lunes, 17 de febrero de 2014

Emperadores socialistas versus Bhudas capitalistas







En estos tiempos vivimos en una suerte de oscurantismo medieval, con respecto a ciertas nociones políticas. Hay muchos flashes, reflectores y fogonazos de ideología vocinglera, pero poca claridad interna hacia las regiones del alma. Unas regiones que, al parecer, muchos prefieren mantener con puertas y ventanas, ya no digamos que cerradas, sino clausuradas.  

Sucede que vivimos en una descomposición campante y generalizada de los bienes y valores culturales y espirituales, amén de tener que convivir -la inmensa mayoría de los seres humanos, en todos los rincones de la tierra- bajo autoritarios gobiernos en los que se impone una suerte de matrimonio de inopia con anomia.

Es una regla de oro la de que los gobiernos más autoritarios terminen confeccionándose una constitución a la medida, un cuadro de normas Prêt-à-porter. Si hasta las democracias más avanzadas o, por precisar un tanto, más liberales y esplendidas para con sus ciudadanos, pueden tomar, de pronto, medidas autoritarias y represoras del individuo, ¿qué no cabrá esperar de regímenes absolutistas, sean estos de diestra o siniestra orientación? Pues, todo gobierno represor de la individualidad humana será, innegablemente, un régimen absolutista. Y el absolutista suele ser, por antonomasia, un déspota que combina una amanerada chapucería con una elegancia de albañal. Podemos divisar a Luis XIV y Monsieur Stalin pavoneándose en las mismas galerías, salvando las distancias entre el manierismo del primero y el austero  garbo del segundo.

Así podremos ver -entonces- a “Emperadores socialistas” frente a “Bhudas capitalistas” dirimiendo sus diferencias entre acusaciones por las que unos a otros se endilgan el intolerable calificativo de fascistas. Peligroso juego de niños que hace mucho dejaron de serlo: “Más fascista será tu abuela”, nos parece escuchar en medio de un torneo de insultos…

Pero, ¿quién sería un Emperador socialista? Un pobre hombre, un misionero que tiene que soportar la pesadísima carga de decidir los destinos de todo un colectivo, a cambio de imponer la equidad del avasallamiento. Y, ¿quién sería un Bhuda capitalista? Un pobre santo que se ve forzado a administrar inmensas fortunas cuando lo que más ha añorado en su vida es dedicarse al culto de la pobreza. Un par de venerables.

Por último, aunque se afirme que Totalitarismo no debería jamás ser confundido con Absolutismo, es innegable -en la práctica- la conexión que muestran ambas nociones, pues a lo largo de la historia, reciente y no tan reciente, hemos visto cómo en los totalitarismos, siempre impera la figura de un absolutista “pater familia” que decide prácticamente todo lo concerniente a la vida de los súbditos, por mucho que en sus discursos les nomine como hermanos o camaradas y miembros dilectos del partido. 


Por supuesto, esta nota no ha sido escrita para lavarle la cara a los regímenes o estados que se autodefinen como liberales y se vanaglorian de defender la condición humana, pues sabido es que, bajo la máscara de la libertad, tales regímenes han cometido y siguen cometiendo atrocidades similares a las de sus denostados contrincantes. Y tales sociedades son administradas de manera absolutista por una pequeña clase gobernante que hereda, generación tras generación, la misión de vapulear al hombre de a pie. Republicanas se hacen llamar muchas sectas o cofradías políticas, a las que lo que precisamente menos les interesa es establecer gobiernos cabalmente republicanos.  El republicano de hoy generalmente lo que promulga es una quimera ataviada de verdades teóricamente últimas, pero lo que erige en la realidad primera es una ficción, una expoliación de tales verdades perpetrada en desmedro del colectivo.



Dejemos acá unas entradas sobre fascismo, absolutismo y totalitarismo…

Fascismo

Fascismo es el nombre de un movimiento político y de un régimen totalitario surgido hacia 1919 en Italia, que inspiró el nazismo (v. nazi*) y la dictadura franquista, y llevó a la humanidad a los peores momentos de su historia, con la exacerbación de los prejuicios raciales y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, que costó 34 millones de vidas.
La palabra italiana fascismo surgió en 1919, derivada del italiano fascio ‘grupo’, tomada del bajo latín del siglo XII fascium, procedente del latín clásico fascis, que significaba ‘haz de leña’ o ‘puñado de varas’, pero que se usó con el sentido de ‘organización política’ en las postrimerías del siglo XIX.
Los lictores romanos usaban el fascis para azotar a los culpables de algún delito, pero el instrumento de tortura acabó por convertirse en símbolo de autoridad e insignia del cargo de lictor: un haz de palos de abedul u olmo (símbolo del poder del castigo) alrededor de un hacha (símbolo del poder de la vida y la muerte), atados con tiras rojizas de cuero.
El dictador italiano y fundador del fascismo, Benito Mussolini (1883-1945), adoptó el fascio como símbolo de su partido, tomándolo en su sentido más moderno, y formó fasci de combatimento, grupos llamados ‘de combate’, que dieron su nombre a la organización. A partir de ese momento, los partidarios de los fasci fueron llamados fascisti ‘fascistas’.
El nombre de este ominoso movimiento se extendió rápidamente por Europa y dio lugar al español fascista, al portugués fascista, al francés fasciste, al inglés fascist y al alemán Faschist.

Fuente:

Absolutismo

El oscuro origen etimológico del término "absolutismo" incluye (además de su relación con el verbo absolver) la expresión latina princeps legibus solutus est ("el príncipe no está sujeto por la ley"), original de Ulpiano, que aparece en el Digesto, y que fue utilizado por los juristas al servicio de Felipe IV de Francia "el Hermoso" para fortalecer el poder real en el contexto de la recepción del derecho romano durante la Baja Edad Media. Algo más tarde, el jurisconsulto Balde (Baldo degli Ubaldi, discípulo de Bártolo), usa la expresión poder supremo y absoluto del príncipe en contraposición al poder ordinario de los nobles. La utilización del término se generalizó en todas las monarquías, independientemente de su poder efectivo, como ocurría en la débil monarquía castellana de Enrique IV "el Impotente", cuya cancillería emitía documentos redactados de forma tan pretenciosos como ésta: E yo de mi propio motu é ciencia cierta é poderío real absoluto...
Según Bobbio, en términos kantianos, el poder absoluto consiste en que "el soberano del Estado tiene con respecto a sus súbditos solamente derechos y ningún deber (coactivo); el soberano no puede ser sometido a juicio por la violación de una ley que él mismo haya elaborado, ya que está desligado del respeto a la ley popular (populum legis)". Esta definición sería común a todos los iusnaturalistas, como Rousseau o Hobbes.
A pesar de que la autoridad del rey está sujeta a la razón, y justificada en último extremo por el bien común, explícitamente se niega la existencia de ningún límite externo ni ningún tipo de cuestión a sus decisiones; de modo similar a como la patria potestad se ejerce por el pater familias (el rey como "padre" de sus "súbditos" -paternalismo-). Tales justificaciones imponen de hecho el carácter ilimitado del ejercicio del poder por el rey: cualquier abuso puede entenderse como una necesidad impuesta por razón de Estado.

Un extracto del término en Wikipedia.



Totalitarismo
(Fragmento) Se conoce como totalitarismos a las ideologías, los movimientos y los regímenes políticos donde la libertad está seriamente restringida y el Estado ejerce todo el poder sin divisiones ni restricciones.
Los totalitarismos, o regímenes totalitarios, se diferencian de otros regímenes autocráticos por ser dirigidos por un partido político que pretende ser o se comporta en la práctica como partido único y se funde con las instituciones del Estado. Estos regímenes, por lo general exaltan la figura de un personaje que tiene un poder ilimitado que alcanza todos los ámbitos y se manifiesta a través de la autoridad ejercida jerárquicamente. Impulsan un movimiento de masas en el que se pretende encuadrar a toda la sociedad (con el propósito de formar una persona nueva en una sociedad perfecta), y hacen uso intenso de la propaganda y de distintos mecanismos de control social y de represión como la policía secreta.
Fuente:


1 comentario:

El Toro de Barro dijo...

Por más que les una el ejercicio arbitrario del poder sobre la vida y sobre la muerte, la diferencia entre absolutismo y totalitarismo no es baladí, como tampoco lo es la que separa el fascismo del nazismo. Lo que sí me preocupa es que la fuente de legitimidad sobre la que se alce absuelve de todo mal a ese ejercicio arbitrario de poder. Ocurrió en la alemania nazi, que llegó al poder con la más absoluta de las legalidades democráticas. Ocurre hoy también en Venezuela, donde tres elecciones ofrecen al régimen totalitario una pátina casi sagrada de respetabilidad. Que la democracia no pueda, por principios, cortar las cabezas de la hidra que se mueve bajo sus pies pronto a descargar sobre ella su veneneo, es algo que me inquieta sobremanera. ¿Podemos, por eso de los principios democráticos, dudas en reprimir a la hidra con la intensidad que sea necesario, o nos la tenemos que coger con papel de fumar y hacerlo con esas garantías que ellos saben utilizar tan a su gusto para alimentarse? Ese es, creo, el gran dilema...