miércoles, 14 de enero de 2015

José Antonio Ramos Sucre, Los Ortodoxos (El cielo de esmalte)




Yo recorría el país grave en solicitud del monasterio decadente. Recuerdo la pausa y el zurrido monótono de mi carro de bueyes en el camino de guijarros y su vuelvo en el río de lodo. Los naturales morían de consumir los peces de su corriente paralítica.

Unas aves negras, de calvicie petulante, retozaban en la hierba incisiva y sobre el dorso de unos caballos enjutos. Su vuelo repetía, en el azul violento, el orden estricto de la falange.

El revés de los tiempos sumía las aldeas en la miseria, aconsejaba la indolencia, el aborrecimiento de la vida. Una mujer impasible, de ojos áridos, presidía el juego de sus niños en el recinto de un cementerio obstruido por el matorral. El traje de antigüedad noble y la rueca doméstica secundaban el ascendiente de su faz.

El abad me esperaba antes del edificio, al pie de un nogal mustio. Su discurso voluble me retrajo de pedir un sitio en el aposento de los peregrinos. Se lamentaba del egoísmo y parsimonia de los feligreses.

Yo recogí, durante la visita, motivos frecuentes de suspicacia y desvío. Unos monjes dibujaban imágenes canijas, siguiendo la costumbre de un arte fanático, y el más incivil acudía a la autoridad de San Basilio, con el fin de recomendar la sucieza, en señal de penitencia.

Nota: Lamentablemente no disponemos de los créditos de estas fotos, a excepción de la última, a color, que fue tomada por un servidor en el litoral venezolano.   




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