jueves, 9 de abril de 2015

Una historieta sobre la idiotez.






Un señor al que no conozco, amigo de amigos, ha escrito en una publicación de un largo fragmento de Gurdjieff (tomado de Encuentro con hombres notables) que subiera yo en una red social, que “…no pudo leer ese texto, demasiada saliva…” Y yo lo primero que he pensado fue: ¿y cuál es la necesidad del divulgar un comentario tan baladí y huero de sentido? 

Y me ha dado pie para reflexionar lo siguiente. Expresiones y salidas como la referida no son más que el producto de soberbias engrandecidas, tal como se han multiplicado en nuestro terruño. Es gesto típico del venezolano de hoy: hartarse de vana y vacía grandilocuencia para sojuzgar aquello para lo que ni siquiera ha tenido la curiosa disposición de ánimo necesario para poder hablar con algo de criterio. Me refiero a esa curiosa disposición de ánimo que tanto extrañaba Ortega y Gasset, entre los hijos de su patria, en sus “Estudios sobre el amor”. Hay una vital curiosidad que nadie debe permitir que se le duerma ni, mucho menos, que otros se la aletarguen.

Este es un país poblado de seres omniscientes. Y deambulan con esa vital curiosidad muerta y enterrada. Nulidades que andan, de aquí para allá, derrochando una presumida inopia de ego inflado.

- Van a la casa de Fulano, por ejemplo, a quien no conocen, pero se saben autorizados (dada su suprema soberbia que todos los dioses -por supuesto- les aplauden), para saber que quienes allí viven son unos papanatas.

Son omniscientes perdonavidas, que todo lo saben sobre todas las cosas, pero que jamás han prestado oídos ni a Voltaire.

Y de allí que ni siquiera vaya yo a perder mi tiempo en responder directamente a sandeces como la aludida. Simplemente, no entra más a mi casa.

Mi padre siempre decía que no todo mundo tiene el derecho de sentarse en nuestra cocina. Y yo comparto plenamente ese juicio.

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