miércoles, 13 de abril de 2016

Nuestro justificativo existencial: seres vitrina.



Hace mucho tiempo que tiempo no tengo para echarme en un chinchorro, pues en mi casa los chinchorros murieron de soledad y senectud, pero también (¿por qué no decirlo?) de un poco de lluvia, viento y sol. Tampoco dispongo de un muelle o cómodo lugar para echarme a escribir distraídas y explayadas cuitas, menos aún para inventarme fábulas que hagan de mi ’no muy querido yo´ un ser aunque sea un tanto apetecible. 

Por lo demás, el panorama actual, (que más que panorama ha resultado ser vergonzoso melodrama colectivo de pueblo y gentes SIN MEMORIA) me ha inducido a tomarme las cosas con calma. ¿Por causa de qué o de quién? Debo confesar que (a ciencia cierta) no lo sé, pues no cuento con el instrumental requerido para identificar qué sea eso que distingue a un ser tocado de espíritu, de un ente inerte y sin sentido. Por fortuna, desde que tuve alguna noción de pensamiento he vivido en la certeza de que todas las cosas en la vida están vivas y tocadas de realidad y sentido, aunque ellas "no lo sepan". Y en virtud de ello he vivido esto que podríamos calificar como “mi vida”. Si al final del camino la he vivido entregada y enteramente es y será un asunto que no me toca a mí juzgar pues, las palabras, palabras son, y tienen menos valía que un golpe de brisa en la cara.

Menos me atrevería yo a juzgar a nadie, con la excepción, acaso, de un asesino o un torturador pero, eso sí, también con la excepción de un ser sin un gramo de compasión en el pecho, esos inocentes y desapasionados seres a los que, al parecer, no les corre una gota de sangre por las venas, aquellos a los que la vida no les dice nada cuando no toca el sagrado templo de su amado yo. Porque los seres que no han tenido (ni, por desgracia, tendrán) noticias de la compasión, nunca en la vida sabrán lo que es dar sin esperar nada a cambio. No pueden percibir lo que reciben. Y menos podrán tener experiencia de lo que es una solícita y entregada expiación. No se llega a ningún puerto sin ellas cuando se vive sojuzgando. Y es un absurdo que hablen de amor y sentimientos, entre otras esencias del espíritu, cuando en su propio campo no hay espacio para el condoler. Vivimos (grosso modo) amando nuestro ombligo. ¿Y qué es eso que miramos (aparte de esa precaria belleza de la que, con forma de laguna, me creo amo y señor) sino un hoyo de espejismos?

Diré más: es que ni siquiera se llega a un país de hadas engañosas. Se llega es a la pura y redonda mentira. La mentira que sostiene las piernas de los mentirosos. Si soy un mentiroso o una mentirosa ya sabemos dónde ha echado raíces el árbol de nuestro conocimiento. Y acaso luzca muy encantador diseminar palabras como si se estuvieran diseminando mieses de realidades, es decir, sembrar, a los cuatro vientos nuestra mentira de vida. Nuestro justificativo existencial. 

Aquello que nos permita decir: he vivido una vida de saturada entrega y desprendimiento. He vivido para los amados seres de que me he rodeado y que los hados tuvieron la gracia de poner en mi camino.

Pero yo les digo: ¡Eso son pamplinas! ¡Un rosario de mentiras entretejido para rezar otro rosario de mentiras! Pues, es muy fácil inventarse un país de hadas lisonjeras. Un país en donde yo soy ejemplo de santidad y todos los demás no son más que el remedo de tristes pecadores. Lo que no resulta fácil, ni grato, ni cómodo es ponerle la cara y el pecho a la vida cuando ésta nos lo exige. Muchos salen corriendo. Todos. Bueno, todos no, pero casi todos, toman entonces los caminos de Villadiego. Y como suele decir mi madre: “…paticas, para qué te tengo…”   Y es cuando llega la hora de los “… Bueno, tengo que irme al trabajo … Se hace tarde ... Fulanito me ha pedido hoy que le hiciera un favor que sólo yo le puedo hacer ... Yo no me puedo quedar … Mañana tengo que amanecer en no sé dónde ...”

Y a la hora del té nadie puede tomar té, pues lo que se ha hecho es levantarle altares a la abstinencia. Grosso modo (repito) abundan los seres abstinentes. Seres que se abstienen ante la vida, pero que dictaminan, con pelos y señales, lo que ella ha de ser y la manera como han de vivirla el resto de los mortales.

Y es por causa de una invasión que esta breve glosa ha nacido.

La invasión de las vitrinas.

Pues eso es lo que ha proliferado en la nación (si es que todavía pudiéramos atrevernos a tildarnos de nación), en este asfixiante colectivo que nos rodea muy de cerca…

Seres vitrina.

Vitrinas con piernas, tacones y suelas.

Vitrinas con anteojos y frenillos, con agenda y prendedor.

Un ambulante muestrario donde exponer una belleza de arlequín.

Fingimiento puro.

Lo repito: FINGIMIENTO PURO.

Y es de esa única pureza de la que podemos vanagloriarnos:
la del fingimiento, la de la irrealidad, la de la falsía, la del disimulo.


Todos hablando paja. De los amores perdidos. De la vida no vivida. De lo que debimos hacer y no hicimos. Y ya.

Todos tan redimidos.

Medianoche, 12 al 13/04/2016




Cuán lejos de la vida sencilla plasmada por Van Gogh...


Al menos es una gracia saber que podemos contar con la Diosa Blanca, pues ella no miente, ella habla la lengua de la certeza, la certeza del corazón...

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