lunes, 21 de octubre de 2013

Walt Whitman, Un millón de muertos




















(Esta nota ha sido escrita en Junio del año pasado, pero se me había pasado subirla al blog)


Nota: Para leer la glosa de Whitman, ir a las imágenes de arriba, colocar el cursor sobre la que se desee leer, hacer click con el botón de la izquierda, al abrir la imagen, hacer click con el botón de la derecha, seleccionar "view image" o "ver imagen" y se activará el zoom.
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Entre los libros que más honda huella han dejado en mi alma se encuentra “Días ejemplares de América”, de Walt Whitman. Un libro conmovedor, compuesto de pinceladas y anotaciones iniciadas durante el año de 1862, en plena guerra de secesión. Es un libro al que de cuando en cuando vuelvo, para leer al azar, cual un caminante que recoge frutos por el campo en una travesía sin destino. Whitman cubrió sus libretas con vívidos bocetos de lo que le tocó presenciar durante esa conflagración homicida entre hermanos, una de las más cruentas del siglo XIX. El belicismo no es nada que el ser humano no haya practicado desde tiempos inmemoriales. Pero resulta sorprendente que, a pesar de los florecimientos civilizatorios de la humanidad, el hombre se siga mostrando como la más bárbara de las especies que pueblan el mundo.

Parece increíble que los hombres hallen tantas razones para tan empecinadamente matarse entre sí y tan pocas para disfrutar el regalo de las llanezas con que les regala la naturaleza, esa diosa a la que Alfonso Reyes nominara alguna vez como “dulzura ambiente”.


En medio de esa absurda mortandad, Whitman decidió ir al teatro de la guerra, pero no como soldado, sino como enfermero voluntario y, en buena medida, como escucha, como consolador de almas, como un imparcial observador del exabrupto. Afirmo que estas páginas suyas logran conmover a quien entregadamente las lee, con la misma potencia que puede alcanzar el más iluminado de los poemas.

Notas de naturaleza contemplada, estertores de un soldado malherido, la íngrima silueta de Lincoln a la luz de la luna, sangrientos cuadros de guerra o pinceladas post mortem. Una de ellas, la intitulada “Un millón de muertos”. Lo que parece, en un principio, un ejercicio de enumeración caótica, va tornándose de repente en un río de batallas y de seres inmolados. El épico zigzag de un carrusel plagado de fantasmas y seres anónimos. Hubo una época de mi vida en que acostumbraba llevar ese libro bajo el brazo y, al menor descuido, leerle esa cuartilla a un desprevenido amigo (creo que he de volver a tal costumbre). Tal era mi necesidad de comunicar esa develadora palabra. No soy misionero. Pero creo firmemente que debemos combatir la humana sinrazón que avasalla al ser humano.

No he transcrito la glosa. Me he limitado a pasarla por un scan y agregarla a este álbum de imágenes de la guerra de Secesión. Espero que sea legible para quien (albergo esa esperanza) pueda sentir la perentoria necesidad de leer ese texto. Lo hago impulsado por dos razones o, mejor, tres: dos patentes y una subyacente. Una, porque me hallo inmerso en la lectura de la novela Lincoln, de Gore Vidal, extraordinaria. Dos: porque, al unísono, un amigo me envió un enorme archivo de fotos de la Guerra de Secesión en los EEUU, del cual sólo agrego acá una mínima parte. Y tres, porque esos dos eventos, aparentemente casuales, han venido a reiterar tantos años de sentida admiración por ese libro de Whitman, por el alma humana allí representada y porque, en el fondo, corrobora nuestra creencia de que pocas cosas en el universo simbólico del ser humano llegan a ser casuales.

lacl
(06/06/12)

















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