sábado, 22 de marzo de 2008

MEMORIA DE LA TRIBU, ENCUENTROS Y DESENCUENTROS



MEMORIA DE LA TRIBU, ENCUENTROS Y DESENCUENTROS
Los tiempos recientes no han sido de hacedero navegar para este glosador. Achánquenle al azote de los temporales cualquiera de los disparates que vendrán. Ciertas borrascas y vendavales han zarandeado y vapuleado la nave en la que, día a día y contra todo pronóstico, vadeo la reciedumbre de aguas que se agitan en el fondo de ese estrecho pasaje que debemos cruzar para llegar al terruño que nos simboliza como tribu. Veo pasar despojos, desechos humanos, flotando sobre las aguas, a la deriva. Miasmas, hedores, podridas retamas, corrientes sudorosas y aceitosos fluidos. Impurezas. He visto, al llegar a puerto, cómo brotan retoños de podredumbre, aquí y allá, abonados con las sales de la infamia; he visto los fuegos fatuos que otorga una efímera expoliación. He visto a la miseria ganar terreno, tanto en los desolados campos de la pobreza como en las fastuosas estancias de la riqueza. Nuestra aldea o, mejor, su gente, pasa por un trago amargo desde hace ya varios años. Una peste señorea entre sus lechos, se adocenó en sus almohadas, se cobijó con sus sueños y tomó sus alientos. Un aire mefítico se apoderó de sus hijos y asfixió sus corazones, pero sólo hasta el punto de llevarles a los umbrales de la muerte. El desfallecimiento hurtó sus pulsos y deambulan como hechizados por el desvarío. No hallando cura con la que aliviar los males que aquejaban sus casas y castas, los pater famili viven ahora de la infamia y la persecución. La delación es flor del día. Presenciar las muchedumbres, su bullicio y su comercio, sus arterías y conjuras, es ver pintado el arrebato. El vecino malvive o sobrevive del desmedro del vecino. Los niños vagan sin alma. Al parecer, un abandono se apoderó de sus sienes y ya no conmemoran el simbólico ritual de los juegos iniciáticos, aquellos con los que -tomándole la plaza a los mayores- se preparaban para el vivir en comunión y reciprocidad con los otros y con la inmensidad inescrutable del afuera. Un desleimiento hizo baza en el engendramiento y apresuró los ciclos de caducidad y muerte en los brotes de vida. ¿Que es escatológica y funesta la visión que lanzo de mi estirpe? Venga, déme usted su mano y vayamos a recorrer cada calle, cada rincón de mi patria y, luego, sentémonos a dar fe de lo contrario. ¡Cómo quisiera equivocarme! Por desgracia, creo que haremos coincidencia en buena parte de lo que llevo referido.

A ello he de atribuir, en algo, mis ausencias. Y, ciertamente, al acaecimiento de algunas vicisitudes personales, que no vienen al caso. Pero no deseo, por nada, dar la impresión de que estoy largando excusas, pues no hallo en ello algún sentido. ¿De qué servirían y sobre qué propósito? Vivimos, como dijera en otro lugar, desanillados, enclaustrados en nuestros cascarones, ataviados con blindajes, execrados del cosmos y clausurados para la otredad, para la comunión con la membrana del cielo y el oro de la piel. Por eso he estado tan reacio al humano contacto. He requerido de largas noches y días para la restauración de mi ánimo. No estoy seguro de haber logrado algo. Pero, al menos, ensayo un derrotero al extravío; cada noche parto, sin salir, con mi bitácora y mis implementos, mi brújula sin norte y mi cuadrante, seducido por las curvaturas de la luna y los palpitantes requiebros del firmamento; camino de puntillas sobre los rieles de Selene, escucho las coplas de Venus y me absorbo en el indecible amor de Ariadna, primeramente vencido y, luego, infaustamente vendido por el hombre, que al final no se explica por qué fuera ella redimida por la gracia de Dionisos.

Luego vuelve el sol y, con su principado, el jornal de hombres que se figuran saber para qué despiertan y por qué pernoctaron, por qué han de incorporarse de sus lechos, hacia donde van y, por sobre todo, cuándo volverán a su inquebrantable reincidencia, a su monótona leyenda sin magia ni sorpresas. Como en un poema leído hace muchos años y del que, desafortunadamente, no recuerdo ahora el nombre del autor (nada hay que me incomode más y no me quedaré tranquilo hasta que encuentre ese poema) transitan, jornada tras jornada, por un flanco de la aldea en el que se suele instalar una vieja desheredada, mendicante y de carnes contrahechas. Arrojan puntualmente sus monedas al sitio en el que ella se sienta, pues para nada desean hacer contacto con la piel de la anciana… hasta el día en que se percatan de que, en lugar de una mendicante, lo que allí hay es una caja destartalada, con algunas frutas podridas y tocada con un desgastado pedazo de trapo.
Hice un alto en esta glosa para “curucutear” por casi dos horas (curucutear es expresión venezolana para significar que se está hurgando o buscando algo) en mi biblioteca aún desorganizada por una reciente mudanza y no encuentro la antología en la que recuerdo haber leído el poema a que hago referencia. Tan pronto como dé con su paradero, volveré por estas páginas para dejar constancia de su existencia.

Pero uno de los regalos que, en contraparte, me ha traído la mudanza es el hallazgo de algunas extraviadas rasgaduras sobre el papel, suerte de reencuentro con aquel que vine a ser. En virtud de ello me atreveré a reproducir un intento de poema escrito una madrugada al reverso de una chequera (luego de haber vivido una situación un tanto infortunada), a falta de un cuaderno en el que pudiera esbozar mi decir; ese texto que, en cierta forma, brotó para salvarme, fue vertido luego y de manera adrede en la agenda en la que se estaba escribiendo mi Cuadernario, * (y por fortuna, puesto que el original vino a diluirse, en buena parte, gracias al húmedo agente de un vaso que colocaron encima del escrito; reproduzco más abajo la chequera en su reverso).

He hallado, igualmente, otros textos míos más añejos que, tanto por su temática y sus ligerezas, como por su suerte, he pensado en recoger bajo el título de Versos del transeúnte, así como, también, varios libros que llevaba mucho tiempo buscando para dar de ellos alguna noticia en esta página: Días ejemplares de América, de Walt Whitman, Breviario (una fragmentaria selección de textos en prosa extraídos de ensayos y cartas), Doble vida y otros escritos autobiográficos y Postludio, estos tres del no tan bien ponderado Gottfried Benn, el Peregrino Querubínico de Angelus Silesius, las Poesías completas de D. H. Lawrence (en inglés), las sutiles Reflexiones sobre la historia universal, de Jacob Burckhardt, con la excelente introducción de Alfonso Reyes y las Poesías completas de K. Kavafis, entre otros. Por último (y esto me pareció significativo) me reencontré con El rechazo del placer, de Walter Kerr, lo que merece una mención aparte.

Me precio de ser uno de los pocos alumnos que, por el año 76, siguió el consejo de Rafael Cadenas y se dispuso a comprar tal título y a tratar de vislumbrarle el sentido. Siempre he sentido inclinación por colocarme al lado de los que no están de acuerdo con las mayorías, al lado de quienes señalan los lunares de la tribu. Y, no pocas veces, tal tesitura de ánimo me ha llevado abandonar lugares, estudios, proyectos, trabajos y hasta amores. Bastaron uno o dos semestres, luego de haber cursado con Cadenas aquella materia que se intitulaba Literatura y Vida, para que una enorme desazón ganara cuerpo en mi alma y me hiciera sentir hastiado de la Escuela de Letras, de la frivolidad de sus alumnos, de sus maquillajes librescos o de cambiadores del mundo, de sus politiqueros de oficio -que no eran otra cosa que el reflejo de los politiqueros que hacían vida en el país-, de la turbidez agobiante que signaba la atmósfera de la Universidad Central, que en muy poco se diferenciaba del aire pesado que bullía en la Escuela de Letras. Eran los años de la Venezuela Saudita. Yo definiría nuestro sistema político de aquellos días como la puesta en escena de una aceitada dictadura democrática, vertedero de sutilezas en el que suelen acabar la mayor parte de los gobiernos del mundo, en toda hora y lugar. Daban ganas de vomitar. Cadenas, lo recuerdo bien, no parecía pasar por un buen momento, cuando me tocó ser su discípulo la primera vez; le costaba conversar con sus alumnos, en su mayoría, una cuerda de prepotencias sentadas en una misma sala. Quizás es por eso que siempre le he profesado el mayor de mis respetos, sin que ello signifique que medie entre nosotros mayor cercanía que la que propiciaran mis idas y venidas a la Escuela de Letras de la UCV. El es, para expresarlo con una frase de Joseph Conrad, uno de los nuestros.

Lo cierto es que mi agobio de los años 76 y 77 resultó tan exasperante que, a pesar de mi enorme interés y curiosidad por la poesía y su verdad y por ciertos temas literarios, me vi forzado a huir, a toda prisa, de la Escuela y de la Universidad (en realidad, huía del país sin salir de él). Me sumergí en el afuera de la bohemia, los tragos y los trasnochos, buscando una señal, un signo, una mano lúdica y no necesariamente humana, que me llevara a una heredad sin falsas promesas; y me sumergí en el adentro de una soledad bien salpimentada de largas horas de música y lectura. Decidí ponerme a trabajar, para ganar los fondos con los que mantener mi bohemia y disipación. Pero, a pesar de mi retirada, jamás dejé de leer aquello que llamara mi interés. El leer entraña un oficio del espíritu. Así que por aquellos años se consolidó mi gusto por El Oficio. Mucha poesía, algo de narrativa, un poco más de filosofía y, sobre todo, ensayística y libros heteróclitos. Me encantan los libros bien escritos y difíciles de catalogar. Los que no dan tregua ni cuartel a esta parodia que comporta el humano devenir, como lo hace este develador Rechazo del Placer. Bien. Se hace larga esta mención. Así que corto por ahora.

Más abajo reproduzco un par de los aludidos versos del transeúnte, versos que -como los pasos del despreocupado caminante- no tienen otra pretensión que la de emular la libre marcha de los andariegos.

Y, en los próximos días, me tomaré el tiempo necesario para desplegar algunos textos y notas sobre algunos de los citados libros.

Más abajo, a manera de obsequio, unas honras a la insustituible Elis Regina. Recuerdo que, hace muchos años, me tocó ver, escuchar y, digo más, padecer, ser secuestrado por una versión suya de O Bebado e A Equilibrista, en un homenaje televisado que se le rindió a raíz de su fallecimiento. Ella estaba sola, bajo una carpa de circo, cantándole al único ojo espectador, una cámara que giraba en torno a ella sobre un riel, mientras su voz iba cantándole y desgarrándose y desgarrando el corazón del solitario espectador que somos todos. La tela de la carpa lucía, a sus espaldas, como una mezcla del color rojizo y ocre que se capta a través de un párpado cerrado expuesto al inclemente sol. Rojo sangre, rojo sol, ocre de la tierra , ocre de la piel. Y aquella voz inolvidable que salía del subsuelo o de las vísceras, aquella voz manando incontenible de un estremecimiento de vida. Era como quedar hechizado por una Sibila. No había más nada que hacer, como no fuera entregársele. Lamentablemente, no dispongo de esa conmovedora versión; colocamos, en su defecto, un par de versiones en vivo.

Salud!

lacl



Nota marginal - 27 de Agosto, 2013. Agrego, al final, el video que no encontrara hace cinco años… Veo que mi memoria recordaba más los rojos y ocres que otros tonos, pero sigo adorando esta canción…




De Cuadernario

a Yineska

Cada noche
luego de que tu sueño ya se ha rendido al sueño,
yo veo con delectación
cómo mis brazos se elevan hacia el cielo,
para que mis manos,
plácidamente extendidas,
puedan bañarse en la luz de la sombra.

Mis brazos aún están en el cuarto,
pero mis manos ya han cruzado
los techos, nubes y vientos
de un cielo conventual.

Allí se quedan flotando un buen rato,
en armoniosa conexión con el cosmos,
cual si fuesen un par de asfódelos nocturnos
cargándose de amorosa oscuridad.

Luego bajan lentamente
por los peldaños de la noche,
suave descenso al valle de tu espalda,
y comienzan a recorrer el cosmos en tu cuerpo,
en testimonio de que tierra, piel y cielo
son rostros de un mismo silencio.






* Cuadernario, COMUN PRESENCIA EDITORES, Col. Los Conjurados. Bogotá, 2007

Las siguientes imágenes fueron captadas en la bella Bogotá, en Abril de 2007, en ocasión del lanzamiento de Cuadernario, junto a otros títulos, en la Feria del Libro de Bogotá, de la mano de los queridos Amparo Osorio y Gonzalo Márquez Cristo. Me he tomado un tiempo excesivamente largo para ofrecer acá una glosa de los agraciados días que pasamos en la querida Bogotá y, luego, en Cartagena, Santa Marta y Barranquilla, entre amigos y con el espíritu festivo. Lo he ido posponiendo por no hablar en demasía de lo mío. Pero tengo una deuda de gratitud con los queridos Amparo y Gonzalo y espero subsanarla en los días venideros...












1. Bajo los reflectores de la FIL
2. La luna durante la noche del bautizo de los libros de
COMUN PRESENCIA EDITORES, Colección Los Conjurados
3. La lectura...
4 y 5. El gran libro de la Feria.
6. El otro bautizo, en el Salomé Pagana, por supuesto….

VERSOS DEL TRANSEÚNTE

1. (de los años ochenta)

Te he estado viendo con ojos
ancianos de mirar
Yo no te conozco
Tú no me conoces
Es el mirar quien nos conoce
Son los ojos los que traman la fuga del mirar,
de lo ansiado, de la espera
Te he visto cien mil millares de millones de veces
Me has visto cien mil millares de millones de veces
Y he visto cómo te desplazas 

por la quemante claridad
vacía y despoblada de la calle, 

como un animal herido
tratando de alumbrar una soledad 

que todavía no se atreve
a desnudarse

2. (de los años noventa)


Todos mis poros están encendidos,
esperando por ti;
mi teléfono espera por ti,
mis oídos esperan por ti.
Mi ventana está abierta,
mirando un noctámbulo
y nublado cielo.
Mi corazón está atento
auscultando cada detalle,
cada sonido, cada indicio.
Mi puerta está,
más despierta que nunca,
esperando una señal de tu bella persona
para abrirse de par en par
y no cerrarse nunca más.
Pero tú no apareces.
Iré a la calle a mojarme
bajo esta tímida garúa
que oculta una lluvia de estrellas.
Y a ella volveré cada noche
con o sin lluvia,
con o sin estrellas.
Acaso te encuentre respirando
bajo otra forma de vida,
otra figura del cielo,
hecha carne indócil,
por el indócil hecho de sentir,
pero vibrátil
y enigmáticamente perfumada,
gozosa de ser el cuerpo inadvertido
y poroso que dona el vivir.

ELIS REGINA



Elis Regina em 1979 -
Brasil
Caía a tarde feito um viaduto
E um bêbado trajando luto
Me lembrou Carlitos
A lua, tal qual a dona do bordel,
Pedia a cada estrela friaUm brilho de aluguel
E nuvens, lá no mata-borrão do céu,
Chupavam manchas torturadas, que sufoco!
Louco, o bêbado com chapéu-coco
Fazia irreverências mil pra noite do brasil.
Meu brasil
Que sonha com a volta do irmão do Henfil.
Com tanta gente que partiu num rabo de foguete.
Chora a nossa pátria mãe gentil,
Choram Marias e Clarisses no solo do brasil.
Mas sei que uma dor assim pungente
Não há de ser inutilmente, a esperança
Dança na corda bamba de sombrinha
E em cada passo dessa linha pode se machucar
Azar, a esperança equilibrista
Sabe que o show de todo artista
Tem que continuar...










http://www.youtube.com/watch?v=mcYCP1nEdUA

3 comentarios:

simalme dijo...

Qué maravilla de blog, enhorabuena. Eché un vistazo al de Yoani.

Contracorriente dijo...

Gracias Simalme.
Nunca reviso (por falta de costumbre) los comentarios y veo que el tuyo data del 10 de abril, así que mis disculpas por la tardanza en responderte. No sé cómo has llegado hasta estos predios, pero enhorabuena igualmente. Al parecer eres de Andalucía, una de las más raíces que nos legó la península ibérica. Yo me gozo en decir que soy andaluz venezolano, porque adoro el cante jondo, la copla popular andaluza y, por sobre todo, el duende ydonaire de lo andaluz. Así que te endoso una que llevo en la memoria:

El hombre, para ser hombre,
ha de tener tres partías,
hacer mucho, hablar poco
y no alabarse en la via…(*)

Salud!
Luis Alejandro
(* vida, obviamente)

El Toro de Barro dijo...

Me fascinan los textos incatalogables, como lo es éste, a medio camino entre la autobiografía, la crítica literara, la mirada crítica al afuera, las epistolas y la memoria del tiempo común. Son experimentos literarios que ya no se hacen, tal vez porque nos hemos acostumbrado a fragmentar las esferas del conocimiento para ser más "productivos", como si fuera imposible serlo manejando cada cosa, cada acontecimiento, en el contexto del mundo del que forman parte. Luis Alejandro Contreras no sabe escribir de otra forma o, para ser más exactos, no sabe hacerlo de un modo distinto que un hombre del Renacimiento: va de los libros a la contemplación propia del mundo y, desde esta, se lanza a los poemas para perderse en las calles de la gran ciudad, forzándonos a contemplar algo parecido a un gigantesco cuadro en el que cada objeto, cada detalle, tiene su protagonismo, como ocurría cuando mirábamos aquellos alucinantes palimseptos de nuestra niñez. Y eso me fascina...