domingo, 27 de marzo de 2011

Inminencia de Abril.

Inminencia de Abril.

A punto de cumplirse cuatro años de su publicación, “me he prometido” dejar algunos ejemplares de Cuadernario * en algunas librerías de Caracas. ¿Por qué no lo he hecho antes? Acaso por mi inveterado pudor poético. Por cierta sensación de invalidez de la poesía ante la demencia que gobierna al mundo. Siempre he defendido la inutilidad de la poesía y doy gracias porque así sea.

Quizás ello me ha llevado a cultivar la inutilidad de todo gesto, de toda intención volitiva por divulgar lo que nos apasiona. Y sin embargo, continuamos intentándolo, seguimos nuestro derrotero, como el viajero y la sombra del poema La Calle, de Octavio Paz en “Libertad bajo palabra”, el que pareciera ser una recreación y homenaje de otro poema, éste de Antonio Espina, citado por Alfonso Reyes en el ensayo “Aristarco o anatomía de la crítica”, incluido en “La experiencia literaria”…

Luce como una gran contradicción y, seguramente, lo es. Eventualmente nacida en el seno de una necesidad profunda de autoafirmación pero, también, de comunión con ese resto de seres que no han de ser tan disimiles del nuestro.

Si uno no tuviera por cierto el paso del arroyo que irriga su acallado vivir, no tendría ningún sentido siquiera el respirar.

Siempre me ha acompañado cierto aire de descreimiento, como de reconocimiento de la insignificancia que yace enquistada en los hechos que pautan la historia de la humanidad y, a su lado, siempre ha viajado un culto subyacente y, casi diría, una fe de los que no voy a dar mayores señas. Tan sólo agregaré que se sustentan en una de las pocas certezas que puede lucir un hombre: la creencia de que la vida del espíritu es hálito anónimo y compartido, aquello que los antiguos nominaban con la palabra “pneuma”.

Pero también está cercana cierta fecha de abril (11 infausto para Venezuela), signada por la bruma de bajeza de que también hace gala el ser humano. Y con tal motivo reproduzco, más abajo, nota bene y fe de errata, acompañados del texto escrito en los días previos a tales sucesos, amén del que motivó la redacción de la errata y la nota bene.

Salud!
lacl


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CUADERNARIO

Fe de errata (página 35)
Quiso el infortunio filtrar una palabra inexistente (“adúctamente”) donde debía decir “adustamente”. Léase, pues, adustamente.

Nota bene. - Cuadernario se escribió a mano, en un cuaderno de notas con índice. Por fortuna, el cuaderno disponía de varias páginas para cada letra. Cierta mañana soledosa, una voz me impulsó a tomar el cuaderno y a escribir un texto en la primera página (bajo la A). La voz fue imperativa: la primera palabra a rasguear debía comenzar con la letra “a”, y todo sucedió de una manera un tanto surrealista: por impulso del azar y sin mayores pretensiones, pasto -como era- de una leve resaca que me legó una noche de bohemia. Fue, pues, producto de una visión y un dictado. Luego, sin proponérmelo, me vi en la página B y tracé un texto siguiendo el imperativo de iniciar con letra “b” la primera palabra; la voz que me dictaba lo trazado imponía esa norma, la cual me resultó sumamente placentera. No me sentí forzado en ningún momento. Lo mismo me acaeció con otros textos que siguieron esa misma jornada. Y, claro está, tal predicamento se impuso para los textos que se escribieron en fechas posteriores; eso sí, jamás me atuve a disciplina alguna; si se esbozaba en mis pensamientos una voz que intuía destinada a ese cuaderno, simplemente la añadía, sin importarme si ya había escrito algo previamente. De allí la razón de que, en algunos casos, para una misma letra se incluyan varios bocetos de la imago y, para otras, sólo uno.
Finalmente, la idea de los pliegos y el nombre del poemario (de algún modo hay que definirlo) están intrínsecamente relacionados entre sí y con el número cuatro. Como indica su raíz, cuadernario deviene de cuaternario. Y como los cuadernos, en la antigüedad, se componían de cuatro pliegos superpuestos, decidí atribuirle tal título y subdividir el libro en cuatro partes. Todo esto sucedió muy posteriormente a lo acaecido aquella mañana en que comenzaron a trazarse las páginas de mi cuaderno. He querido jugar con la referencia directa al cuaderno, pero también con una historia onírica y, a su vez, vigente. No se me oculta la dificultad de algunos de sus textos y cierta apetencia de anti-poesía. Pero fueron vertidos allí por una necesidad, precisamente la necesidad de desacralizar la poesía, de bajarla a tierra. No todo es bello decir, hay poesía en el mirar y en el pálido fresco que, a duras penas, puede uno retrotraer a la expresión.

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Y los textos arriba referidos, debido a la inminencia de Abril...

L

Los pájaros de la casa abrillantan el trance del instante
al cantar sus melodías, en pertinaz contrapunteo,
mientras la vasta sonrisa de sol besa el asfalto

Al unísono, millares de sables dibujan arabescos en el aire
Hienden, hieren la comarca inconclusa del reino de los milagros,
corte magnífica de lo visto y no dicho,
de lo vivido y no expresado

En urbes, aldeas, en tierras de nadie,
multitudes enloquecidas enarbolan consignas,
vocalizan arengas, manosean emblemas;
acaso no tengan la fuerza suficiente
para ahuyentar el llamado de los grillos
o el canto de los gallos,
acaso no tengan arrestos de cólera
como para espantar el aroma de las flores,
o tal vez ni siquiera tengan aliento bastante
para acallar el enigma inquiriente
que nos transita la noche
con su lienzo de nebulosas
Pero de algún modo alcanzan a inhibir,
en sus sentidos
(y, tal vez, en el de los marginables),
el perfume esencial de la ofrenda que es vivir,
pulso a pulso,
entre gotas de sudor y olvido,
nuestras canciones de amor
para lo incomprendido

(escrito en los días previos a la matanza del 11 de abril de 2002)



M

(Contemplando a una Virgen Negra
con el niño entre sus brazos)

Medianoche.
Toda ciudad es inhóspita.
Lo digo yo -que he vivido sólo en una-
a la luz de la llama de una vela
y luego de haber torcido cien esquinas.
No hace falta, para saberlo, ser un mago con una vara
que esparce estrellas de vino, hojalata u olvido.
Cuando se agote la llama de mi vela,
acaso ya estaré dormido
entre un collar de azucenas,
y acaso sea mi pecho una ristra
de inviolados corazones.
Una mano, sólo una mano virgen,
femenina,
se atreverá a extenderse hacia adelante
como una sonrisa saludando al cielo.
Y en la vela vigilante de mi finado sueño
un velador tendrá la última palabra
que será la primera, la única, impronunciable.
Y un niño negro contemplando el horizonte,
adustamente seguirá su camino,
con delicados pasos tanteará el tembloroso párpado
del suelo,
caminando feliz y sin destino,
hacia el útero de toda respuesta.

(aquí se ha corregido la errata aludida en el texto inicial)

* Cuadernario, Común Presencia Editores, Colección Los Conjurados, Bogotá, 2007.
ISBN 978-958-98023-1-1

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