jueves, 5 de febrero de 2009

Un fragmento de contracorrientes (sentencias en incertidumbre)

Cursiva


La sociedad humana, atascada en sus trastabilleos de este “tercer milenio” que se inicia es hoy, como ayer, una utopía. Y no ha tomado una gran delantera a la sociedad de las hormigas. Sus avances no deberían sustentarse en el campo de lo tecnológico, tantas veces manifestado en nuestra vida cotidiana como la práctica de una virtualidad carente de sentido. Si un avance hubiere de haber, debería sustentarse en el campo del espíritu, mas todas las vertientes posibles para el oficio de un culto espiritual, para el cuidado y riego del jardín de nuestra interioridad, fueron represadas por centurias, hasta que durante el extinto siglo XX se consumó su desarraigo del corazón humano. Uno de los más evidentes signos de ello fue y sigue siendo la proliferación de charlatanes del ánima y de todo tipo de peregrinas e insólitas sectas, propugnadoras de fangosos credos de salvación, cual si de milagrosos tónicos capilares se tratara. Todo un ritual de industria para una industria de rituales, al amparo de la divina luz de mediúmnicos reflectores, con la bendición de paternales maniobras de mercado sustentadas en el uso y abuso del flash tecnológico y la insistente oferta de nuevos encantos como el “show business”, el “reality show”, el “ciberespacio”…
Paradójicamente, para la civilización moderna, lo condenable de la dimensión espiritual ha sido la insoportable virtualidad de su semblante
o su insoportable apariencia de virtualidad,
su imponderable tesitura,
su casi comprobable levedad.
Todo brote, todo ensayo de florecimiento del espíritu es conducido
a una necrópolis, en cuyo pórtico aún puede verse un derruido rótulo
que anuncia la palabra olvido. 

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