martes, 27 de marzo de 2012

TU NOMBRE ES LA SEMILLA DE LA NOCHE

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                                                                                             a María Luisa Loynaz Sucre, Maruja...

Eva nuestra que musitas
en todas las cosas,
llámense sueños o rosas…

Madre de dioses y espantos,
forjadora del cuenco pleno de la nada.

Tú, que insuflas el caos esencial  
con la rediviva substancia
de nuestra diminuta inmensidad.

Madre nuestra que estás
en todos los sueños,
infundiendo todas las visiones,
apariciones e iridiscencias
que nos roban el habla:
sueña por nosotros,
los moradores,
los que en una arcaica niñez
borramos tu nombre,
para comenzar a comerciar
con la impiedad.

No ruegues por nosotros,
los que olvidamos
o proscribimos tu nombre:
recuérdanos el ruego
-tatúalo en nuestro respirar-
a nosotros, los moradores,
los que santificamos el culto
de una renovada negación.

Tu nombre es la semilla
de la noche,
perdida en la lejana noche
del origen…
Oscura cifra que enlaza
el silencio a la palabra.

Pero una altivez le puso
nombre a nuestro desvarío
y, luego de justipreciarlo,
lo acuñamos en monedas
lo engastamos en medallas,
asignándole un peso más exacto y apreciado
que la perfección de todo lo gestado
en la silenciosa eme de tu útero…
Y lo recabamos a trastiendas,
como el detritus de una ahogada desazón,
ávida y efímera fortuna.


Sellamos los ojos
y aparece la vívida imagen
de una caravana en la que,
sin distingos,
niños, ancianos, mujeres y hombres
son flagelados y llevados a rastras,
por una tribu de bípedos
que se hacen llamar cíclopes.

Y al levantar los párpados,
la imagen de la caravana
se hace más diáfana aún,
al mostrarnos la consumación
de nuestro derrotado paraíso,
y la desollada realidad desborda,
como una inclemente riada,
todo sueño, toda pesadilla.

Mas, alguna vez,
en la lejanía de los tiempos,
los cíclopes de unívoco ojo
fueron hombres que jugaban
a desenfocar la realidad con sus dos ojos,
como los niños, cuando atisban
el misterio de ser, en el seno
de la silente oscuridad.

Eva divina,
    seno nuestro,
        útero ancestral,
madre arcaica, eternamente joven
y perennemente renovada:
no ruegues por nosotros,
tatúanos el ruego
en nuestro respirar.


lacl 

Amanecer, 17 de Diciembre, 2011







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