viernes, 22 de julio de 2011

Privados de libertad – Carta de Samuel Robinson

 
Privados de libertad – Carta de Samuel Robinson

Breve nota introductoria:

Samuel Robinson suele enviarnos sus cartas desde la isla por el método tradicional, esto es, por medio de una botella lanzada al mar, pero esta vez optó por confiarse en las alas de una paloma mensajera, dado el carácter de premura de lo que deseaba comunicarnos. La comparto abiertamente.

Luis Alejandro Contreras

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“Privados de libertad”

Varios días llevo siendo víctima de la indigestión causada por una frase que, desde los eufemísticos entornos del poder, han rumiado y hecho postura unos abnegados bovinos que pastan, muy a su gusto, en los parajes de la cosa pública. Es el nuevo giro lingüístico utilizado para referirse a aquellos seres humanos que se encuentran calamitosamente jodidos, por la sencilla razón de ser prisioneros de un infernal sistema carcelario, en una leyenda que llaman Re-Bo-Venezuela. Es el giro que les mienta como “privados de libertad”.

Peor que si se tratara de forzadas y exasperantes ingestas de aceite de ricino, hoy se nos escupe esa frasecita en toda declaración pública de cuanto Mujiquita quiera hacer engominada aparición ante las cámaras. Lo más penoso es que, propios y extraños, hayan acogido la expresión para referirse a los condenados sin condena, los meros presos, sean culpables o no. Pues ese exquisito nuevo mote, creado (cabe presumir) desde ese Ministerio sin Cartera que es el Min-Po-Po-Pa-Re-La-Re (o sea, Ministerio del Poder Popular Para Retocar La Realidad), es expectorado a los cuatro vientos por las gargantas de periodistas, abogados, defensores de derechos humanos y hasta de los mismos presos y sus familiares.

Venezuela fue siempre un principado a cuyos hijos sedujo el fasto de la alta cultura y la docta elegancia, y en pos de ellas se lanzaron al ataque por vía del uso y el abuso del eufemismo y la vana redundancia. Un feudo de cartelera escolar, con poco que decir y mucho que divulgar. Un espejismo del envanecimiento. Nunca ha logrado salir de allí.

Y ahora que quienes no dormían -fantaseando con que un día se apropiarían de la cartelera, el pizarrón y las tizas- han logrado su cometido, siguen sin dormir ante el regocijo que les causa el haber tomado el control de la batuta, para dictar su insípida cátedra desde los púlpitos de una ñoñocracia.

¿Cómo es posible que, ante la escatológica miseria de nuestras cárceles, se saque tiempo para jugar con la desdicha de nuestros congéneres caídos en desgracia, cual si se tratara de un crucigrama forjado por unos perezosos que cabecean sobre un buró, en la inexpugnable torre de un castillo clausurado e inmarcesible? ¿Cómo es posible que, como sumisos labriegos de comarca, llámennos habitantes, común de la calle, seres de a pie, compremos esa expresión y la enunciemos con pomposidad para hablar del horror?

Esto es, a mi modesto parecer, un pésimo síntoma. Los que estamos“afuera” de las cárceles nos encontramos tanto o más privados de libertad que los mismos prisioneros. Los de afuera, somos los presos de una alucinación, un extravío. Por eso me he marchado a mi isla, para practicar el auto confinamiento. Me luce como una prisión menos indigna.

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Samuel Robinson, desde la isla.

27/06/11

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