lunes, 13 de octubre de 2014

¿No has sentido alguna vez tu corazón en la garganta?



¿No has sentido alguna vez tu corazón en la garganta?

¿Salir a la calle, con pasión por ver la vida, por respirar el aire a bocanadas, con la ilusión que recorre en efluvios sanguíneos tu cuerpo, de sólo saber que vas a caminar en libertad, sin rumbo o derrotero?

Probablemente lleves un destino, pero sabes que lo desdecirás, que buscarás un atajo, un desvío, una pequeña trampa para desandar un ritual desendiosado…

Pero si llevas los ojos anchurosos hacia el corazón y la escucha prendida en el ombligo, puedes estar expuesto a que el paisaje te inflija un aroma afín a la derrota, al menoscabo, a (colmo de los colmos) una desazón desaborida.

Te hallas en medio de un torbellino de seres que caminan como mirmidones sin jefe o cual hormigas sin antenas.

La gente hace filas inmensas para envenenarse.

En medio de la plaza, un mariachi predica con toda estridencia a Jesús, como el más mítico de todos los héroes de rancheras. Algunos corderos pacen frente al tablado, pero no comunican la impresión de estar captando el mensaje.

Sigues caminando y te topas con una librería desierta que insiste en mantener sus puertas abiertas. Probablemente tú entres allí para tratar de encontrar el canto perdido en el bullicio o para darle un consuelo a la soledad de los libros, o quizás darle a tus ojos un derrotero a la asfixia.

Y el librero dejará escapar una suspirada frase: “…lo que hay que ver…”

Vuelves a la plaza y ahora Jesús es un héroe de Rock, pero los corderos siguen como distantes, desanillados de la palabra del señor… Están allí porque no aspiran a estar en otra parte, están allí porque no hay más establos donde refugiarse.

Un hombre duerme plácidamente en el angosto capitel de una tienda, en merecido descanso a la larga jornada de edificación de su precaria economía, más exigua que la de un recién bautizado Lazarillo. Es el único ser que percibes enteramente entregado a sí mismo.

Y caminas a tu casa saboreando la escuetísima frase que crees haber leído, al desgaire, en uno de los libros hojeados y ojeados en el desierto, la cual reza: “…Almas, no ciudades…” y que lleva la firma de Catalina de Siena.



Anotación tomada de “Inscripciones en el dolmen”, cuaderno de bocetos verbales.

28/05/2012


 


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