viernes, 31 de enero de 2014

Hermann Hesse, a un joven de 18 años

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Palabra clave: necesidad. ¿Cómo podríamos vivir sencilla, humanamente, si no atendemos al llamado que a cada de uno de nosotros nos extienden los hados? Acaso, más que una cuestión de genio, se trate de una cuestión de culto y riego de los vergeles del espíritu, que tanto descuidamos, sin quererlo.
Siempre tan cercano al humus, hombre de a pie que hizo lo suyo, por mandato o necesidad, Hesse hubo de agregar sus racimos a la colecta segada por ese prodigio anónimo que forma parte de la humanidad.
Tan cercano siempre a palabras ancestrales, como las que manan del Tao Te Ching, Hesse, es una de las voces necesarias en este mundo atiborrado de retratos de locura, develadora de tantos engaños y desengaños como los que se enmascaran en el exacerbado yo.
Es extraño no sentirse retratado, instigado o convocado por cuanto Hesse ha escrito.


28 de febrero de 1950.

No he olvidado su carta, pero no quería atenderla con un gesto cortés, y dado que cada día trae nuevas cartas y más fáciles de contestar, y dado que el aparato con el cual debo trabajar es bastante modesto, no pude contestarle antes. Este aparato consiste, además de los útiles de escribir, de dos ojos desde hace muchos años fatigados y rara vez exentos de dolores, dos manos deformadas por la gota que sólo con desgano y torpeza toman una pluma o golpean las teclas de la máquina. Los ojos preferirían recrearse en la contemplación de flores, gatitos o en la lectura de un poeta y no fatigarse con todas estas cartas. Para las manos también sé de ciertos entretenimientos harto más agradables. Por otra parte, me ha dificultado contestarle no poder abrigar la esperanza de corregir sus vicios en cartas ulteriores, pues tenga por seguro que ésta es la primera y la última que le escribiré. Por cierto, leeré con agrado otras cartas suyas, pero no puedo invitarlo a que me mande manuscritos, ni prometerle más que leer con simpatía y el mayor agrado posible de comprensión esas ulteriores cartas suyas, si llegaran.

Su carta no pide, no exige ni pregunta nada definido. Fue escrita no tanto para invocarme como para liberarlo a usted por una hora. Está pletórico de una vida impetuosa y rica, que todavía no logra desplegarse o expresarse en forma artística; usted se considera distinto de sus coetáneos, aislado de los “otros” de una manera tal que ya lo hace dichoso o bien lo asusta; pertenece usted a los individuos de vocación y talento superiores al término medio que otrora se solía llamar genios y se dirige a mí porque no me cuenta entre los “otros”, sino en cierta forma se siente parecido y emparentado a mí.

El camino de estos individuos aislados y distinguidos de manera fatal siempre fue difícil y arriesgado. También lo será el suyo. A su edad la desconfianza respecto a la experienciade los demás y el rehusarse a asumir responsabilidades forman parte del componente natural con el tipo especial; el ser  individualizado, muy por encima del nivel medio, debe defenderse del mundo que pretende aplanarlo, normalizarlo y obligarlo a una adaptación prematura. Muchos individuos jóvenes de este tipo se malogran, ya sea porque la vida se hace insoportable bajo semejante tensión y, en semejante postura defensiva, entonces salta impaciente por encima de los límites, ya sea que el joven solitario ceda al final, se convierta en burgués y salve un miserable resto del fuego divino, con la ayuda del alcohol o sin ella, en un romanticismo burgués adornado con la corona del ser ignorado. He conocido a muchos de ellos.

Pero existen también otros caminos más nobles y en estos se ofrecen también ayudas y socorros especiales. Existe el camino del creador, del artista, del poeta, del pensador. La obra del pensador o del artista presupone, sin embargo, un acto de subordinación y renuncia legítima al individuo genial ante el mundo, pero le exige un grado de entrega, de lucha, de sacrificio desesperado, acerca del cual no tenía la menor noción en la ocasión de su irresponsabilidad. A cambio de esto, ya tenga su obra éxito o no en el mundo, será recompensada con la participación en el reino de la genialidad, mediante la camaradería con miles de antecesores que, a través de todas las épocas y culturas, se han mantenido vivos e incólumes.

Este es un bello camino, digno de toda entrega. Aquel en quien el amor por la verdad o por lo bello, en quien el anhelo de ser acogido en su reino o de tener participación en su luz, sea lo bastante intenso podrá permanecer solo e incomprendido durante toda su vida, podrá experimentar recaídas en la postura cándida de la obstinación y de la irresponsabilidad, pero su hado será, a pesar de todo, noble, lógico y digno de todo sacrificio.

Por supuesto, para recorrer este camino y realizar estos logros hace falta no sólo talento. Pululan en el mundo los poetas pletóricos de ideas magníficas, pero que carecen de palabras precisas y vibrantes; los pintores de rica fantasía, pero sin la pasión innata de jugar con los colores; los pensadores llenos de noble humanidad, pero sin la energía y el temperamento de la expresión. En el arte los ideales son justos y, cuando uno es un Cézanne, no basta con que pueda pintar como Ticiano o Rubens, sino que debe cultivar el don único, una paciencia insuperable y la obsesión de pintar como Cézanne.

Ahora bien, hay muchos seres solitarios, muchas personas geniales y condicionadas por sus disposiciones para lo que va más allá de lo corriente, que carecen de dones especiales para alguna de las artes, quienes solo tienen una aptitud general, un exceso de genialidad y fantasía, de capacidad para vivenciar, intuir y vibrar. En su temprana juventud sufrieron como otros debido a su aislamiento, su ser diferentes al resto; tal vez intentaron manifestarse en el dominio de las artes o del intelecto sin lograr nada especial, pero son seres que siguen inflamados aún por un amor, un anhelo de participar del todo, de aflorar de su soledad, de dar un sentido real a su difícil y amenazada existencia. Quieren lo grande, están sedientos de entrega, pero no son creadores, ni poetas, ni heraldos, ni pensadores. Y precisamente en ellos se manifiesta lo que sería en realidad la vocación, lo que sería en realidad el genio y comprenden también que los más logrados  artistas y los más profundos pensadores no son esclavos de su talento, pues, en realidad, no son ni artistas, ni especialistas. Pues estos seres, no dotados especialmente para un arte o una ciencia en particular, son aquellos en los que la humanidad alcanza su suprema expresión y a través de los que todos los padecimientos y toda presunción y confusión de los seres de genio es justificado. A ellos les sucede, cierto día, que tropiezan con la realidad desnuda, una visión cualquiera, o una voz los arranca de ese sueño que se llama yo, y contemplan el rostro de la vida, su horrible y maravillosa grandeza, su inmensa plétora de dolor, aflicción, amor irredento y anhelo equivocado. Y ellos responden a la vista del abismo con un único y concluyente sacrificio, con el sacrificio de su propia persona. Se ofrendan a los hambrientos, a los enfermos, a los viciosos, no importando quien sea; se dejan atraer, succionar y devorar por toda carencia, toda desnudez, todo dolor. Estos son los verdaderos amantes, los santos. Hacia ellos se tiende toda la humanidad, que aspira más que a la norma y a la rutina, ganada por su sacrificio. Todo otro mínimo sacrificio adquiere valor y sentido, en ellos se cumplen y justifican todas las contrariedades de los solitarios, tanto de los agraciados como de los difíciles y a menudo desesperados. Pues el verdadero genio es amor, un anhelo de abnegación que no se satisface sino en este último y total holocausto.

He expresado, en modo aproximado, lo que quería decirle. Es la respuesta a la misiva con la cual se dirigió a un anciano en el hastío y aflicción de su confusión juvenil. Así como su invocación no contiene pedidos ni preguntas, mi respuesta tampoco contiene consejos ni consuelos. Usted me permitió mirar en la intranquilidad, la belleza y la incertidumbre de su joven existencia, y yo, que alguna vez pasé también por la misma inquietud, belleza e incertidumbre, he intentado darle una imagen de cómo un individuo que ha envejecido imagina estos fenómenos y problemas. Si fuera un santo no hubiera necesitado de tantas palabras. Si fuera uno gran artista, su carta -con sus apremiantes revelaciones- sólo hubiera significado para mí una interrupción en mi labor. Si fuera un gran pintor no hubiera leído sus cuartillas hasta el fin, sino que hubiese seguido con mi tarea, como el anciano Renoir con el pincel atado a su mano gotosa.

Quizá tampoco sea pura casualidad el que se haya dirigido a mí y no a un santo o a un Renoir. Quizá su carta haya sido escrita y dirigida a mí precisamente porque presume ver en mí a un individuo que se le asemeja, que no ha alcanzado en el arte y en la vida lo grande y lo absoluto, que no está familiarizado con un más allá inaccesible para usted, sino con el mismo mundo y los mismos acertijos, si bien con otros hábitos, ideas y formas de expresión, con otro temperamento y otras formas de adaptación como la defensa, principalmente con las de la edad.

El hombre viejo al que se ha acercado, en una suerte de camaradería, haciendo a un lado las numerosas diferencias, ha contestado a sus confesiones con las suyas propias e intentado mostrarle cómo nuestra común incertidumbre se presenta en esta peculiar hora de nuestras vidas.

Hermann Hesse

(Hermann Hesse, cartas escogidas, Editorial Sudamericana, Buenos Aires.)
 
Lamento, poema de Hermann Hesse
Luego -acaso esta noche- intento traducir este poema... (Nota del 31/01/2014)
 http://www.youtube.com/watch?v=EiqzzEeiYz0

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