domingo, 25 de diciembre de 2016

Principio de autoridad y almas en putrefacción.


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En muchos, demasiados rincones del mundo se practica el amedrentamiento, la persecución, el aislamiento, la reclusión, el avasallamiento, la expoliación, el arrebato (o intento de arrebato) de la dignidad humana. En algunos lugares se practica con sangrienta saña y en otros con disimulado rencor, pues en estos últimos edenes la sangre mana de los inocentes como por obra de la providencia.

Lo cierto es que “manejar” un país como un establo es una de las preferencias de los amantes del principio autoritario. Los autoritarios son seres sumamente endebles y desamparados, vistos desde una perspectiva anímica. Son seres en estado amorfo, en los que los procesos de metamorfosis están negados, impedidos, vedados. Para tales seres no hay esperanza de renacimiento en los jardines del alma, porque portan un alma muerta; no saben qué es lo que les duele, como una vieja y sangrante herida supurando miasmas desde el inicio de los tiempos. De allí que su única respuesta posible de cara al mundo, para expresar ese karmático (y, para ellos, incomprensible) dolor, sea una impostura. Se transforman en impostores, son seres con pies de barro simulando ser hijos de Atlas. Son los hombres que ocultamente se dicen: “Si no puedo acarrear mis yerros, dolores y máculas debo, buscar la forma de que otros carguen ese peso.” Son prédicas que el fuero interior les canta, pero ellos hacen como que no escuchan. Pasan por desatentos a ese llamado, aunque siguen sus dictados al pie de la letra. Y cualquier catecismo les servirá de excusa para armar sus odas a la desazón. Tener siempre la razón es algo que -intuyen- les viene por obra de los hados, pero saben ocultarse que esa condición de inequívoca perfección de la que se adornan, no es más que vana apariencia, pues nace de los hedores de almas putrefactas, cuyas mortajas no pueden permitirse mostrar a nadie. Es como si en una celda de su casa, celda oscura de la que sólo ellos poseen la llave, mantuvieran sus propios autorretratos, ante los que el propio Dorian Gray palidecería. 

Y nunca, jamás de los jamases, podrán comprender a los hombres que se contentan con simplemente contemplar un rojo atardecer o a quienes, en sus pensamientos diarios, no les cabe otra cosa que un amor que no pide nada tangible a cambio. Nunca podrán comprender la razón del por qué aquellos, a quienes consideran infelices, no tengan desmesuradas aspiraciones pecuniarias y sean capaces de portar una sonrisa en la cara, cada vez que se topan con sus seres amados, sea un gato, un perro, un hijo o una esposa o esposo o un amigo; ni, mucho menos, que los viejos villancicos sirvan para colmar sus almas en fechas cuando el orden económico ha dado al traste con todo y no hay pan suficiente en la mesa para calmar los llantos de la caja torácica. Porque hay alimentos que los seres de a pie conocen y que no se pueden obtener con gruesas billeteras. Y ellos, seres de a pie, mujeres y hombres de la calle que no se doblegan al llamado de las almas putrefactas, saben muy bien lo que las “autoridades” pueden hacer con las riquezas nacidas como producto de una sempiterna expoliación.


lacl, 25 de diciembre de 2016
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Una obra magnífica: EL Oratorio de Navidad de Johann Sebastian Bach.

https://www.youtube.com/watch?v=98UjjwzJBFE&t=399s

https://www.youtube.com/watch?v=5SHDTNy_rUM&t=881s

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