lunes, 23 de julio de 2007

LETRAS CONTRA LETRAS Ars Poética y el poema como Ars Poética

LETRAS CONTRA LETRAS

Ars poética y poema como fruto del ars vivendi

Comencemos nuestro encargo con una pregunta. ¿Sería dable la existencia de un ars poética que no estuviera enhebrada con los hilos de un ars vivendi? A vuelo de pájaro, luce como una perogrullada tal pregunta. Pero si dispusiéramos de unos instantes para, serenamente, pensar sobre el tema, creo que no sería difícil admitir o deducir que en nuestro glorificado mundo moderno priva un culto a toda una escala de patrones que no nos consiente mucho espacio ni tiempo para el silencio, el aislamiento, la contemplación o la íntima meditación. Usualmente los seres humanos preferimos hablar en términos formales, antes que aventurarnos a tentar las zonas abisales o ingénitas de esa humana condición nuestra. Preferimos avecinarnos a la noción de modus operandi inherente a nuestro diario vivir o a una noción de modus vivendi que muy bien sabe condicionar la parte al todo, el individuo a la masa, la extremidad al cuerpo.

Y con el debido respeto que se merece todo ajeno sentir, yo siento y presiento —como un hecho irrefutable— que la experiencia de una genuina ars poética no podrá cultivarse límpidamente si aquel que la galantea, persigue y pretende no tiene por costumbre el visitar las márgenes de ese arroyo rumoroso que nace en las secretas cabeceras del vivir. ¿Será necesario acotar que es menester, en tal contexto, el permitirnos que se imponga la esponjosa cualidad de nuestras almas para que, con ello, la vida nos impregne de aquello humilde y sencillo sobre lo que nadie, o casi nadie, suele reparar? ¿Ese hálito tenue que una vulgar veneración por el horario desdoro no nos permite percibir? ¿Ese milagro imprevisto que una común inadvertencia atribuye a un medido y descorazonado pulso de la sangre? Espero que no. Las aguas de la vida pudieran no venir a nosotros por siempre cristalinas, pero las aguas del ars vivendi siempre vendrán teñidas de pureza hasta nosotros, aun cuando hayan tenido que deslavarse por esclarecer alguna turbidez del alma u otra opacidad del corazón y, es más, gracias a ello. Y ese ars vivendi por el que abogamos —canto y llamado de fondo— es prenda singular y consustancial a todo aquel ser susceptible de ser vivido. Y a aquel ser que le es dado captar esa singular providencia (que tenuemente respira en y por nosotros) se le revela, en el momento más inopinado, su arte de vivir como una filiación cósmica; como un alistamiento de lo molecular y poroso; una confluencia de aquello palpable —aun cuando imperceptible— que parte en migratoria, desbandada búsqueda y de esto aéreo e intangible que se abre en receptiva apelación, para propiciar un baño en los afluentes de la memoria.


Y toda esta intentona metafísica ha venido a cuento porque me mueve el deseo de dispensar un breve homenaje a un poeta. Se trata de alguien que —imagino yo— no es tenido por gran parte del público lector como un poeta: Hermann Hesse. Conversando en cierta oportunidad con un amigo, éste me soltó de pronto una frase que, por su redonda sencillez, cayó como una luz repentina sobre mis quizá demasiado peregrinos pensamientos. Hablábamos primeramente del afán innovador, de ese sueño de originalidad per se que señorea hoy día en la literatura y las artes; y de cómo es éste un fenómeno extendido a todos los campos en los que se expresa el hombre: sea el mundo de la economía, la política, las ciencias (cuyas fronteras y fundamento se confunden, cada día más, con los logros y la “inventiva” de una ciega tecnología) y, prácticamente, todas las actividades serviles.


Coincidíamos en que este afán de innovar se ha convertido en un estorbo para el buen hacer y el buen decir (entendiendo el término decir en el más amplio sentido de la palabra: el de la expresión, cualquiera que sea la forma elegida para hacerlo). De pronto mi amigo me disparó la frase a la quiero hacer alusión: “Yo creo que la única vía para llegar a ser real y genuinamente innovador es queriendo hacer las cosas bien”. Y luego lo recalcó al menos dos o tres veces: “en serio”, decía, “sólo queriendo hacer las cosas bien”. Y aquí nos plantamos ante otra perogrullada. Suena a frase repetida. Y lo es, aunque desafortunadamente, no tan repetida en el íntimo discurso de la conciencia humana, como en la palestra del discurso público. ¡Cuántas veces no hemos oído expresiones parecidas a ésta! Sin embargo, dudo que la mayor parte de las gentes dispongan de la paciencia o, quizás, del tiempo interior para dedicarse a sus tareas con gozo. El querer hacer las cosas bien implica dos actitudes en un individuo: una necesidad que es la que fundamenta el hacer y un amor hacia eso que se desea hacer. Rilke decía, en las Cartas a un joven poeta, que toda obra de arte puede considerarse como tal gracias a que ha sido concebida y creada necesariamente; que si una persona no siente una fuerte necesidad de expresarse, entonces puede, o más bien debe, abandonar toda idea de abocarse al arte como medio de dicción.

Hermann Hesse es una figura que despierta polémicas. Sé de gentes que aborrecen o, por lo menos, se fastidian con su literatura. No es mi intención aquí la de discutirles su gusto. Lo que quiero destacar es ése su don de poeta que pocos, pienso yo, conocen. Suele encontrarse mucha narrativa y ensayística de Hesse en los quioscos y remates, así como —por supuesto— en las librerías. Pero poesía, eso sí que es difícil. Al menos, ésa es mi experiencia de más de veinte años como ratón de librerías y afines. El volumen bilingüe de poesías de Hesse, cuya traducción debemos altamente agradecer a Rodolfo Modern, versión que si bien se resiente un tanto al echar mano de algunos localismos y ciertos ribetes del lenguaje, pero que yo guardo con amoroso celo desde hace ya varios años, nos muestra a un poeta recatado, sin prisas, alguien que ama demasiado el ver; un ver del que la dicción poética no es sino una consecuencia. Un hombre cuyo “tempo” contrasta con el agitado y, no pocas veces, cruento ritmo de eso que entendemos por modernidad, criatura con la que tuvo Hesse tiempo de convivir lo suficiente. Fue Hesse un hombre atacado por una fuerte necesidad de plasmar sus vivencias. No encontraremos innovación estilística en sus poemas, ni el experimentalismo a ultranza que tantos estragos hizo y sigue haciendo en la poesía y literatura modernas. Pero nos toparemos, sí, con un arte de vivir. Su innovación radica en el don que tiene para expresar el mundo que ve a su alrededor. En un mundo cuyas prisas nos habitúan, cada vez más, a caminar dando tropiezos —puesto que no se nos aplaude el tomarnos nuestro tiempo para detenernos a gozar de las simplezas de la vida— es innovador que alguien pueda mostrarnos estas simplezas de un modo tan llano y natural.
¿Deberíamos advertir, a quienes no la hayan leído, sobre el tono lírico de la poesía de Hesse? Acaso el lector moderno esté deshabituado —y más aun el escaso lector moderno de poesía, excúsenme la franqueza— a una poesía como ésta, cuya fuerza e identidad se amparan y residen en el lirismo; pues, vivimos un tiempo de pequeñas y medianas guerras, con la amenazante espada de Damocles de la grande y acaso última, definitiva guerra, pendiendo sobre el cuello descubierto de la civilización. Y, desde tiempos inmemoriales, ha sido la poesía épica la encargada de narrar los pleitos y dedicarle loas a sus héroes.

Vivimos un tiempo en el que se ha impuesto, además, el predicado de una peculiar economía: economía verbal, economía del espíritu, economía del sentido común, economía de los cinco sentidos y hasta del sexto, economía de los afectos; en suma, economía del gusto por todas las cosas sencillas de que se compone la vida del hombre. Y quizás se haya extendido demasiado cierta noción de la lírica proveniente de aquellos que predican tan peculiar economía: la que afirma que aquella no es otra cosa que un cúmulo de incomprensibles e inútiles palabras, producto de los desvelos de hombres idiotas. Y ateniéndonos a la génesis e, incluso, a la etimología, toda poesía o expresión lírica deviene de la necesidad del canto. Pero no creemos que un hombre como Hermann Hesse haya tenido de sí mismo la imagen de un tonto que se acompaña de una lira, mientras escribía “Oh mundo ardiente”, poema aquí reproducido. Con la venia de quienes rinden ciego culto a los emblemas del poder, me permito aseverar que más se aviene tal imagen con la de un loco emperador que incendia su ciudad.

Quizás quepa la posibilidad de que un breve poema acerca de los pliegues de un vestido usado por innumerables doncellas chinas, siglos atrás, pueda revelarnos la belleza del mundo y el misterio de la vida, de un modo tan abruptamente iluminado, como no podrían revelárnoslos todas las sagas de Odín.

Así pues, reeditando el gusto por el obsequio de bonos del que tanto gusta usar la flamante mercachiflería, añadimos a modo de complemento de una escueta muestra poética de Hesse —pero que habla por sí sola—, un breve poema chino atribuido a Ch’en-Ling, que data del siglo III. Quiero decir, por último, que con respeto he cambiado algunas palabras o matizado algunos giros del lenguaje utilizado por Rodolfo Modern en su traducción, particularmente en el poema arriba mencionado, atendiendo —por supuesto— al por siempre subjetivo sentido del poema.

Luis Alejandro Contreras
(publicado previamente como ensayo en http://www.letralia.com/)
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El Poeta

De noche a veces no puedo dormir,
duele la vida,
entonces juego poetizando con las palabras,
las malas y las dóciles,
las untuosas y marchitas,
nado afuera en su silencioso mar como un espejo.
Remotas islas con palmeras se levantan azules,
en la orilla sopla un viento perfumado,
en la orilla juega un niño con conchas coloreadas,
en un verde cristal se baña una mujer blanca como la nieve.

Así como sobre el mar las ondeantes tormentas de colores
sopla sobre mi alma el sueño de los versos,
destilan voluptuosidad, se cubren de luto mortal,
bailan, corren, quedan como perdidos,
se visten con un modesto vestido de palabras,
cambian infinitamente su sonido, forma y semblante,
viejísimos parecen y están no obstante tan llenos de fugacidad.

La mayoría de la gente no entiende de esto,
toman los sueños por locura, y a mí como un caso perdido,
así me miran comerciantes, periodistas y profesores.
Otros en cambio, los niños y algunas mujeres,
lo saben todo y me aman como yo a ellos,
pues también ellos miran el caos en las imágenes del mundo,
porque también a ellos la diosa les prestó el velo.

El poeta y su tiempo

Fiel a las imágenes eternas, constante en la contemplación,
dispuesto estás para la acción y el sacrificio.
Pero careces, en un tiempo sin respeto
de oficio y cátedra, de dignidad y confianza.
Tiene que bastarte, en un puesto perdido,
expuesto a la burla del mundo, consciente sólo de tu vocación,
renunciar al brillo y al placer diario,
y preservar aquellos tesoros que jamás se oxidan.
La burla de los mercados apenas puede perjudicarte
en tanto suene para ti la voz sagrada;
si entre las dudas muere, te hallas como desprestigiado
del propio corazón, como un bufón sobre la tierra.
Pero es mejor, para una perfección futura,
servir dolorosamente, sacrificarse sin acción,
que volverse grande y rey, por un acto traicionero,
al sentido de tu sufrimiento: a tu misión.

Hoja marchitada

Cada flor tiende a ser fruto,
cada mañana tiende a convertirse en noche,
nada hay eterno en esta tierra,
excepto el cambio o la huída.
También el verano más hermoso quiere
sentir alguna vez el otoño y lo marchito.
Mantente, hoja, quieta y con paciencia,
si intenta el rapto alguna vez el viento.
Juega tu juego sin nunca defenderte,
deja que tranquilamente ocurra,
y por el viento que te arranca
déjate soplar hasta tu casa.

Oh mundo ardiente

Siempre, continuamente, así lo siento, siendo joven o viejo como ahora:
una montaña en la noche, una mujer silenciosa en el balcón,
una calle blanca bajo el suave impulso de la luz de la luna,
de puro anhelo esto me arrebata el temeroso corazón del cuerpo.
Oh mundo ardiente, oh blanca mujer en el balcón,
un perro ladra en el valle, un tren rueda a lo lejos,
oh, cómo han mentido, cuán amargamente me han engañado,
y pese a todo son todavía mi sueño e ilusión más dulce.
A menudo intenté el camino hacia la terrible realidad,
donde norma y profesor, moda y comercio de dinero prevalecen,
pero escapé siempre solitario, desengañado y libre,
allí, al otro lado, donde el sueño y una apacible locura nacen.
Sofocante viento de la noche en el árbol, negra gitana,
mundo lleno de necia nostalgia y aromas de poeta,
espléndido mundo al que estoy entregado plenamente,
¡donde tu relámpago me estremece, donde tu voz me llama!

Antología poética, Hermann Hesse, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1974.

Mi traje

Ch’en Ling

Mi traje es de la época en que vivía un rey de la Dinastía Tching.
Se lo pusieron tantas bellas mujeres para danzar que sus pliegues
conservan una sinuosidad armoniosa. Lo han acariciado tantas
brisas que mi traje es diáfano como el ala de una mariposa.

Poetas chinos, Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1958. Vertido del francés por Álvaro Yunque.

La pintura que hemos colocado arriba es una de las acuarelas de Herman Hesse, quien gustaba dedicarle tiempo a la plástica.

La foto es obra de Martin Hesse, su hijo, fino fotógrafo.

Lamentablemente desconozco el autor del video...
https://www.youtube.com/watch?v=gOq06gWS4Ek

2 comentarios:

Franklin Fernández dijo...

Hola Luis:

Ni te imaginas quien te escribe. Siempre pregunto por tí a Chacho Cabrera. Incluso, creo que en una oportunidad me dió tu número telefónico y lo perdí. ¿En que andas? He leído algunos poemas tuyos en la internet. Veo que creces con rectitud, y hasta con una lentitud vertiginosa. También he visitado tus blogs. Tengo algunos dedicados. En este mismo instante te los remito. Alguno con mis objetos y poemas. El otro con mis entrevistas a artistas plásticos y poetas hispanoamericanos. Espero no decepcionarte. Escribeme...

Saludos.

http://poemas-objeto.blogspot.com/

http://wwwgrafopoemas.blogspot.com/

http://laimagendobleentrevistas.blogspot.com/

triunfos dijo...

que agradable es encontrar una pagina asi , me gusto mucho que publicaras sobre esa faceta de poeta de hesse, tal vez para algunos pueda ser contradictorio o extraño, pero no, acaso los poetas no urgan en su alma para desde alli escribir? acaso para muchos ese lenguaje del alma parece imcompresible? extraño, absurdo, la poesia es una forma de misticismo tambien