jueves, 3 de octubre de 2013

LETRAS CONTRA LETRAS / BAJO EL ASCENDIENTE DE SHAKESPEARE, José Antonio Ramos Sucre





Yo usaba alternativamente el caballo y el bote durante mi peregrinación por las islas del Báltico.

Los naturales acudían oficiosamente a señalarme el camino. Un garzón, forzudo e ingenuo, me precedía a pie o remaba pausadamente sin aceptar presente ni sueldo. Usaba muchas veces pantalón de cuero y camisa de un color vistoso, aumentada con un pañuelo en son de corbata. La limpieza era su elegancia.

Yo pasaba del campo de cebada o de lúpulo al mar de visos indefinidos, mudado ocasionalmente en un remanso de color de pizarra.

El monte de hayas y de sauces descolgaba sus ramas sobre el fiord y las enredaba en el tope de los mástiles.

He preferido la antigua capital de una isla donde no había mendigos ni beodos y donde las personas acaudaladas mejoraban la suerte de los pobres y legaban dotes a las doncellas.

Los nobles sobresalían por sus méritos personales y conversaban mano a mano con el pueblo. Se dedicaban a la química o al conocimiento de las antigüedades septentrionales y gobernaban la conducta aludiendo a pasajes y momento de la Biblia. Ocupaban tribunas y palcos reservados en las cenizas de sus antepasados en túmulos de piedra, donde pendían armaduras de acero y espadas macizas. Sus mansiones habían perdido el ceño feudal y eran francas y hospitalarias.

El tímpano de la misma iglesia mostraba a Jesús en compañía de los doce apóstoles. Un campesino, educado en Roma por la comunidad, había labrado exquisitamente las figuras.

El sacristán de la iglesia, anciano de sabiduría patriarcal, me guió al palacio de una familia extinta. Se había encargado de precaverlo del estrago del tiempo y de esa mano invisible ensañada con los edificios deshabitados.

El almirante de un siglo famoso había recibido el castillo en recompensa de una victoria sobre los suecos. Había perdido en ese lance el ojo derecho cuando dirigía la función de armas desde el pie de un mástil. El almirante, en una canción de los aldeanos, sólo respiraba a sus anchas en medio del humo del cañón. Había sido recompensado por un rey justo y económico, censor de los gastos de su guardarropa.

El sacristán me invitó a reposar en los sillones ilustres, vestidos de un forro de estopa, me exhibió el uniforme y las insignias del héroe recogidos en un cofre armorial, y me contó la suerte de los descendientes señalándome los retratos.

El anciano me describió la figura de Ofelia al referirme el término del linaje en una virgen fantástica y generosa. Usaba los cabellos sueltos y vestía de verde, confundiéndose con un hada silvestre.

La virgen seguía mis pasos cuando bajé a la calle por una escalera de granito. Llegó hasta posar en una meseta de mármol y me dirigió una mirada atenta.

El sacristán me sacó de la contemplación aferrándome el brazo. No volvió el rostro al cerrar tras de sí la puerta, sonando adrede la aldaba enorme.

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Las formas del fuego, 1929.




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