martes, 31 de mayo de 2016

Eckhart y mi padre. Del cuerpo y del alma. Inscripciones en el dolmen.






De Eckhart, antes que verdad, intuyo certeza en su dicción. Una llana enunciación que linda con lo incognoscible, mientras borda el etéreo tejido de que se compone nuestro fuero interior.

Yo intuyo certeza, pongamos un caso, en lo que acá nos reza Eckhart: que “la cúspide del alma, se halla en la eternidad y nada tiene que ver con el tiempo: nada sabe del tiempo ni del cuerpo”; pero si se me inquiere sobre esta certeza vestida de adagio no podré explicarlo. De allí la maravilla de su enunciación.

Y uno se ve forzado, con frecuencia, a recurrir a un lenguaje trastocado para intentar rozar esa incognoscible certeza, resultando, casi siempre, que lo enunciado sea un enigma.

Pero agreguemos algo más. El cuerpo, materia viviente que sirve de transporte para el alma, nada sabe de relojes. Tiene que habérselas con lo deleznable. Y a las cinco de la mañana, puntual exige que desalojemos sus desechos; pero él sabe, en cada fibra, que lo hace por un benévolo fin: servir de cascarón del alma. Es el cuerpo quien se expone a la oxidación, a la herrumbre, al desleimiento de la materia, pero a sabiendas de que la materia no es ni burda, ni basta, ni grosera. Porque el cuerpo se entrega, con amorosa abnegación, a los trabajos de una efímera permanencia. Sabe que va a dejar de ser vehículo del ser en algún momento, así pues, su misión es entregar el alma en esa cúspide, ponerla allí para que la recojan, en el lugar de los misterios, donde el tiempo y las peripecias humanas no existen.


Mi padre me dijo, poco antes de su despedida: “…llega un momento, hijo, en el que el cuerpo es una cárcel…” Anunciaba su ferviente deseo de desencarnar y nos dejaba, con ese apretado adagio, toda una enseñanza.

En otra ocasión lo dijo más tácita y bellamente: el alma clama por desencarnar.

Y no deja de parecerme pasmoso que, en esta larga y tediosa actualidad que es el mundo moderno, el ser humano se haya inculcado a sí mismo la tesis de que el cuerpo es el único bien que prevalece en el diario vivir.

Es una paradoja, nunca se le han infligido mayores exigencias, disgustos y pesadumbres al sagrado cuerpo como en esta era en la que sólo a él, en exclusiva, se le canta y se le ensalza, mientras se desdeña la existencia del alma. 

Porque se desdeña la preexistencia del alma es que el hombre lisia su cuerpo.

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(de mi cuaderno Inscripciones en el dolmen...)




 


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