martes, 28 de mayo de 2013

Anotación (de Inscripciones en el dolmen, cuaderno de apuntes)



En el decurso de una vida puede uno, mal que bien y entre tanto trastorno que le habita, determinar cuáles sean los bienes que prodiga y agradece, y cuales hayan de ser los males que detesta y se le tornan indigeribles. 

Acaso no sea tan amplio el abanico de bienes y males de que se componen nuestros gustos y disgustos. Pero, a mi parecer, al ser humano moderno, se le ha achicado el abanico de colores en lo que respecta a bienes y se le ha expandido el de los males. ¿Por qué? Porque se ha transformado en un ser sumiso y conformista en lo que respecta a los asuntos del espíritu y del corazón. Lo más común es toparse hoy con maniquíes, a diestra y siniestra.  Seres a los que poco les importa lo que haya de sucederle no sólo al vecino sino, incluso, al hermano, al padre, a aquel o aquella a quien tomaron por amante.

No es mi intención hacer aquí una suerte de recuento de los bienes y males que, a modo de alto en el camino, pudiera resultar de lo que, en ciertos momentos de la vida, podríamos calificar como un examen de conciencia. Y de los bienes poco tengo que decir, al menos, en este momento, tan atosigados como nos hallamos, víctimas de la molicie que promulgan los trastornos. Bastaría acaso sólo mencionar alguno: el canto del ave solitaria en el despliegue del aura, el gesto desprendido y amoroso que nada sabe de cuitas mal digeridas, las expresiones de bondad en aquellos que precisamente son los que más huérfanos de afecto andan por la vida. 

Mas podría decir, con patente afirmación o seguridad palmaria, que jamás he podido comprender ni, por supuesto, tolerar los gestos de soberbia, el afán beligerante, la injusticia, el autoritarismo, el egoísmo, ni los fanatismos (cualesquiera de que se traten). Tampoco he podido jamás comprender ni, mucho menos, tolerar el cultivo de la inclemencia. No soy santo ni misionero de ninguna secta religiosa, pero si algo he aprendido en la vida es que por falta de piedad es que el hombre es verdugo del hombre.  

Y, en los últimos tiempos, me ha dado por auscultar otro mal, dolencia mayor, madre de todas las pestes. Y es que jamás he podido comprender (y claro está, mucho menos tolerar) la inhumanidad, especie de miasma embrionaria de todos los males que precito.  El tener que ser testigo de una floreciente  inhumanidad hacia los puntos donde avisto, no es prodigio como para alegrarse. 

Pero tener que ser testigo de una floreciente inhumanidad en el seno familiar y hasta en el entorno de los más queridos amigos es dardo clavado en el alma, que destila una sangre que nadie, más que yo, puede advertir, mientras fluye cual lágrimas sin madre. 

Yo no nací ese día…

Bien mirado, no hay posibilidad de que uno solo de los males que hoy señalo en esta bitácora retrospectiva pueda respirar si, de alguna manera, no es insuflado por algún otro. No hay autoritarismo, por ejemplo, si no es alentado por el egoísmo o la soberbia. No hay fanatismo si no es animado por la  inclemencia. Y no campearían la beligerante violencia o una inclemencia que no delata otra cosa que el grado de fallecimiento en que se postra nuestra esencia sutil, si no fueran ellas soliviantadas por el cáncer de la inhumanidad.  

Vivimos como muertos.


28 de Mayo, 2013, atardecer.

2 comentarios:

carlos ascanio dijo...

Muy bueno. Exceemte

Contracorriente dijo...

Salud, Carlos. Estos pensamientos nacen inducidos por la fuerza del entorno...
Un abrazo.
LA