lunes, 30 de agosto de 2010

DUELO DE ARRABAL – JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE



DUELO DE ARRABAL – JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE
Agrego esta miniatura por llamar la atención sobre la última frase de tan premonitoria y, a la vez, memoriosa fábula. ¿No se asemeja en algo a ese feudo, fingimiento de país, que llamamos Venezuela? ¿Tanto en el ayer, como en el ahora? Porque si algo hemos presenciado, desde nuestra más tierna evocación, es lo desmesurado de la desmemoria en que vivimos inmersos y esa eterna postergación nuestra de un vivir anímico y sensible…

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DUELO DE ARRABAL

En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar. Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y benignas, con fría palidez sellando su victoria.

Vino a aquella mansión, como a muchas otras; un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto. Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor enemigo que la muerte.

Siguiendo el general destino de los tristes que, con la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera noche augusta y encendida.

1 comentario:

Administrador dijo...

No es excepcional este texto para quien mira con algo más que las pupilas. Más allá de la tentación de la palabra, del juego lúdico de la escritura, el abecedario se le convierte en un cincel que esculpe sobre el papel la forma de la realidad.

Ese duelo de arrabal que Ramos Sucre atrapa, como dices Luis Alejandro, en apenas una miniatura, no ha cesado. Más bien se ha extendido convirtiendo todos los espacios en arrabales para el dolor que queda prendido de los afanes del día siguiente, como una forma de morir.

Hasta el punto que la vida no permanece, como tampoco el llanto obligado a ser transeúnte. Como si no hubiese otra cosa que ese pozo hondo de penas en que se detiene la risa de un niño que lleva el nombre de todos los que como él, apenas adelantaron una partida que ya tenían asegurada. Y cómo despedirnos si ni siquiera hemos arribado.

ms