lunes, 31 de agosto de 2009

Que se lo coman todo, ¿qué más da?



Luego de largos meses de silencio, o mejor, de nocturnos soliloquios, vuelvo una vez más, en el último día y en la última hora, a escribir algunas notas en este albergue sin techo. No es que no haya escrito alguna que otra cosa pero, la verdad, es como si se me hubiese atorado en el alma un intragable hueso y como si mi alma estuviese alojada en la garganta. A tal designio me han llevado los vientos de cólera que se levantan en nuestras ciudades y comarcas. Esta tarde ha surgido, porque sí, un texto algo impensado, algo extraño, (esto es, como una vuelta al habla). Surgió en respuesta a una breve línea sobre el ching 14, La Gran Potencia. No es que avale lo escrito, tan tibio aún sobre la hoja, pues ni siquiera lo he revisado, conducta que no acostumbro ni predico, pero de ello me atrevo a dejar huella en esta página (al menos, por ahora), tan sólo porque ha sido fruto de lo insospechado.

Salud
lacl


Que se lo coman todo, ¿qué más da?
diría un poeta extenuado de lidiar con buitres,
harpías con calzado.

¿Quién, como un César
querría ir, ver y vencer?

Todos, al parecer...

y marchan embelesados
tras una seductora y dadivosa esfinge
que promete un reino de ecuménica paz,
al son de las trompetas
de la muerte.

Son los años de clamor
por la Gran Potencia.
Pero el gran poder no está
en la consagración de los imperios,
ni en los vivas y mueras
de gemidos asordados,
el gran poder no está en la fuerza
de una agremiada cobardía
o en los himnos heroicos
de vengadores milicianos.

Es tiempo de callar.

Son días de hablarle a nuestro ombligo.

No es tiempo de cobardía,
pero la sequía de las almas
impone una vuelta al laberinto.

Sombras y espectros van en multitudes,
no el elixir de las almas.

Será preciso remontar una rama,
un risco o el techo de una casa
y ver a las gentes arrastrarse
como un río crecido
por las calles de las ciudades,
por tierras de nadie,
por aldeas y montañas,
enfebrecidos, posesos,
agitando banderas
de heteróclitos ardores.

Violencia, cólera y crueldad
son las hostias que,
por desprendida misericordia,
han de imponer al resto
de una desamparada humanidad.

Prepotencia es moneda de la diaria jerga.

Las masas se complacen en ser masas
y se aventuran a la empresa
de alcanzar las gestas colosales
de un diario escarnio.

Mas con ello sólo logran ahogarse en la disipación,
porque se les extravió el fulgor
que llega al ombligo por el sendero del oído
y la copla que se irriga entre las venas
en virtud de la gracia suspirante
que pulsa en las rondas del mirar…

Será preciso tomar las formas
y cadencias del junco o del bambú que,
ante tormentas y vientos huracanados
doblan la cerviz, para luego levantarla
en medio de la soledad, la quietud
y el apacible rumor de una paz exenta
de las huellas de los hombres.

Fuerza es debilidad
y débil es el gran poder
adorado por las muchedumbres.

Nada ganarás, nada perderás.
Ese será tu verdadero y soledoso triunfo.
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Agosto 31 de 2009, atardecer...

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* La frase -escueta y directa- que coloca Sebastián en su dibujo, pudiera haberla dicho cualquier persona en cualquier hora y lugar, en medio de una conversación, pero la recogimos del libro La Diosa Blanca, de Robert Graves.

** El texto toma, como punto de partida, un verso del poeta peruano César Vallejo.

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