domingo, 7 de junio de 2015

Honras para Gregorio Samsa y su hermano Franz.

.
.



No queremos dar cuenta de que todos llevamos una manzana incrustada en nuestra cáscara, en ese desprotegido escudo que llamamos cuerpo... Antes del gesto aniquilador de la mano humana, era verde manzana, color de vida efímera, en la rama o en la mano que a una boca se aproxima, pero lo era de vida que debería doblegarse a sí misma... Ahora es fruto que se oxida en nuestras espaldas y, del verde vida, da paso al verde sin savia de que sólo es capaz la sinrazón humana. 

Hoy sólo se juega por y para ganar a toda costa. Se nos ha olvidado el retozo de vivir. 

Y Franz, hermano de Gregorio, bien que supo contar cómo es que el hombre se transforma en un expoliador de sí mismo, despojándose el origen de todo retozo...

"...Las voces del mundo van apagándose, reduciéndose en número...", dijo una vez Kafka.



Dejamos aquí otra fabula kafkiana, Ante la ley  

lacl
P. D. El narrador de esta fábula en el video es Orson Welles...
Los dibujos son fruto de la mano de Franz Kafka...


* * * * *

Ante la ley, Franz Kafka

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.


* * * * *


https://www.youtube.com/watch?v=IlKEybkVl0M


3 comentarios:

Elizabeth dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Elizabeth dijo...

Gracias por estas Honras, poeta. Casualmente hace poco terminé de leer un libro de Patrizzia Runfola, bello libro por cierto, llamado "Praga en tiempos de Kafka". En este libro que había comprado hace tiempo , buscaba un nuevo acercamiento a la vida y obra de Kafka. Ahora leo “América”.
Gracias como siempre. Una anécdota al margen; en un viaje que hizo mi madre a Praga, le pedí o más bien le rogué que me trajera algo de Kafka; me trajo “Cartas al Padre” y “Metamorfosis”, que aunque ya los tenía y había leído, quería que fueran "comprados en Praga"...jeje,, y también me trajo varias postales con dibujos de Kafka que conservo como un tesoro.
Saludos, poeta.

Contracorriente dijo...

Yo, querida Elizabeth, adoro a Kafka. Es inenarrable lo que ese par de experiencias -que ni puedo llamar libros- significaron para un servidor. Dejaron su tatuaje en mi vida. Kafka es un hermano ancestral. Me pusieron a repensar mi vida e, incluso, toda vida...
Yo comprendo gestos como los que narras. No se trata de fetichismo ni nada similar a eso. Se trata de un amor correspondido, a pesar de las distancias temporales, espaciales y esenciales con seres que han vivido en otras esferas, en apariencia, inalcanzables para uno. Pero como dijera una vez el propio Kafka de los árboles cuyas raíces se hunden en la nieve. Parecieran tambalear, pero más abajo, en la tierra se arraigan fuertemente. Pero luego dice (y esto es lo inconmensurablemente grandioso de Kafka): Mas, atención, esto también es apariencia…
Un abrazo!