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domingo, 7 de abril de 2024

Tao-Te-King, Lao Tse. Aquellos primeros versículos y una nota sobre lo que un libro puede hacer por un descaminado lector, lacl. / Música de La dinastía Tang. / Estampas

 


El Tao que puede ser descrito no es el Tao eterno. 

El nombre que puede ser dicho no es el nombre eterno.


Lo sin nombre es el origen del Cielo y de la Tierra, lo nombrado es la madre de los Diez Mil Seres.


Quienes nada desean

pueden percibir su sutileza.

Los que siempre desean 

ven solamente lo que anhelan y buscan.


El ser y el no ser unidos emergen.

Tienen distintos nombres, pero idéntico origen;

aquello más profundo que lo profundo, la infinita profundidad. 


Lao Tse.


*******

Estas líneas iniciales del Tao Te Ching (Tao-Te-King), pero en otra versión a nuestra lengua, fueron los primeros parágrafos que un imberbe servidor leyera del libro sapiencial. De tal libro con los años me he ido haciendo de distintas versiones a nuestra lengua e, Incluso, en otras. Pero aquella primera versión era un sencillo tomo, un libro con una tapa de tono amarillo un tanto escandaloso. Y a pesar de que se trataba de una edición económica, recuerdo muy bien, tanto ese primer parágrafo, como algunos otros más que entraron de lleno a resonar en las galerías de mi soliloquio interior. Eran años de desarraigo. Años de angustia y juventud. Van de la mano. El típico deshojar de una flor por parte de aquel joven que de pronto se encuentra con un horizonte sin fin como derrotero al vivir. 

Me refiero a ese desarraigo típico que ataca a buena parte del ser humano en el trance que media en el paso de la adolescencia a la adultez. Me refiero, intentando ser más preciso, a ese trance que alguna vez Joseph Conrad describiera como una "línea de sombra" en una de sus magníficas narraciones. No podría asegurar (no me atrevería, de manera taxativa) que toda persona está destinada a ese paso, aunque así lo crea firmemente en mi fuero interior. Pero sucede que hay seres que nacen haciéndose preguntas, repreguntas y contra preguntas sobre el porqué de nuestro paso en este juego magnífico de cósmicas carambolas, como también los hay aquellos que pasan por la vida intentando no entrar en disertación alguna sobre el enigma que nos significa el vivir, el misterioso regalo del ser. 

Entraba yo a la escuela de letras sin mucha convicción de lo que quería hacer con mi vida. Diré más, me preguntaba siempre cuál era la razón de que todo el mundo le indicara a uno que "tenía que hacer algo con su propia vida". Como si el mero vivir no fuera ya asaz suficiente. Descaminado, como todo ser de aquellos de los que pertenecen al clan de los preguntadores y cuestionadores, no sabía yo qué hacer en una sala atestada de bizoños estudiantes para recibir clases sobre literatura y vida. 

Pero la fortuna o el regalo estuvieron allí, de parte de la profesora que nos tocara en ciernes. Mi memoria no recuerda mucho más de lo que voy a narrar. La ductora o guía nos hablaba, como si tal cosa, de algo intrincado y para lo cual quizás no estaba mi psique en la más plena de las armonías, al menos, esa es la memoriosa impresión para ese momento crucial de mi vida. Tenía, la profesora, la mejor de las intenciones, aunque creo que quizás no tomaba en cuenta el diferencial psíquico y emotivo que puede tenderse entre una red de nóveles testas sentadas sobre pupitres. Y no lo digo a modo de crítica negativa, no está en mí el criticar una gestión tan complicada como la de profesar un saber o la de intentar, al menos, diseminarlo entre otros seres, sobre todo si se trata de iniciantes. 

Lo cierto es que nos hablaba de una esencia cuyo asunto es arduo e indócil para la maleabilidad. Un asunto en el que las nociones de nada, de todo, de ser y de no ser estaban en juego. Y se apoyó en aquel pequeño tomo de un señor llamado Lao Tse y cuya portada mostraba el nombre de TAO TE CHING. Bastóme leer ese primer parágrafo para saber que allí se plantaba el primer paso o la primera respuesta a mi larga hilera de preguntas tendidas desde la infancia hasta ese día.

Pero, como ya lo he dicho, eran días de personal desasosiego, de extravío, de enajenamiento, de experimentación de una otredad a veces asfixiante, distanciada de aquellos años de infancia en los que, de manera intuitiva, una visión pan-estelar prometía una unidad entre lo cósmico y lo humano; para expresarlo de manera metafórica, sensación de ser ave de paso con apetito de intentar sus primeros vuelos, tal como algunos años después lo vería prístinamente reflejado en la novela de Conrad. 

Me tocaría mucho divagar, mucho deambular, mucho discernir, mucho sufrir (por qué no decirlo?) y mucho buscar. Acaso allí, en la persistencia de la búsqueda, se cifre la clave de todo lo que resulta esencial para el vivir. Y para ello tendría que vivir enfrentando situaciones no deseadas, por lo que me tocaría también asumir muchas deserciones, apartarme de listados, de gremios, de concertaciones. Pero llevaba en mis alforjas una palabra que, sin pretenderlo, alumbra como un faro en el solitario camino de la noche. Gracias a ese concentrado cúmulo de palabras, juntadas allí para nombrar lo innombrable, pude yo conciliar sosiego con angustia.

Eso ha sido para mí el libro de Lao Tse, el inefable y a un tiempo mismo indispensable TAO TE CHING (o TAO-TE-KING, como también se le suele titular).


lacl, nota cuyos primeros bosquejos han sido trazados el 6 de abril, mas finalmente redondeada el 7 de abril, hora del pulmón, esto es alrededor de las 3 a.m.

Acaso sea la primera vez que me apoyo en la versión de Arturo Garvizu, una hermosa edición publicada por Oscar Todtmann Editores, Caracas, 1999.


(Carátula de la referida edición.)



Música de La dinastía Tang 







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