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viernes, 25 de julio de 2014

Señor Pekín o el viejo arte de conversar. / Cantos a Shiva. Poetas vacana. India / Hermann Hesse, Casa de labor - El caminante




Para Carlos Morales del Coso y su familia...

Hace un par de días pudimos, mi hijo y yo, darnos a uno de esos gustos que antaño eran cosa cantada y hoy por hoy, grosso modo, ha caído en general desuso. Me refiero al gusto de conversar. No tuvimos todo el tiempo que hubiéramos deseado, pero sí el suficiente para explayarnos, intercambiar pareceres y sentires y navegar, incluso, sin rumbo fijo sobre las aguas de la palabra que se llevan los aires, una parte a los molinos del alma, otra, al soplo mismo que todos compartimos al respirar. La palabra conversada, aquella que brota del alma como las aguas que manan de una gruta, aquella que busca el oído del prójimo para dar un abrazo sutil, pero sin privanzas, es verbo que lava corazones. Lava el propio como lava el ajeno. 

Principiamos la conversa con una palabra de alerta sobre ese vivir afuera que, en un mundo sumido en la negación de todo tránsito hacia regiones del alma, hoy se practica como un encabalgamiento. Ese vivir afuera que niega todo contacto de nuestro fuero interior con las regalías naturales que el mundo nos ofrece sin prisas. Un vivir afuera, pero sin lazos auténticos con ese espejo sin fin que se perfila más allá de la orilla del cuerpo. 

No puedo negarme el, en ocasiones, odioso papel de padre y mi comentario inicial venía al caso por el anhelo de que un ser querido no extravíe nunca el camino o porque, en el caso de que algún día se le extraviara, trajera al recuerdo algunas posibles veredas para el regreso. Pero este comentario dio pie a la sabrosa conversa. Fuimos hacia adelante y hacia atrás, como lo hace un poema, pero casi siempre en torno al asunto de lo arduo, cuando no imposible, que es vivir plenamente el afuera, sin un cultivo de las tierras que se despliegan al margen de ese río que camina plácida y lentamente en el lecho del humano espíritu.   

También conversamos sobre el apretado tesoro que se encuentra en la breve poesía china, como en las de otras regiones del mundo antiguo. Salió a flote un libro de cabecera: "Los dos nacimientos de Dionisio", de Robert Graves, que le he recomendado leer en algún momento de su devenir. Le ayuda a uno a aclarar su propio panorama. Luego de la alforja emerge la bella edición de El Caminante, de Hermann Hesse. Le leo Casa de labor, el texto de inicio que cierra con ese hermoso poema, Cementerio rural.

Él me leyó varios pasajes, pues también venía al caso, de un libro cuyo título es Does it matter?, de Alan Watts, colección de ensayos traducidos al castellano bajo el título de uno de los ensayos que componen tal antología: El gran Mandala. ¡Y vaya si viene al caso! Es un libro de lectura obligada en un siglo de tan iluminado oscurantismo.  Entre tanto, yo apelé a mis Cantos a Shiva, que llevaba en el bolsillo, nos regodeamos leyendo esa colecta de poetas vacana, cuyos versos datan de entre ochocientos y mil años, de la lengua Kannada, lengua dravídica que se habla en el sur de la India.

Un libro en el que ya estaba haciendo un ejercicio de cábala: abrirlo al azar, leer y marcar la página, para luego transcribir lo leído y enviarlo de regalo a un amigo que padece un momento de trance y reveses emotivos. Y al hablar de un momento (acaso pueda pensarse en un corte en el tiempo vivido) no queremos decir que no advirtamos que tal "momento" o "instante" en el que nos enfrentamos a un inevitable sacudón emotivo o estado de trance de nuestra sensibilidad, no sea, en realidad, otra cosa que un crisol de eternidad. He querido juntar esta colecta porque me mueve el afecto y porque la palabra de estos poetas que han cultivado la poesía vacana es palabra que tonifica al escucha.

La conversa se vio interrumpida alternativamente por algunas llamadas telefónicas, momento en el que aproveché para seguir jugando a la cábala. Y, momento que aprovechó Sebastián para estampar en una servilleta el boceto del señor Pekín que antecede a estas palabras.  

No consigo el ejemplar de Does it matter? o El gran Mandala, en castellano, para dejar algún fragmento de ese prólogo que tiene seducido a Sebastián. Pero, acá dejamos, por los momentos y en ofrenda, lo transcrito de los Cantos a Shiva. Luego, si es posible, agregaremos alguna palabra sobre los libros mencionados de Watts y de Hesse… Agregamos, por falta de tiempo para transcribir, pero también por amor al libro, las primeras palabras de El Caminante, en versión pasada por scan. Para leer a Hesse cómodamente, basta con hacer click con el botón de la derecha sobre las imágenes (sobre "view image") y luego ampliarlas con el zoom (+)...

A su salud, hipotético lector!

 
* * * * *

En el vientre de su madre
el niño no conoce el rostro de su madre

ni tampoco su madre el rostro de él.

El hombre, en el mundo ilusorio,
no conoce al señor ni el señor a él,

Ramanatha.

(Devara Dasymaya)

* * * * *

Haz de mi cuerpo un laúd,
de mi cabeza la caja de resonancia,
de mis nervios las cuerdas,
de mis dedos las clavijas.

Aférrame estrechamente y  ejecuta tus treinta y dos cantos.
¡Oh, Señor de los ríos encontrados!

(Basavanna)

* * * * *

Con cuerpo,
se tiene hambre.

Con cuerpo,
se miente.

Oh, tú, no me esclavices,
no me tortures
otra vez
por tener un cuerpo:

corporízate Tú por una vez
como yo y observa
qué pasa,

Oh, Ramanatha.

(Devara Dasymaya)

* * * * *

Suponte que cortas en dos
una alta caña de bambú:
haz una mujer con la parte de abajo,
un hombre con la de arriba;
frótalos hasta
que se inflamen:
                   ahora dime,
¿el fuego que ha nacido
Es macho o hembra,
Oh, Ramanatha?  

(Devara Dasymaya)

* * * * *

Oh enjambre de abejas
oh árbol del mango
oh luz de la luna
oh pájaros
A todos les suplico
un favor:

          Si en alguna parte ven a mi señor,
          a mi señor blanco como el jazmín,

llámenme
y muéstrenmelo.

(Mahadevikayya)

* * * * *

La sinuosidad de la serpiente
es lo suficientemente recta para su madriguera.

La sinuosidad del río
es lo suficientemente recta para el mar.

Y la sinuosidad de los hombres
es lo suficientemente recta para nuestro señor.

(Basavanna)

* * * * *

¿Si este es mi cuerpo,
por qué no obedece a mi voluntad?

¿Si este es tu cuerpo,
por qué no obedece a tu voluntad?

Es claro,
no es tu cuerpo
ni mi cuerpo:

                     es el voluble cuerpo
del ardiente mundo que tú has hecho,

Ramanatha.

(Devara Dasymaya)

* * * * *

¿Por qué debo
empuñar la daga,
Oh señor?

¿Qué podría apuñalar,
de dónde la desclavaría,

si todo el mundo eres tú,

Ramanatha?

(Devara Dasymaya)

* * * * *

¿Pueden las juntas, en sesión,
dar limosnas a los hombres?

Todo aquél que va a la guerra,
va sólo a morir.

Sólo uno en cien,
uno en mil, tal vez,

logra alancear al enemigo.

Oh Ramanatha,
¿cómo puede dar fruto
cada flor de tamarindo?

(Devara Dasymaya)


* * * * *

Un río que fluye
es todo piernas.

Un fuego que arde
es todo bocas.

Una brisa que sopla
es toda manos.

Así, señor de las Cuevas,
para tus hombres,
cada miembro es un símbolo.

(Allama Prabhu)


* * * * *

A pesar de toda su búsqueda,
ni siquiera pueden ver
su imagen en el espejo.

Resplandece en el círculo
que hay entre los ojos.
El que lo sepa
tiene ya al señor.

(Allama Prabhu)

* * * * *

Devara Desimayya,
Poeta Vacana, India (Circa S. X) 
Cantos a Siva (o Shiva)
ADIAX S.A., Barcelona, 1981



EL CAMINANTE, Hermann Hesse.



CASA DE LABOR 

Junto a esta casa, me despido. Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a ver una casa semejante. Porque me estoy acercando al paso de los Alpes, y aquí se termina la arquitectura septentrional alemana, así como la lengua alemana y el paisaje alemán. 

¡Qué hermoso es cruzar tales fronteras! El caminante es en muchos aspectos un hombre primitivo, del mismo modo que el nómada es más primitivo que el campesino. Pero vencer el sedentarismo y despreciar las fronteras convierte a la gente de mi clase en postes indicadores del futuro. Si hubiera más personas que sintieran mi profundo desprecio por las fronteras, no habría más guerras ni bloqueos. No existe nada más odioso que las fronteras, nada más estúpido. Son como cañones, como generales: mientras reina el buen sentido, la humanidad y la paz, no nos percatamos de su existencia y sonreímos ante ellas, pero en cuanto estallan la guerra y la demencia, se convierten en importantes y sagradas. ¡Hasta qué punto significan durante los años de guerra tortura y prisión para nosotros los caminantes! ¡Que el diablo se las lleve! 

Dibujo la casa en mi libreta de apuntes, y mis ojos se despiden del tejado alemán, delas viguerías y frontones alemanes, de muchas cosas íntimas y familiares. Una vez más siento un amor intensificado por todo lo patrio, porque se trata de una despedida. Mañana amaré otros tejados, otras cabañas. No dejaré aquí mi corazón, como se dice en las cartas de amor. Oh, no, el corazón lo llevaré conmigo, también lo necesito en las montañas, y a todas horas. Porque soy nómada, no campesino. Soy un amante de la infidelidad, del cambio, dela fantasía. No me seduce encadenar mi amor a una franja de tierra. Todo cuanto amamos sigue siendo sólo un símil para mí. Cuando nuestro amor se detiene y se convierte en fidelidad y virtud, me resultaba sospechoso.

¡Dichoso el campesino! ¡Dichoso el propietario, el virtuoso, el sedentario, el fiel! Puedo amarle, puedo respetarle, puedo envidiarle. Pero he perdido la mitad de la vida intentando imitar su virtud. Quería ser lo que no era. Cierto que quería ser poeta pero, al mismo tiempo, un ciudadano. Quería ser artista y un hombre de imaginación, pero también tener virtud y disfrutar de la patria. Tardé mucho tiempo en saber que no se puede ser y tener las dos cosas a la vez, que soy nómada y no campesino, pesquisidor y no guardián. Durante mucho tiempo me he mortificado ante dioses y leyes que para mí eran solamente ídolos. Este fue mi error, mi tormento, mi complicidad en la desgracia del mundo. Incrementé la culpa y el tormento del mundo empleando la violencia contra mí mismo, no atreviéndome a seguir el camino de la redención. El camino de la redención no me lleva ni a derecha ni a izquierda, me lleva al propio corazón, y sólo allí está Dios, y sólo allí está la paz. 

Desde las montañas sopla una húmeda ráfaga; al otro lado, azules y celestes islas contemplan nuestras tierras. Bajo aquellos cielos seré feliz a menudo, y también a menudo sentiré la nostalgia del hogar. El perfecto representante de mi especie, el vagabundo puro, no debería conocer esta nostalgia. Yo la conozco, no soy perfecto, y tampoco pretendo serlo. Quiero saborear mi nostalgia como saboreo a mis amigos. 

Este viento hacia el que trepo tiene una maravillosa fragancia de lejanía y de otro mundo, de aguas divisorias y fronteras lingüísticas, de sur y de montañas. Está lleno de promesas. 

¡Adiós, pequeña casa de labor y paisaje de la patria! Me despido de vosotros como un adolescente de su madre: sabe que ya le ha llegado la hora de separarse de ella, y sabe también que nunca podrá abandonarla del todo, aunque tal fuera su deseo.

Cementerio rural 

Sobre cruces torcidas, hiedras en manto,
sol amable, fragancia, de abejas el canto.

Los que aquí yacéis, sed bienaventurados,
en el seno de la buena tierra abrigados.

¡Dichosos, volvéis al dulce hogar,
al anónimo regazo materno, para descansar!

¡Mas, oíd, las abejas, zumbido y vuelo,
me cantan sed de vida y un existencial anhelo!

Del hondo sueño de las raíces mana
una urgencia de luz en la mañana,

ansias de vida, desde la oscuridad,
se transforman, pidiendo actualidad,

y la Madre Tierra, con regios alientos,
se estremece en imperiosos nacimientos.

Con sus tumbas, el camposanto entero
no es más que un sueño, nocturno y ligero.

El humo no es más que el sueño de la muerte,
y, como un leño, el fuego de la vida crepita fuerte.

.

Texto que abre ese hermoso libro que es El caminante, de Hermann Hesse.







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