lunes, 21 de julio de 2014

Unas palabras en torno al culto de la muerte. A propósito de Sionismo y el pueblo palestino.



Unas palabras en torno al culto de la muerte  
A propósito de Sionismo y el pueblo palestino.

Si hay tantas muestras fehacientes de que la humanidad (y tendemos a olvidar con suma facilidad que cada individuo es la humanidad) está gobernada por el culto de la muerte por aniquilación, ningún ser humano que avizore y padezca las nefastas consecuencias de elevar altares a los dioses de la muerte, debería abstenerse de expresar su disconformidad. La voz del hombre indiviso, en su vecindario, entre sus amigos y conocidos cobra una inusitada importancia ante el atropello de las opiniones forjadas y vendidas cual envenenados caramelos producidos a granel.

El fanatismo religioso o las alegaciones históricas o raciales son tan estúpidas y carentes de sentido común como el moderno fanatismo deportivo. Se apoya una “causa” cuyo principio es todo desconocimiento de causas. Se apoya una causa porque sí, simplemente; los decálogos de justificación de cada causa pueden crearse, incluso, sobre la marcha; y se les maquilla o modifica según la conveniencia del momento. Jamás he podido comprender que el ser humano se deje seducir, con tanta fruición, por el convite de ser parte de una amorfa y desprevenida masa. De allí la importancia que confiero al culto de la individualidad humana. No hablo del culto a los apetitos personales o de las artes de pulimentar el ego, me refiero a la certísima posibilidad de rescatar a la humanidad, hombre por hombre. Es en el seno de cada corazón donde podemos darle un vuelco a la barbarie.

Heráclito llegó a decir que “la opinión es una enfermedad sagrada” y acaso nos haya legado una de las más finas ironías del pensamiento humano. El ser humano se encuentra ante un reto que sólo puede resolver en el seno de su propio corazón, individuo por individuo. Y este reto requiere de una apertura de su sensibilidad, casi que un fenómeno de resurrección,  para reconocerse como parte de un todo que abarca, tanto la naturaleza humana, como esa inmensidad de mundo que trasciende lo humano. Debe abrir ojos, oídos, corazón y hasta los poros de su piel, para comprender su indefensión, su desamparo, su mórbida manera de negarse la vida, cuando se la niega al otro, para aceptar el hecho de que él no es más grandioso que el individuo que ha nacido en el pueblo que se halla más allá de las montañas.

El ser humano no es llanamente un pedazo de tierra o provincia: es la tierra. Pero también es el aire y el agua y el fuego con los que convive. Y lo es en cada rincón del mundo. Y no hay ser humano en el que no alienten esos primarios elementos. Uno nace en una esquina del mundo y se le hace cuesta arriba comprender las razones por las que se aniquilan seres humanos en otras esquinas del mundo. Pero llega a parecerle natural la convivencia con la aniquilación propia o colindante, perpetrada a una cuadra de su casa. De allí la importancia que cobra el reto de abrir la casa del corazón. Porque nos resulta más fácil parcializar nuestra visión que enfrentar la cruda realidad, sea que suceda en nuestras calles o en las de un pueblo del medio oriente.

Yo he nacido en Caracas, lo que no es lo mismo que ser palestino habiendo nacido en Palestina o ser hebreo habiendo nacido en Israel. Pero siento una sed inmensa de beber las aguas que ofrecen hombres como el judío Amos Oz o el palestino Edward Said, cuando han patrocinado, con tanta claridad, la necesidad imperiosa de que sus pueblos aprendan a convivir. Esos caballeros han llevado sus vidas, me parece, a corazón abierto.

Y siento que debo aclarar que nuestras individuales tomas de partido por lo que sucede en cualquier  rincón del orbe, no corroen nuestras posiciones éticas ante las sinrazones que puedan estar sucediendo (como, de hecho, suceden paladinamente) en nuestros respectivos patios. Reitero: todo lo que sucede en cada esquina del mundo no sólo nos concierne a todos, sino que nos toca, aunque pretendamos hacer la vista gorda. Somos ciudadanos del mundo, no hijos de una predestinada estirpe. Hay que desengañar el ego y reconocer que nadie es más que el otro.

Claro que es muy difícil, harto improbable, modular sentimiento, pensamiento y acción bajo el fuego de los cañones. Y esa es la razón de que los cañones escupan más encarnizado fuego cuando se avizora el “riesgo” de que la palabra sensatez alcance a los corazones. Pero no hay que olvidar que quienes mandan a accionar las armas no son la mayoría. O, al menos, no representan a toda la humanidad. El ser humano debería algún día pensar en la posibilidad cierta de desoír a las minorías que secular y empecinadamente agitan los sables en el aire.

Y quiero recoger nuevamente una impronta de Emerson, pues me ayuda a expresar lo que siento sobre ese oscuro equívoco del culto a las masas...

“…Abandonemos esa hipócrita charlatanería sobre las masas. La masa es tosca, imperfecta, incompleta, perniciosa en sus exigencias, en su influencia… Mi aspiración es no concederle nada, y más bien domarla, horadarla, dividirla y quebrantarla para sacar de ella individuos… No quiero en absoluto ninguna masa, solo hombres honestos… y tampoco nada de holgazanes ahítos de ginebra, pedigüeños y estúpidos… Desechemos este hurra a las masas y tengamos el voto reflexivo de los hombres tomados uno a uno, comprometidos por su honor y su conciencia…”

Días atrás andaba yo con un viejo ejemplar de “Poesía e Identidad”, de Robert Penn Warren, quien es el que nos trae la cita de Emerson. La nota reza: Ralph Waldo Emerson, The conduct of life, Boston, 1903.
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