viernes, 11 de junio de 2010

Prosa y poema. Divagaciones en torno a un país de mendicantes y remembranza de la Madonna de San Francisco.



Hoy he vuelto a pasar por el vetusto templo de San Francisco, uno de los escasos vestigios que testifican que nuestro pueblo, alguna vez, cultivó la memoria. Distan ya unos veinte años de la mañana en me topé con la Madonna de San Francisco y su niño entre los brazos, sentada o, por mejor decir, postrada en una esquina al margen de la iglesia. Entro al templo y me siento en la última banqueta a divagar y meditar, pero también a contemplar las imágenes crísticas y santas. Siento el aire denso y pesado. No han abierto el portal que da al Oriente, acaso por no dar entrada al sol o por prevenirse de una ciudad sitiada por escuadras de vándalos. 

Deambulo luego por sus pasillos. Me conmueve una imagen de la santísima trinidad, como no podría lograrlo el más locuaz y persuasivo de los clérigos de la iglesia. Dios padre, con una escuadra por aura, cetro plateado y globo azul sostenidos por mano y rodilla izquierdas; Jesus, con su corona de espinas, cruz soportada por el brazo izquierdo y llaga abierta en el hígado, coronando entre ambos a una Madonna cuyas manos se cruzan como dos espigas de gladiolo sobre su pecho, con la sonrisa de la media luna yaciendo ante sus pies y más abajo sostenida por una legión de querubines que se asoman desde una nube. Y un haz dorado cercando, a modo de guirnalda, una paloma blanca sobre su cabeza. Trinidad y Madonna lucen suspendidas en el aire y están enmarcadas dentro de un arco de luz mayor. Los rostros, divinamente acabados, dan una muestra de hieratismo y postración, y la mirada de la Madonna recorre mi médula espinal y eriza los vellos de mi cuerpo. 


Aunque mi interpretación diste mucho de las literales deducciones que suelen predicar los párrocos, siento como una conmoción ante la experiencia que comunica la contemplación del retablo. Me acusarán de pagano, pero allí la Madonna es como la madre que dicta concierto sobre todo lo creado. Tanto para dios padre, como para dios hijo y espíritu santo, representado en la paloma.
 

Salgo por la vereda en donde contemplé, veinte años atrás, a la Madonna de San Francisco con el niño entre sus brazos y por quienes me vi impulsado a entonar unas estrofas siete años después, en señal de canto y alabanza y sumido, como estaba, en una suerte de memoriosa postración ocasionada por la derrota del espíritu (esto es, de mi espíritu). Lo que han visto mis ojos luego, a diestra y siniestra, es un tropel de mendicantes a quienes la piedad les fue extirpada. Muy cerca de la sagrada y marginada esquina que una vez ocuparan Madonna y niño, conversan -muy animadamente- un par de agremiados limosneros. 

Las cosas no parecen haber cambiado mucho en dos décadas, pero los mandarines de la hora han conseguido imponer un nuevo statu quo: han organizado la resignación.
 

Camino hacia la plaza que tantas veces transité en el pasado y ¿qué me encuentro? Más filas de mendicantes. Ante ellos, un octogenario y desheredado volatinero despliega sus números circenses con improvisados instrumentos. Es un unicornio de la urbe, pues una liga de goma, trenzada alrededor de su cabeza, sujeta un diminuto vaso plástico invertido, allí, justo donde nacen los cuernos de unicornio. Porta sus aparejos en un bolso: un cilindro sintético sobre el que se incorpora en un pie; un bloque de madera en el que -dificultosa e increíblemente- horizontaliza su cuerpo sobre una mano, número que cierra dando un beso al suelo, no sin antes haberlo barrido con una raída servilleta y, finalmente, una pelota de goma que bate contra el suelo y ataja con una mano por la espalda. Terminada su función, se despide del público sin pedirle a nadie una moneda. Él, que no hace fila, el más paupérrimo de los hombres, un ser segregado en la senectud, no pide a nadie nada. Simplemente se aleja con una sonrisa embobada de inocencia. Algo me dice que ese anciano es la imagen recobrada de un pasado y una verdad ya perdidos.
 

Para enseriarme un poco dejo en claro que nada tengo en contra de que esa bruma, que la erudición bautizó con la palabra Estado, se “organice” con miras a atender al individuo. Lo que nunca he logrado comprender es por qué tiene este último que humillarse simulando la alegría, a fin de que le lancen un mendrugo de pan a sus enlodados pies.
 

Agrego, para cerrar, las líneas que este servidor escribiera hace trece años, en memoria de la Madonna de San Francisco, no sin antes apuntar mi total apego a lo dicho por Ryokan:

Mis poemas no son poemas.
Cuando comprendas
que mis poemas no son poemas,
entonces, podremos hablar de poesía.

Nunca quise publicar las líneas que siguen, como no fuera en papel o, sin pretensión alguna, como añorara Whitman, cual hojas que se lleve el viento, pero tampoco he gestionado mucho para lograr alguno de esos cometidos. Así pues que aquí las entrego, ahora que -una vez más-  Madonna y niño han asaltado mi memoria. En cierta manera, es como permitir que el viento las regrese hasta su casa…




Madonna de San Francisco



Ninguna palabra, ninguna lengua,
ninguna letra han sido creadas
para describir tu aparición
a un lado del templo
de San Francisco,
con ese triste remedo
de niño Jesús entre tus brazos,
con sus ojos pletóricos
de un vacío de muerte
lleno de vida.

Ninguna palabra, ninguna lengua,
ninguna letra han sido creadas
para darle color a tu presencia,
ni a la plástica única e irrepetible
de tu mirada,
inquiriendo de un modo tan irresistible
que nadie estaba dispuesto
a advertir,
ni a tus ojos pletóricos
de un vacío de vida lleno de muerte.

Entreme donde no supe.
La calle me quedó inmensa.
Y el templo con su oficio,
a plena luz del día,
repleto de creyentes,
me resultó inmensamente
asfixiante, inmensamente
pequeño.
Y tú y tu niño se me aparecieron
inmensamente presentes.

Y entreme donde no supe
porque no supe adónde ir,
ni qué decirte, ni qué decirme,
ni qué hacer.

Divagué por otras
arterias de la ciudad,
en lugar de darte
mi mano.

Divagué por otras
calles de mi corazón,
atorado en una curva
del viento.

Divagué por otros
atolladeros de mi imaginación,
apresada -sin embargo-
en la esférica imagen
de tu aparición.

¿ Cómo poner cara de
hombre diligencioso ?
¿ Cómo poder fingir
ser uno más de la fila,
un duro, un avezado
ante los aspectos crudos
de nuestra jauría ?

¿ Y cómo podía poner cara
de buen funcionario,
cada vez que -una cuadra más abajo,
quince pisos más arriba-
se presentaban en manada
cientos de rostros
reclamando o mendigando
una miserable beca literaria ?

¿ Cómo podía fingir
ante esa suerte de maniática
madre superiora, que requería de mí
una eficacia estrictamente basada
en números fríos ?

Y entreme donde no supe
porque no sabía de casa,
ni de mujer, ni de familia,
ni de amigo que pudieran
darle cobijo a esa
desazón mía.

Porque tal como no lo había para ti,
Madonna de San Francisco,
no había para mí un lugar,
en el templo de los hombres,
que pudiera brindarme refugio.

Tal como no lo había para ti,
no había un sólo lugar para mí,
en ese claustro de puertas condenadas,
con su pequeño mundo
de creyentes dando la espalda
al regalo de ver aquello que vibra
más allá de la estrechez
de nuestras vidas.

Y todos esos creyentes
revolviéndose como
hormigas desorientadas,
azuzaban ese otro hormigueo
que recorría mi cuerpo.

Mis honras para ti luego fueron
silencio.
Ver y callar.
Remembrarte en el alma.
Memorar sin palabras
(me provoca decir memorir,
pero no fue acallar un dolor,
fue un dolorir en silencio)
¿ Y qué hacer con las heridas ?
¿ Quién podría borrar las cicatrices ?

Hoy, a siete años de tu aparición,
me he atrevido a tomar el lápiz
y hacer esta breve relación,
pero no sabes cuántas veces
vanamente te busqué,
cuántas veces vanamente
he vuelto a pasar por la
esquina de San Francisco,
aunque no sé qué hubiera hecho
si los hubiese vuelto a ver.

Por un azar, hoy he pasado
de nuevo por el templo
y vi tu lugar vacío,
y no sé qué fuerza
me ha impulsado a escribirte,
aun cuando sigo sabiendo
que ninguna palabra,
ninguna lengua, ninguna letra
podrán describir tu aparición,
ni aun con la indeleble tinta del alma
en la fina materia del cuerpo.

*
GUARIDA DE LOS POETAS
Ungaretti - La poesia è poesia quando porta in sé un segreto
http://www.youtube.com/watch?v=qPxrFZJXEq4&feature=related
Inno alla Morte Giuseppe Ungaretti
http://www.youtube.com/watch?v=gSAWIJiyPWE&feature=related
Sylvia Plath Reads 'Daddy'

Oscar Wilde reads from "Ballad Of Reading Gaol"
Jorge Luis Borges- Poema de los dones
http://www.youtube.com/watch?v=RVF6t_hLWpg

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