domingo, 31 de mayo de 2009

Carta a un amigo que me pregunta cómo hago para lidiar con los saltos y los sobresaltos del diario quehacer y con las incongruencias entre labor servil y labor non servil.

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Carta a un amigo que me pregunta cómo hago para lidiar con los saltos y los sobresaltos del diario quehacer…


Un amigo ha sentido curiosidad por -digámoslo así- mi diversidad ocupacional… Como no es que me parezca tema de poca monta, para toda vida que haya de habérselas con lo que avizoro como un cada vez más aplastante, robotizado y epidérmico mundo de condicionados pragmatismos, respondí a una simple y escueta pregunta suya con una desgarbada carta en torno a mi itinerante deambular. La coloco ahora como nota porque uno, con los años, pierde un tanto de pudor y poco le importa revelar aquello que le sabe a médula del vivir. Y lo hago superando aquel gusto que siempre he profesado por el ocultismo… que más da…

Disculpa la longitud de mi respuesta, esta suerte de desmesura, pero es que me he entretenido de lo lindo al componerla.

No hay saltos, siempre he llevado una doble vida. Y siempre me ha resultado divertido. En múltiples ocasiones he tenido que fingir, pero lo he hecho a gusto; nada me ha resultado más placentero que el yuxtaponerme virtualmente las alitas de Hermes, para lograr algún cometido. Sin picardía no se llega a ninguna parte. Claro que también he sufrido algunos sinsabores, pero ¿quién no los sufre, incluso, cuando realiza algún trabajo non servil? Por algo a uno le pagan para que trabaje. El truco, en mi caso, ha sido encontrarle siempre el lado divertido al quehacer, aparte de que mis labores regularmente han implicado algo de divertimento.

Te cuento que hice un breve paréntesis para trabajar en el medio cultural, en la dirección de literatura del CONAC y en el Museo Alejandro Otero. Salí más asqueado de allí que de la más perversa de las transnacionales. Esto fue antes de los frustrados intentos de golpe de 1992. Pero no daré detalles. Baste con decir que si yo no hago respetar aquello en lo que creo, entonces, seré una mentira. Así que decidí que seguiría laborando a la manera servil y profesando mi amor a ciertos temas durante mis horas en el baño, en la biblioteca o en mi hamaca y en el silencio de las madrugas, cuando no en alguna que otra disimulada arepera o pollera en las que, a veces, me siento a leer o escribir. Me pareció más honorable.

Eso sí, tengo que confesar que, desde muchas direcciones, hoy en día se nos lanzan dardos para robarnos la alegría. De derechas y de izquierdas. Nada hay más fastidioso que un yuppie, sea criollo o gringo, pero su estulticia sólo es igualada por la de los fanáticos políticos que creen arreglar el mundo mientras sus líderes les sacan todo lo que llevan en sus bolsillos y en el alma (verbigracia, el chavismo intergaláctico del siglo XXI) o por los fanáticos religiosos, cuyos primeros exponentes son los exaltados espartanos del fútbol.

En suma, he sido y soy un camaleón. Gracias por darme la oportunidad de aclararme las cosas a mí mismo. Preguntas como la que me has hecho lo ponen a uno frente al espejo. Y eso es algo que, bien mirado, debería siempre agradecerse.

El camaleón…

P. D. 1. No trabajo para la empresa que mencionas… y prefiero mantener los derechos reservados...

P. D. 2. ¿Sabes? Recuerdo que, en una época en la que yo estudiaba letras, decidí buscarme un trabajo. Trabajaba de día, estudiaba de noche y llevaba una luenga vida de bohemio casi todas las madrugadas. Tenía la energía necesaria para una vida como esa. Algunas veces, al salir de la escuela, iba con algunos compañeros, a tomar algunos tragos al desaparecido Bar América, cerca de la plaza de Las Tres Gracias. Todos éramos unos limpios pero, obviamente, al tiempo de haber comenzado a trabajar, fui yo quien comenzó a sufragar los gastos de una bohemia que pretendía cambiar el mundo (o ponerlo al revés) a punta de desalojarle el líquido a cuanta botella de cerveza se le atravesara en el camino. Lo hacía sin reparos. Nada me contenta más que procurar.

En una ocasión, tres de esos amigos la emprendieron contra el quintacolumnista de la revolución, léase yo, pues ¡cómo era posible que trabajara yo para un individuo que representaba a una empresa telegráfica norteamericana! (por cierto, ese individuo era un honorable caballero que podía ser mi padre y fue representante de nuestro país ante la UNESCO).

La cosa se puso algo ofensiva. Y yo, que siempre me sentí como un Gregorio Samsa, incluso antes de leer la Metamorfosis de Kafka, que no necesitaba ayuda alguna para lidiar con la agonía que produce el tener que desempeñarse en un trabajo servil, no tuve más opción que levantarme de la mesa y decirles:

-Bueno muchachos, entonces páguense sus tragos de ahora en adelante y sigan cambiando el mundo.

Años después, retomé la amistad con el único de esos caballeros que era realmente querido para mí. Una de las primeras cosas que me dijo fue:

-Pana perdóname, cuán equivocado estaba yo, éramos unos imberbes, qué bolifañes, te pido disculpas, etcétera, etcétera, etcétera…

…y entonces comenzó a erigir en el aire todo un panegírico al trabajo y a la necesidad de producir, de hacer dinero y de qué sé yo cuántas otras pamplinas como esa, como si eso fuera un secreto de alquimia. Yo le dije que no se lo tomara tan a pecho, que ni calvo ni con dos pelucas, pero no, mi amigo se dedicó al duro faenar, en pocos años hizo lo suficiente como para comprarse una bella casa en una buena urbanización -lo que nos alegró grandemente- y se consagró a la tarea de seguir tejiendo su etcétera, etcétera, etcétera produccional.

Y hoy, no lo creerás, mi amigo (pues, a pesar de nuestras diferencias de apreciación seguimos siéndolo o, al menos, lo intentamos) es un oficial del bureau, del tipo que un fanatismo político enchapado a lo lumpen-proletariat-germano defiende a capa y espada. Es un funcionario de gobierno, sí, un operador administrativo, un defensor de lo que para este servidor es una re-involución. Él cree (al parecer, a pie juntillas) todo lo maravilloso que es nuestro padre todopoderoso, el aborigen de las estepas Barinenses. Él cree que esa cachucha militar es nuestra salvación. Él, que en sus años mozos odiaba todo lo que pudiera generarse en el seno de la jerarquía militar o policial y cualquier otra civilizada exquisitez que apestase a poder autoritario, cree imperturbablemente que nuestro padre todopoderoso es un alma buena en ascenso hacia la perfección. Y ante todas las expoliaciones de derechos universales que Yo, el Supremo de Barinas emplea para con sus adormecidos corderos, mi amigo nada tiene que decir pues tales actos constituyen, al buen catar de toda conciencia genuinamente dialéctica, parte de un proceso que -no es una coincidencia- también va en ascenso. ¡Loas para Santo Hegel! ¡Y loas para Santo Marx y Santo Engels, por haber pisado la concha de cambur y haber patentado la epidermis ecuacional del pensamiento Hegeliano! Aunque lo único que efectivamente ha logrado imponer (al día de hoy) la dialéctica política sobre el humano obrar y sobre el hombre común (esto es, sobre las masas) es que, por su bien, hay que amputar allí donde y cuando el hombre se “interpone” a los ideales de una más depurada sociedad. Todo lo que hacen los bienhechores de la sociedad, lo hacen por nuestro bien. Así que el mayor de los dislates, tendrá siempre su justificación. Y entonces, ¿en qué quedamos? Pues, en que he optado por seguir llevando la vida que he llevado… Prefiero la historia marginal, aquella que se compone de pequeñas cosas y que se inclina por acoger el anonimato.

Un abrazo post-postdata…

Hermes debería socorrer por siempre a Sísifo…

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