cual obviamente no es criticable cuando nace de un apetito del alma; mas no parecen advertir que sus angustias, enraizadas en un vehemente espíritu de competencia, condenan sus obras a un hacer por hacer. El adorado y exacerbado yo asesina todo asomo de pureza. Así pues, lo que me asalta de continuo, como ínfima parte que soy del mundo humano, es el denodado embate de nuestras ausencias. Nuestras ausencias para las preguntas y la íntima indagación, nuestras ausencias para lo tácito; nuestras ausencias para con la muerte, tanto como para con aquella desabrigada hoja que se mece en la rama o para con esta otra que cae a nuestro lado y, lo mismo, para con la vida, intocada señora que hace gesto sublime a nuestro lado en la figura del padre, la madre, la amada, el hijo y todo ser o cosa dignos de ser amados. Hemos sellado nuestra deserción del mundo de las preguntas silenciosas, cuando ellas sólo pretendían una consumación beatífica de nuestro fuero interior.
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Contracorrientes (sentencias en incertidumbre), BID&CO Editor, Col. Manoa, Caracas, 2006.
Reeditado en Noviembre de 2013, por BID&CO Editor, Col. Manoa, Caracas

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Un republicano y civilizado refinamiento de la crueldad.














Un republicano y civilizado refinamiento de la crueldad.


Un azar me ha llevado a contemplar, una vez más, el documento fílmico en el que se observa a unos soldados norteamericanos, cual custodios de museo, guiando a una horrorizada tribu de alemanes, a través de los despojos de Auschwitz.
Pasillos, fosas y mazmorras repletos de famélicos cadáveres. Salas decoradas con cubetas de vidrio, exhibiendo partes de organismo humano como, por ejemplo, cabezas cortadas longitudinalmente, en aras de no sabemos cual pervertida rama de la ciencia.

Y lo que originalmente pudo tener un sentido de revelación y justicia, quizás de anagnórisis para el (nunca sabremos hasta qué punto, advertido o inadvertido) ciudadano alemán, como lo es el colocar un espejo ante el rostro del bárbaro, cobra visos de vengativa satisfacción. Un republicano y civilizado refinamiento de la crueldad, no muy distinto de los falsamente loables fines que dieron origen a la “solución final”.

La visita guiada se sucede en los días subsiguientes a la capitulación del alto mando del ejército alemán.

Nada lejanos habrían de estar los días de dos novedosísimas exhibiciones de tan civilizado refinamiento: la luz cegadora y su posterior y mortífera lluvia negra, que arrasó con justos y pecadores de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

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01 de Octubre de 2005.
De mi Cuaderno Elefante, donde se reúnen algunos escritos paquidérmicos.





martes, 25 de septiembre de 2012

Letras contra Letras / UN HONDO LLAMADO. Carta de Hermann Hesse a Thomas Mann


UN HONDO LLAMADO
Esta carta que le escribiera Hermann Hesse a Thomas Mann, con motivo de la invitación que se le cursara para formar parte de la academia de la lengua alemana, es lo que yo llamaría un ejemplo de sencilla, pero firme dignidad humana. Hesse es uno de esos seres que uno debería tener siempre en mente, a la hora de las dudas en lo que respecta a las cartas que debe uno tomar o rechazar cuando se trata de acompañar al anonimato de las masas.
El hombre nunca debería olvidar que es un ser indiviso inmerso en la corriente de un océano de seres que se le asemejan. Misteriosa y, en veces, dolorosa paradoja. Pero que debe ser tomada muy en cuenta si se pretende vivir la vida con sustancias y aromas que nos recuerden aquello que llaman la honra, entendida en su añejísima acepción del que obra bien, porque bien quiere.
Cuando, en noches pasadas, leí esta carta de Hesse (y al azar, como todo o casi todo lo que se lee verdaderamente), sentí un hondo llamado, una sentida invitación a comunicar aquello que sus letras exponen: que no se puede vivir la vida negando el fuero interior, que no se puede vivir la vida rezando, a pie juntillas, lo que la masa repite, una y otra vez, por obra del miedo a vivir como lo que en el fondo es, una suma de milagros, seres indivisos que pueden vivir mancomunados.
Lacl
Baden, principios de Diciembre de 1931
 
Venerado señor Thomas Mann:
          Su amable carta me ha sorprendido en Baden, fatigado por la cura y con la vista en muy mal estado, de modo que nunca termino de ponerme al día con mi correspondencia. Le ruego que me excuse, pues, por la brevedad de mi respuesta.  Por otra parte, ella no require mucho espacio ya que a su pregunta sólo puedo contestar con un no, pero quisiera fundamentar con exhaustivas razones mi negativa a aceptar la invitación de la Academia transmitida a través de un hombre tan querido y venerado. Cuanto más reflexiono sobre el particular, mas complicada y metafísica se me antoja la cuestión, y como debo darle los motivos de mi negativa, lo hago con la gravedad brutal y excesivamente clara que adoptan por lo general los contextos complicados cuando son formulados de repente en palabras.
          En definitiva, el último motivo de mi imposibilidad de ingresar a una corporación alemana oficial es mi profunda desconfianza respecto a la República Alemana. Este estado inconsistente y vulgar ha surgido del vacío, del agotamiento después de la guerra. Los pocos buenos cerebros de la “revolución“ que no fue tal, han sido asesinados con la aprobación del noventa y nueve por ciento de la población. Los tribunales son injustos, los funcionarios indiferentes, el pueblo absolutamente infantil. En 1918 saludé a la Revolución con mucha simpatía, pero desde entonces mis esperanzas en una República  Alemana digna de ser tomada en serio fueron aniquiladas. Alemania perdió la oportunidad de hacer su propia Revolución y hallar su propia forma. Su futuro es la bolcheviquización, que en sí no me repugna, pero que significa una gran pérdida en cuanto a posibilidades nacionales únicas, y, por desgracia, le precederá una ola sangrienta de terror blanco. Así es como veo las cosas desde hace tiempo y por más simpática que me resulte la pequeña minoría de los republicanos de buena voluntad, los considero por completo impotentes y sin futuro, tan carentes de futuro como lo fueron en su momento la simpática ideología de Uhland y sus amigos en la iglesia de San Pablo en Frankfurt. De mil alemanes, quedan novecientos noventa y nueve que nada quieren saber de una responsabilidad de la guerra, quienes no hicieron la guerra, ni la perdieron, ni firmaron el tratado de Versalles, quienes la sienten como un pérfido rayo que cae desde un cielo despejado.
          Resumiendo, me siento tan alejado de la mentalidad que domina a Alemania, como en los años 1914-18. Observo procesos que se me antoja absurdos y desde 1914 y 1918 me he visto empujado muchas millas a la izquierda, en lugar del diminuto paso a la izquierda que dio la ideología del pueblo. Ya no me es posible siquiera leer los diarios alemanes. Querido Thomas Mann, no espero que usted comparta mi ideología y mis opiniones, pero sí que las reconozca en el compromiso que tienen para mí. Mi esposa le está escribiendo a la suya… 
(Fragmento, luego agrego las palabras finales, saludos familaires entre los Hesse y los Mann)
Hermann Hesse, cartas escogidas, Editorial Sudamemricana, Buenos Aires.

domingo, 9 de septiembre de 2012

REVELAR BELLEZA, Jorge Luis Borges


REVELAR BELLEZA

Una de las sentencias más iluminadoras, en nuestra lengua y en cualquier otra lengua, proviene de una frase lanzada al desgaire por Borges: “…Lo importante es revelar belleza y sólo se puede revelar belleza que uno ha sentido…”

¿Por qué me parece tan descollante una frase tan llana? Pues, porque es mucha la gente que suele creer y alegar que la belleza es cuestión de estética, entendida ésta como afinación del gusto por medio del aprendizaje, cualidad para el catar o para la captación intelectualizada del detalle, ojo aguzado, pues… Pero, tal como afirma Borges en su apretada frase, no es simplemente una cuestión de adiestramiento o inducción de un sopesador juicio, sino de un vivenciado sentir.

A mí me parece que uno de los mayores traspiés de la moderna humanidad es precisamente aquel que la ha llevado a sopesar cualquier asunto echando al margen la lumbre de la sensibilidad. Se pretende que seamos equilibrados silenciando (y, quizás, aherrojando) nuestro fuero interior, pues la tesis impuesta por una desdibujada razón es que el sentido común nada tiene que ver con el corazón.

Se parte de una negación. Y se la inculca a los niños. Y así, las criaturas vienen a ver la luz primera con ojos radiantes, para pronto aprender que la belleza que sienten entrar por el ojo ha de ser una equivocación de su naturaleza. Se les enseña, conductualmente, que lo que sienten no tiene importancia alguna, de cara al diario trajinar. 

Yo lo primero que haría si tuviera a mi cargo un aula de infantes en los que comienzan a despuntar visos de un criterio que aún no se ha divorciado del pecho, sería el soltarles, de improviso, la sentencia: “…Lo importante es revelar belleza y sólo se puede revelar belleza que uno ha sentido…”

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Revista Plural, México.

Fuente: Borges profesor, Emecé Editores, Buenos Aires, 2000

Apunte de mi cuaderno “Inscripciones en el dolmen”, 08 de Septiembre, 2012
Glosa de Borges publicada en El Nacional, el 23 de Febrero de 1986.
Puede leerse, en este blog, otra glosa en torno al tema del asedio de la cultura:

jueves, 6 de septiembre de 2012

La Ofelia de Ramos Sucre con glosa de silueta...

 
Tiempo atrás solía mi blog alimentar a mi silueta. Pero de un tiempo a esta hora he de dar cuenta que se ha venido operando un flujo en contrario de corriente. Y es la silueta la que se ha sublevado, acaso, por una sencilla razón: porque aunque, intuyo, no busca púlpito ni -mucho menos- destellos, de algún modo se ha enterado de que lo que añora son pechos con oreja.


Bueno, ¿qué le podemos pedir a una silueta? Todo yo no es más que sombra. Si notaran alguna destemplanza de entonación, tómese en cuenta que quien habla es sólo eso, un contorno, llámesele lago, retrato, dibujo, incluso persona, pero con entregado corazón…

(lacl)
(The shadow)







Ramos Sucre. OFELIA - El cielo de esmalte, 1929.





La bruja adereza el veneno de la fiebre soñolienta. Requiere los nenúfares y lentejas del agua.

Desde el cielo de colores sordos, el aquilón de carrillos inflados, imagen de un dibujo holandés, arroja su brisa letal.

Una canturía lenta, insipiente, erige de la tierra la zarza de las espinas y demanda la presencia de un lagarto famélico. El monje de la zozobra avista su efigie en la frente de una calavera de risa desdentada.

Sobre las ruinas, ocultas bajo las redes y lazos de una vid silvestre, la forma aérea de una virgen florecida en un siglo ideal suprime el sortilegio y sosiega el ambiente con sus alas de fantasma.

Y la secunda el ruiseñor, poeta del amor inconsolable.

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sábado, 1 de septiembre de 2012

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AZARES ENTRE AZAHARES


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Una flor blanca surge
del silencioso ensueño de la tarde
y se trasfigura en una seta
de tonos rosa y voces de oro,
para cantarnos el adiós,
cual una efímera polilla enamorada
añorando merendarse a besos
a la luna embebida en el piélago del cielo …


(…por la tarde, al llegar a casa y alzar la vista     28-08-12)










No tengo a donde ir,
pero ante mí se abre la tarde
como un beso.
No tengo a quién buscar,
aparte de mí mismo, pero todos
los caminos se abren ante mí
y, al final o en el centro o al principio
de cada uno de ellos,
están luz y sombra bañando toda vida
y toda cosa.
No tengo un templo
para refugiar la angustia
ni para darle cobijo a la esperanza,
mas mi cuerpo sabe mejor que yo
cómo honrar la cúpula del cielo.
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 De un cuaderno que lleva por título: "Toma luz, toda la noche"