miércoles, 30 de abril de 2008

Salutación


 
Salutación
Hoy se cumple un año justo de la grata velada en que Común Presencia Editores presentó seis nuevos títulos de su colección de poesía Los Conjurados, entre los que Cuadernario tuvo la honra de ser incluido. Este evento se realizó en el marco de la Feria del Libro de Bogotá 2007. Luego de haber transcurrido doce meses, deseo rememorar aquella noche y expresar nuevamente mis gracias a los poetas Amparo Osorio y Gonzalo Márquez Cristo, co-responsables de esa bella aventura que es Común Presencia Editores, publicando acá las palabras que con motivo de ese lanzamiento escribiera en la bella Bogotá. Desafortunadamente, los libros de Común Presencia no llegan todavía a Venezuela. Esperemos que pronto puedan ellos conseguir un canal por el cual logren distribuir sus libros en Venezuela.
Dejo acá la glosa escrita para la ocasión de presentar
Cuadernario. Pensaba yo publicar esta nota el día de ayer, pero la severa falla que dejó a media Venezuela sin energía eléctrica dio al traste con mis planes. Humildemente hago la entrega ahora.
Salud!
lacl

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Buenas noches: quiero ante todo expresar mi abierta gratitud para los amigos de Común Presencia, por haberme deparado una acogida tan generosa y por permitirme compartir esta conjura, sempiternamente soterrada de la poesía; hospitalidad que, no me cabe duda, han de haber deparado a los poetas a quienes hoy me honra acompañar en este lance. No tenía yo la más remota idea, diecisiete años atrás, de que iría a conocerles, cuando cayó entre mis manos uno de los primeros números de su apreciada revista (creo que era la segunda edición), en la que se anunciaba ya un desprendido amor por las letras, el humanismo y la poesía, puntal básico de la cultura, si nos supeditamos a las palabras de aquel defensor del humanismo que fue Jacob Burckhardt, quien -en una insuperable muestra de humildad- afirmó que “…la poesía aporta más que la historia al conocimiento de lo que es la humanidad…” pues ella “…es, para el historiador, la imagen de lo que en cada momento hay de eterno en los pueblos…” Vayan así pues, mis gracias para Amparo, mis gracias para Gonzalo, por haber tendido ese puente que invita a entrar en otras tierras: las de la común presencia. Vayan mis gracias, también, a cada uno de los aquí presentes, quienes -al compartir esta noche el lanzamiento de estas embarcaciones del Puerto de Los Conjurados-, se hace copartícipe del complot de la poesía. Antes de entrar a leerles algunos segmentos de Cuadernario, quisiera hacer un par de comentarios, aun a despecho de erosionar el tiempo disponible para la lectura de los textos propiamente dichos. El primero aborda el tema de la extranjería y el segundo el de la responsabilidad.
En algún lugar dije una vez que un poeta es un extranjero. No un extranjero del mundo, sino de su país, de su ciudad, de su aldea; lo es de sus calles y su entorno. A veces, y sólo a veces, es un extranjero de sí mismo. Necesita extrañarse de esa rara condición de ser humano. Añora ser piedra, fuego o afluente. Precisa remontar los aires, como los loros que pasan cantando mientras aletean sobre el viento. La poesía, esencia sutil y por siempre rebelde a ser domeñada, viene en su auxilio y le confiere la venia de ejercer esa condición suya de extranjero. Mas si el poeta ha de ser ciudadano -como en efecto, también, lo es-, lo será del mundo entero; lo será de tierras que ignoran que han sido bautizadas con un nombre y lo será del cielo obscuro y sin final. Yo no he venido acá a hablarles de mi condición de poeta, pues nada me parece más antipático y susceptible de pedantería que ese ejercicio de explayarse en valoraciones sobre uno mismo, el cual me luce un albedrío extremadamente cercano al mito de Narciso. Lo único que podré decirles de mi persona será una conjetura y es ésta: si yo fuese colombiano y me viese ante el inminente paso de publicar un libro de poesía, con toda seguridad, lo estaría presentado (acaso esta misma noche, acaso a esta misma hora), en cualquier otra parte del mundo, quien sabe si en la ciudad de Caracas.
Y en lo concerniente al tema de la responsabilidad quisiera regalarles este hermoso y sugerente aforismo de Juan Ramón Jiménez:



“…el poeta es, ante todo, responsable…”



frase cuya parquedad y sencillez construyen una sonoridad plena de sentido. A mi parecer sintetiza palmariamente las consideraciones que tan bellamente expusiera Elías Canetti en un discurso pronunciado en Munich en 1976, el cual lleva por título “La profesión de escritor”. En aquella memorable ocasión, Canetti, no sin antes de haber ironizado en torno a una manida y artificiosa noción de escritor, enunciaba una frase ante la que uno no puede más que solidarizarse:



“…lo cierto es que, hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo…”



Y, no es una casualidad, luego da ilación a su discurso desovillando los hilos de la palabra responsabilidad. De sus palabras se desprende que un escritor no puede llegar a consumarse como tal, si no asume y, es más, padece, su responsabilidad para consigo y para con un mundo que se encuentra en franca disolución, en virtud de la irresponsabilidad de la humanidad de la que él forma parte.
Y yo voy a extrapolar las palabras de Canetti pues, en un mundo signado por la barbarie y la crueldad, en el que los valores espirituales de la humanidad hacen las veces de cenicienta y cada vez van más a la zaga de lo pecuniario y desalmado, voy a decirles que nadie debería hoy llamarse ser humano si no pone seriamente en duda su derecho a serlo. Y acaso la poesía sirva de espuelazo a esa perentoria indagación.
Bogotá, 30 de abril de 2007.-
(En ocasión de la presentación de los nuevos títulos de poesía del Sello Común Presencia Editores)
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Nota al margen: Cuadernario se fue escribiendo por sí sólo, sin prisas y libre de toda volición, en una agendita telefónica de la casa Norma, las de color verde que contienen varias páginas por cada letra del abecedario. Cierta mañana, en la que un roce peculiar que no sabría cómo calificar, si de gracia o de desgracia, había sitiado mi presencia, manifestándose por medio de una voz, me conminó a escribir un texto en la letra A, prescribiendo que ese texto tenía que comenzar, por fuerza, con la letra A. Luego de escrito ese texto (como creo haber dicho en otra parte, un tanto extraño para mi estilo personal) pasé a la letra B, luego a la C, a la D, a la E, siguiendo la tónica... Paré de escribir. La diosa se había ido. Guardé el cuaderno y no volví a él sino cuando era imperioso escribir un texto según el dictado original. Este juego duró unos cinco o seis años. Nunca tuve prisa en terminarlo, en realidad todavía no lo he terminado, pues le quedan algunas hojas en blanco (o mejor, en verde); además, como el cuaderno se me extravió por un largo tiempo (nada extraño tratándose de mí) hubo escritos que no fueron añadidos al libro que editara Común Presencia. Ahora les dejo con algunos de los rasguños allí esbozados, los correspondientes a la letras C, G y P. Ya me he referido a uno de ellos en mi glosa de Marzo, Memoria de la tribu, encuentros y desencuentros, el cual fue escrito en el reverso de una chequera, a falta de mi cuaderno, cierta madrugada luego de que mi entereza fuera puesta a prueba.
Salud!
lacl


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De Cuadernario




c

I.



Curva prestísima
hacia la que mi cuerpo asciende
Muladar de huesos rotos
de tanto luchar con la sombra
de una realidad virtual
Arenisca
Eso soy
Mas, también, curva prestísima
hacia la que mi cuerpo asciende


II.

¿ Cómo logran los pájaros remontar el aire denso
de nuestro cielo adoquinado por el duelo ?


Tienden lazos blancos a Este, Norte, Sur y Oeste.


No hacen caso de nuestras escaramuzas ni de nuestras penas,
con tanto afán esbozadas, para ausentarnos de la piel.

No hacen caso de tretas ni de inventos trasnochados,
zancadilla ulterior
a toda chispa.

En el fondo les odiamos.
Abominamos la soltura de su trazo,
su depurada industria para los nudos y desanudos
sobre el pliego de una desnudez plenaria,
intrínseca a la bóveda del cielo,
cuyo telón de fondo nunca sabremos mancillar
con las sobras de nuestras pesarosas
y resentidas naderías.

Les odiamos porque develan algo
acerca de una inconfesada
y muy mal disimulada miseria.

III.


Cuando los caballeros
de la muerte rozan
el techo de la luna
y un sórdido misterio
se apocilga en sus caderas,
viaja en nuestras venas
un vago dar sitio
a las preguntas
y somos, de pronto,
el golpe de un botón de rosa
sobre la sien
de una mujer de arena

IV.
a Yineska


Cada noche
luego de que tu sueño ya se ha rendido al sueño,
yo veo con delectación
cómo mis brazos se elevan hacia el cielo,
para que mis manos,
plácidamente extendidas,
puedan bañarse en la luz de la sombra.

Mis brazos aún están en el cuarto,
pero mis manos ya han cruzado
los techos, nubes y vientos
de un cielo conventual.

Allí se quedan flotando un buen rato,
en armoniosa conexión con el cosmos,
cual si fuesen un par de asfódelos nocturnos
cargándose de amorosa oscuridad.

Luego bajan lentamente
por los peldaños de la noche,
suave descenso al valle de tu espalda,
y comienzan a recorrer el cosmos en tu cuerpo,
en testimonio de que tierra, piel y cielo
son rostros de un mismo silencio.



g

(Acompañando a mi padre en su lecho de enfermo)

I.

Guarda la noche contigo
Ella es una y la misma
cada una de las noches de nuestras vidas
Y cuán frágil es
-a nuestros ojos-
la permanencia de su dúctil parsimonia
entre nosotros.
La irreverencia de los pájaros,
ante la hazaña del hombre,
es poco apreciada
por nuestros lentes de aumento,
pero es sabido que
los pájaros hacen silencio
cada noche,
no ante los logros del hombre,
sino ante la cúpula del cielo,
gran madre de todas las cosas


II.

Guarda la noche contigo
Ella es un bello manto que podemos rasgar,
hacer jirones
Podemos, luego, sentir remordimiento,
quedar, quizás, estupefactos
ante una prestada noción de vacío
O acaso al final resulte que todo
nos importe un bledo.
Pero un paso más allá de todo este acomodo nuestro,
adverbial, de circunstancia
y un paso más acá de este vivir complementario,
entre podas de flores axiomáticas,
a nuestro pesar o sin él,
sus hebras de ébano y oro,
en amoroso contrapunto
y siempre en silente dicción
que nunca acaban de empezar,
su tela de azar nos restablecen
La noche vive a contrapunto.
Llévala contigo,
déjate llevar por ella.


III.

Guarda la noche contigo

Más allá de todo logro
subyace una acechanza,
más allá de toda hazaña
palpita una obra humilde

Guárdala en tu pecho



p

Pasan las flores
sobre un carro fúnebre
Pasan los aires y los ayes
sobre un fragor caluroso
Pasa un silencio solemne
que no hace visible la queja

Todos soñamos

Yo sólo he visto flores


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Imágenes de la hermosa Colombia

















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1. La mano de Botero, en su museo, Bogotá.
2, 3, 4 y 5. El gran almacén, plaza de Gardel, con la encantadora dueña del negocio y nuestra amiga Luz Mary Arias.
6. Nuestros panas Elvinia, Zuleima y Mario se fueron con nosotros a “bautizar” el libro, como acostumbramos en estos lares, con espirituosa fluidez… en el Salomé Pagana, lugar infaltable para quien gusta de moverse al son. El patrón de la casa, el siempre hospitalario César nos legó unas cuantas grabaciones de su formidable colección discográfica.
7. Los mismos panas, con el añadido de José Víctor, quien se encontraba de viaje la noche de la presentación, durante una encantadora velada bogotana.
8. La belleza es poderosa, una sonrisa es su espada.
9. Tras la sonrisas de Yineska, Mario y Zuleima, el Gabo sonríe cómplicemente, antes de un recital de poesía en el que participó mi compadre Mario.
10. Dos vistas del atardecer, en Santa Marta
11. Dos vistas de la noche, en Cartagena
12. Amparo Osorio, su blog es http://amparoiosorio.blogspot.com/
13. Gonzalo Márquez Cristo, su blog es http://gonzalomarquezcristo.blogspot.com/

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