miércoles, 27 de julio de 2016

Un déspota en ciernes...




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Pareciera que en la nación, como en el mundo (abstengámonos, por una vez, en llamarles “nuestra” nación, “nuestro” mundo, ya que vamos de paso), estuvieran agotadas las humanas reservas capaces de cavilar, deliberar e, incluso, lidiar desapasionadamente con este escenario que proponen los adoradores del poder y expoliadores del libre albedrío. 

Cansancio, abulia, nausea, obstinación.

¿Pero quién no habría de obstinarse ante los empecinados clanes que le proponen un mundo contrahecho? Esas bien aceitadas organizaciones minoritarias sólo pueden proponer una argumento: la maqueta de un colectivo de manos esposadas, ése es su leit motiv, su misión sobre la faz de la tierra. Y ellos señoreando sobre el orbe.
El miedo les impulsa a apoderarse de los destinos del resto de los seres mortales, ése es el escondrijo en el que se atrincheran para vencer sus propios terrores.

¿La codicia? Bueno, sí, la codicia. Puede funcionar como oculto justificativo. Y en la epidermis todas las chácharas socialistoides o pseudo democratizadoras, y todas las hipocresías que pretenden restituir derechos imaginariamente ancestrales de raza o credo.

Pero es el miedo a vivir conforme al ritmo de la naturaleza, es el miedo a vivir expuestos al desamparo y cobijo que, a un tiempo mismo, les regala el cosmos, lo que les impulsa a enquistarse entre decálogos de falsedad, lo que les incita a diferenciarse del resto humano, estableciendo jerarquizaciones en las que, irrecusablemente, ellos han de ocupar el podio y el trono del juez.

Una persona a la que le da terror dialogar con el cielo es, en potencia, un déspota en ciernes.
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Fotos de los montajes teatrales de Tadeusz Kantor

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