jueves, 7 de julio de 2016

Del destierro, José Antonio Ramos Sucre




DEL DESTIERRO *

Llevo en el espíritu la desolación del paisaje, la naturaleza está de duelo; comunicó la montaña su inamovilidad a la neblina que la envuelve; del aroma y del canto está huérfano el aire, árboles melancólicos, como soñolientos agonizan bajo un cielo plomizo, en una atmósfera asfixiante. En este lugar lleno de silencio, parece que sólo viviera mi corazón alentado por un recuerdo, por una sensación muerta.

Rememoro la mañana, cuando pasó a mi lado, encarnación de beldad tentadora que atormentara el sueño de un asceta: arrogante el paso, desdeñoso el gesto; desde las tinieblas de sus ojos de mirar perverso lanzaba sus flechas el amor oculto; en su faz, seda viva un lunar como diminuta estrella apagada; con cabeza rubia ponía una sonrisa de luz un sol de fiesta...

En éxtasis divino, queriendo eternizar aquel instante, la contemplé alejarse junto con mi tranquilidad por la avenida asombrosa de árboles, cuyas hojas susurraban con murmullos de voces muy quedas.
Desde ese momento la pena es mi huésped, consagrado a ella vivo, me mata su ausencia; hizo en mi pecho su nido ese recuerdo que me atormenta como una garra que se ahonda.

Vivimos del dolor y del pasado, disipando tristezas, poniendo en fuga negros pensamientos, el recuerdo de aquella mujer hace palpitar mi corazón, único ser que parece vivir en este lugar de silencio la naturaleza, cansada de actividad y ansiosa muerte.


*En Ritmo e ideas. (Revista literaria). Cumaná, Año I, n° 1, 15 de diciembre de 1911.


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