viernes, 22 de julio de 2016

Gen 68, las minorías gobernantes y un libro de Aldous Huxley




A Carlos Morales del Coso


En manos de las minorías gobernantes, la modernidad se ha convertido en un armatoste de moler la juventud. Siempre pienso en esos años, en lo que a lo ancho y largo del mundo proponían los jóvenes.  Y no me cabe la menor duda de que, en su candor, los jóvenes no avizoraron el inmenso peligro que representaba una minoría gobernante de senectud adocenada, pero muy diligente en su misión de quebrarles las piernas a esos muchachos que amenazaban con echar todo su podrido mundo al piso. 


Los sucesos de 1968 en diversos rincones del orbe, las experiencias como Woodstock, la aplastada juventud de Checoslovaquia, la masacre de Tlatelolco, la revolución musical, la propuesta de un mundo del que se desarraigaran la guerra y los prejuicios, todo ello fue llevado al traste por hombrecillos de oficina, con espejuelos en rostros de ratón, pero muy bien enfocados en su misión de acallar y destruir la candorosa posibilidad de un mundo sin tabúes.


Claro que todo esto fue posible con la anuencia de la pureza y candidez juvenil. No había maldad en esos corazones. Y con la pura y simple evocación de lemas como "Paz y amor" era imposible derrotar a las contrahechas y malhadadas huestes de toda política oficial. Y, en buena parte, los 60 y 70 terminarían por asemejarse a los locos años 20, en su culto al escapismo. No creemos necesario recontar las víctimas fatales que quedaron en el camino persiguiendo la alucinación.


Algunos pensaron que la vía sólo podía ser política. Pero la política ya era un títere en manos de esas minorías que todo lo vigilan, tutelan y apadrinan. Pues su primerísima misión era y sigue siendo la de mantener firme el statu quo de un putrefacto mundo humano, en el que ni la contemplación del cosmos ni el deleite de la flor tienen cabida.


Las minorías gobernantes no descansan, siempre andan trabajando en su labor de destrucción. Son unos mirmidones. Trabajo, dinero y poder conforman su santísima trinidad. Una tríada sin ninguna cualidad para el entusiasmo, el endiosamiento. Sin logos ni espíritu. La condición para a adorar a su santísima trinidad es la de aceptar su ceguera. Se trabaja para trabajar, se obtiene dinero para tener dinero, se persigue el poder para tener más poder.


La juventud, alguna juventud del mañana, si es que el mundo humano pretende salvaguardarse a sí mismo, deberá abstenerse de beber en las copas de la ceguera.



Nota: He hecho mía esa expresión de Aldous Huxley de las “minorías gobernantes”, y la he acogido como una frase que devela, sencilla pero directamente, uno de los grandes padecimientos de la humanidad. Otro maravilloso giro de expresión suyo, para etiquetar las artimañas de los clanes  empeñados en avasallar al mundo humano es aquella de las “finanzas centralizadas”. Ambas expresiones son esgrimidas en un libro de cabecera que hoy debiera ser reeditado y regalado a la juventud que despunta: “Ciencia. Libertad y paz”. Un libro maravilloso sobre las posibilidades prácticas del hombre de a pie para combatir las tretas que, en su perjuicio, arma el poder detentado por las minorías. 













2 comentarios:

América Ratto-Ciarlo dijo...

Como decíamos entonces: "No confíes en alguien mayor de 30 años."

Contracorriente dijo...

Es que el mundo humano ha instituido, como norma, cortar el hilo que nos conecta a una niñez que sabe lo que es solazarse en el juego con todo aquello que nos trasciende, el insondable firmamento. Al perder conexión con la desentendida inocencia, perdemos conexión con el alma, mutilamos nuestra esencial identidad.
Un abrazo, América...