lunes, 31 de diciembre de 2012

¿Se cierra un ciclo o se abre otro?



¿Se cierra un ciclo o se abre otro?

A Hanni Ossott
A Juan Sánchez Peláez
Al ps que no se ve

¿Se cierra un ciclo o se abre otro? Siempre, desde niño, me llamó poderosamente la atención el hecho de que los seres humanos nos apoyemos tanto en esa, no siempre diáfana, imagen de lo cíclico, para convocar más agraciadas horas de vida en un indomeñable porvenir. Y, aunque mis pensamientos infantiles ya eran un tanto incrédulos en lo que toca a la cuota de responsabilidad que habrían de tener los hados en la propia vida interior que se gesta, nunca dejó de seducirme la facultad que tiene todo ser humano de imaginar un cielo para legarnos un bien deseado y compartido con el prójimo.

La pregunta que me asaltara esta mañana (¿Se cierra un ciclo o se abre otro?) me ha llevado a recordar aquel verso del querido Juan Sánchez Peláez: El círculo se abre, ¿ves? Llamado que vino a redondearse al leer la nota de homenaje a Hanni Ossott, aparecida en un diario, con motivo de los diez años de su partida de este ámbito nuestro, tan colmado de espejismos y de luminosas fugacidades.

Han sido diez los años pasados desde aquel día en que recibiéramos la noticia de su despedida, lo que ocurrió en medio de un aquelarre de locura colectiva. Me allegué a la funeraria en una bicicleta y a sus puertas me quedé por un rato conversando con un amigo, dado que el país se encontraba en medio del más asombroso e insólito de los sueños. Se habían bajado todas las santa marías de cada calle, cada rincón, para sumirse en una huelga general, episodio que no fue sino un eslabón más en la cadena de alucinaciones de que se han compuesto nuestros días durante las dos últimas décadas. Tales alucinaciones ya signaban, desde tiempos pretéritos, el substrato psíquico de lo que pudiéramos nominar país y que yo aclamo como fingimiento, pero es durante los últimos 25 años que este simulacro de nación (también le solemos llamar principado) ha ido acrecentando su locura de un modo vertiginoso.

Y porque no hay el menor de los deseos de echar todo lo vivido en saco roto es que voy a compartir acá la semblanza que cierra la primera parte de mis sentencias en incertidumbre, aparecidas en un tomito que lleva por nombre Contracorrientes… Pues, de algún modo, tales palabras fueron signadas por la promesa de una realidad posible, la realidad de la poesía que es, a su vez, realidad encarnada en alma y voz, en piel y pensamiento, en ombligo y corazón, derrotero alejado de los fuegos fatuos de las medianías que tanto se esmeran por copar todos los espacios para vociferar insensateces.

El 31 de diciembre de 2002 se cerraba “otro ciclo”, una cuarentena poética que nos hablaba de otra realidad. Vino marcada por las despedidas de Sánchez Peláez el 20 de noviembre de 2002 y la de Hanni Ossott en la fecha prenombrada.

Salud!
lacl

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Poesía veraz

es la que primero

se vive y luego

se escribe.

Porque la memoria es quien dispone de las palabras que atañen al poema, palabras corresponsales, precisas incluso, que en el momento de la experiencia o el padecimiento poético no podríamos    evocar. La poesía es ante todo vida o experiencia vivida, arrobamiento íntimo de nuestro tempo. Y resultaría un contrasentido el tratar de evocar el trance de ver desde el presente, o mejor, el tratar de evocar el trance poético desde la presencia de ver. Un auténtico poeta entra, a su pesar, en estados de trance; en esos momentos la persona del poeta se desmaterializa; está presente, pero con la única venia de presenciar embelesado la aparición de imágenes y voces que le conmueven y le conmocionan, erizándole la piel, humedeciendo sus ojos e inmovilizando su cuerpo. Un poema escrito por fuerza de la voluntad puede resultar tan sólo una inteligencia, un camelo de la ratio, a lo sumo, un ingenioso tandem de palabras; además, denotaría irremediablemente la intención efectista de quien lo compuso y, por ende, la falsedad del culto que predica. Pero atención, no niego la posibilidad de escribir en estados de trance, tal como confiesa Pessoa haberle sucedido, en una carta dirigida a Alvaro Cassais Monteiro o, como presumo, le ha acaecido a una extraordinaria y desoída poeta contemporánea de nuestro país, cuyo nombre, por respeto a la intimidad,  me reservo a sabiendas de que cualquier lector acucioso lo podrá conjeturar (*). En estos casos, el trance poético se manifiesta en el hecho de escribir, es la escritura misma, porque la poesía puede hacer presencia como la revelación de un arrebato, pero son casos que podemos catalogar de milagrosos -de elegidos y para elegidos, diría yo- y en los que la persona del poeta se distingue por cualidades suprasensoriales, mediúmnicas o por haber sido tocada por algún dios o diosa, corriendo el grave riesgo de serle sacudida violentamente la locura que nos es común a todos. ¿ Sin embargo, quién puede afirmar que la memoria no está operando, también, en estos casos ?



(*) He preferido mantener este texto tal y como fuera escrito en su momento. Varios años después esa poeta, no otra que Hanni Ossott, murió calladamente en medio de una confrontación entre las apatías y apetitos de un país enfrascado en la miopía y la disonancia. Con ella me cupo la buena estrella de cursar, en la Escuela de Letras de la UCV y durante un mismo semestre, dos lecturas dirigidas que no puedo catalogar menos que de salvadoras para quien esto escribe, pues estuvieron colmadas de aquella aura de luz a que remite la palabra entusiasmo en su raíz griega. Tales cursos eran dichosamente –y creo que aún lo son- de la libre elección del alumnado, lo que se presta para lo extraordinario. Pero cuán desoladora se nos hace ahora la visión de aquello que llamamos patria. Hanni Ossott y Juan Sánchez Peláez fallecieron en fechas relativamente cercanas, dos voces, dos vivas vidas, cada una a su modo signada de una urgencia. Dos almas idénticamente tocadas por una amorosa pulsión poética, aun cuando las tonalidades de sus canciones se hayan encaminado por derroteros e itinerarios diferentes. Para la discordiosa y monocorde Venezuela de hoy, parece dar lo mismo que toda prenda de humana naturaleza haya nacido bajo su cielo o sobre su suelo. No debería extrañarnos, pues cada día certificamos y registramos, al “adentrarnos” en ese afuera que es la calle, la desvalorizada estimación en que se tiene ese bien intangible de la vida. Y no ha de ser una vana casualidad el que a ciertos recovecos citadinos se les haya bautizado como mentideros. Nadie parece querer ver hacia atrás, hacia nuestro pasado más que inmediato, para remedar a Alfonso Reyes; pasado que, en nuestro caso, no vacilo de apuntar como de urgente, inaplazable, perentorio. Urgente es su reconocimiento, inaplazable su rescate, perentorio hacerlo presente en nuestras venas, mas no para una vindicación apriorística, pues no todo lo que con pomposidad llamamos “nuestro pasado” se hace acreedor del encomio o del endiosamiento. Es menester que le despojemos de todo afeite de heroicidad. Eso que hemos llamado patria, nación, país, nuestra tierra y sus vivencias, es algo un tanto más complejo que esas recetas de docilidad con que han pretendido inculcarnos unos obstinados y engominados pseudo-cronistas, convenientemente colocados a la diestra del poder establecido en su hora. Erasmo nos obsequia una pregunta radiante en su coloquio Caronte o contra la guerra: “¿hay algo  que no pueda una falsa religiosidad?”. Deberíamos allegarnos a los motivos de tan sencilla indagación, pues sospecho que la humanidad  vive hoy en medio de un denuedo sin sustancia y los venezolanos no somos excepción. Muchos de quienes afirman amar sutilezas tales como poesía, bien común o vocación de servicio, están arrobados en la construcción de su propia obra, lo cual obviamente no es criticable cuando nace de un apetito del alma; mas no parecen advertir que sus angustias, enraizadas en un vehemente espíritu de competencia, condenan sus obras a un hacer por hacer. El adorado y exacerbado yo asesina todo asomo de pureza. Así pues, lo que me asalta de continuo, como ínfima parte que soy del mundo humano, es el denodado embate de nuestras ausencias. Nuestras ausencias para las preguntas y la íntima indagación, nuestras ausencias para lo tácito; nuestras ausencias para con la muerte, tanto como para con aquella desabrigada hoja que se mece en la rama o para con esta otra que cae a nuestro lado y, lo mismo, para con la vida, intocada señora que hace gesto sublime a nuestro lado en la figura del padre, la madre, la amada, el hijo y todo ser o cosa dignos de ser amados. Hemos sellado nuestra deserción del mundo de las preguntas silenciosas, cuando ellas sólo pretendían una consumación beatífica de nuestro fuero interior.
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Contracorrientes, Sentencias en incertidumbre. BID&CO Editor, Col. Manoa, Caracas, Diciembre 2006. 2da. Edición,
BID&CO Editor, Col. Manoa, Caracas, Noviembre 2011.
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Juan Sánchez Peláez – Por los ritmos primordiales



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