sábado, 5 de septiembre de 2015

Borges: El diálogo es un género literario / Carta de Susan Sontag a Borges





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Un recuerdo y un hallazgo del que debemos agradecer a la página amiga, medio digital Grupo Li Po, pues gracias a ellos dimos con esta conmovedora misiva de Susan Sontag al maestro Borges. Nos tomamos el atrevimiento de reproducir esa carta (no sin dejar de recomendar la visita al blog Grupo Li Po, y agregando la dirección al final de la referida carta). 

Aquí dejamos el por qué…



Hermosa carta de la Sontag. ¡Y cuán ajustada a la verdad! Ayer anduve casi todo el día en las calles y, en un alto en el camino, me detuve a leer un viejo libro de conversas entre Borges y Ferrari que recientemente adquirí en un remate. Me quedé casi puedo decir que atónito al abrir el tomo justo en la página que reproduce unas palabras suyas sobre las que había venido pensando en los tiempos recientes y cuyo rescate se me hacía imperioso y necesario para el ánima, mas no recordaba donde las dijo. He dicho “casi” porque esos pequeños prodigios -que a muchas personas acaso les parezcan insustanciales- son experiencias que me suceden desde que tengo uso de razón. Abro un libro justo allí, donde reposa lo que fervientemente necesito.

Reproduzco el segmento de la conversa entre Borges y Ferrari.

Ferrari: - Usted dijo en un cuento que al cruzar Rivadavia, se entraba en un mundo más antiguo y más firme.

Borges: - ¿Yo dije eso? Y habré dicho tantas cosas, realmente. Mejor es no aludir a mi obra. Yo trato de olvidarla, y lo hago fácilmente. En mi casa usted no encontrará un solo libro mío, o un libro escrito sobre mí; no hay ninguno en mi casa. Yo trato de olvidar mi pasado y trato de vivir proyectándome hacia el porvenir; si no, una lleva una vida enfermiza, ¿no? Aunque los recuerdos pueden servir para a elegía también, que es un género… y admisible, perdonable. Pero, con todo, yo trato de pensar, más bien, en el porvenir, por eso estoy siempre planeando cuentos, limando líneas, que quizá nunca lleguen a ser limadas. Pero trato de poblar esta soledad que significa, bueno, ser un octogenario y ser ciego. Trato de poblarlas con fábulas, con sueños, con proyectos; y ahora voy a realizar ese muy grato de recorrer el mundo otra vez.

Cierro la cita.

Luego pasé a leer las palabras introductorias de Borges a ese tomo de conversaciones y más conmovido me dejaron. Las he recogido a posteriori, para glosarlas aquí pues, de algún modo, me llevaron a pensar en cierta equivalencia espiritual con un hombre, un conterráneo que ha sido, sin proponérselo, un encendido faro, para muchos de quienes, en medio de la noche, pusimos ojos y oídos sobre alguna frase suya.

Un ramillete de verdades que agradezco de corazón. Se aplican a la vida.

La vida, como estos diálogos, y como todas las cosas, ha sido prefijada. También los temas a los que los hemos acercado.

Con el correr de la conversación he advertido que el diálogo es un género literario, una forma indirecta de escribir.

El deber de todas las cosas es ser una felicidad; si no son una felicidad son inútiles o perjudiciales. A esta altura de mi vida siento estos diálogos como una felicidad.

Las polémicas son inútiles, estar de antemano de un lado o del otro es un error, sobre todo si se oye la conversación como una polémica, si se la ve como un juego en el que alguien gana y alguien pierde. El diálogo tiene que ser una investigación y poco importa que la verdad salga de boca de uno o de boca de otro. Yo he tratado de pensar, al conversar, que es indiferente que yo tenga razón o que tenga razón usted; lo importante es llegar a una conclusión, y de qué lado de la mesa llega eso, o de qué boca, o de qué rostro, o de qué nombre, es lo de menos.

(Jorge Luis Borges.)

(Esta edición data de 1985, Grijalbo. Disponemos de otra publicada por Sudamericana pero, sin ser de bolsillo, la de Grijalbo resulta más manejable como compañera de viaje)

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Y ahora la carta de Sontag a Borges

12 de junio de 1996,



Querido Borges:


Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. (Borges, son diez años.) Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura, y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores... así como el más artístico. También tenía algo que ver con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo bastante prolongado, perfeccionó las prácticas de fastidio e indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental hacia otras eras. Tenía un sentido del tiempo diferente al de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían banales bajo su mirada. A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como "el presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado". Eso, por supuesto, formaba parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores.


Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia. Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo... y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte usted dijo que un escritor -delicadamente agregó: todas las personas- debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)


Usted fue un gran recurso para otros escritores. En 1982 -es decir, cuatro años antes de morir (Borges, son diez años)- dije en una entrevista: "Hoy no existe ningún otro escritor viviente que importe más a otros escritores que Borges. Muchos dirían que es el más grande escritor viviente... Muy pocos escritores de hoy no aprendieron de él o lo imitaron". Eso sigue siendo así. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando. Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al mismo tiempo que proclamaba, una y otra vez, nuestra deuda con el pasado, por sobre todo con la literatura. Usted dijo que le debemos a la literatura prácticamente todo lo que somos y lo que fuimos. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son solo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos dan el modelo de la auto-trascendencia. Algunos piensan que la lectura es solo una manera de escapar: un escape del mundo diario "real" a uno imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más.


Lamento tener que decirle que la suerte del libro nunca estuvo en igual decadencia. Son cada vez más los que se zambullen en el gran proyecto contemporáneo de destruir las condiciones que hacen la lectura posible de repudiar el libro y sus efectos. Ya no está uno tirado en la cama o sentado en un rincón tranquilo de una biblioteca, dando vuelta lentamente las páginas bajo la luz de una lámpara. Pronto, nos dicen, llamaremos en "pantallas-libros" cualquier "texto" a pedido, y se podrá cambiar su apariencia, formular preguntas, "interactuar" con ese texto. Cuando los libros se conviertan en "textos" con los que "interactuaremos" según los criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva regida por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando -y que nos prometen- como algo más "democrático". Por supuesto usted y yo sabemos, eso no significa nada menos que la muerte de la introspección... y del libro.


Por esos tiempos no habrá necesidad de una gran conflagración. Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, por favor entienda que no me da placer quejarme. Pero a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros -de la lectura en sí- que a usted? (Borges, son diez años.) Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba el alma de maneras inéditas. 


Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro héroe.



Grupo Li Po:





 

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