jueves, 14 de abril de 2016

Todas las mañanas del mundo, el maravilloso film de Alain Corneau.

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Ante este film no hay otra misión que la de desplegar el ver y la escucha, un par de percepciones que nacieron hiladas al silencio, pues son pura receptividad. Pero el ser humano tiende a olvidar ese hilo sutil. A medida que avanza en su paso por el mundo parece ir agregando cada vez mayores cuotas de estridencia a lo que debería ser su silencio natural, aquello que habita en el amoroso y moroso discurso del espíritu. 

La escucha parte del silencio, el ver lo hace del contemplar. Y ambas cualidades tienen una cualidad pasiva: la de alimentar nuestro sentir y nuestro pensar; y no ha de ser un secreto que el ser, el pensar, el sentir hacen un todo. Se vive (o, al menos, se debería vivir) pensando lo que se siente y se vive sintiendo (o, al menos, se debería sentir) lo que se es. Todo ello por corroborar aquella hermosa y certera tesis de James Hillman: se piensa con el corazón. 

Y este decantado film de Corneau, como la novela sobre la que funda su guión, no son más que fábula, pero es fábula con altísimas probabilidades de cumplimiento en la vida real. Se basa en personas reales. Y no sabremos jamás hasta qué punto haya fidedigna documentación de lo que cuenta la historia. Pero con fábulas y retazos de realidad es que se compone una obra artística, sin dejar de acotar que no hay ni habrá nunca arte esencial y fidedigno en donde no se despliegue el corazón con sus brazos silenciosos. Eso propone el film en su discurso y eso logra en su puesta en escena.

Siglo XVII. Ya despuntaba el mundo de hoy, con su ética de albañal y filosofía de hampón bursátil, ese ser convencido de que lo único que puede vestir su alma extraviada es un decálogo del engaño y  la expoliación; todo a fin de justificar la riqueza material y el renombre como fines últimos de la vida.

Hoy ve uno, en las redes sociales, que  muchas personas toman por ídolo y ejemplo a seguir a seres como “El lobo de Wall Street”, el triste y patético personaje del film de Martin Scorsese… Pues se celebra la arrogancia de los que tienen en abundancia y sobre todo si aquello que tienen vino a sus manos como fruto de la audacia, el fraude y/o la artimaña. En ese sentido, pareciera que el film de Scorsese, con todo y su carga de ensayada ironía, no logra conmover al público moderno a fin de alcanzar el develamiento de un mundo aborrecible. Pareciera que ha sido leído por multitud de espectadores como una apología del papanatas usurpador. Se tiende una suerte de empatía entre el espectador y ese pendejo que se cree amo del mundo en virtud de las fechorías que le llevan a la cima en la escala de una riqueza en constante cambio de manos. Es la figura del héroe que han impuesto los mercados.

Pero la historia de Monsieur de Sainte-Colombe es otra muy distinta; vive en el retiro de su atormentada alma y el perdido y renovado amor, pero sin extraviar el canto de los pájaros y el sonido de la ventisca en la que destila su apartada vida. Ver y escuchar pero, también, memorar con el corazón. En el film de Corneau (sin dejar nunca de tomar en cuenta de que se trata de una ficción, pero de una ficción posible) la persona de Sainte-Colombe se yergue como un ser de otro mundo. “Todas las mañanas del mundo” es un film que probablemente dejaría cloroformizados a los adoradores de jaurías de lobos con siluetas modelo Wall Street. 
lacl


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