martes, 9 de octubre de 2007

Informe del desapego


























Hoy una amiga me pregunta a qué se debe mi impuntualidad o, si se quiere, mi desapego por dejar mis huellas en esta posada, tal como estilé hacer al inicio de esta bitácora. La razón es muy sencilla. El desasosiego que acogota a este país y a sus gentes es sumamente pesado y contagioso. No es que no haya ánimo en mi espíritu o aliento en mis pulmones. Se trata de una especie de calma chicha que lejos de sobresaltar los ímpetus de vida, lo que engendra es cierta laxitud o condición de taciturnidad, difícil de digerir para cualquiera que sienta un sincero amor por este suelo y su desatendido fulgor tropical. Es como si se hubiese condensado en el aire un mosto desaborido y muy grueso de tragar o respirar para todo aquel que haya sentido algún apego por una lamentablemente extraviada idiosincrasia del venezolano; algo que, ayer no más, lucía ser prenda de buena parte de la población, del ciudadano de a pie que nuestros viejos tildaban como “hombres de bien”: ese arte nuestro para el pacto amistoso que nada tuvo que ver jamás con componendas de ningún tipo (sin dejar de reconocer que, como nación, en múltiples episodios de nuestra historia nos vimos forzados a disimular las dañosas e inevitables excepciones).

Hace algunos días he reproducido un ensayito sobre la magistral Línea de sombra de Jospeh Conrad. Hay libros correcta o bellamente escritos cuya lectura se agradece. Y hay otros que, amén de cumplir con tales condiciones, toman el lugar de piedra miliar en el camino de una vida. Dejan huellas indelebles en algunos lectores. Para este servidor, más allá de las innegables virtudes formales de una narración como La línea de sombra, la verdadera virtud de esta breve pero intensa glosa que aborda el tema de la iniciación, supone un compañero de lances y un motivador del pensamiento que se busca. Y se me figura que una buena porción de la informe masa de gentes que componen ese fingimiento de nación que unos defienden como República Bolivariana de Venezuela y otros como simplemente Venezuela, aunque no sin dejos de altanería de parte y parte, está cruzando su propia línea de sombra desde hace algunos años. No es mi pretensión el aventurarme a determinar cuándo empezó ese estado de trance que implica el cruce de la frontera que conlleva todo proceso de iniciación o el paso por una angosta vereda en un risco; senda que nadie sabe adónde nos conducirá como colectivo. Acaso venga a cuento el leer (o releer) En la prisión, el memorial de Francisco de Miranda a la Real Audiencia de Caracas, escrito en la mazmorra a que fue confinado por fuerza de la traición. Fue el texto inaugural de este blog (en julio de 2007). Invito de corazón, a quien no haya tenido la fortuna de conocer ese legado, que por favor lo lea ahora. Ese memorial* es una enseñanza del espíritu para todo hombre que pretenda contemplarse ante el espejo sin ningún tipo de afeites. Pasa uno a ser testigo de una lucha sin cuartel eternamente repetida a lo largo de la historia y en toda latitud: la del individuo encarnado de humana razón, la del ser humano individual que se reviste de sentido común versus el statu quo de una colectividad que convenientemente pacta en su perjuicio.

Y es que hay demasiada intemperancia fluyendo por los poros. Algunos semejan ser toros de lidia acicateados por lanzas y banderillas, dispuestos a embestir todo aquello que se les atraviese. Tampoco tengo la intención, por ahora, de desarrollar mis pensamientos en torno a un paisaje secuestrado por la destemplanza y una difícilmente contenida violencia que palpita en millares de pechos. Tal vez más adelante. No está en mí la decisión. Lo aseguro.

Tan sólo escribo esta nota, un poco para refrescarme y comprenderme, otro por dejar fe de ello en la entrada de esta posada y, finalmente, porque la pregunta de la Negra Maggi me ha llevado a ello. Hace algunas madrugadas, la del 05 de octubre, escribí una glosa, pero gracias a esa desidia a que impulsan los vahos que cargan nuestros aires, me descaminé de la intención inicial. Así que ahora la agrego abajo, seguida de la Guarida de los poetas.
Hasta pronto.

lacl

* http://letrascontraletras.blogspot.com/2007/07/en-la-prisin-memorial-dirigido-por-el.html

Foto: el frasco, lacl ©

Ensayar, respirar, caminar.05 de Octubre – 2007. Amanecer
lacl


Hace algunos días un amigo me ha dicho que yo, más que poeta, lo que soy es un ensayista. Antes que molestarme, me ha contentado esa aproximación. Desde niño me acompañó siempre la impresión de que todo es circunstancial, efímero y pasajero. Que en nuestras vidas todo es conato e intento. No en balde Contracorrientes abre con aquella luminosa frase que pronunciara Armando Reverón un poco antes de su fallecimiento: todo ensayo es vivir. Voy a confesar algo: recorría yo los pasillos de la Galería de Arte Nacional con motivo de un homenaje al artista. Sus escaramuzas con el barro y la luz siempre me conmovieron y tuve la fortuna de poder contemplar su mundo desde muy temprana edad. De pronto me detengo ante una vitrina que expone material bibliográfico. Uno de ellos es un reportaje-entrevista de José Ratto-Ciarlo al pintor, luego de su última y quijotesca “salida” de la clínica y los cuidados del doctor Báez Finol (si la memoria no me falla). Cuando Ratto-Ciarlo le manifiesta su asombro al contemplar toda una multiplicidad de ensayos y bocetos pictóricos (pues es testigo de un milagro de resurrección o, si lo prefieren, de un caso de endiosamiento), Reverón le espeta con ese dardo del verbo: todo ensayo es vivir. Y aquí va la confesión: tal aseveración era una ofrenda que había estado allí, brillando en un papel ya amarillento y flotando en el aire, aguardando por mí. Abrupta, violentamente me percaté de que esa frase (¿por qué no rezo u oración?), que había sido enunciada algún tiempo antes de mi venida al mundo, se había engarzado a juguetear con las horas entre los recovecos del viento, para luego sorprenderme cabalgando sobre ese potro sin vida en el que encarnan tantas humanas vicisitudes. Salí de la galería reptante y en estado de gracia,

*I*L*U*MIN*A*D*O*,

deambulando a unos tres centímetros por encima del suelo, sin que nadie lo notase. Me perdí en mis adentros, me interné en el afuera. SILENCIO. Ni una palabra, ninguna dicción. Ni siquiera una interjección. Sólo caminar y caminar. Caminar para perderme y caminar para encontrarme en el extravío de ser, al fin, nadie. Tan solo un vivir caminante.

En experiencias tan particulares o personales como la que acabo de narrar yace, creo, el germen de toda poesía. Y si la poesía ha de ser enfermedad, entonces, declaro mi contagio. Y yo, un ser tan lingüístico, detesto a los poetas lingüísticos. Aclaro: detesto a los que lo son adrede. Los que se olvidan de la comunión con el afuera, los que se olvidan del ritmo silencioso de las caravanas de hormigas, los que no se permiten sumergirse en el olvido de sí mismos y menos aún consienten recordarse; los que se niegan o se anulan en pos del virtuosismo palabrérico. Los hay y muchos.

La poesía es un estado de iluminación, no una pleamar de yoes mostrando sus imaginarios títulos, sus certificadas horas de vuelo. Parafraseando a nuestro querido Reverón -y con su venia- voy a decir que toda vida es ensayo, acercamiento, vacilación, tanteo, reconocimiento, rodeo y comunión. La poesía es un encuentro místico del que nuestros diurnos procesos de dilucidación nada saben.

Y le doy gracias a mi amigo por haberme acicateado con su aserto, pues me da ocasión para merodear sobre el tema, porque para mí toda la vida ha sido un preguntarme y repreguntarme qué sentido tiene el que me conceptúe como poeta -o como cualquier otra cosa-, siguiendo esa vacua costumbre tan del gusto de las mayorías. Toda mi vida ha sido un danzar o un pespuntear sobre la prerrogativa que los seres humanos nos tomamos para calificarnos de esto o de aquello. Y, peor aún, de un buen “esto” o un mejor “aquello”. ¿Es que nacimos con ese derecho? Me parece que solemos ser extremadamente ligeros al respecto.

Así, mis días han transcurrido entre una negación y una aseveración (pero, ¿qué vida no lo hace? el asunto quizás sea ¿qué vida lo reconoce?); y han devenido, también, sobre una constante dubitación de mi alma, un inquirir en torno a mi presencia en este insólito recinto que llamamos mundo, en tanto que contempla una contienda de tribus desorientadas que se empeñan en modelar e imponer -unas a otras- ese “su” mundo, a imagen y semejanza de una caprichosa Babel que llevan en la mente.

Y es gracias al aserto de mi amigo que voy a atreverme a develar parte de ese transcurrir. ¿Que develaré una contradicción? Pues sí. Siempre me contradigo. Pues al hacerlo alcanzo a sentirme un tanto menos lejos de mí mismo y un poco menos extraño. Y, tal y como me susurrara la voz que siempre me despierta, la que me retrotrajo a la vigilia durante una reciente madrugada, “voy a negarme, porque al aseverarme me pierdo”.


De Contracorrientes, libro del que he dado ya noticia en esta página (glosa del siete de Julio-07), insertaré acá algunas consideraciones en torno a poeta y poesía. Y de un inédito cuaderno de asomos poéticos (exceptuando algunos textos aparecidos en una publicación del CELARG y el ya expurgado Enola Gay), que lleva por nombre Toma Luz, toda la noche, insertaré el texto que sirve de preludio y que he denominado Introito antipoético.

Las imágenes precedentes: a) Reverón con sus muñecas, b) y c) la sombrilla robinsoniana de Armando Reverón, c) el teléfono de Reverón.

Deseo, antes de continuar, recomendar ampliamente la página del MOMA dedicada a Armando Reverón. El enlace es el siguiente: http://www.moma.org/exhibitions/2007/reveron/index.html


De Contracorrientes, BID&CO Editor

***

Ante todo debo decir que no me considero un poeta, al menos, no a la moderna usanza que circunscribe al poeta (o a la figura del poeta) dentro del ámbito de lo estrictamente literario. Todo lo foráneo palpita, de algún modo, en nosotros. Afuera todo un mundo nos requiere y nosotros marchamos a su son. Un poeta no es, primero, un literato o no es, primero, un ser literario. Un poeta ama las letras, ama las palabras, tanto como ama la estampa de cualquier viso de la realidad, por nimio que sea, pero no forzosamente ama la literatura a la manera en que se aman los cegados credos. En todo poeta se enuncia una dicción, pero es una dicción que va más allá de las palabras. Ellas, a su pesar, tienen que conformarse con el papel de ser vehículo de esa dicción y aquellos que rinden culto a la poesía han de conformarse con volver, una y otra vez, al concurso de aquellas, para expresar el alto y bajo relieve de la realidad, la palpable extrañeza de las cosas y seres que nos rodean, tan posibles -en su existencia- como la presencia misma de las palabras, que comienzan siendo un misterio y terminan siendo un misterio. Creo que la frase la escribió Ungaretti: un poeta es un hombre que lo siente todo. Siempre acude a mi memoria tan sencillo planteamiento, implica una revolución del pulso; también recuerdo siempre otra frase, ésta de Julio Ortega, durante una charla que se realizó en Caracas por el año 1990: “…todo poeta ha de tener poesía inédita…”, a lo que añadió: “…hay que desconfiar de los poetas que no tienen o guardan poesía inédita en un cajón o alguna gaveta de su casa…”. Qué jardín de sutilezas sugiere esta proposición.

***

La luna pende amarilla,
cenicienta, vaga, dulce,
cruel.

Dos niños de nadie juegan
al fútbol a la medianoche
(es la plaza Brion);
entre árboles asediados
por banquetas y bloques de cemento,
discuten la validez de cada gol,
mientras una bruma nauseabunda
espolvorea sus cabellos y los míos.

La luna o, mejor, el color hepático de su risueña agonía
no logra conmover cielo ni tierra.


Prosigo mi camino.


Pienso, quizás egoístamente, que hace meses no escribo un poema, pero inmediatamente surge una voz que me dice que eso importa un bledo. ¿ Qué dilema es éste de conciliar mi mundo con el mundo ? Hace poco sí escribí un verdadero poema, sencillo y hermoso porque tan sólo era el registro de un “fresco” que observé en la calle, pero lo perdí en la calle misma, tal vez al meter la mano en el bolsillo. Así, pues, es como si no hubiera escrito nada. Como un doble relámpago, acuden a mi memoria dos sentencias, una es de Auden y la otra de Rilke. Auden postula la incertidumbre de todo poeta, sobre si volverá a encontrar las perlas de un nuevo poema, después de haberse encontrado con aquellas que le señalaron el develamiento del último poema escrito. Rilke dice que todo poema (en realidad, toda obra de arte) ha de nacer de una profunda necesidad. Infiero de la conjugación de ambas sentencias, que poesía y poema son el padecimiento, la incertidumbre de una magia necesaria.

En mi camino pienso que había que estar allí,
deberían haber estado allí, en la plaza, a medianoche;
todos y cada uno de los hombres y mujeres que viven en el mundo,
deberían tener un encuentro como ése, sin otra compañía
que la de su yo interior, sin otros testigos que sus propios ojos:

Dos niños en un insólito campo de juego,
azuzándose con voces avejentadas.

Dos niños
corriendo bajo una luna de hiel,
con sus cabellos blancos.

Dos niños
lúdicos y endurecidos.


Hace tiempo que no escribo un poema.

***

Mucha de la poesía
que se capta, se vive o se siente,
de algún modo viaja ya
implícita en la mirada
del contemplador.

De algún modo hizo morada
en los ojos de quien
se asoma al mundo

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *



De Toma Luz, toda la noche
Introito antipoético



Yo soy poeta.

Me importa un comino todo lo demás.

Soy un poeta solitario.

He tenido que aceptarlo, a mi pesar
y a pesar de los demás.
Soy un miserable poeta, un maldito;
no un poeta maldito,
ni alguien que añora ampararse
bajo la figura romanticona, mítica o Narcisa
de alguien juega a ser el poeta
o el elegido,
sino un hombre como cualquiera,
que padece el arrobamiento
del extraño mundo que inventaron
otros hombres como yo;
un hombre que tan solo querría vivir
cantando a cántaros, hacia sus adentros,
buscando, sin prisas, armonizar con la voz
que brota del fondo de sí mismo
y desde más allá;
esa voz arcaica y lejana que se solaza y se besa
con cada esquina del cielo
y nos canta los padeceres
y el ritmo de un mundo
que, en fin de cuentas, no fue inventado
por hombre alguno.

Yo soy poeta.

He tenido que admitirlo.

No soy un buen poeta o un mal poeta,
no es eso lo que busco o me desvela
-ni literaria ni estilísticamente hablando-
pues, no se elige ser poeta;
sólo soy un hombre que vive en secreto,
delirando a sottovoce,
a espaldas del organigrama de vida que predica
el invento de mundo en que existo.

Soy poeta
a pesar de mis intentos sobrehumanos
-como los de un tozudo Sísifo-
por acoplarme a la miseria de orden
que se me exige exhibir como las plumas de un Pavo Real,
para luego poder demostrar en el circo
que cumplo con las metas
de un arduo oficio sin sentido
que no genera bien a nadie;
ocupación más absurda aún
que el pírrico esfuerzo de un Sísifo.

Soy poeta a pesar de mí mismo,
un hombre que vive en la noche,
sigilosamente contemplando
las visitas de la luna desde su cama
o devanando, en la barra de un bar
y ante la vista de cualquiera,
el hilo con el que habrá de coser las telas
de la angustia y la serena esperanza.

Yo soy poeta.
Nunca se lo dije a nadie,
ni tampoco se lo he aceptado a nadie,
porque la poesía, su descubrimiento,
es, acaso, lo único sagrado
que haya vivido en mi vida,
amén de los naturales dones
que nos sirve la vida misma.
Porque la poesía, su revelación,
está en la vida misma: tan cercana,
tan a flor de piel, tan parecida al asombro
y tan pocas veces convocada;
qué perogrullada decir esto, pero es así,
ella es la única religión
que no clama por golpes de pecho,
mi único culto posible,
tan vivido y padecido, como para andar por allí
mancillándolo con reiterativas y egóticas arengas,
que no son sino una grosera e imperdonable
falta de respeto hacia la madre de todas las cosas
y hacia nosotros mismos, sus engreídos bastardos.

Pero hoy me encuentro agotado
de tanta doble mentira
y de trajear, por tanto tiempo
tan solemne vestimenta.
Y hoy quiero decir
(confesar, sería la palabra justa),
por una vez,
que soy poeta,
muy a mi pesar
y a pesar de los demás.
Y que hoy estoy más huérfano que nunca.


Caracas, a pleno sol del seis de diciembre de 1996.

Foto: Dragón, lacl ©




* * * * * * * * * * * * * * *
Guarida de los poetas
Como dijéramos en la primera tirada de Guarida de los poetas, es ésta una madriguera para el brindis, para un franco homenaje a la poesía, en todas sus manifestaciones. La poesía vibra en todo lugar y en todo ser, pero no siempre el ojo está dispuesto a percibir sus visos; no siempre el oído está dispuesto a dejarse ganar por el olvido y a entregarse al canto que palpita en todas las caras del mundo. La poesía brota en todas partes y es base de todo asomo del arte. Es por ello que incluimos en esta edición de la Guarida, una confluencia de expresiones en los que la poesía es tronco, tallo, rama y flor.

A la salud de usted, posible, hipotético lector…

lacl



la poesía y la mirada: HENRI CARTIER BRESSON. Siempre habrá un lugar, una utopía o una hora en los que sobren las palabras...
- poesía es dicción, Sylvia Plath lee su 'Fever 103'



la poesía, la memoria, el cine.
Obra maestra, guía del alma, El espejo, de Tarkovsky, incluye algunos poemas de su padre, aunque en este film puede sentirse la poesía respirando al lado de uno. La primera vez que fui testigo de este memorial (tendría yo unos 23 años) recuerdo que dejé mis manos impresas en el respaldar de la butaca delantera, tal fue el estado de turbación vivencial en que me postraban sus imágenes, estaba yo en medio de una fiesta del espíritu, tocado de un don celeste, vibrando en cada poro de mi ser. Cuando salimos de aquella gratamente recordada sala de ensayo que se llamaba La Pirámide, me encontraba en un estado de exaltación que, tanto mi compañera como unos amigos que nos habían acompañado a ver la cinta, no alcanzaban a comprender. Ellos se habían aburrido de lo lindo. Mi asombro no fue menor al de ellos. Tan sólo diré algo más en torno a El Espejo. Todas las veces que he sido su testigo me ha quedado el sabor de que el film-poema culmina donde comienza la Divina Comedia de Dante, internando el ojo del espectador hacia el núcleo de una selva oscura. Otro pensamiento me suscita: que así como el árbol, en veces, no nos deja ver el bosque, el bosque de nuestra psique, en veces, no nos permite ver el árbol.


NOTA: En vista de que estos clips han sido removidos, agrego un enlace en el que puede verse el film completo:

 https://www.youtube.com/watch?v=tpaA5PG2rkY&t=508s




poesía y canción - Joan Manuel Serrat - Tributo a Antonio Machado. Poeta y poesía como fuentes de inspiración.

la mirada, la voz del outsider, Charles Bukowski



- música, color, videncia: el secuestro (raptus) de la poesía. Don McLean, tributo a Vincent Van Gogh - más abajo se incluye la hermosa letra de esta canción...

Starry starry night
Paint your palette blue and grey
Look out on a summer's day
with eyes that know the darkness in my soul
Shadows on the hills
Sketch the trees and the daffodils
Catch the breeze and the winter chills
in colors on the snowy linen land
Now I understand
what you tried to say to me
How you suffered for your sanity
How you tried to set them free
They would not listen they did not know how
Perhaps they'll listen now
Starry starry night
Flaming flowers that brightly blaze
Swirling clouds in violet haze reflect in
Vincent's eyes of china blue
Colors changing hue
Morning fields of amber grain
Weathered faces lined in pain
are soothed beneath the artist's loving hand
And now I understand
what you tried to say to me
How you suffered for your sanity
How you tried to set them free
They would not listen they did not know how
Perhaps they'll listen now
For they could not love you
Still your love was true
And when no hope was left in sight on that
starry starry night
You took your life as lovers often do
But I could have told you - Vincent
this world was never meant for one
as beautiful as you
Starry starry night
Portraits hung in empty halls
Frameless heads on nameless walls
with eyes that watch the world and can't forget
Like the stranger that you've met
The ragged men in ragged clothes
The silver thorn of bloddy rose
lie crushed and broken on the virgin snow
And now I think I know
what you tried to say to me
How you suffered for your sanity
How you tried to set them free
They would not listen
they're not listening still
Perhaps they never will....

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