Vistas a la página totales

miércoles, 15 de abril de 2020

ES NEGRA, Alan Watts / ERES ESO, Alan Watts (Speech)

© lacl 

ES NEGRA, Alan Watts
Imagina a Dios Madre en lugar de Dios Padre, en lugar de una luz cegadora una oscuridad impenetrable de la que surge todo. OM.
Hay un viejo cuento sobre un astronauta que viaje al espacio y, a su regreso, le preguntaron si había estado en el cielo y había visto a Dios.
—Sí —respondió.
—¿Y cómo es Dios?
—Es negra.
Aunque el cuento es muy viejo, es sumamente profundo.
Conocí un monje que empezó siendo agnóstico Luego se puso a leer a Henri Bergson, el filósofo francés que proclamaba la fuerza vital (élan vital) y mientras más leía esta dase dé filosofía, más se convencía de que esa gente en realidad hablaba de Dios.
Personalmente, yo también he leído muchos razonamientos teológicos sobre la existencia de Dios y todos comienzan siguiendo esta línea: Si somos inteligentes y razonables, no podemos ser producto de un universo mecánico y carente de significado. Los higos no crecen en los cardos, ni las uvas crecen en zarzas; por consiguiente, nosotros, en tanto que expresase del universo, en tanto que apertura a través de la cual el universo se observa a sí mismo, no podemos ser una mera casualidad.
Y a que si este mundo se puebla, como los árboles fructifican el universo en sí (la energía subyacente en él, que es de lo que se trata) debe ser inteligente.
Ahora bien, cuando llegamos a esa conclusión, debemos tener mucho cuidado, porque podemos dar un nuevo salto y llegar a una conclusión que carece de garantías: que esa inteligencia, ese maravilloso poder creador que produce todo esto, es el Dios de la Biblia.
¡Mucho cuidado!
Porque ese Dios, en contra de sus propios mandamientos, está hecho a imagen de un tirano paternal, autoritario y benéfico del antiguo Medio Oriente. Resulta muy fácil caer en esa trampa debido a que todo está preparado, institucionalizado por la Iglesia católica romana, por la sinagoga, por las iglesias protestantes... todo está listo para que lo aceptemos.
Bajo la presión del consenso social resulta muy natural suponer que cuando alguien emplea la palabra Dios, se refiere a la figura paterna, porque incluso Jesús utilizó esta analogía del padre para describir su experiencia de Dios.
Tuvo que hacerlo, pues en su cultura no había ninguna otra figura.
Actualmente nos hemos rebelado contra la imagen del padre autoritario, especialmente en los Estados Unidos, que son una república y no una monarquía. Pero rechazar la imagen paternalista de Dios como un ídolo no significa necesariamente ser ateo.
Yo he propuesto algo llamado ateísmo en nombre de Dios. Es decir, una experiencia, un contacto, una relación con Dios desde el fondo de nuestro ser, que no ha de encarnarse ni expresarse en ninguna imagen determinada. Los teólogos en general no están de acuerdo con esta idea.
En mis conversaciones con ellos he descubierto que tienden a ser un poco obstinados sobre la naturaleza de Dios. Insisten en que Dios, de hecho, tiene una naturaleza muy determinada. Este monoteísmo ético sostiene que el poder que gobierna este universo tiene opiniones y reglas sumamente definidas a las que debemos someter nuestra mente y nuestros actos. Si no tenemos cuidado, iremos en contra de los fundamentos del universo y seremos castigados. Dicho en un lenguaje fuera de moda, nos quemaremos eternamente en los fuegos del infierno. En términos modernos, no llegaremos a ser una persona auténtica. (Lo que viene a ser tan sólo otra manera de decirlo.)
Existe la idea de que hay una autoridad detrás del mundo y esa autoridad no somos nosotros, sino alguien más. Esta concepción, judeo-cristiana y musulmana, hace que muchas personas se sientan ajenas a la raíz y base de la existencia. De hecho, hay muchas personas que nunca maduran y siempre están aterradas ante la imagen del abuelo.
Actualmente soy abuelo y los abuelos ya no me aterran. Sé que soy tan estúpido como mis abuelos. Por lo tanto, no estoy dispuesto a inclinarme ante la imagen de un dios con una larga barba blanca.
Nosotros, la gente inteligente, no creemos en realidad en esa clase de Dios. Me refiero a que pensamos que Dios es espíritu, que Dios es indefinible e infinito y todas esas cosas; pero aun así. las imágenes de Dios tienen un efecto mucho más poderoso sobre nuestras emociones que sobre nuestras ideas.
Y cuando la gente lee la Biblia y canta himnos como «Señor de los Tiempos que estás entronizado en la gloria» y «Dios, inmortal e invisible, el único sabio, inaccesible a nuestros ojos a pesar de la luz», siguen pensando en el señor de barba que vive en el cielo. Todo eso está muy ligado con sus emociones.
Para contrarrestarlo, debemos pensar en imágenes opuestas, y he aquí la imagen opuesta:
Es negra.
Imaginemos en lugar de Dios Padre a Dios Madre y, en lugar de un ser luminoso y resplandeciente, una oscuridad impenetrable.
En la mitología hindú, esta idea es representada por Kali, la Gran Madre, a quien se representa con las imágenes más terribles. Kali tiene colmillos y su lengua chorrea sangre; tiene una cimitarra en una mano, en la otra una cabeza cortada, v está pisando el cadáver de su marido, Shiva. Además, Shiva representa el aspecto destructivo de la divinidad que disuelve todas las cosas a fin de que puedan volver a nacer. Esta madre terrible que se alimenta de sangre es la imagen de la realidad suprema que se encuentra detrás de este universo. Ella representa las cosas más terribles, las que más nos aterrorizan.
Esta imagen es sumamente importante.
Supongamos que, en este momento, nos sentimos bastante bien. La razón por la que sabemos que nos sentimos bastante bien es que, en el fondo de nuestra mente, tenemos la sensación de algo absolutamente terrible que simplemente no debe ocurrir. Y así, en comparación con aquello que no sucede y que no necesariamente debe suceder, nos sentimos bastante bien.
Esa cosa absolutamente horrenda que no debe suceder es Kali.
Debemos empezar a preguntarnos si la presencia de Kali no es, de cierta manera, algo sumamente beneficioso. ¿Cómo podríamos saber que las cosas son buenas a menos que haya algo que no sea bueno en modo alguno?
Es negra. No se trata de un juicio definitivo, sino de una manera de empezar a considerar el problema y de sacar nuestra mente de sus cauces normales.
El sujeto tácito de este juicio, es decir, lo femenino, representa lo que en filosofía se denomina el principio negativo. Lógicamente, a la gente de nuestra cultura que apoya la liberación de la mujer no le gusta asociar lo femenino con lo negativo, ya que lo negativo ha adquirido connotaciones sumamente malas. Decimos que debemos subrayar lo positivo; lo que no es más que una simple actitud machista y chauvinista. ¿Cómo podríamos saber que sobresalimos a no ser por comparación con algo que no sobresale?
No podemos apreciar lo convexo sin lo cóncavo. No podemos apreciar lo firme sin lo vacilante. Por consiguiente, la pretendida negatividad del principio femenino es, obviamente, vivificadora y muy importante.
Pero vivimos en una cultura que no lo advierte. Por ejemplo, nuestra atención se fija en las figuras e ignora los fondos. Al ver una pintura, una representación de un ave, no advertimos el papel blanco que está debajo del dibujo. Al ver un libro impreso, suponemos que lo importante es la impresión y que la página carece de importancia. Pero si reconsideramos todo esto, ¿cómo podría haber una impresión visible sin una página debajo?
De alguna manera, consideramos que las posiciones subyacentes, como las posiciones misioneras, son inferiores. Pero ser subyacente equivale a ser fundamental.
La palabra substancia se refiere a lo que se encuentra por debajo (sub — debajo y stancia — estar). Ser substancial es ser subyacente, ser el sostén, el fundamento del mundo.
Esta es la gran función de lo femenino: ser la sustancia.
Por consiguiente, lo femenino es representado por el espacio, que de noche parece negro.
De no ser por el espacio negro y vacío, no tendríamos ninguna posibilidad de ver las estrellas. Las estrellas brillan en el espacio y los astrónomos están empezando a darse cuenta de que las estrellas son una función del espacio. Ahora bien, esto parece ir en contra de nuestro sentido común, ya que pensamos que el espacio no es otra cosa qué la nada y no nos damos cuenta de que el espacio es totalmente básico para todo.
Es como nuestra consciencia. Nadie puede imaginarse qué es la consciencia. Es el «qué» más esquivo de todos los que existen.
Debido a que es el telón de fondo de todo lo demás que conocemos, no le prestamos mucha atención. Ponemos atención en las cosas que se hallan dentro del campo de la consciencia, en las descripciones, en los objetos, en las supuestas cosas que hay en el campo visual, en los sonidos que se encuentran dentro de nuestra capacidad auditiva, etc. Pero a lo que abarca todo eso (sea lo que sea) no le prestamos mucha atención. Ni siquiera podemos pensar en ello.
Es como intentar verse la cabeza. Intentemos vemos la cabeza y ¿qué encontramos? Ni siquiera una mancha oscura en medio de las cosas; simplemente no encontramos nada.
Y sin embargo, la cabeza es aquello con que vemos, lo mismo que el espacio es aquello donde brillan las estrellas.
Hay algo sumamente raro en todo esto. Eso que no puedes capturar, eso que siempre nos escapa, que es totalmente esquivo...
el vacío
... parece ser absolutamente necesario para que exista cualquier cosa. Ahora llevemos este pensamiento más adelante.
Kali también es el principio de la muerte porque lleva una cimitarra en una mano y una cabeza cortada en la otra.
Pensar en la muerte es tremendamente importante, pero lo eludimos. En nuestra cultura barremos la muerte debajo de la alfombra.
En los hospitales se intenta mantener vivo al paciente durante el mayor tiempo posible, a pesar de que pueda tratarse de una situación totalmente desesperada. No le dicen al paciente que va a morir. Cuando tienen que decir a sus parientes que se trata de un caso «sin esperanza», a menudo se les advierte que no deben decírselo al paciente. Y la familia llega a ver al paciente con una sonrisa fingida y le dicen: «Oye, te pondrás bueno dentro de un mes, más o menos. Después iremos a pasar unos días al mar y escucharás el canto de los pájaros». Y el moribundo sabe perfectamente que eso es una ficción.
Hemos hecho de la muerte algo terrible. Hemos inventado vidas terribles para después de la vida. La versión cristiana del cielo es tan abominable como la versión cristiana del infierno. Nadie quiere pasarse la vida dentro de la iglesia, ¡vamos!
Los niños quedan absolutamente horrorizados al oír himnos como el que dice: «Postrado ante Ti para contemplarte continuamente». Ahora bien, en el nivel teológico se puede retorcer sutilmente este himno para que parezca muy profundo. Estar postrado y contemplar (ver), al mismo tiempo, es una coinci— dentia oppositorum, una coincidencia de opuestos, un concepto muy profundo. Pero para un niño es como un calambre en el cuello.
Nos enfrentamos a la idea de que lo que puede suceder tras la
muerte es que nos encontraremos ante nuestro juez, el que lo sabe todo sobre nosotros, el Gran Papá que sabe lo malos que éramos desde muy pequeños. Con su mirada llegará hasta el centro de nuestra existencia inautèntica... y ¡quién sabe los nervios y la inquietud que sentiremos!
O podemos creer en la reencarnación y pensar que nuestra próxima vida será la recompensa o el castigo por lo que hemos hecho en esta. Bueno, si hemos cometido el crimen perfecto en esta vida, quién sabe qué cosas terribles nos sucederán en la próxima.
Consideramos que la muerte es una catástrofe.
También hay otras personas que dicen: «Cuando estás muerto, estás muerto». Como si no fuera a suceder nada en absoluto. Así que ¿para qué preocuparse? Bueno, en realidad no nos gusta mucho la idea, nos espanta. ¿Te imaginas 16 que sería morir? ¿Dormirse y nunca más despertar?
Hay muchas cosas que no será. No será como si te enterraran vivo. No será como estar eternamente en la oscuridad. Os digo que será como si nunca hubierais existido, en absoluto. No solamente vosotros, sino todo lo demás también. Simplemente no habrá habido nunca nada y no habrá nadie que lo lamente.
Y no habrá problema.
Pensadlo un momento.
Cuando en realidad lo pensamos, sentimos una sensación muy extraña.
Imaginadlo en realidad.
Simplemente detenerse por completo... y ni siquiera podemos hablar de detención, porque no se puede tener detención sin arranque. Y no hubo arranque; no hubo nada.
Si lo pensamos, veremos que así era antes de que naciéramos. Si retrocedemos tanto como nos sea posible en el recuerdo, llegamos a ese estado. Y al anticipamos al futuro a fin de saber cómo será estar muerto, se nos ocurren ideas raras: que ese vado es la contraparte indispensable de lo que llamamos ser. 
Todos pensamos que estamos vivos. Pensamos que estamos realmente aquí. ¿Cómo podríamos experimentar esta realidad, si
no hubiésemos estado alguna vez muertos? ¿Qué nos da una vaga noción de que estamos aquí, si no es el hecho de que, alguna vez, no lo estuvimos? ¿Y de que más tarde, no lo estaremos?
Se trata de un ciclo, como los polos negativo y positivo en electricidad. Este es el valor del simbolismo de Es negra.
Ella, el principio uterino, lo receptivo, el vacío y la oscuridad. ¿Dónde podría brillar la luz, si no en la oscuridad?
Si podemos captar esto, podemos comprender muchas fascinantes consecuencias.
En la naturaleza no hay verdadera negrura. Tengo un gato que supuestamente es negro, pero observándolo de cerca es de color marrón oscuro. Todas las sombras tienen color. Al igual que no hay gatos negros, en realidad no existen personas negras. Yo soy más bien de un rosado pastoso y no verdaderamente blanco, mientras que mis amigos negros son de diferentes tonos de marrón.
Al mismo tiempo, el uso de la palabra negro contiene algo sumamente significativo. Es el principio de la noche. El otro lado de la luz es muy importante porque nos demuestra que la luz no puede ser luz sin el negro. Por consiguiente, debemos abandonar la teología en que la luz y la oscuridad se oponen irreconciliablemente.
La concepción más esquizofrénica posible es pensar que lo blanco y la luz son lo bueno, lo que es total y hay que conservar, mientras que la oscuridad y lo negro son lo malo, que debe abandonarse y rechazarse. La luz y la oscuridad, el blanco y el negro, el yang y el yin, son mutuamente indispensables.
No queremos pensar que la resolución de ambos es una especie de lodosa mezcla de blanco y negro. Intentamos pensar qué es lo que tienen en común la luz y la oscuridad, el blanco y el negro, y que escapa a nuestra imaginación.
Cuando el macho y la hembra se unen (cuando se unen en realidad) sucede algo entre ellos que escapa a su imaginación.
«Te quiero».
¿Qué significa esto?
Una mujer puede preguntar a un hombre: «¿Por qué me amas?»
éste balbucea: «No lo sé. Hay algo en ti que se me escapa. No me pidas que te lo explique, por favor».
Luego, en otra ocasión, el hombre puede decir: «Bueno, la situación es perfectamente clara, es así y asá, todo el mundo lo entiende», y la mujer dice: «Bueno, tal vez, pero yo creo que te has olvidado de algo, de algo muy importante que no has incluido en tu idea. No me parece correcta».
este es el juego sempiterno entre ambos, de manera que ambos son misterios interminables para el otro. Las mujeres parecen avispadas y piensan que comprenden a los hombres. Y los hombres parecen vehementes y piensan que entienden a las mujeres. Pero no es así.
Ninguno de los dos entiende al otro y así es como debe ser. Si entendiéramos todo completamente hasta sus mismísimas raíces, nos aburriríamos.
Todo sería predecible.
¿Qué puede resultar más aburrido que conocer tan bien a una persona que podamos predecir todas sus reacciones? Si automáticamente sabemos cuál será su opinión sobre cualquier tema, no nos molestaremos en hablar de nada. De hecho, una persona tan predecible es muy vulnerable, ya que cualquiera cuyos hábitos sean completamente predecibles es, como decía don Juan a Carlos Castañeda, una presa fácil.
¡Seamos sorprendentes y, además, sorprendámonos a nosotros mismos!
La única manera en que podemos ser verdaderamente irregulares es no sabiendo, intelectualmente, lo que vamos a hacer. Esta es una enseñanza de Jesús. Él dijo que todos los que han nacido del Espíritu son como el viento que sopla donde él quiere, y nosotros lo oímos, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. También recomendó a sus discípulos que, cuando fueran a hablar, no pensaran de antemano k› que iban a decir, sino que dejaran que el Espíritu los inspirase. (Naturalmente, todos los sacerdotes han sido educados para preparar cuidadosamente sus sermones de antemano.)
A la mayoría de nosotros nos asusta lo desconocido.
Tenemos miedo de no llegar a conocer a Dios (es decir, la base de nuestro ser, la energía que todos expresamos). Atendemos a toda clase de imágenes, ya sean masculinas o femeninas, luminosas u oscuras, sabiendo perfectamente que no podemos llegar a lo que nos es esencial y eso nos preocupa.
Abandonarnos pacífica y auténticamente, de manera sumisa, a la posibilidad de la muerte, a la inexistencia de nuestros recuerdos, de nuestro ego; pasar del es al no es; rendirnos a lo femenino, cosa que hacemos alegremente cuando hacemos el amor, algo estrechamente vinculado en toda la historia simbólica con la muerte: Esos son los pasos que nos provocan tanta angustia.
Nos sentimos fascinados y horrorizados al mismo tiempo por esto que somos y que nunca podremos saber, que nunca podremos controlar.
Y así llegamos ante la presencia del Dios que no tiene imagen.
Detrás de la imagen del padre, detrás de la imagen de la madre, detrás de la imagen de la luz inaccesible y detrás de la imagen de la oscuridad profunda y abismal, hay algo más que no podemos concebir en absoluto. Esto no es ateísmo en el sentido formal de la palabra. Es una actitud profundamente religiosa, ya que en términos prácticos corresponde a una actitud hacia la vida que implica una confianza y abandono totales.
Cuando elaboramos imágenes de Dios, estas no son más que exhibiciones de nuestra falta de fe. Queremos algo de qué cogemos, de qué aferramos, la roca de los tiempos o lo que sea. Pero únicamente cuando no nos aferramos adoptamos una actitud de fe.
De ordinario, si os presentara una idea que os pareciera totalmente negativa, que aboliera todas las certezas que consideráis necesarias y os dejara aparentemente en medio de un vacío, pensaríais que soy un nihilista, un destructor. De alguna manera es cierto: esta es la actitud de Shiva, una actitud destructiva.
Pero, una vez más, llegamos a la idea del ateísmo en nombre de Dios. Únicamente abandonando todas estas concepciones, podemos en realidad descubrimos a nosotros mismos.
Si abandonamos todos los ídolos, encontraremos, desde luego, que este desconocido que es el fundamento del universo somos nosotros mismos.
No es el tú qué piensas que eres.
No es la opinión que tienes de ti mismo.
No es la idea o imagen que tienes de ti mismo.
No es tu sensación crónica del deber.
Tu ser está más allá de todo eso.
Es algo que nunca puedes capturar.
No puedes comprenderlo; ¿para qué?
Si pudieras, ¿qué harías con él?
Nunca puedes llegar a él.
La actitud de fe con respecto a ese misterio central y profundo consiste en dejar de perseguirlo, de intentar capturarlo.
Si eso sucede, pasan las cosas más sorprendentes. Si yo trato de mejorarme y de controlarme levantándome con los cordones de los zapatos, lo único que lograré será desperdiciar energía indefinidamente; simplemente resulta imposible. Cuando dejo de intentarlo, de pronto toda esa energía que he estado malgastando la puedo emplear para otra cosa.
La mayoría de nosotros estamos en un estado de tensión constante, pensando si vamos a sobrevivir o no. Al conducir en la carretera, cada minuto pensamos si vamos a sobrevivir.
Si tomamos un avión pensamos si vamos a sobrevivir. Nos preguntamos de dónde vamos a sacar el dinero para comprar comida al día siguiente. Estamos totalmente absortos en esta necesidad de sobrevivir. Estamos «cansados de vivir y tenemos miedo de morir».
Supongamos que nos damos cuenta de que sobrevivir o no carece de importancia. ¿Realmente necesitamos sobrevivir?
¿No te sentirías mucho mejor si abandonaras la necesidad de sobrevivir?
¿No te sentirías más libre?
¿No dispondrías de más energía para hacer cosas gloriosas?
¿No serías capaz de amar más a los demás si ya no te preocupara si vas a sobrevivir?
Hemos aprendido que debemos continuar, que es nuestro deber.
Pero no lo es.
Todas estas ideas sobre lo espiritual, lo divino y lo que debemos hacer no son la única manera de ser religioso.
Hay un misterio inefable subyacente en nosotros y en el mundo. Es la oscuridad de la que surge la luz. Cuando reconocemos la integridad del universo y que la muerte es tan inevitable como el nacimiento, podemos descansar y aceptar que es así.
No podemos hacer nada más.
Alan Watts, del Libro OM, La sílaba sagrada.
***
NOTA BENE:
El material audiovisual puede ser visto en su red de origen. 

ERES ESO, Alan Watts









© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

lunes, 13 de abril de 2020

Antonin Artaud: EL TEATRO Y LA PESTE / El cine visto por el cine Godard-Dreyer the passion of joan of arc / Antonin Artaud documental

® lacl 



A Jósbel C Lobo

Uno de esos ensayos que nos dejan atónitos. Y que, acaso, cause algo de escozor a quien lo que desea es distraer la mente en asuntos que no le hagan pensar en flagelos, pero que a un servidor le luce indispensable en esta hora indefinida de nuestro porvenir. Es un tanto extenso para una página virtual, pero lo agrego completo en este caso, pues creo que merece la pena su lectura. Las consideraciones de Artaud de pronto se catapultan hacia el futuro y caen sobre nuestro regazo en esta hora en que surge el trance de una pandemia que algunos esperaban y otros no.

Pero a lo que apunta Artaud con su visión es a otro aspecto del drama colectivo. El teatro como peste, que desnuda al espectador ante su propio espejo:

"...Como la peste, el teatro es una formidable invocación a los poderes que llevan al espíritu, por medio del ejemplo, a la fuente misma de sus conflictos. Y el ejemplo pasional de Ford, evidentemente, no es sino el símbolo de una tarea supe­rior y absolutamente esencial.
La aterrorizante aparición del Mal que en los misterios de Eleusis ocurría en su forma pura verdaderamente revelada, corresponde a la hora oscura de algunas tragedias antiguas que todo verdadero teatro debe recobrar..."

Mi única acotación es con respecto al tema de la enfermedad y la mención de los misterios de Eleusis. Amén de la vital relación de los griegos de la antigüedad con el teatro como fiesta de la polis, es que para la ciudadanía esa correspondencia entre teatro y vida social era algo inmanente y natural a su psique, tanto colectiva como individualmente hablando. Y así como toda sociedad cuenta con su pathos colectivo, también hay que reconocer que la tribu busca, por lo regular, una compensación. Pienso en Epidauro, por ejemplo, y lo que significó para la educación sentimental de la estirpe griega de la antigüedad, así como su relación con la sanación.
Salud!
lacl 



Antonin Artaud: EL TEATRO Y LA PESTE

Los archivos de la pequeña ciudad de Cagliari, en Cerdeña, guardan la relación de un hecho histórico y sorprendente.
Una noche de fines de abril o principios de mayo de 1720, alrededor de veinte días antes que el buque Grand­ Saint­ Antoine arribara a Marsella, coincidiendo con la más maravillosa explosión de peste de que haya memoria en la ciudad, Saint-Rémys, virrey de Cerdeña, a quien sus reducidas responsabilidades monárquicas habían sensibilizado quizá al más pernicioso de los virus, tuvo un sueño particularmente penoso: se vio apestado, y vio los estragos de la peste en su estado minúsculo.
Bajo la acción del flagelo las formas sociales se desintegran. El orden se derrumba. El virrey asiste a todos los quebrantamientos de la moral, a todos los desastres psicológicos; oye el murmullo de sus propios humores; sus órganos, desgarrados, estropeados, en una vertiginosa pérdida de materia, se espesan y metamorfosean lentamente en carbón. ¿Es entonces demasiado tarde para conjurar el flagelo? Aun destruído, aun aniquilado y orgánicamente pulverizado, consumido hasta la médula, sabe que en sueños no se muere, que la voluntad opera aun en lo absurdo, aun en la negación de lo posible, aun en esa suerte de transmutación de la mentira donde puede recrearse la verdad.
Despierta. Sabrá mostrarse capaz de alejar esos rumores acerca de la plaga y las miasmas de un virus de Oriente.
Un navío que ha zarpado hace un mes de Beyruth, el Grand­Saint­Antoine, solicita permiso para desembarcar en Cagliari. El virrey imparte entonces la orden alocada, una orden que el pueblo y la corte consideran irresponsable, absurda, imbécil y despótica. Despacha en seguida hacia el navío que presume contaminado la barca del piloto y algunos hombres, con orden de que el Grand­Saint­Antoine vire inmediatamente y se aleje a toda vela de la ciudad, o será hundido a cañonazos. Guerra contra la peste. El autócrata no perderá el tiempo.
Cabe subrayar, de paso, la fuerza particular con que este sueño influyó en el virrey, y que pese a los sarcasmos de la multitud y al escepticismo de los cortesanos, le permitió perseverar en la ferocidad de sus órdenes, y dejar de lado no sólo el derecho de gentes, sino el más elemental respeto por la vida humana y toda suerte de convenciones nacionales o internacionales que no cuentan en verdad ante la muerte.
Sea como sea, el navío continuó su ruta, llegó a Liorna y entró en la rada de Marsella, donde se le autorizó el desembarco. Las autoridades del puerto de Marsella no registraron la suerte que corrió aquel cargamento de apestados. Sin embargo, algo se sabe de la tripulación: los que no murieron de peste, se dispersaron por distintas comarcas. El Grand­Saint­ Antoine no llevó la peste a Marsella. Ya estaba allí. Y en un período de particular recrudecimiento, aunque se había logrado localizar sus focos.
La peste que había llevado el Grand­SaintAntoine era la peste de Oriente, el virus original, y con la llegada de este virus y su difusión por la ciudad se inicia la fase particularmente atroz y generalizada de la epidemia.
Esto inspira algunas reflexiones.
Esta peste, que parece reactivar un virus, era capaz por sí sola de ejercer estragos de igual virulencia: de toda la tripulación sólo el capitán no atrapó la peste, y por otra parte no parece que los nuevos apestados hubiesen estado alguna vez en contacto con los otros, que vivían en barrios cerrados. El Grand­Saint­Antoine, que pasó muy cerca de Cagliari, en Cerdeña, no dejó allí la peste; pero el virrey recogió en sueños algunas emanaciones, pues no puede negarse que entre la peste y él no se haya establecido una comunicación ponderable, aunque sutil, y es demasiado fácil atribuir la propagación de semejante enfermedad al contagio por simple contacto.
Pero tales relaciones entre Saint-Rémys y la peste, bastante fuertes como para liberarse en imágenes de sueño, no alcanzaron sin embargo a infectarlo con la enfermedad.
De cualquier modo, la ciudad de Cagliari, al saber poco tiempo después que el navío alejado de sus costas por la voluntad despótica del príncipe, príncipe milagrosamente iluminado, había provocado la gran epidemia de Marsella, registró el hecho en sus archivos, donde cualquiera puede encontrarlo hoy.
La peste de 1720 en Marsella nos ha proporcionado las únicas descripciones del flagelo llamadas clínicas. 

Pero cabe preguntarse si la peste descrita por los médicos de Marsella era realmente la misma de 1347 en Florencia, que inspiró el Decamerón. La historia, los libros sagrados, y entre ellos la Biblia, y algunos antiguos tratados médicos, describen exteriormente toda clase de pestes, prestando aparentemente menos atención a los síntomas mórbidos que a los efectos desmoralizadores y prodigiosos que causaron en el ánimo de las víctimas. Probablemente tenían razón. Pues la medicina tropezaría con grandes dificultades para establecer una diferencia de fondo entre el virus de que murió Pericles frente a Siracusa (suponiendo que la palabra virus sea algo más que una mera conveniencia verbal) y el que manifiesta su presencia en la peste descrita por Hipócrates, y que según tratados médicos recientes es una especie de falsa peste. De acuerdo con estos mismos tratados sólo sería auténtica la peste de Egipto, nacida en los cementerios que el Nilo descubre al volver a su cauce. La Biblia y Heródoto coinciden en señalar la aparición fulgurante de una peste que diezmó en una noche a los ciento ochenta mil hombres del ejército asirio, salvando así al imperio egipcio. Si el hecho es cierto, el flagelo sería entonces el instrumento directo o la materialización de una fuerza inteligente, íntimamente unida a lo que llamamos fatalidad.
Y esto con o sin el ejército de ratas que asaltó aquella noche a las tropas asirias, y cuyos arneses royó en pocas horas. Puede compararse este hecho con la epidemia que estalló en el año 660 a.c. en la ciudad sagrada de Mekao, en el Japón, en ocasión de un simple cambio de gobierno.
La peste en 1502 en Provenza, que proporcionó a Nostradamus la oportunidad de emplear por vez primera sus poderes curativos, coincidió también en el orden político con esos profundos trastornos (caída o muerte de reyes, desaparición y destrucción de provincias, sismos, fenómenos magnéticos de toda clase, éxodo de judíos) que preceden o siguen en el orden político o cósmico a los cataclismos y estragos provocados por gentes demasiado estúpidas para prever sus efectos, y no tan perversas como para desearlos realmente.
Cualesquiera sean los errores de los historiadores o los médicos acerca de la peste, creo posible aceptar la idea de una enfermedad que fuese una especie de entidad psíquica y que no dependiera de un vírus. Si se analizan minuciosamente todos los casos de contagio que nos proporcionan la historia o las memorias sería difícil aislar un solo ejemplo realmente comprobado de contagio por contacto, y el ejemplo de Boccaccio de unos cerdos que murieron por oler unas sábanas que habían envuelto a unos apestados apenas basta para mostrar una especie de afinidad misteriosa entre el cerdo y la naturaleza de la peste, afinidad que se debiera analizar más a fondo.
Aunque no exista el concepto de una verdadera entidad mórbida, hay formas que el espíritu podría aceptar provisoriamente como características de ciertos fenómenos, y parece que el espíritu pudiera aceptar también una peste descrita de la siguiente manera:
Con anterioridad a cualquier malestar físico o psíquico demasiado notable, el cuerpo aparece cubierto de manchas rojas, que el enfermo advierte de pronto cuando empiezan a ennegrecer. Apenas tiene tiempo para asustarse, y ya le hier­ve la cabeza, le pesa enormemente, y cae al suelo. Se apodera entonces de él una terrible fatiga, la fatiga de una succión magnética central, de moléculas divididas y arrastradas hacia su anonadamiento. Le parece que los humores enloquecidos, atropellados, en desorden, le atraviesan las carnes. Se le subleva el estómago, y siente como si las entrañas se le fueran a salir por la boca. El pulso, que unas veces amengua y es como una sombra de sí mismo, una virtualidad de pulso, otras galopa acompañando a los hervores de la fiebre interior, el torrente extraviado del espíritu. Ese pulso que acompaña los latidos apresurados del corazón, cada vez más intensos, más pesados, más ruinosos; esos ojos enrojecidos, inflamados, vidriosos luego; esa lengua hinchada que jadea, primero blanca, luego roja, más tarde negra, y como carbonizada y hendida, todo proclama una tempestad orgánica sin precedentes. Muy pronto los humores corporales, surcados como la tierra por el rayo, como lava amasada por tormentas subterráneas, buscan una salida. En el centro de las manchas aparecen puntos más ardientes, ya su alrededor la piel se levanta en ampollas, como burbujas de aire bajo la superficie de una lava, y esas burbujas se rodean de círculos, y el círculo exterior, como el anillo de un Saturno incandescente, señala el límite extremo de un bubón.
El cuerpo está surcado por bubones. Pero así como los volcanes tienen sus lugares preferidos en la tierra, los bubones prefieren ciertos sitios del cuerpo humano. Alrededor del ano, en las axilas, en los lugares preciosos donde las glándulas activas cumplen fielmente su función, aparecen los bubones; y el organismo descarga por ellos la podredumbre interior, y a veces la vida. En la mayoría de los casos una conflagración violenta y limitada indica que la vida central no ha perdido su fuerza y que cabe esperar una remisión del mal, y aun una cura. Como el cólera blanco, la peste más terrible es la que no revela sus síntomas.
Una vez abierto, el cadáver del pestífero no muestra lesiones. La vesícula biliar, que filtra los residuos pesados e inertes del organismo, está hinchada, llena de un líquido negro y viscoso, tan denso que sugiere una materia nueva. La sangre de las arterias, de las venas, es también negra y viscosa. La carne tiene la dureza de la piedra. En las superficies interiores de la membrana estomacal parecen haberse abierto innumerables fuentes de sangre. Todo indica un desorden fundamental de las secreciones. Pero no hay pérdida ni destrucción de materia, como en la lepra o la sífilis. Los mismos intestinos, donde ocurren los desórdenes más sangrientos, donde las materias alcanzan un grado inaudito de putrefacción y de petrificación, no están afectados orgánicamente. La vesícula biliar, donde el pus endurecido tiene que ser arrancado virtualmente con un cuchillo, un instrumento de obsidiana vítreo y duro, como en ciertos sacrificios humanos, la vesícula biliar, hipertrofiada y quebradiza en algunos sitios, está intacta, sin que le falte ninguna parte, sin lesión visible, sin pérdida de sustancia. 

En ciertos casos, sin embargo, los pulmones y el cerebro afectados ennegrecen y se gangrenan. Los pulmones ablandados, caen en láminas de una desconocida materia negra; el cerebro se funde, se encoge, se deshace en una especie de negro polvo de carbón.
De este hecho cabe inferir dos observaciones importantes: la primera, que en el síndrome de la peste no hay a veces gangrena del cerebro o los pulmones, que el apestado está perdido aunque n0 se le pudra ningún miembro. Sin subestimar la naturaleza de la peste, podemos decir que el organismo no necesita de la presencia de una gangrena localizada y física para decidirse a morir.
Segunda observación: los únicos órganos que la peste ataca y daña realmente, el cerebro y los pulmones, dependen directamente de la conciencia y de la voluntad. Podemos dejar de respirar o de pensar, podemos apresurar la respiración, alterar su ritmo, hacerla consciente o inconsciente, introducir un equilibrio entre los dos modos de respiración: el automático, gobernado por el gran simpático, y el otro, gobernado por los reflejos del cerebro, que hemos hecho otra vez conscientes.
Podemos igualmente apresurar, moderar el pensamiento, darle un ritmo arbitrario. Podemos regular el juego inconsciente del espíritu. No podemos gobernar el hígado que filtra los humores, ni el corazón y las arterias que redistribuyen la sangre, ni intervenir en la digestión, ni detener o precipitar la eliminación de las materias en el intestino. La peste parece pues manifestar su presencia afectando los lugares del cuerpo, los particulares punto físicos donde pueden manifestarse, o están a punto de manifestarse, la voluntad humana, el pensamiento, y la conciencia.
En mil ochocientos ochenta y tantos, un médico francés llamado Yersin, que trabajaba con cadáveres de Indochina, muertos de peste, aisló uno de esos renacuajos de cráneo redondo y cola corta que sólo se descubren con el microscopio, y lo llamó el microbio de la peste. Este microbio, a mi entender, no es más que un elemento material más pequeño, infinitamente más pequeño, que aparece en algún momento del desarrollo del virus, pero que en nada explica la peste. Y me agradaría que ese doctor me dijera por qué todas las grandes pestes, con o sin virus, duran cinco meses, y luego pierden su virulencia; y cómo ese embajador turco que pasó por el Languedoc a fines de 1720 pudo trazar una línea imaginaria que pasaba por Avignon y Toulouse, y unía Niza y Burdeos, y que señalaba los límites del desarrollo geográfico del flagelo. Y los acontecimientos le dieron la razón.
De todo esto surge la fisonomía espiritual de un mal con leyes que no pueden precisarse científicamente y un origen geográfico que sería tonto intentar establecer; pues la peste de Egipto no es la de Oriente, ni ésta la de Hipócrates, que tampoco es la de Siracusa, ni la de Florencia, la Negra, a la que debe la Europa medieval sus cincuenta millones de muertos. Nadie puede decir por qué la peste golpea al cobarde que huye y preserva al vicioso que se satisface en los cadáveres; por qué el apartamiento, la castidad, la soledad son impotentes contra los agravios del flagelo, y por qué determinado grupo de libertinos, aislados en el campo, como Boccaccio con dos compañeros bien provistos y siete mujeres lujuriosas y beatas, puede aguardar en paz los días cálidos en que la peste se retira; y por qué en un castillo próximo, transformado en ciudadela con un cordón de hombres de armas que impide la entrada, la peste convierte a la guarnición y a todos los ocupantes en cadáveres, preservando a los hombres armados, los únicos expuestos al contagio. Quizá explicará asimismo por qué los cordones sanitarios de tropas que Mehmet Alí estableció a fines del siglo pasado en ocasión de un recrudecimiento de la peste egipcia, protegieron eficazmente los conventos, las escuelas, las prisiones y los palacios, y por qué en la Europa del medioevo, en lugares sin ningún contacto con Oriente, brotaron de pronto múltiples focos de una peste con todos los síntomas característicos de la peste oriental.
Con tales rarezas, misterios, contradicciones y síntomas hemos de componer la fisonomía espiritual de un mal que socava el organismo y la vida hasta el desgarramiento y el espasmo, como un dolor que al crecer y ahondarse multiplica sus recursos y vías en todos los niveles de la sensibilidad.
Pero de esta libertad espiritual con que se desarrolla la peste, sin ratas, sin microbios y sin contactos, puede deducirse la acción absoluta y sombría de un espectáculo que intentaré analizar.
Cuando la peste se establece en una ciudad, las formas regulares se derrumban. Nadie cuida los caminos; no hay ejército, ni policía, ni gobiernos municipales; las piras para quemar a los muertos se encienden al azar, con cualquier medio disponible. Todas las familias quieren tener la suya. Luego hay cada vez menos maderas, menos espacio, y menos llamas, y las familias luchan alrededor de las piras, y al fin todos huyen, pues los cadáveres son demasiado numerosos. Ya los muertos obstruyen las calles en pirámides ruinosas, y los animales mordisquean los bordes. El hedor sube en el aire como una llama. El amontonamiento de los muertos bloquea calles enteras. Entonces las casas se abren, y los pestíferos delirantes van aullando por las calles con el peso de visiones espantosas. El mal que fermenta en las vísceras y circula por todo el organismo se libera en explosiones cerebrales. Otros apestados sin bubones, sin delirios, sin dolores, sin erupciones, se miran orgullosamente en los espejos, sintiendo que revientan de salud, y caen muertos con las bacías en la mano, llenos de desprecio por las otras víctimas.
Por los arroyos sangrientos, espesos, nauseabundos (color de agonía y opio) que brotan de los cadáveres, pasan raros personajes vestidos de cera, con narices de una vara de largo y ojos de vidrio, subidos a una especie de zapatos japoneses de tablillas doblemente dispuestas, unas horizontales, en forma de suela, otras verticales, que los aíslan de los humores infectos; y salmodian absurdas letanías que no les impiden caer a su turno en el brasero. Estos médicos ignorantes sólo logran exhibir su temor y su puerilidad.
La hez de la población, aparentemente inmunizada por la furia de la codicia, entra en las casas abiertas y echa mano a riquezas, aunque sabe que no podrá aprovecharlas. Y en ese momento nace el teatro. El teatro, es decir la gratuidad inmediata que provoca actos inútiles y sin provecho.
Los sobrevivientes se exasperan, el hijo hasta entonces sumiso y virtuoso mata a su padre; el continente sodomiza a sus allegados. El lujurioso se convierte en puro. El avaro arroja a puñados su oro por las ventanas. El héroe guerrero incendia la ciudad que salvó en otro tiempo arriesgando la vida. El elegante se adorna y va a pasearse por los osarios. Ni la idea de una ausencia de sanciones, ni la de una muerte inminente bastan para motivar actos tan gratuitamente absurdos en gente que no creía que la muerte pudiera terminar nada ¿Cómo explicar esa oleada de fiebre erótica en los enfermos curados, que en lugar de huir se quedan en la ciudad tratando de arrancar una voluptuosidad criminal a los moribundos o aun a los muertos semiaplastados bajo la pila de cadáveres donde los metió la casualidad?
Pero si se necesita un flagelo poderoso para revelar esta gratuidad frenética, y si ese flagelo se llama la peste, quizá podamos determinar entonces el valor de esa gratuidad en relación con nuestra personalidad total. El estado del apestado, que muere sin destrucción de materias, con todos los estigmas de un mal absoluto y casi abstracto, es idéntico al del actor, penetrado integralmente por sentimientos que no lo benefician ni guardan relación con su condición verdadera. Todo muestra en el aspecto físico del actor, como en el del apestado, que la vida ha reaccionado hasta el paroxismo: y, sin embargo, nada ha ocurrido.
Entre el apestado que corre gritando en persecución de sus visiones, y el actor que persigue sus sentimientos, entre el hombre que inventa personajes que nunca hubiera imaginado sin la plaga y los crea en medio de un público de cadáveres y delirantes lunáticos, y el poeta que inventa intempestivamente personajes y los entrega a un público igualmente inerte o delirante, hay otras analogías que confirman las únicas verdades que importan aquí, y sitúan la acción del teatro, como la de la peste, en el plano de una verdadera epidemia.
Pero así como las imágenes de la peste, en relación con un potente estado de desorganización física, son como las últimas andanadas de una fuerza espiritual que se agota, las imágenes de la poesía en el teatro son una fuerza espiritual que inicia su trayectoria en lo sensible y prescinde de la realidad. Una vez lanzado al furor de su tarea, el actor necesita infinitamente más coraje para resistirse a cometer un crimen que el asesino para completar su acto; y es aquí, en su misma gratuidad, donde la acción de un sentimiento en el teatro aparece como infinitamente más válida que la de un sentimiento realizado.
Comparada con la furia del asesino, que se agota a sí misma, la del actor trágico se mantiene en los límites de un círculo perfecto. La furia del asesino completa un acto, se descarga y pierde contacto con la fuerza inspiradora, que no lo alimentará más. La del actor ha tomado una forma que se niega a sí misma a medida que se libera, y se disuelve en universalidad.
Si admitimos esta imagen espiritual de la peste, descubriremos en los humores del apestado el aspecto material de un desorden que, en otros planos, equivale a los conflictos, a las luchas, a los cataclismos y a los desastres que encontramos en la vida. Y así como no es imposible que la desesperación impotente y los gritos de un lunático en un asilo lleguen a causar la peste, por una suerte de reversibilidad de sentimientos e imágenes, puede admitirse también que los acontecimientos exteriores, los conflictos políticos, los cataclismos naturales, el orden de la revolución y el desorden de la guerra, al pasar al plano del teatro, se descarguen a sí mismos en la sensibilidad del espectador con toda la fuerza de una epidemia.
San Agustín, en La ciudad de Dios, lamenta esta similitud entre la acción de la peste que mata sin destruir órganos, y el teatro, que, sin matar, provoca en el espíritu, no ya de un individuo sino de todo un pueblo, las más misteriosas alteraciones.
«…Sabed -dice-, quienes lo ignoráis, que esas representaciones, espectáculos pecaminosos, no fueron establecidos en Roma por los vicios de los hombres, sino por orden de vuestros dioses. Sería más razonable rendir honores divinos a Escipión (1) que a dioses semejantes; ¡valían por cierto menos que su pontífice!
Para apaciguar la peste que mataba los cuerpos, vuestros dioses reclamaron que se les honrara con esos espectáculos, y vuestro pontífice, queriendo evitar esa peste que corrompe las almas, prohíbe hasta la construcción del escenario. Si os queda aún una pizca de inteligencia y preferís el alma al cuerpo, mirad a quién debéis reverenciar; pues la astucia de los espíritus malignos, previendo que iba a cesar el contagio corporal, aprovechó alegremente la ocasión para introducir un flagelo mucho más peligroso, que no ataca el cuerpo sino las costumbres. En efecto, es tal la ceguera, tal la corrupción que los espectáculos producen en el alma, que aun en estos últimos tiempos gentes que escaparon del saqueo de Roma y se refugiaron en Cartago, y a quienes domina esta pasión funesta, estaban todos los días en el teatro, delirando por los histriones…»
Es inútil dar razones precisas de ese delirio contagioso. Tanto valdría investigar por qué motivos el sistema nervioso responde al cabo de cierto tiempo a las vibraciones de la música más sutil, hasta que al fin esas vibraciones lo modifican de modo duradero. Ante todo importa admitir que, al igual que la peste, el teatro es un delirio, y es contagioso.
El espíritu cree lo que ve y hace lo que cree: tal es el secreto de la fascinación. Y el texto de San Agustín no niega en ningún momento la realidad de esta fascinación.
Sin embargo, es necesario redescubrir ciertas condiciones para engendrar en el espíritu un espectáculo capaz de fascinarlo: y esto no es simplemente un asunto que concierna al arte.
Pues el teatro es como la peste y no sólo porque afecta a importantes comunidades y las trastorna en idéntico sentido. Hay en el teatro, como en la peste, algo a la vez victorioso y vengativo. Advertimos claramente que la conflagración espontánea que provoca la peste a su paso no es más que una inmensa liquidación.
Un desastre social tan generalizado, un desorden orgánico tan misterioso, ese desbordamiento de vicios, ese exorcismo total que acosa al alma y la lleva a sus últimos límites, indican la presencia de un estado que es además una fuerza extrema, y en donde se redescubren todos los poderes de la naturaleza, en el momento en que va a cumplirse algo esencial.
La peste toma imágenes dormidas, un desorden latente, y los activa de pronto transformándolos en los gestos más extremos; y el teatro toma también gestos y los lleva a su paroxismo. Como la peste, rehace la cadena entre lo que es y lo que no es, entre la virtualidad de lo posible y lo que ya existe en la naturaleza materializada. Redescubre la noción de las figuras y de los arquetipos, que operan como golpes de silencio, pausas, intermitencias del corazón, excitaciones de la linfa, imágenes inflamatorias que invaden la mente bruscamente despierta. El teatro nos restituye todos los conflictos que duermen en nosotros, con todos sus poderes, y da a esos poderes nombres que saludamos como símbolos; y he aquí que ante nosotros se desarrolla una batalla de símbolos, lanzados unos contra otros en una lucha imposible; pues sólo puede haber teatro a partir del momento en que inicia realmente lo imposible, y cuando la poesía de la escena alimenta y recalienta los símbolos realizados.
Esos símbolos, signos de fuerzas maduras, esclavizadas hasta entonces e inutilizables en la realidad, estallan como increíbles imágenes, que otorgan derechos ciudadanos y de existencia a actos que son hostiles por naturaleza a la vida de las sociedades.
Una verdadera pieza de teatro perturba el reposo de los sentidos, libera el inconsciente reprimido, incita a una especie de rebelión virtual (que por otra parte sólo ejerce todo su efecto permaneciendo virtual) e impone a la comunidad una actitud heróica y difícil.
Así es como en la Annabella (Its Pity She’s a Whore) de Ford, ** desde que se alza el telón asistimos totalmente estupefactos al espectáculo de un ser que reivindica insolentemente el incesto, y que emplea todo el vigor de su conciencia y su juventud en proclamar y justificar esa reivindicación.
No vacila un instante, no duda un minuto; y muestra así que poco cuentan las barreras que pudieran oponérsele. Es criminal con heroísmo y heroico con audacia y ostentación. Todo lo empuja por ese camino, y todo inflama su entusiasmo; no reconoce tierra ni cielo, sólo la fuerza de su pasión convulsiva, a la que no deja de responder la pasión también rebelde e igualmente heroica de Annabella.
«Lloro ­dice Annabella­, no por remordimientos, sino porque temo no poder saciar mi pasión». Ambos son falsarios, hipócritas, mentirosos en beneficio de esa pasión sobrehumana que las leyes obstaculizan y condenan, pero que ellos pondrán por encima de las leyes.
Venganza por venganza y crimen por crimen. Los vemos amenazados, acosados, perdidos, y ya vamos a compadecerlos como víctimas cuando se revelan dispuestos a devolver al destino amenaza por amenaza y golpe por golpe.
Marchamos con ellos de exceso en exceso y de reivindicación en reivindicación. Annabella es apresada, convicta de adulterio, de incesto; pisoteada, insultada, arrastrada por los cabellos, y descubrimos estupefactos que en vez de intentar escapar provoca todavía más a su verdugo y canta con una suerte de heroísmo obstinado. Es lo absoluto de la rebelión, es el amor ejemplar y sin tregua, y nosotros, los espectadores, jadeamos de angustia ante la idea de que nada podrá detenerla.
Si deseamos un ejemplo de libertad absoluta en rebelión, la Annabella de Ford nos ofrece ese poético ejemplo, ligado a la imagen del peligro absoluto.
Y cuando creemos haber llegado al paroxismo del horror, de la sangre, de las leyes escarnecidas, de la poesía consagrada a la rebelión, nos vemos obligados a ir todavía más lejos en un vértigo interminable.
Pero al fin, nos decimos, llegará la venganza y la muerte para tanta audacia y un crimen tan irresistible.
Y bien, no. Giovanni, el amante, inspirado por la pasión de un gran poeta, se pondrá por encima de la venganza, por encima del crimen con otro crimen, indescriptible y apasionado; por encima de la amenaza, por encima del horror, con un horror todavía mayor que confunde a la vez a las leyes, la moral y a quienes se atreven a erigirse en justicieros.
Urden astutamente una trampa, un gran banquete; entre los huéspedes se esconderán esbirros y espadachines, listos para precipitarse sobre él a la primera señal. Pero este héroe cansado, perdido, a quien el amor sostiene, no va a permitir que nadie enjuicie ese amor.
Queréis, parece decir, la carne y la sangre de mi amor, y seré yo quien os arroje este amor a la cara, quien os salpique con la sangre de este amor a cuya altura no sois capaces de elevaros.
Y mata a su amante y le arranca el corazón como para comérselo en medio de un banquete donde era él mismo a quien los convidados esperaban quizá devorar.
Y antes de ser ejecutado, mata también a su rival, el marido de su hermana, que osó interponerse entre él y su amor, y lo ultima en un combate final que es como su propio espasmo de agonía.
Como la peste, el teatro es una formidable invocación a los poderes que llevan al espíritu, por medio del ejemplo, a la fuente misma de sus conflictos. Y el ejemplo pasional de Ford, evidentemente, no es sino el símbolo de una tarea supe­rior y absolutamente esencial.
La aterrorizante aparición del Mal que en los misterios de Eleusis ocurría en su forma pura verdaderamente revelada, corresponde a la hora oscura de algunas tragedias antiguas que todo verdadero teatro debe recobrar.
El teatro esencial se asemeja a la peste, no porque sea también contagioso sino porque, como ella, es la revelación, la manifestación, la exteriorización de un fondo de crueldad latente, y por él se localizan en un individuo o en un pueblo todas las posibilidades perversas del espíritu.
Como la peste, el teatro es el tiempo del mal, el triunfo de las fuerzas oscuras, alimentadas hasta la extinción por una fuerza más profunda aún.
Hay en él, como en la peste, una especie de sol extraño, una luz de intensidad anormal, donde parece que lo difícil, y aun lo imposible, se transforman de pronto en nuestro elemento normal. Y los rayos de ese sol extraño iluminan la An­nabella de Ford, como iluminan todo teatro verdaderamente válido. Annabella se parece a la libertad de la peste cuando, poco a poco, de escalón en escalón, el agonizante infla su personaje, y el sobreviviente se transforma lentamente en un ser enorme y abrumador.
Podemos decir ahora que toda verdadera libertad es oscura, y se confunde infaliblemente con la libertad del sexo, que es también oscura, aunque no sepamos muy bien por qué. Pues hace mucho tiempo que el Eros platónico, el sentido genésico, la libertad de la vida, desaparecieron bajo el barniz sombrío de la libido, que hoy se identifica con todo lo sucio, abyecto, infamante del hecho de vivir y de precipitarse hacia la vida con un vigor natural e impuro, y una fuerza siempre renovada.
Por eso todos los grandes Mitos son oscuros, y es imposible imaginar, excepto en una atmósfera de matanza, de tortura, de sangre derramada, esas fábulas magníficas que relatan a la multitud la primera división sexual y la primera matanza de esencias que aparecieron en la creación.
El teatro, como la peste, ha sido creado a imagen de esa matanza, de esa separación esencial. Desata conflictos, libera fuerzas, desencadena posibilidades, y si esas posibilidades y esas fuerzas son oscuras no son la peste o el teatro los culpables, sino la vida.
No vemos que la vida, tal como es y tal como la han hecho, ofrezca demasiados motivos de exaltación. Parece como si por medio de la peste se vaciara colectivamente un gigantesco absceso, tanto moral como social; y que, el teatro, como la peste, hubiese sido creado para drenar colectivamente esos abscesos.
Quizá el veneno del teatro, inyectado en el cuerpo social, lo desintegre, como dice San Agustín; pero en todo caso actúa como la peste, un azote vengador; una epidemia redentora donde en tiempos de credulidad se quiso ver la mano de Dios y que es sólo la aplicación de una ley natural: todo gesto se compensa con otro gesto, y toda acción con su reacción.
El teatro, como la peste, es una crisis que se resuelve en la muerte o la curación. Y la peste es un mal superior porque es una crisis total, que sólo termina con la muerte o una purificación extrema. Asimismo el teatro es un mal, pues es el equilibrio supremo que no se alcanza sin destrucción. Invita al espíritu a un delirio que exalta sus energías; puede advertirse en fin que desde un punto de vista humano la acción del teatro, como la de la peste, es beneficiosa, pues al impulsar a los hombres a que se vean tal como son, hace caer la máscara, descubre la mentira, la debilidad, la bajeza, la hipocresía del mundo, sacude la inercia asfixiante de la materia que invade hasta los testimonios más claros de los sentidos; y revelando a las comunidades su oscuro poder, su fuerza oculta, las invita a tomar, frente al destino, una actitud heroica y superior, que nunca hubieran alcanzado de otra manera.
Y el problema que ahora se plantea es saber si en este mundo que cae, que se suicida sin saberlo, se encontrará un núcleo de hombres capaces de imponer esta noción superior del teatro, hombres que restaurarán para todos nosotros el equivalente natural y mágico de los dogmas en que ya no creemos.

Datos de la edición: EDHASA, Barcelona, 1978. Col. Pocket Edhasa.




El cine visto por el cine. Godard-Dreyer the passion of joan of arc  /  Antonin Artaud documental





© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

sábado, 11 de abril de 2020

APOTEGMAS CONTRA LA PESTE, Anselmo Di Testarutto, Turín, 1935. Una colecta. / Tom Waits & Marc Ribot - Bella Ciao (Goodbye Beautiful) / Manu Chao - Bella Ciao

© lacl 


Colocamos casi que directamente este manojo de notas de Anselmo Di Testarutto, las cuales hemos recogido de un desvencijado cuaderno o libro cosido a mano. Sólo agregaremos el desconcierto ante nuestro ya casi imperturbable temperamento, por el hecho de que, hace algunos años, haya caído en nuestras manos ese descuadernado libro de notas, aforismos y sentencias atribuidos a la mano del Conde (venido a menos) Di Testarutto. Aunque Di Testarutto se refiere a una peste si se quiere, de distinta génesis, no deja de llamarnos la atención cierto paralelismo con los días que corren. En fin, no alargo más este introito. Si un lector descaminado deseara acceder a algún otro rasgo de tan extraña figura, favor ir a la nota de pie de página. *
Salud!

lacl

*******
Si nos tenemos que contar, todos, entre las víctimas, ya no seríamos sólo carne de cañón, sino también balas de cañón...
El sable no tiene la culpa de ser sable, como el cordero no la tiene de ser cordero...

*******
No hay virus mayor que el del ilusionismo.

*******
Para elaborar embustes hay que estar al tanto de la materia sobre la que se miente…

*******
Por favor, no me vengan con majaderías tales como las de que si “yo soy esto” o “yo soy aquello” y toda esa superflua acuñación de títulos que no pasan de ser más que un vanidoso rótulo. Padezco el mismo arrojo amoroso que los renacentistas sintieron por el todo. Un desclasado, cuando no, un desfasado. Eso soy. Y aquí sí apelaré a un rutilante y nobiliario título: un Don Nadie y sempiterno amante del todo de la creación.

*******
Hay que ser bien ilusos, por no decir necios, para creer que un gobierno que -amparándose tras la grandilocuente noción de Estado- haya acabado con los bienes naturales y los valores humanos de un país, va a lograr con ello que los pobres pasen a ser ricos.

*******
El dinero no tiene corazón, y eso va en armonía con los que aman el dinero.

*******
“…No es mala gente, sino que está loco. Total, hay tanta gente arteramente loca, que una locura no malsana o no premeditadamente perversa podemos entender, ¿no? O, al menos, intentarlo…”

(Uno a otro, en una plaza.

Supongo que se refería ese señor a una locura de Vidriera, como la que nos pintara el genial Cervantes.)

*******
Una cosa es cultivar reverencias amistosas, otra es cultivar los entusiasmos del ego. Una es cobijo del afecto, la otra, pulsión, frígido oasis.

*******
El peor de nuestros males es la soberbia que enceguece y poda, con hoz macabra, todo retoño o afloramiento del substrato de los sentimientos. Una peste ha señoreado en nuestra tierra y se ha colado en oleadas de individuos, y ésta no es otra que la de un regodeado sadismo… Una, no únicamente impune, sino impúdica e irreverente barbarie…

*******
Lo último que podemos perder es la esperanza, ya que la dignidad hemos de rehusarnos a perderla...

*******
Un truhan por cada cien mil necios, eso ha sido -hasta hoy- el signo de la humanidad. Y no hay vientos de cambio para los días por venir.

*******
¿Cuál ha de ser la razón de que las multitudes marchen solas y, más que individuadas, resquebrajadas?

No lo sé, pero un signo a atender es que esa despedazada humanidad marche siempre con las manos puestas en el hígado y atenta a una rápida e iracunda respuesta a quien se le ocurra expresarle alguna incomprensión, así haya sido una amorosa incomprensión. Hay tanta exasperación esparcida por los campos que el lema es, sempiternamente, “dispara primero, pregunta después”.

*******
Una entrada, palabra o boceto; un mero adjetivo que todo lo desnuda y a todo se adosa, define nuestros días: lo implacable.
Ser implacables en todo, ésta es la consigna que hoy se imparte a cada niño en biberones de angustia.

*******
Si tuviera que elegir entre dos estilos poéticos, lo haría por el que asome más preguntas que certezas.

*******
Las camarillas, todo tipo de ellas, me producen urticaria. No convengo con clanes ni clones. Soy un defensor de la amistad, cosa muy distinta.

*******
Cuán triste es constatar que en tu país haya tanta gente con la GESTAPO instalada en el hígado. Desde el cochero accidental que -por cierto- no tiene posibilidades de emprender un trabajo genuinamente fructífero, amén de ennoblecedor, hasta el familiar o el amigo cercano que “sabe” (porque está convencido de que es quien “sabe”) cual camino ha de ser el mejor para que tú vivas tu propia vida. Lo lastimoso de todo esto es que quienes tan omniscientemente hablan sobre cómo has de conducirte en la vida, llevan, por norma regular, una vida extremadamente precaria y reiteradamente negada al beneplácito de regar, en silencio, los jardines de su propia interioridad.

*******
La especie humana aparece de última en mi escalafón... No reniego de ella, pero me avergüenza.


*******

Anselmo Di Testarutto. Apotegmas contra la peste, Turin, 1935

* Para algunas señas sobre este misterioso caballero, dejamos acá otro enlace:
https://letrascontraletras.blogspot.com/2017/07/un-par-de-rarezas-anselmo-di-testarutto.html

*******







Tom Waits & Marc Ribot - Bella Ciao (Goodbye Beautiful)


Manu Chao - Bella Ciao


© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©

domingo, 5 de abril de 2020

¿Confinamiento o hibernación? lacl / JERUSALÉN: La Ciudad De Las Dos Paces - Concierto de Jordi Savall / Kayhan Kalhor & Erdal Erzincan - Tahran Konseri [ Live in Tahran © 2012 Kalan Müzik ]

© lacl 


He escrito estas notas al vuelo y a sabiendas de que necesitan de un más amplio desarrollo, pero ante la necesidad de expresión y mi necesidad de mantener en reposo mi humanidad, he optado por lanzar al aire estas someras consideraciones.
Salud
lacl
*******

Borges decía en cierta ocasión que hay que tener cuidado de los enemigos que elegimos porque uno termina pareciéndose a ellos. Voy a extrapolar la propuesta. Hay que tener sumo cuidado de las palabras que elegimos para expresar un estado, cualquiera que éste sea, pues no sólo terminaremos por asemejarnos a lo que tales palabras enuncian como sentencia, sino porque su apuesta terminará por sentenciarnos en lo que significan. Como solía emplear mi padre esta palabra: nos significarán.

Lo siento, pero no estamos con-finados, ni hemos asumido actitud que en algo a ello se asemeje.

Desde antes de decretarse la incuestionable, recomendable y necesaria cuarentena, entramos, motu proprio, en estado de hibernación. Hibernación en el sentido en que la cultivan los osos, ¡no confinamiento! ¿Es, acaso, ello tan nefasto? Algo anda mal en el mundo cuando no logramos hibernar con nuestro propio clan.

Con el debido respeto de todos los amigos y seres de bien que se han apoyado, incansablemente, en esa palabra, confinamiento, quisiera aproximarles esta consideración.

Decir que estamos en un proceso de confinamiento es declarar que estamos aceptando que nos confinen o que somos nosotros mismos quienes promulgamos nuestro confinamiento. 

Con-finar-nos = Finarnos de manera conjunta y consensuada.

Y, lamento disentir, pero hablando en sentido figurado, si los vientos nos susurran o predican que es mejor que nos vayamos a nuestra cueva, dado que ciertos elementos mefíticos se encabritan en los aires para causar estragos adonde quiera que esos vientos les lleven, es hora, nos dice humildemente el sentido común, de ponernos la piel del oso y embutirnos en nuestra cueva, no para con-finarnos sino, sencillamente, para protegernos, para poner barbas en remojo, para resguardarnos, lo cual significa a nuestro modo de ver, todo lo contrario que el dictamen de auto con-finarnos.

Siempre he alentado el silencioso y deseoso pensamiento de que si algo va a ponerle fin a la humana especie, pues que sean los hados, un cósmico golpe de dados -para quienes creen en milenarismos no tengo incluso objeciones en su libreto, con su culto sacrificial y su modo tan particular de entender la revelación (apocalipsis)-; pero que jamás, nunca, bajo ningún concepto, ese final nos llegue por la propia mano del hombre y su porfiada inadvertencia ante el milagro de la vida, ese grano de polen viajando en el inmenso mar del cosmos que hemos recibido como regalo.

De tal manera que me ataca la presunción de que es preciso, en esta hora, no sólo tomar muy en serio lo que significan las palabras, sino de dónde surge la inminencia de apelar a unas en lugar de otras. Por qué, por ejemplo, vamos a diseminar una palabra que decrete nuestra aquiescencia a una enunciación que, como el rótulo a las puertas de un cementerio, establece que estamos predispuestos a aceptar la condena.

lacl, ¿Confinamiento o hibernación? Amanecer del 05 de Abril, 2020


JERUSALÉN: La Ciudad De Las Dos Paces

Concierto de Jordi Savall 


 Kayhan Kalhor & Erdal Erzincan - Tahran Konseri [ Live in Tahran © 2012 Kalan Müzik ]









© [Luis Alejandro Contreras Loynaz/LetrasContraLetras - contracorrientes]. Todos los derechos reservados. Fecha de creación del blog: 2007. ©