martes, 17 de julio de 2007

VIENTOS AUSPICIOSOS


VIENTOS AUSPICIOSOS

“…Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso más que a los secretos del desgarramiento…”
E. M. Cioran (La tentación de existir)
[*]


La respuesta colectiva de nuestros estudiantes a los abusos autocráticos de la hora, espontánea por su variedad de recursos para llegar a la psique del país e inaudita por la frescura que muestra una juventud no avasallada por baratijas políticas (que en muy poco distan de las consignas publicitarias que impulsan las ventas de cigarrillos, jeans o computadoras), creo, ha conmovido los cimientos de nuestra ciudadanía.

A la vista de las múltiples manifestaciones de adhesión y aliento que se han expresado a lo largo y ancho del país, me parece innegable que ha surgido en el seno de nuestra colectividad una visión benevolente y propicia hacia los estudiantes de universidades ancestrales que, se pensaba, dormitaban comodonamente sobre los almohadones de la indolencia. Hemos visto expresarse, en múltiples espacios, a una entusiasta muchedumbre del estudiantado proveniente de la UCV, LUZ, SB, UDO, ULA, de institutos pedagógicos como UPEL e, incluso, de universidades privadas como de la UCAB y la METROPOLITANA. Se me escapan algunas más. Como nota sintomática, hagamos mención de la participación, en tales manifestaciones, de estudiantes de la UNEFA, diciéndoles a los periodistas que muy poco les importaba si se les expulsaba de esa universidad por el hecho de haber expresado su opinión (expulsiones que, al parecer, fueron consumadas); claro, me pregunto yo, ¿quién, en su sano juicio, desearía vivir toda su vida bajo el despótico caudillaje de una cachucha militar? ¿quién, en sus cabales, va a querer para sí ese desaguisado del aburrimiento que palpita bajo toda doctrina militar?
Digo más, tal ha sido el alcance de la ingeniosa rebeldía de nuestros estudiantes que ha llegado a filtrarse hasta un punto supuestamente invulnerable del oído interno de unos obnubilados funcionarios que, coronados de legalidad, aúpan fundamentalismos y promueven discursos unívocos de filantrópica belleza, mientras hacen vista gorda ante el andamiaje represivo y censurador sobre el que han construido su legitimidad. Ayer eran dóciles predicadores de un dadivoso porvenir de adhesión y confraternidad; hoy son replicantes trogloditas fungiendo el papel de perdonavidas, de un modo tan impúdico y perverso, que lo que menos traslucen sus actos y palabras son indulgencia o contrición. Eso sí, siguen arrogándose, a la mejor usanza del maniqueísmo, las buenas causas y la filantropía para el insólito evangelio, por decir lo menos, que predica su secta. Al pensar en estas gentes, modeladas con las plantillas del absolutismo, me viene a gusto parafrasear el luminoso pensamiento de Cioran: en el fondo, no son más que unos apasionados de la desdicha.

Y a esta última condición suya no hemos de estar desatentos. Seres hay que no pueden subsistir si no es en medio del caos, el naufragio y la ignominia. Seres hay, lamentable es reconocerlo, que no pueden respirar a su aire sin una buena dosis de salvajismo y de retorcido cinismo.

Quizás no haya un más visible signo de locura que el de la desmesura del ego. Quien manifiesta una tendencia a encumbrarlo por encima de toda otra manifestación de la realidad, no muestra sino desequilibrio. Y cuando el ego se desborda, arrasa en su crecida esa ciudad silente (y compartida) que alienta en toda alma humana, borrando o despintando los bienes del espíritu que encuentra a su paso.

Y haciendo una extrapolación, acaso en política no haya un signo más visible de desmesura que el de los gobiernos autocráticos y autoritarios. Y la verdad, no se me ocurre sobre cuál ejemplo podríamos hacer salvedad, como no fuera el de aquella autocracia imposible que pudiera haber sido ideada al calor de la utopía. Si ampliamos la mirada sobre el mapa nos daremos cuenta de que hay pueblos que no son capaces de percibir que padecen, en la inmensa mayoría de sus hijos, una locura similar a la del sujeto al que han recluido en un sanatorio, en aras de preservar la “salud” de la comunidad. Prudencia y Discernimiento no parecen ser virtudes que se resguarden en el espejo de Narciso.

En algunos momentos de mi vida, me ha atacado la angustia de que nuestro pueblo sea uno de esos en los que la mirada interior se ha descaminado del corazón que, muy a su pesar, ve cómo es tomada su casa por una indeseable manía hacia la destemplanza. Como si, a fuerza de cultivar la barbarie y el rencor en predios del sentimiento y la sensibilidad, nos hubiésemos extirpado esa mirada agraciada, propia del corazón. Esta es una cuestión para la que no tengo respuesta clara. Formo parte de la multitud y es sumamente complicado ver y, más todavía, prever en nombre de todo un colectivo. Acaso sea, incluso, prematuro. Pero ante esta duda tan angustiosa, no puedo dejar de afirmar que la sinceridad de ese espíritu de conciliación que ha mostrado en la calle y en todo otro escenario una multitud de estudiantes, de cara al afán totalitario de quienes -rodilla en tierra- se congregan en secta y amenazan con repartir mandarriazos, nos colma el espíritu de vientos auspiciosos, nos trae un mensaje de buenos augurios y esperanza. Seña y síntoma son de una vitalidad floreciente que también fluye en el sustrato de nuestra psique colectiva, a contrapelo de los agitados vientos que desde hace varios años mayoritariamente han portado imprecaciones de Odín.

Así, me permitiré expresar el beneficio de la duda para con nuestra conciencia colectiva o para con, al menos, parte de ese sustrato del inconsciente que nos identifica como pueblo. Por esta razón haré algo más de hincapié en el tema del gobierno autoritario; dado que la hipótesis de si nuestra sociedad se encuentra en una fase primitiva que impida justificar, para sí, un escenario más provechoso que el de un gobierno autoritario y ramplón es algo que nadie puede aseverar, hasta el punto de convertirla en tesis. Mas, para ello, será necesario que demos un vistazo al típico cultor de esta modalidad de gobierno que solemos calificar con términos como totalitario, autocrático, dictatorial o autoritario.

Desafortunadamente, el talante despótico y violento brota con mayor habilidad en el seno del alma humana que la gracia de la fraternidad; pareciera ser más corto y menos arduo el camino de dejarnos seducir por las penumbras y miserias que se agolpan en la ciénaga de las frustraciones que el dar la cara a la vida reconociendo nuestras propias falencias, siendo que este desnudo acto de reconocimiento nos permitiría lavar almas y cuerpos en las aguas del vivir. Hay un déspota acechando en los recovecos de toda psique, de allí la intuitiva precaución que en innumerables ocasiones nuestra psique se ve en la inminencia de adoptar, ante las apremiantes arengas que se gestan en esa ciudad crepuscular que palpita en nuestro fondo. Pero hay quienes no pueden vencer la revuelta y caen embriagados ante las cantilenas de las Moiras. Tenemos pues, en nuestras narices, al despótico. Podemos divisarlo, en toda hora y lugar, en las fachas del más modesto y malhumorado de los funcionarios de un castillo burocrático o en las del más encumbrado y refinado de los amos revestidos de divinidad. Pero una condición hay que les hermana: el déspota se aqueja de un mal que podríamos calificar como el de una impostación del ego. En el déspota todo es actuación, todo es grandilocuencia; todo es monumentalismo y magnificencia; quizás, debamos hablar, más bien, de una sobreactuación, de una superlatividad del yo. No se puede dar el lujo de mostrar las máculas de una piel que le abochorna. Y mucho menos se dará el lujo de mostrar los requiebros de su corazón, pues es algo que su ego exacerbado considera como un síntoma de debilidad. Claro es que media una gran distancia en la calidad de los daños que puede infligir un despótico portero ministerial de los que puede ocasionar un napoleón de psique secuestrada. Lo que no nos garantiza que en ellos pudiera operarse un fenómeno de moderación o un cambio de predicamentos si, por un azar, se vieran en la encrucijada de correr la suerte que corrieran el príncipe y el mendigo de la leyenda de Mark Twain. Un príncipe cuya psique haya sido víctima de la aberración del autoritarismo y la violencia, al verse en harapos en medio de calles cubiertas de inmundicia, privado de fasto y poder, acrecentará su rumiante despotismo y su odio hacia todo aquello que se mueva o respire. Y un mendigo cuya psique haya sido absorbida por el yerro del rencor, al verse premiado por los hados con el cetro del poder, no dudará en darle cauce a sus resentimientos hacia el prójimo, a quien -tábula rasa- responsabilizará por los largos años de privaciones a que se vio sometido.

Vayamos al punto. Un gobierno autocrático, totalitarista y censor no será más que el producto de la suma y concertación de algunas naturalezas despóticas tras un claro y, acaso, único objetivo: el poder del vasallaje. De allí las razones de su imperecedero éxito a lo largo de la historia, aun cuando no representen a las mayorías (con toda la diversidad que yace implícita en una conceptuación tan vaga), pues todo ser de naturaleza despótica o de talante autocrático predica el culto a la falange. Y con organizadas y obedientes escuadras no hará falta el concurso de las mayorías para que ellos detenten el poder. Formarán, pues, legiones de hormigas empecinadamente dispuestas a dejar sus tenazas en un campo de batalla, con tal de lograr su cerrado objetivo: el avasallamiento de sus adversarios, el avasallamiento de quienes son neutrales, el avasallamiento de quienes les apoyan y hasta el avasallamiento de sí mismos. Ante tales huestes, el individuo aislado que desea paz y concordia entre los pueblos se encontrará totalmente indefenso; ante una cofradía de déspotas, el hombre solitario que proclama la simple igualdad de derechos humanos será susceptible de ser diligentemente inculpado, segregado y silenciado por la ley de que se vale toda historia oficial.

Pero una respuesta cabal, firme y efectiva ante la amenaza que suponen las montoneras de los déspotas es aquella que hilvana y propone la libre suma y concertación de quienes no están dispuestos ni a avasallar ni a dejarse avasallar por ningún mecanismo coercitivo de la individualidad humana. Porque la voz de la equidad es también inesperadamente poderosa, cuando se la entona con convencimiento, aunque en su misión no incite a vestir las indumentarias de Marte, para blandir venablos y repartir heridas. La voz de un solo hombre equitativo, sumada a la de otro hombre equitativo elevará a los vientos un mensaje de curación. Y sumará otras voces cautivando oídos. Tal, me parece a mí (y creo no equivocarme al respecto), ha sido el mensaje que se ha venido elevando desde los vientres de una población estudiantil, caracterizada porque desaprueba el culto a todo clan y porque tan sólo pretende sumar voces y oídos a la causa de la equidad; porque no se ha dejado seducir por los coros de las furias y los envites marciales y, con ello, ha sembrado un mensaje de esperanza que propone un vertedero diferente a la fatídica conclusión a que llega Cioran en el párrafo que insertáramos a modo de epígrafe. Un estudiantado que no ha caído en el enfermizo juego de verborrea de los operadores políticos -bien sean de gobierno o de oposición- y, antes, ha preferido enarbolar un exhorto a la conciliación de todos los ciudadanos de la nación. Todos sus voceros, sin excepción, han expresado su lógico repudio a la implantación de un sistema de gobierno al que toda disensión le luce como un claro llamado a sediciosas revueltas; un sistema de gobierno que promueve una fangosa verdad única. Todos estos nuevos voceros de nuestra sociedad han mostrado claridad de metas, al concluir que ésta no es más que una lucha cívica cuyos objetivos sólo podrán lograrse a mediano y largo plazo. Hemos sido testigos del despertar de una juventud estudiantil que llegó al colmo del hastío al tener que presenciar y padecer las miserias y entuertos de quienes, impulsados por la borrasca de la desdicha, desean consumar su venganza subyugando, sometiendo y coartando a quienes tan solo desean vivir en santa paz. Hagamos votos porque esa nueva representación estudiantil no desande su camino, porque mantenga su permeabilidad al espíritu de conciliación, porque jamás permita que, ni entre sus filas ni en sus conciencias, se infiltren el déspota y el calculador político. Y hagamos votos porque equidad persuada a despotismo; pues, de no lograrlo, muy poco podrá hacerse para evitar una hecatombe.

[*] E. M. Cioran, La tentación de existir, Punto de Lectura, Santillana Ediciones Generales, Marzo 2002



Luis Alejandro Contreras
Junio 18 de 2007


Publicado previamente en http://www.elmeollo.net/
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https://www.youtube.com/watch?v=ehKA8vi2EbE



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