martes, 31 de marzo de 2009

Apuntes extraídos de Cuaderno del geógrafo.

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Apuntes extraídos de Cuaderno del geógrafo.


Así llamo a ese cuaderno porque en la carátula muestra el detalle ampliado de un mapamundi y porque en él se han pergeñado muchos rasguños que luego han partido en peregrinaje a otros cuadernos. Allí se escribieron algunas de las glosas o aforismos que luego fueron a parar en contracorrientes (sentencias en incertidumbre), un conato de poema que “debía” o “tenía” que haberse escrito en la agenda telefónica que resultó ser la matriz de Cuadernario, lo que no pudo hacerse dada la temporal desaparición de mi agendita, alguno que otro sueño y otras glosas del tono y talante de las que integran contracorrientes, pero posteriores a su publicación. 

Lo traigo a colación por razones fundamentalmente emotivas. Porque el pasado y la memoria libran un juego que nunca deja de sorprendernos. Uno nunca recuerda cabalmente (al menos yo) todo aquello memoroso y sensitivo de lo que ha dejado constancia de su vida pasada, su vida vivida, por medio de la escritura o la anotación. Y al revisar el cuaderno del geógrafo me he topado con un texto íntimamente relacionado con una apostilla escrita en la última entrega de febrero de 2009 en este blog. Me han impresionado dos cosas: el olvido en que se había sumido la existencia de ese “aire” escrito el 25 de febrero de 2007 y la exactitud de lo referido en mi glosa del pasado febrero respecto a lo acaecido aquella noche. Acaso sea una tontería que no guarde importancia para nadie más que para mí, pero la reproduzco igualmente porque de lo individual suele surgir espejo de lo anónimo y grupal. Añadiré algunas apostillas escritas en los días subsiguientes a la referida nota y una de más reciente data.

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(Febrero 25, 2007)

Me encontré esta noche con Federico Cisneros, ese venerable anciano que es mi segundo padre, me ha dicho una frase cargada de humildad: “tengo tu libro por un devocionario y a él voy todas las noches”. ¡Me conmovieron tanto sus palabras! Que vinieran de él, de quien no he hecho más que recibir… Y que haya rescatado del desván de la memoria palabra tan sugestiva e insinuante, devocionario, para ventilarla de sentido…

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(Febrero 26, 2007)

Siempre me ha impresionado lo precisos que, en ocasiones, llegan a ser los sueños. Me refiero especialmente a aquellos que vienen a visitarnos con vestimenta de legado, aquellos que se aparecen en medio de la noche para dictarnos una ofrenda, como una tela en la que las imágenes vienen cosidas a las palabras. Digo que son regalo, incluso aquellos que vienen a increparnos con carácter de mandato o ultimátum, pues llegan momentos en que nuestra muda naturaleza se hastía de los yerros a que sometemos nuestra mortal humanidad. Calderón de la Barca dijo que la vida es sueño. Y lo dijo de la manera, a un tiempo mismo, más hermosa y estremecedora que quepa imaginar: escribiendo un extenso y medido poema para ser llevado a escena…

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(Febrero 27, 2007)

Escribir una coma, una palabra, una frase, tres líneas, es un acto que conlleva o supone una responsabilidad. Podarle una coma a tales líneas para, luego, volver a transplantarla es un acto de responsabilidad. Proponer una doble puntuación dentro del discurso es una propuesta de responsabilidad. Delinear una ficción es, también, un caso legítimo de responsabilidad emplazada. En ocasiones, un poema se nos presenta con la vestimenta de la ficción, y no por ello viene exento de responsabilidad. Suele pensarse que es en las memorias, en las confesiones o, quizás, en la desusada carta de íntimo y amoroso tono en donde los seres humanos volcamos toda la honestidad de que podemos ser recipiente, pero ello no siempre resulta ser tan cierto. En una novela, en unas memorias, ¿qué es real, qué es ficción? Juan Ramón Jiménez se decía: he soñado mi vida y he vivido mi sueño. Un adagio puede llegar a ser tan iluminador, tan combinado de sentidos y cargado de responsabilidad como el más voluminoso tratado filosófico sobre ética o metafísica y estoy seguro de que todo filósofo que persiga a sensatez acordará conmigo en ello, pues no va en desmedro de las virtudes de filosofía.

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(Marzo 02, 2007)

Vivimos en el útero


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Y una anotación más reciente, escrita en ese mismo cuaderno del geógrafo, el cual no tiene, como se habrá conjeturado, otra misión que la de servir de bitácora informal…


(Marzo 24, 2009)

Hay un tiempo interior en las aguas abisales e insondables de la psique. A veces, le prefiguramos o presentimos como el reposado cuerpo de las aguas de un estanque o como el mar profundo o como la vertiente de un lento y rumoroso río.

A mí me gusta llamarle tempo,
acompasado fluir
que no se mueve.
Todos le tenemos
y él a todos nos tiene,
le vivimos,
nos vive.
Pero a muchos de nosotros
-quizás a demasiados-
se nos va la vida
sin cruzarle una palabra
o enviarle una misiva,
como si se tratara de un vecino al que,
por décadas, diariamente
otro se encuentra
por calles y pasillos,
sin que ni a uno ni a otro
les mortifique el dardo de la curiosidad.
Jamás llegarán a conocerse.

En el fragor de la enceguecida y depauperada épica de la modernidad el tiempo ha sido aherrojado a una roca, para representar el suplicio de un redivivo y encadenado Prometeo.

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Fotos: las imágenes de arriba fueron tomadas por el cariño traidor. Las incluyo ahora porque me cansé de colocar siempre mi sombra…

https://www.youtube.com/watch?v=VyTP--Q1gFs

https://www.youtube.com/watch?v=7tKOzYrdO4I

https://www.youtube.com/watch?v=RU6jvtmL4po

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