jueves, 1 de noviembre de 2012

El rapsoda de las gestas se postra ante Libidna

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Un texto mil veces perdido y mil y una veces rescatado.

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El rapsoda de las gestas se postra ante Libidna

A Yineska

I.

Solo, en medio de la noche,
vine a tocar a las puertas de tu ciudadela.
Un rumoroso misterio, de íntima perfección, me abrió los portales;
lívida, etérea y hechicera presencia invitándome a seguirla
hacia trastiendas o galerías subterráneas,
hacia secretos aposentos donde, guturalmente,
se entonaban cantos epilogales,
acaso preludio de lo que, más lejanamente,
semejaba ser el coro de un rezo iniciático
cabalgando sobre las notas de un himno suplicante,
de cultual y reminiscente incertidumbre.
De pronto, la silueta dejó de musitar en mis oídos
su soplo majestuoso,
y su flotante estela se disipó ante mis nublosos,
empañados ojos.
Fui a por los cantos en la esperanza
de hundirme en tu belleza,
recorrí callejuelas, laberintos, encrucijadas,
torcí cien esquinas,
en la creencia de estar desanidando tu voz
en las calzadas,
en cada ladrillo de las casas,
en cada guijarro de las calles,
en las llamaradas de las farolas;
creí avizorarte en una ventana, desdeñosa,
pero luego, seguro estoy, susurraste mi nombre
desde un balcón a mis espaldas…
Corrí tras la música de tu voz,
pero gradualmente se tornó esquiva,
delusoria, elusiva…

Ni un transeúnte o, tan siquiera, un alma en pena.
Ni un atisbo de vida
o el hallazgo de alguna iniciante en tus misterios,
ni siquiera la presencia, la visión sombría de una maga
o de una timadora que asaltara mi camino
con la encomienda de descaminarme de tu paso.

Yerma fue noche tendiéndose
en la frialdad de tu silencio,
acaso tu único atributo que hice mío.

Exhausto, me rendí a los caprichos de la nocturnidad
con que partí en tu búsqueda
y me tendí en las inmediaciones de una fuente;
soñé que te hablaba al oído mansamente,
que te pedía mil perdones por haber pretendido
imponer el más porfiado asedio a los bastiones del amor,
soñé haber sido secuestrado por siete mariposas enormes
(aunque sus tonos azules no presagiaban mal augurio),
soñé que me llevaban a la torre más alta de la ciudad
y que allí me dejaban enclaustrado, acaso para siempre.
No quise incorporarme.
Sólo un amor de reverencias pretendía respirar yo para ti, me dije.
Pero, con tus huidas y desaires, me llevaste a develar en mi pecho,
un asomo, más bien, un desplante de orgullosa falsedad.
Me juré no volver a saludar la luz del sol,
si es que de aquel sueño llegaba yo a salir,
me juré rendirme ante tus pies inmaculados,
por más invisibles e intocados que permanecieran para mí.
Quise despertar de ese sueño y salir de la torre, sin lograrlo.

Entonces, me levanté de mi cuerpo para tomar agua de la fuente
y, quizás, empaparme las mejillas,
pero el agua se me escurría de las manos
y poco de ella llegaba hasta mi yaciente rostro.
Me incliné por acostarme al lado mío,
en la espera de ver finalizado el sueño.
Pero mi tú tendido seguía,
desvariando entre mil imágenes
de humilde amor reverenciado y no correspondido,
entre mil y una imágenes de abrumado desenfreno.

Oigo un silbido y te veo emplazándome desde lo alto de la torre.
Volteo hacia mi cuerpo y veo como se va desvaneciendo de su sueño
y cómo hago yo lo propio para ascender hacia la torre
y no dejarte, cuerpo, sin alma compañera.
Al volver en mí, en inversa suerte
a un vertiginoso salto hacia el vacío,
me reconozco abismalmente,
en medio del letargo y del desconcierto.

Decido nada decidir.
Ante locura tan confesa,
me amparo en un silencio reverencial,
no sé cómo he llegado allí,
aunque puedo atisbar por qué
o por causa de quién estoy allí.
¿Me pretendo Fortimbrás o emulo a Segismundo?
No lo sé, creo que a ninguno,
pero ¿quién podría estar seguro?
¿Soy un lunático peligroso? ¿Acaso es eso?

Recuerdo haber procurado instaurar
la sombra de una destemplanza.
Humo. Vapor. Niebla.

Recuerdo el báculo azotando nubes de alas blancas,
la hiedra encarcelando a la lujuria,
mis manos escarbando en la nocturnidad.

Recuerdo el celaje de difuminadas sombras
vadeando, a contraluz, mis febriles desvelos
y trascordados pensamientos
(rezos, deslumbres, marcas, alucinaciones, carne de mi alma fueron).

Pero ahora debo cederme a este pajar de ensueños.
Mañana será otro día y aunque me he propuesto
no saludar la luz solar,
debo prepararme para la reverencia prometida.
Mañana será otro día.
Mañana te cantaré.


Mayo 29 de 2006, noche, amanecer...





II.


Ayer
sombra carnal perseguí.
En noche auspiciosa
en la que un racimo de piel
se prometiera,
el valle de tu espalda
vine a recorrer,
las oquedades rupestres
de tu gruta milagrosa.
A ver vine y vencer,
a señorear en el templo
de la musa;
mas un fuego derrotero
del alma se escanció
en mi copa lúbrica.


Mayo 30 de 2006, madrugada...




III.


Libélula, piel de secretas luces,
gruta esquiva del húmedo extravío,
lunar sediento, en él caí de bruces,
por besar tu sombra en mi desvarío.

Tienes ácida la tez de tanto yo tentarte,
abrupta suma de cargos, penas, enumeras,
y yo sin defensa ni descargos, por buscarte,
caigo en tu endiosada sien, tu orgullo me vulnera.


Mayo 30 de 2006, amanecer....



IV.


Sueño ser un hombre o creo que eso fui
y si de algo estoy seguro es que mi par ha de lidiar,
como un castigo, con las embestidas de la historia,
el exterminio de las fábulas,
la hecatombe de las utopías,
agonizando con tal de subsistir en urbes atestadas de cadalsos

Mas, si mi par reconociera que precisa de auxilio…
invocaría, entonces, las fuerzas de los elementos,
rememoraría el primer encuentro de Adán
con la clamorosa luz del día y el cifrado envite de la noche

Retrocedería a la originaria incursión sobre la cumbre
a la que todo pertenece:
no a la ennegrecida e intimidante montaña volcánica,
ni al escarpado risco que orgullosamente desafía al océano,
sino al pequeño monte plagado de arbustos y pájaros
y en el que, por vez primera, vislumbró a Eva

Le cantaría a la faz resplandeciente y evasiva,
tenuemente enunciada en los latidos
y transpiraciones del monte sagrado
que le eriza la piel al sonreírle…

Honraría los nacimientos del sol con sus ocasos,
recorrería el mundo con la mirada que secuestra pensamientos,
dibujaría una parábola para besar el campanario celeste,
consentiría que su tez fuese, en él, amorosamente adormecida

y, dichoso, aceptaría que la Diosa le tomara de las manos
y le encaminara al promontorio
donde nada más hay que implorar,
pues allí, por una vez, dominó sus penas el vivir.


Junio 01 de 2006, atardecer...



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